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29 de junio de 2011

La muerte del poeta Germán Arango Muñoz



Poetas-sombras
Emilio Rico, Javier Huérfano y Germán Arango
Por Jorge Eliécer Pardo

Es verdad: Colombia es un país de poetas, o mejor, de hacedores de versos, o más certero: versificadores. Sólo hay que tener un poco de sensibilidad para escribir un poema, con la libertad que el lenguaje y el mismo sentimiento da al poeta. Los he visto durante estos años en salas, cocteles, cafés, universidades, parques y calles. Los he admirado no sólo por su capacidad para desentrañar lo más profundo del ser humano, sino porque se atreven a publicar sus desdoblamientos. En algunos, los poemas se vuelven verdaderos, o lo son, en otros, es el armazón de palabras que sumadas pretenden un poema. Esto quiere decir que Colombia no es un país de poetas sino de simuladores de poetas o, por qué no, de fraseología insustancial. Pero no es que un poema surja de la nada o que un poeta se haga construyendo esa pirámide temática o adjetivada.
He llegado a la conclusión de que hay hombres poetas de verdad que muchas veces no escriben versos. O que escriben sin la pretensión de la publicidad. El poeta, a mi parecer, tiene un aura especial. No de santidad, sí de terrenal y demiurgo. No es una pose sino una manera secreta de ver el mundo, o mejor, de internarse en él, o eternizarse en él.

Tres son los poetas a los que he visto la luminosidad de sus entornos. No de luz sino la veracidad en sus voces, la limpieza de las miradas, lo sosegado de las respiraciones. No son eruditos pero tienen la sabiduría elemental de los sentimientos humanos no traicionados. He pretendido ser espía de los artistas. Me he equivocado. Pero debo reconocer que aprendí de tres hombres-poetas o mejor, de tres poetas-sombras el verdadero sentir de la poesía: Emilio Rico, Javier Huérfano y Germán Arango. Los tres están muertos. Los tres son desconocidos, los tres no son olvidados.

Javier Huérfano
Emilio Rico y Carlos Orlando Pardo. Ibagué, 1975
En un país donde los poetas o los que creen serlo se vuelven una cofradía, una secta, una logia, donde tú hablas de mí, yo hablo de ti, todos hablamos de todos y todos ignoramos a los demás, los poetas-sombras viven, sin darse cuenta para la literatura, para la palabra y la poética. En distintos tiempos y épocas ha ocurrido el carrusel. Las modas han mandado al ostracismo a muchos de esos poetas-sombra a los que les llegó la magia de la sensibilidad pero no la de la publicidad y menos la de formar parte de grupos con poder. Eso le pasó a mis tres poetas muertos e inéditos.
Mis poetas-sombra soportaron la discriminación de los poetas de salón. Germán Arango, que creció haciendo sus versos y divulgándolos con decoro en ediciones pequeñas, no pudo ser aceptado en su propio pueblo por no ser de los afectos de los poetas de salón o los aprendices de poetas rodeados de otros, universales y cosmopolitas.
Yo quisiera pensar en César Vallejo para que anime mi corazón lleno de pena por los poetas ausentes y su olvido. Mi generación ha llegado a la línea de los adioses de quienes crecieron a nuestro lado. Mientras tanto, muchos siguen dilapidando los exiguos presupuestos divulgando a los poetas de salón mientras Huérfano, Arango y Rico se apropian de la memoria de quienes no tienen afamadas publicaciones sino el discreto silencio que exige la verdadera literatura.
Antonio Machado Lozano y Germán Arango Muñoz

Germán Arango Muñoz y su preparación para el olvido
Por: Carlos Orlando Pardo
Carlos Orlando Pardo y Germán Arango. Ibagué, 1997

Vernos cada año en la Feria Internacional del Libro fue un ritual cumplido y celebrado. Lo hacíamos con el entusiasmo que uno se carga cuando se encuentra con auténticos amigos del alma, tan escasos en estos tiempos fríos donde el sentimiento fraterno parece una vergüenza. Ahí estaba con la elegancia que supo conservar hasta el último día desde cuando era un adolescente y con esa cara indagante de quien quería saber todas las cosas. No he conocido un poeta que en jornada continua permanezca tan impecable de pies a cabeza hasta en los actos cotidianos como si estuviera preparado siempre para una ceremonia. Pero no era una pose sino una actitud connatural a su manera de ser que inclusive en el lenguaje de todos los días manejaba términos que parecían versos recitados. Lo veo en las bancas escolares con sus buzos de lana que sólo examinábamos en las películas de la nueva ola en artistas como Enrique Guzmán o César Costa, con su estilográfica de tinta verde y los zapatos que simulaban un espejo. Lo miro salir de su casa grande en la calle real encabezando una tropa de diez hermanos rumbo al Instituto Nacional Isidro Parra y sus cuadernos bien forrados. Lo examino con el ceño fruncido y una mirada aparentemente perdida en la bruma de las montañas que rodean el Líbano. Lo evoco con su acordeón grande de teclas de piano marca Honner llevando el ritmo de nuestro conjunto de música Los monarcas del ritmo que él mismo bautizara como su director. Lo traigo con su sonrisa satisfecha de vencedor al recibir aplausos por el estreno de una de sus canciones dedicadas a las novias que desfilaron por su primera juventud. Lo acompaño a que nos deje consultar su biblioteca particular, la única que existe entre los muchachos por aquel entonces y paseo la mirada por las enciclopedias de lujo que Lalo Arango, su padre, le ha comprado diligente. Lo sigo junto a mis compañeros cuando solitario se dirige a tomar su cerveza costeñita en una cantina de la zona de tolerancia. Lo escucho dar tres pequeños golpes con sus zapatos negros para indicarnos el momento en que iniciamos una canción y me quedo mirándolo cuando es el único entre nosotros que prende y apaga cigarrillos sin que importe la presencia de los grandes. Lo persigo en la piscina de las Brisas yendo y viniendo por debajo del agua como un anfibio resistente y lo escucho contar sin rubor que días antes ha peleado ahí con un pulpo gigantesco o le entrego la plata de mi recreo con tal de ir a conocer una tribu de pigmeos que sólo él frecuenta rumbo al alto de la Polka con cara al nevado del Ruiz. Me río de verle su talante enamorado mientras le ofrecemos una serenata a Luz Delia Amado o Dolly Jaramillo y mucho más cuando damos veinte rondas en una sola noche para recoger fondos con destino al paseo de nuestro fin de año. Lo vigilo haciendo versos o declamando a los poetas de entonces con su memoria privilegiada y su voz de locutor antiguo. Le recorro su incomodidad cuando del Isidro nos expulsan y paramos en el colegio Claret en medio de todos los rivales de nuestro equipo de basquetbol. Nos aplaudimos al llegar a la junta directiva del centro literario de aquel tercero B y siento aún su abrazo fuerte cuando nos despedimos de la adolescencia en el Líbano al momento de nuestra partida desplazados por la atmósfera de la violencia. Me quedó en la memoria su ascenso como un escarabajo en la doble en bicicleta del Líbano a Armero donde él fue campeón y yo alcancé el segundo puesto. Celebramos durante varias noches nuestra hazaña a pesar de no ser sino dos competidores. Después son contados los encuentros durante muchos años, hasta que sólo regresó a los congresos de escritores que organizaba en Ibagué o en los lanzamientos de libros en la Feria. Al final son conversaciones de pocos minutos donde me hace entrega de su último volumen de poemas dedicado en la primera página con su letra grande. Por último la súbita noticia sobre su cáncer de pulmón que recorre como un escalofrío sin fin todo mi cuerpo. Había dejado de fumar muchos años atrás y de beber un poco menos y ya se trataba de vicios que conservábamos entre los recuerdos, sin que los placeres de ayer no quedaran sin su cobro en el presente. Desde la clínica me llamaba dos o tres veces por semana para contarme de su delicado estado de salud y para que le ayudara a agilizar la venta de sus libros y poder comprar medicamentos formulados fuera del Plan Obligatorio. Fueron muchas las horas y los días transcurridos entre la desazón de su próxima partida y la enumeración de los múltiples recuerdos.
Alberto Amaya, Manolo Pineda, Rodrigo García, Carlos O Pardo, Germán Arango, Carmenza Perdomo, Ibagué, 1997

Supuse que todas esas noticias no eran otra cosa que una nueva invención suya como la de los pigmeos y que su imaginación lo llevaba a inventarse la enfermedad y la proximidad de su viaje. Y aparece la muerte, seguro que con un poema de Eduardo Cote Lamus en los labios como si las palabras dichas por sí mismo fueran a acompañarlo en la travesía de su larga y última marcha al infinito. Lo diviso ascendiendo de nuevo por esa carretera llena de curvas como perdiéndose en lo alto de la montaña hasta diluirse por completo. Sólo quedan las evocaciones que se agolpan para decirnos que un hermano se ha ido, al tiempo que suena su acordeón entre la lejanía y lo veo aparecer de nuevo entre la bruma de la memoria y el afecto.
Los Monarcas del Ritmo, murga donde el poeta Germán Arango es el acordionero. De izquierda a derecha: Haydy González, Jorge Eliécer Pardo, Carlos Orlando Pardo, Germán Arango, Dairo González, Rodrigo García y Miguel Perdomo.
El Líbano, 1964

Su obra poética

Cumplió cuatro décadas en el ejercicio de escribir. Esa profunda lealtad a la palabra que se tornaba poesía, la convirtió en la sombra toda de su existencia que demostró no tener otro camino. No se trataba entonces de un hombre con sus primeros entusiasmos sino de un escritor curtido en la metáfora. Quince fueron sus libros, con no pocos versos memorables, los que me gusta recitar en algunas noches bohemias como la mejor manera de entregar un regalo exquisito para mis contertulios. DesdePreparación para el olvido, los Poemas de ausencia, su ensayo sobre Bolívar en elCentauro Americano, pasando por Los caminantes del alba, Cuando pasa la tarde oCuando las hojas caen, uno va descubriendo su sentir poético, su autenticidad, lo espontáneo y no maquillado de su trabajo bajo la palabra escrita de una manera diferente. En Más allá del silencio o Este día de sol y Cantos de soledad hasta La huella de tu paso, los cuentos para niños de El barquito de Arzayús y los poemariosDesde la otra orilla, A través del espejo, Memorias del asombro y El eco del viento, puede uno advertir que nos proyectan, sin lugar a la duda, un reflejo del mundo que sin su palabra no podría ser descubierto y que nos reveló cada vez su profundo sentido del oficio. Tuve la fortuna de caer otra vez en sus escritos bajo la sombra grata de sus libros, donde la madurez y la magia de su poesía se vuelven huracán para envolvernos. Silvia Lorenzo o Sonia Truque, Jorge Pardo o Germán Vargas se refirieron con entusiasmo al trabajo de quien nació y creció como hacedor de versos de incontenible emoción, bajo un indesprendible fondo de naturaleza y campo que surca por siempre con el tema del amor, sus dolores y sus alegrías. El desarraigo y la búsqueda, la angustia y el olvido, la memoria y el recuerdo van siendo el hilo conductor de un poeta que recorre la infancia o la adolescencia y se estaciona en lo bravío del tiempo de hoy, lejano de los puertos, las puertas y la esperanza, expresando multiplicidad de voces con un eco a lo Walt Whitman, Miguel Hernández o Federico García Lorca como lo define Sonia Truque. Su tono es siempre intenso y sin enredarse en nada distinto a la sencillez, logra la carga impactante de la complicidad. Resulta curioso que algunos de sus lectores si no ven a Borges o a otros maestros rondando en sus palabras, lo tilden de menor y por el simple hecho de que no les agrade lo descalifiquen con dureza desde sus tribunales aldeanos de inquisición literaria. Se trata de un poeta que valió la pena y que siempre me da gusto leer porque no me enreda en el disfraz hipócrita del seudointelectualismo sino en el sentido y el sentimiento profundo de la vida. El que se le fue a la madrugada de este día de San Juan como si fuera a hacer una fiesta en otro lado, mientras el sentimiento doloroso por su apresurada partida nos cubre de neblina en el celaje de las evocaciones.

Clara Pardo, Alberto Amaya, Manolo Pineda, Carlos Orlando Pardo, Dairo González y Germán Arango. Ibagué, 1997

Germán Arango M., nació en el Líbano en 1946. Fue ante todo poeta pero también músico, vendedor de libros, periodista ocasional y director de talleres literarios. Publicó 15 libros y apareció en varias antologías. En 1986 bajo el sello Pijao Editores editó Preparación para el olvido; después vendrían Poemas de ausencia, 1987; Más allá del silencio; El centauro americano, 1992; Caminantes del alba, 1999; Cuando pasa la tarde, 2005; Cuando las hojas caen, 2006; Este día de sol ,2006; Cantos de soledad, 2007; La huella de tu paso, 2008; El barquito de Arzayús, cuentos infantiles, 2008; Desde la otra orilla, 2009; A través del espejo, 2009; Los días perdidos, 2010; Memorias del asombro, 2010; El eco del viento, 2011.
Muestra de poemas
Selección COP

ABISMO

Sí, llévatelo todo
las horas del reloj...
las que se mueven,
el aire que no está y que se respira...
la música que se oye
las palabras umbrosas
conque formo tu nombre
y digo mi agonía.

Puedes tomarlo todo...
yo tengo un día sin tiempo
un aire, un sol,
un viento
sin matiz asequible
a los sentidos
donde tan fácilmente
y dulcemente
te vivo en honda vida.

Que si lo cojes todo,
este es un todo tuyo
nunca mío.

Sólo es un casi todo
siempre aunque tú lo ignores
me dejas el abismo de dulzuras
que hay después de nosotros
no más mío que tuyo.
no más tuyo que mío
y de los dos.

LA PREGUNTA

Una pregunta a veces casi segada
mientras nace sitúa
mi pensamiento al borde del vacío
cuando en la torva noche
me despierto
y miro la tiniebla y me hablo solo
y se me van abriendo los días
que viví como las hojas
cerradas de una puerta...

¿Adónde he de mirar
que no salgan preguntas?
Aquí la sombra mide la distancia
que separa mi cuerpo de mi sueño:
juntos están...
mentiras y verdades
en la interrogación
de cada día...

LIBERTAD

El harapo del vagabundo
trama
carnal en cuyos hilos
se abriga el cuerpo errante, vive
su caminar como el chorro
del sueño del sueño, hecho de humildes letras
diarias
de quebrantos tejidos
en la noche, y es más puro
que la virtud, más abundante
que la opulencia, cristal donde
la fundación del mundo se trasluce
más desnuda, porque nadie
puede ser tan humano
como esta libertad.

ARTE POÉTICA
Poemas de ausencia, de Germán Arango
Por: Sonia Nadhezda Truque
Con Poemas de ausencia, Germán Arango retoma el hilo conductor de su primer libro: Preparación para el olvido. De un lado la mirada pesimista sobre un estado de cosas que el poeta deplora pero que sabe inevitables: el desarraigo y al mismo tiempo la búsqueda de algo que afirme su existencia, búsqueda de la tierra, del amor y del viaje como fuente de aprehensión.

Sin embargo, en Poemas de ausencia la voz angustiada del primer libro se torna bullicio de la tierra y dolor por la tierra, presente en poemas como Elegía para Armero, Líbano o Jorge, cuéntaselo a Sonia, donde el dolor por la pérdida de un entorno arraigado en la memoria (la infancia), le sirve como puente a otros aspectos vitales como la realización del amor y el deseo, exaltación también, grito angustiado cuando dice “Cómo hago para amarte? Yo exiliado de todos los refugios y los puertos y del último escondite que fue mío antes de que me hallaran los malvados…”.

En esta multiplicidad se desliza el eco de Walt Whitman, Miguel Hernández y Federico García Lorca, que hicieron de la tierra y el amor la base de su producción poética: canto, grito y lágrima.

Poemas de ausencia logra un tono intenso en el que la aparente sencillez, se convierte en trampa al lector, que deberá transitar con el poeta, compartir su errancia y comprender por qué su mirada, la del poeta es así: “A veces su mirada es una lágrima cuajada en la preñez de las manzanas o en el cilindro largo de un revólver que enardece la tinta de las cartas”.

La poesía de Germán Arango
Por: Sylvia Lorenzo


Definitivamente el pesimismo es un monstruo que oscurece con su soplo la claridad delos buenos sucesos, para iluminar con su potente lámpara los hechos oscuros de un país. Porque, si en un momento todo estuviera perdido, aún le quedaría al espíritu la opción entre sus potencias para ordenar el caos y su libertad para precipitarlo. Pero es que el alboroto de los pesimistas siempre fue más ruidoso que el clamor de los abrigan la esperanza.

Y estas nefastas sombras pesimistas, cuán propicias son para el asalto a los valores del espíritu; porque en medio de la desesperada rebatiña donde pululan falsos apóstoles y mentidos héroes, hay quienes están disfrazando con el manto de la poesía para enredar palabras y palabras, que serán crucigramas o charadas, o arengas o protestas o insultos, pero por nada tienen que ver con el quehacer poético; por ello, como ya lo dijo Eduardo Santa (Magazín Dominical de El Espectador, 25 de marzo de 1984), la gente no quiere oír hablar de poesía. Porque el pueblo no se engaña; el pueblo percibe el mensaje poético, se estremece y vibra con él; pero lo que se le está entregando ahora –en general- no es poesía. Es la parodia mentecata de algunos individuos –y lo hace notar también Eduardo Santa-, que ignorantes hasta del manejo de la lengua, tienen que recurrir a la procacidad para encontrar algún auditorio en el escándalo.
Por ello me ha sido tan placentero el hecho de que un poeta dé a la publicidad su primer libro. Si un poeta levanta su voz, no todo está perdido. “Vuestra ausencia, dice Papini a los poetas, es uno de los signos más graves del crepúsculo de los valores humanos”.

Con la lectura de estos versos me adentré de nuevo por aquellos profundos caminos, donde el silencio está ondulado por el estremecimiento, habitado por el ritmo y cruzado de relámpagos. Son los caminos por donde solamente marchan los hechizados transeúntes de la vida. Y regresé de ellos con el sabor del vino entre los labios. De un vino que, si bien no ha sido largamente macerado en los lagares del espíritu, porque es el primer vio, ya nos brinda su dulce embocadura. Y es porque Germán Arango maneja esas fórmulas misteriosas que conforman el ejercicio poético, y cuya esotérica combinación sólo es conocida del poeta.
Nos inicia en el viaje por sus privados señoríos del amor cuando sugiere:


“Para llegar a ti
recorrí mil caminos solitarios
viajé por los espacios
que me brindaba el sueño
después de la fatiga”…

De pronto nos detenemos para oírlo:

“Quiero llenar mi corazón vacío con tu recuerdo grato,
inventar nuevos besos para seguirte amando”.

Y ya instalados en sus predios amorosos clama:

“Tu poema me canta con amor verdadero
y yo te correspondo con éste amor tan mío”.

Trajina luego los senderos tristes, presea del poeta, y canta:

“Hoy el amor que yo te di se ha ido,
como el niño que lleva en su equipaje
toda la mansedumbre del olvido”.

Conoce el dolor y lo define:

“Como sombra que viene de todos los ocasos
de la mano del tiempo a conversar conmigo”.

En el amor, en el dolor y en la nostalgia, evoca:

“Tu voz, tu dulce voz viene en la brisa…
sonoro caracol era tu risa
cuando tu vida a mí se me rendía”.



Ritmo, emoción y pensamiento habitan la comarca iluminada de Germán Arango; de allá nos trae hoy estas espigas primigenias.


Su libro es vino nuevo, que nos deja ya la nostalgia del regosto, como prenda de futuras vendimias.

Preparación para el olvido
Por: Alberto Machado Lozano

Este pequeño libro —me refiero al volumen— que nos presenta o le presenta a Colombia, Germán Arango Muñoz, en elegante edición, es una obra poética que no pretende llegar con ruido a la antesala de los monseñores de la crítica. Es un río provincial, pequeño, blanco, averado también de rosas blancas, colocadas allí por el AMOR, que es todo el río, es decir, todo el libro.

El poeta va detrás de una mujer innominada, de quién sólo él sabe el nombre y la llama, y la ansía, y la recuerda; en veces le hace llorar con lágrimas dignas que no atestiguan la ausencia de la carne sino que mojan las blandas reconditeces del espíritu. A esta mujer amada, para él hecha de aromas, de luz de zafiros y pedazos de luna, la multiplica para poderla entregar simbólicamente, perfecta e intacta, a todos aquellos que amaron o aman de veras.

De su bosque interior quiere el poeta, para aquella Beatriz de sus sueños, separar un árbol que crezca hacia el azul del cielo y que tenga mañana flores y frutos para ella, o bien “un pino cubierto por un copo de nieve, con campanas de argento…”. Pura dulce y bella poesía. Mejor que no se entró el poeta por esos cuévanos sórdidos y oscuros por donde deambula el hombre con su piel salpicada de ocres manchas de crimen, de duda, de horror, de injusticia y de angustia.


Albero Machado Lozano y Carlos Orlando Pardo, El Líbano, 1992
Javier Huérfano, Fernando Ayala, Rogelio Echavarría, Manuel Rincón —Pemán— y Jorge Eliécer Pardo. Bogotá, 2001
Panorámica de El Líbano, Tolima, donde nació el poeta Germán Arango Muñoz, fallecido el viernes 24 de junio de 2011.

23 de junio de 2011

Fabio Martínez en francés



Fabio Martínez habitante de todo los cielos


Por Jorge Eliécer Pardo
No he conocido en mi trasegar por la literatura y sus autores alguien que contenga varias cualidades juntas: su disciplina y oficio por la creación literaria y la docencia; su talento y fuerza como narrador y su exquisito humor. Eso es Fabio Martínez. Agregaría que es, además, generoso y respetuoso con el trabajo de los demás. Teatrero y músico en las calles de París y Barcelona y juicioso estudiante de Literatura latinoamericana en la afamada Sorbona.


Fabio tocando saxofón. Cali 2011
Lo conocí por los años de la bohemia bogotana encabezada por Ignacio Ramírez y Olga Cristina Turriago donde se libaba más que se leía y creaba. Una rumba feliz y poco documentada en donde Fabio hacía las delicias con sus textos siempre justos y jocosos. Venía de París con un libro que empezó a hacer historia no sólo entre sus amigos sino entre lectores sin rostro: Un habitante del séptimo cielo. La publicación de esa primera novela (mención del premio Ernesto Sábato, 1986) abrió las esperanzas de una colección de narrativa impulsada por el poeta Rafael del Castillo y la admirada Nubia Stella Cubillos en su proyecto Ulrika, editada en 1988. Una nota de Juan Manuel Roca le dio la bendición en la contratapa. No se equivocó: el libro tomó vuelo y ahora sale la edición bilingüe, español-frances, por la Universidad del Valle y Vericuetos, con una impecable traducción de Yves Moñino.
En hora buena para una generación que ha tenido que sortear múltiples problemas de tipo editorial. Hijos del Frente Nacional, herederos de la represión y el bloqueo, estigmatizados por la derecha y la izquierda, señalados como telúricos, pastoriles y decimonónicos, rechazados en editoriales nacionales y extranjeras, exilados y aparentemente apabullados por el fenómeno García Márquez. Pero siempre gana la vocación y la disciplina. La literatura es así, invasora y hermosa.
Fabio ha publicado en su periplo, luego de Un habitante… varios libros. En todos ellos ha conservado ese estilo donde la ironía, el humor y la música cabalgan en temas profundos o cotidianos. Sus minificciones son de alta calidad, cargadas de aforismos y poesía.


Tuvimos la fortuna de incluir a Fabio Martínez en la colección de 50 novelas colombianas y una pintada que lanzáramos en el año 2008. El fantasma de Íngrid Balanta. La negra cuajada de pelo postizo que deambula por los salones de los prostíbulos.
El festejo del lanzamiento de la edición bilingüe en París registrado por los editores, el traductor y los amigos, se encuentra en el maravilloso blog de Vericuetos.
Otras publicaciones:





Fabio Martínez y Jorge E Pardo. Bogotá, 2011

Presentación de la novela en Francia
El Séptimo Cielo: un habitante 
literario de París


Quiero expresar, a modo de preámbulo, el gozo que sentí al traducir la novela de Fabio Martínez y también agradecer a mi amada, Carolina Ortiz Ricaurte, por su ayuda en la comprensión de varios términos y expresiones de español colombiano, particularmente los que se usan en la región de Cali. Y es con un placer no disimulado que voy a hablarles, no del gozo ni de los tormentos del traductor, sino del contexto literario del libro.
La presentación en París de la nueva edición, bilingüe, de Un habitante del Séptimo Cielo, de Fabio Martínez, coincide con el 140 aniversario de la Comuna, que vio el proletariado parisino lanzarse « al asalto del cielo », según la expresión de Carlos Marx.
El séptimo cielo de Martínez es la metáfora de un cielo menos atractivo, el de los cuartos de muchachas con baño en el rellano, esas « chambras » (en « frañol » en su texto), donde se apiñaban los proletarios del Tercer Mundo parisino de los años Mitterrand, después de la desaparición de las muchachas de servicio españolas que Philippe Le Guay ha hecho revivir hace poco en su película Las mujeres del sexto piso, cuya acción se pasa en los años de De Gaulle. El libro de Martínez se inscribe así en una larga historia literaria de la capital francesa, que celebra en versos como en prosa la geografía de sus barrios y monumentos, las ocupaciones y las costumbres de sus habitantes, y sus transformaciones.
Esta historia se inicia en el siglo II, con el imperador filósofo Juliano el Apóstata, quien entre dos batallas más allá del Rin contra los Germanos, gustaba de venir a descansar en Lutecia, la pequeña ciudad galoromana que empezaban a llamar Civitas Parisii, la ciudad de los Parisienses, una de las muchas tribus de Galia. Juliano es el primero de una legión de peatones literarios enamorados de París : evoca en su Misopogon la isla de la Cité poblada de indígenas galos y la orilla izquierda de colonos y funcionarios romanos ; alaba la suavedad de las estaciones, la nitidez del agua del Sena, « tan pura como agradable de beber », sus excelentes viñedos y sobre todo las costumbres rústicas de sus habitantes : « estoy entre las más belicosas y más valientes naciones, donde sólo se conoce a Venus conyugal y a Baco que da la ebriedad en vistas del matrimonio y de la reproducción de la especie o de la cantidad de vino que cada cual necesita para apagar su sed. Acá, ninguna impudencia ni la obscenidad que se ve en vuestros teatros… ».
No me detengo en las crónicas de los historiadores medievales de la Corte ni en los diarios de los burgueses de París de la Edad Media, que son documentos apasionantes pero que conciernen poco la literatura, para llegar al París renacentista de los dos más brillantes astros de las letras francesas, François Villon y François Rabelais. Villon, parisino de cepa, vive su ciudad y poco la describe, pero su voz contra la injusticia es la de los andrajosos estudiantes y marginados de la ciudad, una voz burlona y cruel con las autoridades, la policía, los eclesiásticos, burgueses y usureros, una voz de la irrisión parisina frente a la angustia de la muerte ; la víspera del día en que hubiera debido ser ahorcado, escribe :
« Et de la corde d'une toise Y de la soga de una toesa[1]
Saura mon col que mon cul poise » sabrá mi cuello lo que mi culo pesa
Martínez invoca los manes de Villon cuando su antihéroe deprimido, aplazando de puente en puente su firme resolución de echarse a las asquerosas aguas del Sena, pasa por la desaparecida cárcel del Châtelet.
Los héroes de Rabelais están lejos de lo tragicómico. Si el gigante Gargantúa pasa por la capital sólo para robar las campanas de Notre-Dame y colgarlas al cuello de su yegua, su hijo Pantagruel se divierte con Panurgo entre la Cité y el Barrio Latino, dando mil jugarretas a los clérigos, abogados, damas de la alta sociedad parisina y doctores de la Sorbona, que hoy como en aquel entonces, es una fábrica de famélicos cultos. Rabelais ignora olímpicamente los barrios del poder real y del negocio que se habían desarrollado en la orilla derecha del río durante la Edad Media, alrededor del Louvre y del mercado Les Halles. Nuestro François restituye con exuberancia la vida de los colegiales de entonces, poco diferente de la de los estudiantes suramericanos del Paris de los 1980, cuyas « colombianadas » transgresivas como estilo de supervivencia son alegremente evocadas por Martínez.
Es a finales del siglo XVIII que aparecen las descripciones detalladas de la capital y de sus habitantes. Louis Sébastien Mercier, escritor prolijo, pinta de manera muy viva aunque moralizante, en los 12 tomos de su Cuadro de París y en los 6 del Nuevo Paris, los usos y costumbres de la calle y del pueblo parisinos justo antes y durante la Revolución de 1789.
La «capital del siglo XIX», según la expresión del filósofo Walter Benjamin, se vuelve entonces un personaje literario autónomo, un sujeto de intriga o de estados de ánimo en Stendhal, Balzac, Baudelaire, Hugo, Zola y Vallès. Stendhal se limita a los barrios ricos, los del negocio y de los placeres de la burguesía liberal, y de los salones de la aristocracia del Faubourg Saint Germain. Es el primero de una larga serie de provincianos y más tarde de extranjeros, atraidos por la capital: «Todo lo que tiene un poco de energía en París nació en provincia y desembarca a los diecisiete años». Describió, a través de Julien Sorel en Rojo y Negro y en su autobiografía Vida de Henry Brulard, la soledad del provinciano parisino («Uno siempre es un extranjero en París»), sus esperanzas, decepciones y éxitos. Desde este punto de vista, Sorel es el ancestro literario de los Rastignac y Rubempré de Balzac, y de Román Velásquez, el héroe de Martínez que descubre, recorre y se adueña de la ciudad. Pero el París de Balzac es más amplio que el de Stendhal: debajo de la ciudad liviana de las Luces, revela el infierno social que determina en ella la lucha por la vida, y el mundo subterráneo de « las clases laboriosas y peligrosas[2]». Balzac abre el camino que van a seguir Eugène Sue, Victor Hugo y Zola : la ciudad es para Balzac un monstruo delicioso, de que «cada hombre, cada fracción de casa es un lóbulo de tejido celular de esta gran cortesana de quien [conocemos] perfectamente la cabeza, el corazón y las costumbres caprichosas» ; su desván es «una especie de cabeza llena de ciencia y de genio», el primer piso[3] «un estómago feliz», la tienda «verdaderos pies; de ella parten todos los andadores, todos los atareados» ; París es una « sublime nave cargada de inteligencia, una colmena zumbadora con sus calles asesinas, las calles obreras, trabajadoras, mercantiles, las calles viejas como viejas viudas ricas no son viejas» (Ferragus).
El parisino Baudelaire pasa la ciudad ramera por el filtro de sus sensa­ciones y del spleen de su vida bohemia de dandy trabado (enlace en francés en http://baudelaire.litteratura.com/?rub=oeuvre&srub=pop&id=6&s=1 > Epilogue) :
Le coeur content, je suis monté sur la montagne
D’où l’on peut contempler la ville en son ampleur,
Hôpital, lupanars, purgatoire, enfer, bagne,
Où toute énormité fleurit comme une fleur. […]
Que tu dormes encor dans les draps du matin,
Lourde, obscure, enrhumée, ou que tu te pavanes
Dans les voiles du soir passementés d’or fin,
Je t’'aime, ô capitale infâme! Courtisanes
Et bandits, tels souvent vous offrez des plaisirs
Que ne comprennent pas les vulgaires profanes.
En las obras de los Cuadros de Paris, Baudelaire expresa una nostalgia de la ciudad anterior a 1848, desfigurada por los picazos de Haussmann, el prefecto de Napoleon III, que iba a transformar de arriba abajo el aspecto de la capital. Martínez, en su novela llena de reminiscencias baudelairianas como el inevitable peregrinaje al cementerio Montparnasse sobre la tumba del poeta, mezcla así la descripción de la ciudad con las sensaciones que provoca, y con los estados de ánimo bajo los efectos del vinucho y del hachís. Pero Martínez está en el lado opuesto al asco a las multitudes y a los pobres que expresa con frecuencia Baudelaire, y que se transmitirá, en el mismo registro provocador, a otro escritor colombiano, Fernando Vallejo.
La fascinación literaria para las clases populares y peligrosas de París culmina con Eugène Sue y Victor Hugo. El primero, quien explora los bajos fondos de la capital en los Misterios de París con sus asesinos y prostitutas cristianamente arrepentidos, sufre de un paternalismo redentor inspirado por las encuestas de los filántropos y reformadores burgueses liberales de la época, paternalismo del que Marx se burla magistralmente en La Sagrada Familia a propósito de los personajes de la famosa novela por entregas. Los Miserables de Hugo con su Corte de los Milagros, sus alcantarillados, sus gamines y ex presidiarios, cae en parte en este defecto, pero al dar al argot sus primeras letras de nobleza y sobre todo al centrar la saga alrededor de la insurrección de 1832, Hugo hace entrar en literatura el pueblo agente de su destino y la barricada, donde muere Gavroche. En cuanto a Zola, describe como precursor inspirado de la sociología la epopeya de las transformaciones del París de Napoleón III (El dinero sobre la Bolsa, El vientre de París sobre los Halles, Pot-bouille sobre las clases medias de los edificios de los nuevos bulevares abiertos por Haussmann y A la dicha de las damas sobre el desarrollo de los grandes almacenes. Sin embargo, sus novelas sobre las clases populares, excepto Germinal que no concierne París, aún están afectadas por una concepción paternalista del pueblo obrero: La taberna se extiende con cierta condescendencia sobre el flagelo del alcolismo obrero y Nana sobre la ascensión y sobre todo la caida de una mantenida del Segundo Imperio. Habrá que esperar a Rimbaud y a Jules Vallès, para volver a oir la voz propia de los andrajosos que se había manifestado en el siglo XV con Villon.
Rimbaud es uno de los pocos hombres de letras que tomó partido a favor de la Comuna, en particular en sus dos deslumbrantes poemas «Canto de guerra parisino» del 15 de mayo de 1871, justo antes de la Semana Sangrienta, y «La orgía parisina o París se repobla» escrito justo después. El primero celebra la alegre fiesta de la primavera revolucionaria al tiempo que maltrata la poesia bucólica y sentimental de los románticos y parnasianos (enlace web en francés en http://poesie.webnet.fr/lesgrandsclassiques/ > teclar el nombre del autor y el título del poema). El segundo es un grito de asco y de rabia contra los versalleses y un homenaje al París de los 20 000 muertos de la Semana Sangrienta (mismo enlace):
Ô coeurs de saleté, bouches épouvantables,
Fonctionnez plus fort, bouches de puanteurs !
Un vin pour ces torpeurs ignobles, sur ces tables...
Vos ventres sont fondus de hontes, ô Vainqueurs ! […]
Syphilitiques, fous, rois, pantins, ventriloques,
Qu'est-ce que ça peut faire à la putain Paris,
Vos âmes et vos corps, vos poisons et vos loques ?
Elle se secouera de vous, hargneux pourris !
Et quand vous serez bas, geignant sur vos entrailles,
Les flancs morts, réclamant votre argent, éperdus,
La rouge courtisane aux seins gros de batailles
Loin de votre stupeur tordra ses poings ardus ! […]
Quoique ce soit affreux de te revoir couverte,
Ainsi ; quoiqu’on n'ait fait jamais d’une cité
Ulcère plus puant à la Nature verte,
Le Poète te dit : « Splendide est ta Beauté !» […]
El habitante del Séptimo Cielo de Martínez tiene acentos rimbaldianos, desde luego menos violentos que los del poeta de Una temporada en el infierno ; la identificación del héroe de Martínez con los humillados y ofendidos del París de 1981, los árabes, negros, latinos o francesas de cepa a quienes frecuenta en las chambras», se expresa antes que todo con ternura y humor. El autor estructura la novela en estaciones, descritas con el ojo nuevo de un hombre del Trópico, en sus efectos físicos sobre los paisajes urbanos, y mentales sobre los estados de ánimo de los habitantes: después de un verano radiante, temporada del descubrimiento, de la admiración y del asombro ante los usos exóticos de los nativos, después de un otoño resplandeciente, tiempo de la adaptación progresiva a la ciudad, viene el invierno-infierno, estación del ensimismamiento, de la depre y del «mal viaje». La primavera ve el regreso del héroe al país, y este ciclo iniciático es una búsqueda espiritual del mismo orden que la de Una temporada en infierno de Rimbaud.
He nombrado a Jules Vallès, el rebelde que se convierte en revolucionario: una niñez provinciana a garrotazos, doblegada bajo el yugo de la tiranía paterna y materna, una juventud republicana de bachiller pobre y aburrido después de la esperanza pisoteada de la revolución obrera de junio de 1848, una vida parisina de trabajitos bajo el Segundo Imperio, un comienzo de éxitos periodísticos y literarios marcados por una envidia de la gloria de Baudelaire, que detestaba, de arranques de arribismo objetos de burla a sí mismo, de confiscaciones de su diario La Calle, de temporadas en la cárcel. Llega el tiempo del insurrecto, miembro del gobierno de la Comuna, lo que le paga de la opresión de los 20 años de Imperio, director de El Grito del Pueblo que vende 100 000 ejemplares cada día en París bombardeado por los cañones de Versalles, defensor de «la libertad sin orillas» para la prensa hostil a la Comuna que sigue publicándose en la ciudad, combatiente hasta la última barricada de la calle de Belleville, el 28 de mayo. Luego viene el exilio y otra vez la miseria, 10 años en el smog de Londres, antes del regreso a París en 1880, con la amnistía de los comunalistas votada por la república radical, y del reconocimiento como escritor del pueblo. 100.000 proletarios seguirán su ataúd, entre ellos una delegación de obreros alemanes quienes habrá de proteger de la agresividad chovinista de los señoritos del Barrio Latino. Vallès cuenta todo esto (salvo su entierro, claro, relatado éste por la gran periodista Séverine) en su Trilogía, en una lengua nueva, fresca y nerviosa, muy dialogada, sin florituras, irónica y mordaz ; describe las sensaciones, los sentimientos y las ideas que brotan del cuerpo y de las situaciones de sus personajes. No escribe sobre el pueblo de París, sino desde el pueblo con el que comparte las aspiraciones, el pitorreo, las alegrías y las penas. En su Cuadro de París, conjunto de crónicas de los 1880, su intención es « pintar la ciudad como es y moldearla con sus protuberancias y sus hondonadas, sus relieves de carne y de madera, sin clasificar a los gloriosos y a los parias ». Describe como paseante y reportero incansable a los habitantes de los barrios y a los transeúntes de las calles, a los encerrados de las cárceles y manicomios, al público de las ferias, teatros y cafés, y las fiestas populares como la celebración del 14 de julio y sus bailes de barrio. Martínez es también heredero de Vallès, por la vitalidad y la sencillez de su prosa.
Pasaré más rápido sobre las visiones literarias de París en el muy rico siglo XX, por ser más conocido y cercano a nosotros. Entre los lugares y las gentes que detuvieron la atención de los escritores franceses, bastará recordar los salones de En busca del tiempo perdido de Proust, las viviendas sociales de los linderos de Paris del Viaje al final de la noche de Céline, los ensueños de Aragon en los pasajes cubiertos del Campesino de París, el exotismo de los callejones oscuros poblados de criminales y prostitutas de Jésus la Caille o de L’homme traqué (Francis Carco), la bohemia montmartesa de Quai des brumes (Pierre Mac Orlan), los Maigret del belga Simenon, las fortificaciones con los « apaches » jerigonceros de La ley de las calles (Auguste Le Breton), cada uno de los 20 distritos de la ciudad en los Nuevos misterios de París del surrealista Léo Malet, la ciudad burlesca de los Ejercicios de estilo y de Zazie en el metro (Raymond Queneau), la ciudad onírica y misteriosa de las novelas de Patrick Modiano, la anatomía de un edificio parisino y de sus habitantes en La vida, instrucciones de uso (Georges Perec), la saga histórica de Robert Merle, entre otras París mi buena ciudad en la época de la San Barthélemy y las masacres más recientes, pero tan parisinas, de argelinos en 1961 en Meurtres pour mémoire y la exhibición zoológica de los canacos en el bosque de Vincennes durante la Exposición colonial de 1931 en Caníbal (Didier Daeninckx). En el siglo XXI, por fin, el pueblo de las afueras y de las cités (torres e inmensos conjuntos de viviendas) de los departamentos del gran París irrumpe con Faïza Guène, en Kiffe kiffe demain, Du rêve pour les oufs y Les gens du Balto. Era tiempo. Tiempo de empezar a tonificar una sociedad francesa paralizada y una literatura a menudo egocéntrica, con jóvenes de pluma crítica y orígenes diversos, hijos todos de nuestro pueblo que desde 1789 aspira a la igualdad y a la fraternidad.
Una de las grandes novedades del siglo XX literario de París fue la llegada de extranjeros quienes pusieron miradas nuevas sobre la Ciudad Luz. Ni el Arco de Triunfo de Eric Maria Remarque, que pinta la vida de los exiliados alemanes, blanco de la hostilidad de la república francesa en 1938, ni los autores rusos como Berdaiev (El destino de París), Ehrenbourg (Mi París, La caída de París) o Bunin (En París, 1940) parecen haber tenido influencia en la escritura de Fabio Martínez, ni tampoco, de manera más sorprendente, el peruano César Vallejo, en sus Crónicas de París escritas en los años 30. En cambio Hemingway, con Paris es una fiesta, alimentó evidentemente el sueño de Fabio Martínez de venir a estudiar en la capital, y el sentido que da a su estancia : de París, « se sale enriquecido para actuar en esa otra ciudad donde uno tiene puestos sus sueños ». El argentino Cortázar se volvió todo un parisino, pero Rayuela es el libro del exilio entre tierra y cielo, entre paraíso e infierno, que ofrece al lector nuevas maneras de leer. Más recientemente, en 2005, el colombiano Santiago Gamboa, en El síndroma de Úlises, describe la vida del proletariado del tercer mundo «franciliano[4]» que ya no reside en la ciudad intra muros como en la época de Martínez. Gamboa bosqueja, a través de los encuentros de algunos migrantes venidos de todo el planeta, un cuadro preciso de la explotación, de la soledad, de la miseria y del valor de los trabajadores en la región parisina.
Debemos al poeta argentino Roberto Juarroz esta gota de luz: « la realidad para ser necesita la imaginación». A nuestra breve e incompleta historia del París imaginado por los escritores y poetas, la relación de las aventuras de Román Velásquez trae una vena picaresca, que desde el Lazarillo de Tormes escenifica antihéroes de condición marginal, quienes ejercen con humor su desenvoltura en sus encuentros con medios sociales muy diversos. Martínez renueva el género al integrarle el legado de los escritores y poetas que asocian lo sublime y lo sórdido : ecos de la alegría vital de Vallès, del spleen de Baudelaire y hasta los de la sed de triunfar de Rastignac resuenan en la exclamación de uno de los compinches de la gallada caleña de la novela, cuyo juego sobre la palabra parís, resume la ciudad soñada del autor: ¡Aquí París o te reventás!
[1] Antigua medida francesa de longitud, equivalente á 1,946 m. Tuesa es aún de uso muy corriente en la lengua criolla de los campesinos de San Basilio de Palenque (Colombia) como medida, no de cuerdas, sino de rozas.
[2] Es el título de la obra maestra del historiador Louis Chevalier (1958), quien, basándose en los testimonios literarios y las encuestas estadísticas, analiza el deterioro de las condiciones de vida del pueblo trabajador del París del siglo XIX, y describe el « estado patológico » en que se hunde una fracción importante de la población : epidemias, suicidios, infanticidios, locura. El crimen es sólo uno de los aspectos de la ola de violencia que afecta entonces la capital.
[3] o sea el segundo piso en Colombia. En el París del siglo XVIII, la segregación social no era por barrios, sino por pisos de un mismo edificio : en una época sin ascensores, el primer piso era el de los ricos, el piso « noble » y tenía más altura bajo el techo que los pisos superiores.
[4] « De Île-de-France » o sea toda la región parisina con sus ocho departamentos y sus 11 millones de habitantes (París intra muros cuenta sólo con dos millones).
Villejuif, el 30 floreal 219 de la era republicana
(19 de mayo de 2011 de la era vulgar)
Una muestra de sus textos

Una mujer por cárcel
Si él quería unos zapatos de polvo de diamante, ella quería unos de corbatín de murciélago; si él pedía al desayuno huevos revueltos con jamón y queso (porque era un hombre ovíparo), ella pedía carne muerta frita; si él quería una cama giratoria de plumas de ganzo, ella quería una cama fija y sencilla de faquir; si él decía que quería conocer Suecia, ella hablaba del Africa negra; si él decía que quería ir al gimnasio y bajar de peso, ella prefería ir de compras a Unicentro con sus tarjetas de crédito; si él sugería óvulos, ella optaba por diafragmas; si él pedía pavo al vino (porque era un cernícalo), ella pedía lechona tolimense; si él le decía, adiós, currucutaca linda, ella respondía, adiós, monstruo precolombino; si él quería hacer el amor en la noche, ella prefería leer El arte del tao; si él pedía de postre flan de caramelo, ella pedía aceite de jengibre; si él cantaba Rocío Jurado, ella lo hacía con Bola de Nieve; si él quería pasar vacaciones en San Andrés y Providencia, ella quería pasarlos en La cueva de los Guácharos; si a él le gustaba Paul Klee (por la economía del lenguaje), ella daba la vida por Fernando Botero; si él mencionaba hijos, ella optaba por perros y gatos; si él hablaba de llevar una vida sibarita, ella decidía afiliarse a la Sagrada Orden de la Mesa Redonda; si él compraba un reloj en forma de corazón, de tablero nacarado y agujas doradas, ella compraba un reloj de ferrocarrilero; si él llegaba a mencionar que le derretían las nínfulas de catorce años (era un pedofílico degenerado), ella, sencillamente lo mataba.
Era un hombre a quien le habían dado la mujer por cárcel.
La flor y la locura
Cada hombre tiene una flor. La flor de Gabriela Mistral fue al rosa. La de Pablo Neruda fue el clavel. La flor de Vincent Van Goh fue el giralsol. La de Camilled Claudel fue la locura.
Arte poética
A Ignacio Ramírez Pinzón.
Para crear Dios le dio el hambre a César Vallejo, la pobreza a Arguedas, el asma a Proust, la paciencia a Tolstoi, el genio a Shakespeare, la ira a Unamuno, el sexo a Miller, la belleza a Yeats, el destierro a Benjamín, la cárcel a Hikmet, el delirio a Dostoiewsky, la pena de muerte a Saro-Wiwa, la flor de liz a Pizarnik, el Sena a Paul Celan, el mar a Alfonsina Storni, el doble sexo a Virginia Woolf, la castidad a Borges, el cinismo a Quevedo, la dulzura a Cernuda, el laúdano a Nerval, la absenta a Baudelaire, el whisky a Dylan Thomas, la marihuana a Porfirio Barba Jacob, el arma a Silva, la cojera a Hawthorne, el nóbel a Soyinka, el caballo a Macedonio Fernández, el vino a Pessoa, la gordura a Neruda, el amor a Goethe, la impotencia a Hemingway, la rosa a Gabriela Mistral, la vulnerabilidad a Verlaine, el olvido a Julius Fucik, la locura a Erasmo, la bebida a Poe y la eternidad a Cervantes.
De, Del amor inconcluso. Común Presencia Editores. Colección Los Conjurados. Bogotá, 2006. Primer Premio Jorge Isaacs, 1999.
Fabio con escritores en Ibagué, 2008

Fabio con Gustavo Álvarez Gardeazábal

Fabio con Luis Fayad

Fabio con escritores del Valle

Fabio con Alberto Ezquivel

Fabio con escritores en Ibagué, lanzamiento de las 50 novelas colombianas

Fabio con su esposa y Jacqueline Pachón y Carlos Orlando Pardo


Un capítulo de la novela
UN HABITANTE DEL SÉPTIMO CIELO
Por: Fabio Martínez
Traducción al Francés: Yves Moñino
Verano
Boquitas carnosas derritiéndose a fuego lento en una tarde de julio; trama complicada de naranjas, rosados y lilas reflejándose sobre el prisma aceitoso del asfalto; botones de seno aflorando tímidamente bajo la blusa transparente y moviéndose en desorden; calles en diagonal, manzanas triangulares, gente, perros, vino y palomas, y un olor penetrante a durazno fresco.
Así nos había recibido París aquella tarde del siete de julio de 1981, cuando todavía, con el cansancio sabroso que dejan los viajes, y ante el estupor de lo nuevo, nos lanzamos a las calles aún sin conocer nada, ni saber manejar el famoso librito rojo, que iba a ser en el futuro nuestro inseparable compañero.
El charter en el que volamos había despegado muy temprano de Cali, haciendo sus respectivas escalas en Bogotá, Caracas, San Juan, Madrid, para aterrizar finalmente, en el aeropuerto Charles de Gaulle, donde un lujoso pullman nos esperaba con el fin de conducirnos hasta el mismo corazón de la ciudad.
Doce horas de vuelo, y la mano deliciosa de la azafata tocándonos el hombro, nos anunciaban que ya estábamos volando sobre el cielo gris y encapotado de Francia. Dormidos, y aún sintiendo el crudo efecto del aguardiente de caña y de un barillo que nos había regalado el monito de despedida –ahora, en medio de este viaje, lo veo borroso armando el barillo ante la mirada triste y desolada de mi madre–, quisimos gritar de la felicidad, “vive la France” aunque no nos ayudara para nada el acentico, o “despierta Baudelaire, viejo mañoso, despierta que ya estamos llegando”, pero el auxiliar de vuelo que en ese momento pasaba al pie de nosotros, nos dio a entender que esas cosas no se podían decir allí, y menos, si nosotros veníamos de un país extraño y teníamos la intención de residir en Francia.
Las calles estaban cubiertas de una substancia viscosa y transparente que se pegaba a la piel como aceite; en el fondo, un horizonte recortado por un fino cuchillo se perfilaba como una media naranja; calles tibias y alargadas en forma de flautas traverseras y vaginales bajo ese ardiente fuego de verano que nos empezaba a tocay a quemarpor dentro; rostros

angelicales, miradas diáfanas apuntando hacia nosotros, y esa línea de senitos traviesos que al mirarlos nos producían una sensación deliciosa y placentera en todo el cuerpo.
Como no conocíamos nada, estuvimos recorriendo las mismas calles sin perder de vista un iluminado café, al que habíamos escogido como punto de referencia para no perdernos y regresar al estudio de Ricardo Pilas, nuestro antiguo compañero de colegio, donde habíamos dejado las maletas y pensábamos alojarnos. Aquel día Ricardo Pilas, que hacía cuatro años vivía en París, no había podido ir al aeropuerto por nosotros, porque se encontraba –según una nota que nos había dejado con la concierge del edificio– de weekend con su novia.
Así que aquella tarde, particularmente cálida y luminosa, luego de habernos quitado el peso del cansancio con un buen baño de tina y cambiado de ropas, salimos a caminar por París.
La ciudad se levantaba ante nosotros como una perla prodigiosa que acabábamos de descubrir.
Tomamos la primera calle que encontramos, y sin fijarnos un rumbo definido, nos fuimos dejando llevar por la magia envolvente de la ciudad. París con la gente y el calor que hacía a aquella hora, era una burbuja de cristal flotando en el atardecer. Nosotros recién llegados, nos veíamos metidos en aquella burbuja, y todavía no podíamos creerlo. Desde que habíamos aterrizado en el Charles de Gaulle y dejado las maletas en casa de monsieur Pilas –como decía la concierge–, sentimos que ya hacíamos parte de la ciudad. Y sin ponerlo en duda, después de un fatigante viaje como el que nos había tocado hacer, pudimos respirar por primera vez con tranquilidad.
Oh, París; oh, là là. Dijimos al llegar a una esquina y allí mismo se nos escurrieron las lágrimas de la felicidad.
Esta escenita, que más adelante nos volvería a la mente una y otra vez, como una situación grata de recordar, había que descifrarla como la primera señal positiva de que París iba a ser nuestra ciudad, y sólo allí se iban a poder ver realizados todos los sueños que pueden abrigar un par de adolescentes inquietos e incomprendidos, como lo éramos Andrés Becerra y yo, en aquellos tiempos.
Con París, sabíamos, se nos iban a abrir las compuertas del mundo maravilloso. Allí se cumplirían todas las ilusiones y deseos que nos habíamos hecho del viaje; pues París, contra lo que dicen por ahí, y con todo lo que tiene por ofrecer, sigue siendo el ombligo del mundo.
París es una fiesta –decía Hemingway–, y en aquel verano de 1981, cuando llegamos por primera vez, París era una sola y desenfrenada rumba.
Doblando por una calle estrecha y torcida como una culebra, llegamos a un parquecito. La luna canicular que aún brillaba en toda su intensidad, iluminaba esta pequeña alfombra verde enclavada entre los muros de la ciudad; era un oasis que resaltaba como una fina y delicada esmeralda sobre el asfalto. Y en el centro de aquel oasis, como una estatua acostada, una rubiecita de unos 17 años, con unos walkman y un libro en sus manos, completaba el paisaje.
Ante tanta belleza inusitada, no cabían dudas de que era necesario hacer un alto y dedicarse a contemplar aquel espectáculo maravilloso que nos ofrecía la ciudad. Era, sin lugar a dudas, el primer regalo que nos brindaba París, y por ningún motivo había que desaprovecharlo.
Entonces, decidimos tomar asiento en el parquecito y escogiendo el mejor ángulo desde donde podíamos contemplarle todos sus encantos, empezamos a lanzarle miradas que llevaban enredados mensajes de amor y de ternura.
Era una vieja táctica que siempre utilizábamos con las peladas y nunca nos había fallado: mirarlas fija y penetrantemente a los ojos, así ellas se mostraran odiosas y repelentes. Al final, todas, sin excepción, caían como mosquitas muertas en nuestros brazos.
Pero nuestras miradas con la rubiecita cayeron en el vacío. Ella, concentrada en su libro, nunca nos determinó, y apenas se sintió como presa asediada, cerró violentamente el libro, y alejándose del parque, nos gritó con rabia:
“¡Espèces de voyous, ¿qu’est-ce que vous regardez?!”
Fue la primera desilusión que sufrimos de París; y lo peor era que no entendíamos lo que ella nos había gritado. “Voyou”. ¿Qué significaba “voyou”? Y abandonando el parquecito, consultamos por primera vez, el Larousse pequeño-de-bolsillo, que traíamos desde Cali.
“Voyou: Golfo, granuja, obsceno, pervertido”.
Aburridos por lo de la rubiecita, decidimos regresar al estudio de Ricardo. En el camino a casa, íbamos callados y nos sentíamos como niños regañados después de haber hecho una cagada. En un reloj de la ciudad las agujas marcaban las nueve de la noche, y sin embargo, el sol seguía cayendo abrasadoramente sobre la ciudad.
Llegamos al café mencionado, y al escuchar ruido de voces y cristales que venían desde adentro, quisimos entrar y pedir una copa de vino, pero la imagen desagradable de la rubiecita y el sentimiento de desamparo que experimentábamos en aquel momento, nos condujo a pasar de largo, y decidimos entrar al estudio de Ricardo.
Aquel primer día en París, lo mejor era tomar la cosa con calma, y esperar a nuestro compañero de estudios, Ricardo Pilas, que era todo un mago para moverse en la ciudad, y sabíamos que con él, las cosas serían hasta divertidas.
Los primeros rayos matinales entraron por la ventana del estudio de Ricardo, sacándonos de ese sueño pesado y ese cansancio que se había venido calando en nuestros cuerpos, casi sin que nos diéramos cuenta. Ahora mismo no sabíamos dónde estábamos, o al menos en qué lugar exacto de la ciudad. Sólo la luz del día que se colaba por la ventana nos indicaba que aún no era tarde, y afuera hacía un día soleado.
El estudio de Ricardo era pequeño; sus servicios estaban ingeniosamente incorporados a un solo espacio que no pasaba de 3 X 4, empapelado vulgarmente con unas flores amarillas, que a primera vista aparecían demasiado fuertes ante los ojos de cualquier visitante; un lavabo, una cama larga y estrecha y el clásico inodoro-de-hueco, práctico y multifuncional.
Andrés se paró de la cama, y mientras orinaba en el baño, se puso a tararear una canción de Bienvenido Granda, el bigote que canta. Cuando terminó de cantar, volvió a acostarse a mi lado, y sin cruzarnos una palabra, pensamos esta vez en Ricardo, y por primera vez nos sentimos como un par de aves solitarias prisioneras en una jaula.
Hacia el mediodía, en vista de que Ricardo no llegaba, nos comimos unas manzanas podridas con mermelada que encontramos en el congelador, nos pusimos a leer en francés. Andrés había escogido “La balada de los ahorcados” de François Villon y yo, “Las aventuras de Tintin y el capitán Haddock”. Realmente, fue muy poco lo que pudimos entender, y como ya llevábamos más de 24 horas sin dialogar con alguien, empezamos a sentirnos abandonados en medio de una ciudad ajena a nosotros, que para completar el cuadro, tenía otras costumbres y hablaba otra lengua.
Así pasamos la tarde. Entre el baño y la biblioteca de Ricardo, que era envidiable por la calidad de volúmenes que allí se exhibían, pero que nosotros no podíamos disfrutar debido a que todos estaban escritos en francés.
Hasta que una llamada telefónica rompió el silencio desesperante en el que nos había tenido Ricardo desde que pusimos los pies en París. Yo me levanté, todavía sin entender “Las aventuras de Tintin y el capitán Haddock”, y efectivamente al otro lado de la línea, estaba Ricardito Pilas, hablando desde Marsella. En ese minuto emocionante, Ricardito se excusó de no habernos recibido en el aeropuerto, y anunciándonos que llegaría en el tren de las 10 y 23, nos puso una cita en casa de una muchacha llamada Christine, donde nos tenían lista una comida de bienvenida.
– Lleven un buen vino. –Dijo–. Despidiéndose en francés, nos aconsejó una buena vinería que quedaba cerca de su casa.
La vinería se llamaba “El barón rojo” y estaba situada a pocos metros del populoso faubourg Saint Antoine. Entramos bajo el fuerte olor que expelían los negros barriles, y sin saber cómo era que las cosas funcionaban allí, pedimos de entrada tres botellas de vino. El dependiente, un señor calvo de delantal azul, al darse cuenta que nosotros éramos extranjeros (portugueses o argentinos, se imaginó), nos invitó a que nos sentáramos y nos ofreció un vaso de vino que destiló de uno de los barriles.
Los barriles eran negros y se sentían pesados; de cada uno de ellos se desprendía una manguerita verde como una lombriz. El dependiente abría la llave, tomaba la manguera con una de sus manos y la metía en un embudo del mismo color, y así iba llenando las botellas que los clientes traían.
Las botellas eran grandes y barrigonas; en la parte superior del cuello tenían impresas tres grandes estrellas altas y relucientes. El dependien­te alzó su vaso y brindando con nosotros nos preguntaba si nos gustaba el vino; nosotros mirándonos le contestábamos, oui, monsieur. El dependiente, entonces, tomaba de nuevo los vasos y los volvía a llenar.
Así estuvimos una hora larga, hasta que los vasos y las palabras del dependiente empezaron a dar nos vueltas en la cabeza. Decidimos, entonces, pedirle que nos llenara tres botellas del “rojo” que habíamos estado consumiendo, y que nos cobrara de paso el vidrio, pues nosotros hasta ahora ignorábamos las reglas de la casa. El dependiente con su cara gelatinosa y llena de venitas rosadas llenó las botellas con una placidez y una paciencia asombrosa y cuando los vidrios estuvieron listos, pagamos la cuenta y salimos a la calle.
Un Metro nos llevó a casa de Christine Ardent, una antigua residencia ubicada al occidente de París, donde vivían sus padres en compañía de dos perros de raza y una femme de ménage de origen portugués. Sus padres habían partido al África a pasar el verano y Christine, aprovechando su ausencia, tomaba la vieja residencia para hacer fiestas y reuniones con sus amigos.
Fue ella quien salió al encuentro y nos recibió las botellas. Entrez, entrez, s’il vous plaît, y con las botellas en la mano alzó su delicado cuello y buscó a Ricardo entre la gente. Alors, ¿ustedes están recién desempacados, no?, y dirigiéndonos al fondo donde Ricardo conversaba animadamente con un grupo de mujeres, contestamos: oui, madame.
Christine era alta, ágil y de hombros fuertes y cerrados como una jugadora de volibol; su cabello castaño le caía sobre los hombros descubiertos.
– Ricardo me ha hablado de ustedes. Y acercándonos al grupo vimos por primera vez a Ricardo, nuestro viejo amigo, después de cuatro años de ausencia.
– ¡Voilà les Colombiens! –Dijo Ricardo y nos abrazó en medio de risas femeninas–. ¡Bienvenus! –Enlazándonos por los hombros nos invitó a participar en el grupo–.
– Voilà, ella es Christine –con la mano extendida señaló a la linda francesita que nos había conducido hasta allí–, Victoria, Ho y Marguerite.
Victoria era ojiclara; en sus brazos llevaba pulseras de corales, y una cinta dorada le envolvía su perfecta cabecita. Ho tenía la piel bronceada y era de origen japonés, y Marguerite, la más bajita de todas, francesita, muy tímida y callada durante toda la noche.
– Et toi, ¿comment tu t’appelles? –Le preguntaron a Andrés–. Andrés respondió lentamente en francés, cuidando de no equivocarse:
– Je-m’a-ppelle-Andrés.
– ¿Et toi? –Dijo Victoria, la ojiclara–.
– Moi, je m’appelle Román.
– ¿Román?
– Oui, Román. Y enseguida soltó una carcajada.
– C’est sympahique. Román; tu es un roman.
Brindamos.
Después, en medio de risas y chistes que nosotros no entendíamos, pasamos a la mesa. Otros invitados que nosotros no habíamos visto empezaban a ocupar sus puestos, y clavados contra el plato empezaban a luchar con un pato a la naranja que nadaba en una salsa inglesa.
—Alors, mes enfants, ¿qu’est-ce que vous voulez boire? –Preguntó Christine en un tono cantarino a toda la mesa–.
– Du vin. –Dijeron algunos comensales sin desprenderse del pato, y Christine, solícita, trajo tres botellas de vino y las colocó sobre la mesa–.
– Sírvanse, señores. –Y dirigiéndose hacia mí, me preguntó:
– ¿Es correcto? –Yo le dije:
Oui, madame.
Un hombre, enseguida, se apresuró a abrir una de las botellas, y al observar que las botellas no tenían ninguna etiqueta que las identificara, exclamó:
– Pero, ¿qué es esto?
– Orines –respondió su vecino en francés–, vino para desahuciados.
Pidió a Christine, que por favor, cambiara las botellas.
Las botellas estrelladas fueron enseguida, reemplazadas por unas más gorditas y finas donde se leía la palabra “Bordeaux”, y así la comida continuó, en medio de chistes y resonantes carcajadas que se decían en varios idiomas, pero que nosotros apenas entendíamos.
– ¿Qué tal, viejo Ricardo? ¿Cómo es esto por acá? –Ricardo un poco más pálido y con un pañuelito de seda amarrado al cuello, nos decía mientras se servía un “rojo”:
– Esto es distinto, pero es chévere. –Y volteándose hacia Christine, nos dejaba solos en medio de esa mesa donde ahora se ensayaba hablar inglés–.
– ¿Te gustan las peladas?
– Sí, ¿y a ti?
– A mí me gusta la japonesita, pero parece que anda con el gringo aquel.
– A mí me gusta la francesita, la amiga de Ricardo.
– ¿Y Victoria?
– Já, já, já, já.
Nuevos y relucientes platos se sirvieron sobre la mesa, y una risa general contagió a todo el mundo que cada vez bebía y comía con más ganas, tirando por la borda cierta etiqueta embarazosa que en un principio flotaba en el ambiente. Ahora Christine, abandonando a Ricardo, se acercaba hasta nosotros, y balbuceando algunas cosas en español, nos contaba sus años de estudio en la escuela, y su deseo infinito de hablar y comprender algún día nuestra lengua; el gringo empezaba a sonreírnos y la japonesita, interesada, entablaba una simpática conversación donde se revolvía un poco de todo.
– ¿Where’s Colombia?
– It's in Ceilán.
– No, Colombia is in Canadá.
– ¡No! ¡Never! Colombia is in América; but is in the south.
Más tarde, sirvieron el queso que olía igual o peor a las medias que traía puestas Andrés desde Colombia, y con el queso vino el postre y el pousse-café; y cuando todo parecía llegar a su final, Victoria se levantó y pidiendo silencio, preguntó a los comensales:
– Mesdames et messieurs, ¿quién de los aquí presentes es aficionado a la droga? –Volviéndose a sentar puso su cartera plastificada sobre sus piernas y revolviendo con sus grandes manos, sacó del fondo una bolita de chocolate envuelta en papel brillante y preparó un tabaco. El ambiente comenzó a enrarecerse; mientras el tabaco rodaba de boca en boca, un olor penetrante a jabón de lavar lo invadió todo.
– Es afgano –dijo tosiendo–, cuentan que con esto se financia la resistencia.
– No está mal, pero a mí me gusta más el que viene de Marruecos.
– A mí, no; los árabes le empiezan a mezclar mierda de camello.
Y el tabaco, después de dar una vuelta larga, llegó hasta nosotros, pero ahora sólo quedaba un poco menos de la tercera parte. Andrés chupó dos grandes bocanadas y rodándome la chicharra se quedó pensando, mirando al cielo las luces titilantes de una lámpara. Entonces, Victoria, desde el otro lado de la mesa, metió otra vez sus grandes manos en la cartera, y sacando una nueva bolita de chocolate, nos dijo:
– Tranquilo, muchachos, que la despensa aún está llena. –Y preparó un segundo tabaco. Andrés volvió a chupar, esta vez con más confianza y seguridad, y con los labios arrugados, retuvo adentro una buena bocanada de humo–.
– ¡Ah!, estos colombianos. Me han dicho que en su país se preparan unos deliciosos manjares. –Terciándose la cartera, se levantó de su asiento y enseguida, nos pusimos a hablar en un lenguaje raro y enrevesado, como para iniciados–.
En la mesa quedaban tres botellas de vino; eran las tres estrelladas que el dependiente nos había envasado en “El barón rojo” y que nadie había querido tocar toda la noche. Andrés se levantó; abriendo una de las botellas, enseguida sirvió ante el silencio aprobatorio de la gente, que a esas altas horas de la noche, ya no le importaba nada, ni si quiera que un líquido tan ordinario y barato como el que nosotros habíamos traído, les bajara quemando sus sedientas gargantas.
Nuevos brindis, en medio de carcajadas estruendosas, se escucharon entre el grupo, y Andrés tambaleándose un poco, se levantó y alcanzó la segunda botella. Con la botella en la mano, como si fuera a echar un discurso, empezó a decir:
Mesdames et messieurs… –Su cuerpo maleable como una gelatina, empezaba a bambolearse mientras la gente desde la mesa esperaba algo de interés–. Je vais vous dire une chose. –Sin poder controlar el equilibrio, se fue de bruces contra la mesa donde estaba Ricardo y la hermosa Christine; la botella felizmente no se rompió; entonces, Andrés ayudado por Ricardo y su compañera, logró enderezarse y alcanzar un asiento en la mesa. Merci, mamacita linda, le decía a Christine sin poder sostenerse en la silla; merci, mamacita linda, y perdiendo totalmente el control, cayó de nuevo, pero esta vez lo retuvieron los brazos de ella.
Eh, Andrés –le decía Christine sosteniéndolo en su regazo–, ¿tu es malade? –Pero Andrés no contestaba–. Eh, toi; yo no soy tu mamá. –Y Christine, soltando una carcajada, jugaba a arrullarlo–.
¡Mon Dieu! ¿Qu’est-ce que tu as? ¿Tú estás enfermo?
– Oui. –Respondió Andrés tumbado contra su regazo–. Yo quiero ir al baño.
– ¿Quoi? ¿Qu’est-ce qu’il dit? –Preguntó Christine–.
– El dice que quiere ir al baño.
—¿Pour quoi faire?
Yo no sé.
Alors, mon bébé. ¿Qué es lo que tú quieres hacer en el baño?
Tengo ganas de vomitar.
¡¿Qué?!
Il a mal au cœur.
¡Oh la vache! –Tomándolo con sus largos brazos, lo arrastró hasta el baño–.
En la mesa, los grupos que se habían formado durante la noche reanudaron su charla. Ricardo era el único que dormía por los efectos del hachís. Victoria que ahora estaba más cerca de mí, fue por la última botella y volvió a llenar los vasos.
¿Tu sais? –Me dijo–. Tu es mignon.
Yo no entendí un carajo, y tomándola por la cinta dorada, le dije lo único que sabía decir en francés, y la mujer enseguida, estalló en risas.
Espera, Román –me dijo arrastrando la “r”–. Antes, es necesario saber qué es lo que está pasando en el baño.
¿Pourquoi? Je ne comprends pas.
– ¿Tu sais? Si Ricardo se despierta en este instante, es capaz de derrumbar la puerta del baño. Il est toujours un salvaje.
Yo, imaginándome todo lo que estaba pasando en el baño, trataba en francés, en español y hasta en inglés, de convencer a Victoria para que nos fuéramos a la cama.
– Espera, Román. Si ese machista se despierta y reacciona como un salvaje, soy capaz de hacerlo pedazos.
Pero Ricardo Pilas, por fortuna, no despertó en toda la noche. Y los cuatro, como una pandilla de faunos salvajes, salimos al jardín de la casa, y en medio de una noche despejada, hicimos el amor hasta el cansancio.
Al día siguiente, estaba sentado con Andrés en el café vecino al estudio de Ricardo. Con las maletas en el suelo, ni se nos ocurría pensar dónde íbamos a parar esa noche y la noche siguiente y las que vendrían. Ricardo Pilas en un arranque de rabia nos acababa de echar de su famoso estudio, y ahora sin saber a dónde ir, nos encontrábamos sentados frente a una mesa decidiendo nuestro futuro.
Decidimos preguntar por un hotel barato, y lo único que nos aconsejaron fue un hotelucho que quedaba ubicado en la rue de Chalon, atrás de la gare de Lyon. Con las maletas en la mano tomamos el Metro y llegamos a Chalon. Una callecita sórdida donde difícilmente entraba el sol y no tenía más que una salida. En el día, la calle estaba llena de negros africanos y árabes que se la pasaban pendientes de una visita furtiva de la policía. En la noche en cambio, se paseaban grotescas putas pintadas hasta el cuello que rayaban en los cincuenta.
Así era nuestro primer vecindario en París. En las mañanas, nos levantábamos temprano a comprar pan y los negros, educadísimos, nos saludaban como viejos amigos. Salut, les frères. Después no íbamos a comer couscous a un restaurante árabe donde siempre, al entrar, nos confundían y empezaban a hablarnos en árabe. En la tarde, cuando la calle estaba repleta de negros, salíamos a caminar por el Sena y subíamos hasta la plaza de Beaubourg a oír jazz y ver bailar break-dance. Luego, en la noche, comíamos alguna mierda en “Mc’Donald” y terminábamos borrachos en el “Nerval”, un barcito iluminado que habíamos acabado de descubrir. Al llegar a Chalon, a veces teníamos que esperar a que bajara la marea, entonces allí sí, entrábamos y atrancando la puerta con las maletas, nos acostábamos a dormir.
Una noche sentimos ruido en la puerta. Era una puta borracha que quería dormir con nosotros y cobraba barato. Luego de discutir con Andrés, la mujer entró y se acostó en medio de los dos. Se llamaba Jenny y según decía, había nacido un poco antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. A Jenny le gustaba hablar mientras hacía el amor, y también afuera, en la calle, pues al otro día todo el vecindario sabía cómo nos llamábamos, qué hacíamos y de dónde éramos. ¡Ah!, colombianos; ¿usted no tiene algo bueno para la cabeza? Y nos llovían negocios hasta malos; pero a nosotros el negocio que por el momento nos interesaba, era el que guardaba Jenny entre sus piernas.
Jenny subía noche de por medio, y cuando su negocio abajo, en la calle, andaba malo. A veces, traía un naipe y nos leía el tarot, o sino, se ponía a hablarnos de la guerra, cuando no había nada de comer y para ir a la escuela había que atravesar un campo lleno de soldados alemanes. ¡Ah, Jenny, ¿cómo eras de habladora, no?!
Pero la dicha en Chalon duró muy poco. Cada día surgía una historia nueva y la paranoia constante de que alguna noche iba a caer la policía, nos tenía los nervios descompuestos. Optamos por dejar las maletas en una estación, y siguiendo las instrucciones de un boliviano que encontramos en el Metro, una tarde fuimos a parar a Odeón y nos sentamos al pie de la estatua de Danton a ver si pillábamos a algún colombiano; según Bolivia, en Odeón solían parcharse grupos de latinos que trabajaban como músicos en el Metro.
De espaldas a Danton, un cinema anunciaba para esa noche el film, “Vivre sa vie” de Godard. A cada lado del cinema, había un café con sus mesas hacia la calle y más allá, casi llegando a la otra esquina, una librería especializada en literatura médica. El primer café era azul y su clientela en su mayoría, era de origen extranjero; el otro café, más pequeño, era de color carne y tenía todas las características de una sancochería bogotana.
Desde la estatua podíamos ver la gente que entraba y salía de los cafés, o que pasaba en dirección al Metro cuya entrada quedaba justo a unos pasos de Danton y del gran reloj. Allí estuvimos una hora, luego, aburridos de ver pasar y pasar gente, entramos a “La Bonbonnière”, que así se llamaba el cafecito bogotano y pedimos un par de cervezas en francés, pero el mesero de turno nos las sirvió en español. Terminamos hablando con él, y cuando ya nos disponíamos a abandonar el cafecito, una mano fría y húmeda, como la mano de un muerto, me cogió del brazo. Volteé y casi me voy de espaldas. Allí estaban, departiendo en el fondo oscuro de una mesa: Alejandro Toro, Pedro Cali, el negro Bheto, Charlie Vaca y Ángel Nieves. ¡Toda la crema innata de la colina de San Antonio!
Yo sabía que Alejandro Toro y el negro Bheto hacía rato vivían aquí, pero no me imaginaba que Pedro Calí con lo haragán y perezoso que era, hubiera tenido el valor de moverse hasta el aeropuerto y tomar un avión. ¡Sí, Pedro Cali era de los que se quedaban dormidos en los postes de luz, en los árboles de mango, y cuando nos visitaba la ley! Por eso desde pelado lo llamamos “el capitán lagaña” otra y así se quedó hasta que se hizo grande. ¡Alejandro Toro! ¡Charlie Vaca! y la cosita de Nieves. ¡Con estas joyitas en París ahora mismo daban ganas de coger las maletas y devolverse!
Nieves no vivía en París, pero cada vez que podía, atravesaba la frontera alemana para estar con ellos tres días y una semana. Yo miré a Nieves y noté que su cabeza ya ni era ahuecada como cuando íbamos al colegio; los dientes, antes amarillos y picados, ahora relucían brillantes y daban la impresión de estar en muy buen estado. En el colegio decían que Nieves llevaba la cabeza así, porque cuando nació, el médico lo sacó con unas cucharas metálicas que aprietan mucho; pero también decían que Nieves era así, porque desde pequeño le gustaba leer mucho, y como “la cultura entra es por la cabeza…”
– ¿Y Daniel? –Pregunté–. En Cali cuentan que el hombre anda por acá.
– ¡Ah!, Daniel, el travieso. –Alguien comentó, y no habíamos terminado de mencionar a ese curioso personaje, cuando de pronto, alcanzamos a notar su figura sombría y medio ridícula, entrando al establecimiento.
Allí estaba, Daniel Castro, con sus ojitos apagados, su boca torcida y cínica. Entró solo y sin saludar a nadie, se sentó en la barra y pidió un “rojo”.
Yo noté que con Daniel pasaba algo, entonces, para salir de dudas, pregunté a la mesa:
¿Qué pasa con Daniel?, ¿sí vive bien aquí?
Nieves se sirvió un trago doble: después de secarse los labios con el dorso de la mano, respondió:
– Sí, vive tumbando gente.
Daniel no se llamaba Daniel, pero como siempre era tan tramposo, había tenido que cambiarse el nombre por lo menos diecisiete veces. Su nombre de pila era Roberto, Roberto Lindo, pero desde muy temprano, él mismo se dio cuenta que con un nombre tan estúpido, jamás llegaría lejos.
Toro, en cambio, se llamaba así por su papá y tenía unos ojos grandes, color curuba; pero ahora Toro había cambiado. Un poco más delgaducho, en su cara comenzaba a insinuársele un bocito suave y lanudo, que él se mantenía cultivando. “¡Toro! –le gritaban en el recreo– ¿tú sabes cuál es el marido de la vaca?” Toro, desde un banco de cemento, contestaba: ¡Tu papá! –Y se hacía la paja con el aire.
La negra Vasvi y Lola Garza acababan de entrar a “La Bonbonnière”; doblando las piernas, se sentaron en la barra y prendieron sendos cigarros. La negra Vasvi estaba más blanqueada, pero seguía conservando esa sonrisa de caramelo, fresca y desgranada que ya usaba desde Cali. Lola, en cambio, era prácticamente otra persona. Con el pelo rizado, se había mandado a hacer un guarda-barro a la altura de las orejas y una colita le pendía del cuello. A pesar del verano, estaban vestidas de negro. Como Edith Piaf.
Las peladas pidieron dos citrons pressés y sin apagar los cigarros empezaron a jugar con los pitillos.
– Pero miren quién está aquí! –un besito por la derecha, otro por la izquierda; en total, cuatro, como para quedar aturdidos de la felicidad, y las peladas se trastearon con todo a nuestra mesa–.
– ¿Y vos qué?
– No, pues nada.
– ¿Y Andrecito, qué?
No, pues aquí, ya ves. Con ganas de vivir esta urbe. Alargó la “u” como un tubo y sonrió.
El fresco de Charlie propuso que compráramos dos estrelladas donde algún árabe y nos las bebiéramos afuera; así la perra sale más barata –dijo– y pagando la cuenta salimos y nos metimos en la rue Mazarine. Todos bajamos frescos con el sol de medianoche pegándonos en la cara y felices del encuentro.
“Calle luna, calle sol
Calle luna, calle sol”.
Alguien entonó una canción. En la tienda del camello nos aprovisionamos de vino, cigarros y papas fritas, y regresando por la rue de l’Éperon, volvimos a la estatua y nos sentamos a beber vino el resto de la noche.
Los días que vinieron se iban recortando en el azul infinito que cubre a París en el verano, y aunque el sol seguía saliendo desde tempranas horas del día y no se ocultaba sino hasta las siete u ocho de la noche, ya se empezaba a respirar otro ambiente que iba transformando la ciudad. Los días se iban haciendo más cortos y las calles antes convertidas en verdaderos ríos humanos, ahora eran más claras y despejadas. Nuevos tonos y colores se conjugaban en una trama brumosa que para nosotros era totalmente nueva y atrayente, y aunque todavía no podíamos decir que estábamos instalados, una fresca y agradable sensación se iba apoderando de nosotros.
Por las mañanas, nos levantábamos tarde, tomábamos el desayuno con el huésped de turno y salíamos en dirección a los baños públicos donde oíamos boleros árabes. Al mediodía estábamos sentados en “Mabillon” degustando un delicioso menú al lado de estudiantes triposos y vagabundos que se colaban por la puerta trasera y metían la comida en bolsas plásticas; Toro decía que la mitad de esa gente se dedicaba al faquirismo forzado sólo por amor a París. El resto eran poetas, y eran los que más llenaban su bolsa, sin importarles que la sopa se mezclara de pronto, con el budín de patatas. Después subíamos por el boulevard y nos sentábamos bajo la estatua a esperar a que la tarde cayera y llegara la hora del francés; o sino, cuando sabíamos que la gringuita de Kentucky no se iba a aparecer por los claustros de Saint Sulpice, cambiábamos de ruta y nos íbamos a oír cassettes a Pompidou. Después salíamos, bebíamos una cerveza en un café y tomábamos la rivera izquierda del Sena hasta el puente del Alma donde veíamos pasar los últimos bateaux-mouches, o bajábamos en sentido contrario a Le Marais, el viejo barrio de Charlie y de los judíos, y nos quedábamos en una salita de cine viendo una película de Buster Keaton. En la noche, regresábamos al “Nerval” y bebíamos con irlandeses y griegos hasta que pasaba el último Metro, y nos íbamos en el vagón de los borrachos.
Así pasamos agosto; saltando de ratonera en ratonera y duchándonos en los baños públicos. El día que no tomábamos el camino de Montmartre para ir a ver a los pintores, optábamos por Le Père Lachaise y visitábamos a Jim Morisson o por el cimetière Montparnasse, a ver al viejo Charles, el de las flores del mal. Bebíamos todos los días y aunque en lo posible no fallábamos en “Mazet” o “Mabillon”, los dos restaurantes más económicos del mundo, muchas veces teníamos que comer cualquier mierda en los famosos “Fast Food” de la ciudad.
Condones plásticos y penes de cera se exhibían a diario sobre el boulevard de Clichy, a pocas cuadras donde había vivido el maestro Miller; por allí pasábamos todas las tardes con el pretexto de visitar el Sacré-Cœur; luego, cansados, regresábamos al “Nerval” y allí clavábamos en el fondo oscuro de una botella hinchada de vino, hasta el amanecer.
Pero un buen día estos deliciosos paseos que tanto amábamos estuvieron a punto de perderse por culpa mía. O por culpa de ella, yo no sé… La cosa fue que una mañana, luego de un guayabo mortal, descubrí unas goticas espesas, como leche condensada, pegadas al pantaloncillo. Al principio, no entendí nada, pero apenas empecé a apretarme y salió toda esa porquería, me di cuenta que había caído enfermo. Mi pene era un inútil gotero completamente muerto, sin vida; yo también me sentía muerto y pudriéndome por dentro. Entonces, mientras me secaba con un pedazo de papel higiénico, la volví a pensar, pero ahora era distinto. Lo único que quería era verla por ahí, por donde ella siempre se movía, y tirarle una docena de ampolletas de penicilina, para que se limpiara. Pero ahora no valía la pena pensar en ella. El sólo hecho de recordar Chalon me daba náuseas hundiéndome en una depresión cada vez más dolorosa y tenaz. De otra parte, no sabía si contarles esto a los muchachos; estaba seguro que apenas se dieran cuenta y lo supieran todo, empezarían con sus burlas y sus chistes de mal gusto. Pero al mismo tiempo, también pensaba en Andrecito, en la posibilidad de que él también estuviera “pringado”; o acaso él, ¿no había participado de la misma cena y había raspado conmigo hasta el fondo del delicioso plato? ¡No había dudas, pues, que Andrecito también había salido premiado y que, como yo, llevaba entre sus piernas ese maravilloso regalo!
Casi seguro de esto último, enseguida le conté todo y dejé deslizar de paso el nombre de ella. Andrecito me escuchó en silencio, pero después, como para que no quedaran dudas de ninguna clase, se abrió la bragueta delante mío y apretándose el pipí con las manos, repitió varias veces como un experto cirujano que no está convencido del todo: revisemos bien, no vaya a ser cosa que…
Yo llevaba puesto un pedazo de papel higiénico para no manchar y una cara larga y tristonga, como si me dirigiera a una clínica de abortos; Charlie y Ángel Nieves, iban por el contrario, felices de la pelota hablando de herpes, sida y gonorreas en el Metro, pero en ninguna farmacia de la ciudad vendían droga sin autorización médica. Lo único que necesitamos es 10 mil miligramos de penicilina. Sólo 10 mil, pero no había un lugar en París donde no nos exigieran ese papelito ilegible que acostumbran a dar los galenos. Decidimos, entonces, regresar a casa y esperar hasta el día siguiente, y no habíamos salido del Metro, cuando a Charlie se le iluminó la cabeza. Charlie acababa de acordarse de su amigo Juan, el homeópata colombiano que en otros momentos lo había sacado de apuros, y sin dudarlo más seguimos rodando en el Metro hasta el apartamento de éste. Acostado en su cama, Juan me revisó cuidadosamente; después de pasarme una mofa de algodón, me confesó con un poco de tristeza, que lo que había atrapado era una blenorragia.
– Es la enfermedad del verano. –Dijo–. Un poco molesta, pero no es grave. Si te quieres curar, compra esto ahora mismo y no ingieras grasas, alcohol ni comidas irritantes. Y cuando ya estábamos en la puerta, lanzó una última recomendación, sin dejar de insinuar una sonrisita burlona en su rostro:
– ¡Ah!, no te olvides de prevenir a la dama; a ellas, al contrario de los hombres, no se les manifiesta de esta manera. Y cerró.
Los días siguientes visitamos el monumento a los mutilados de guerra, la tumba del soldado desconocido y la del gran Napoleón. Yo iba siempre a estos lugares con un papelito para no manchar y con esa misma cara de mujer preñada, un poco avergonzado. Los muchachos nunca me tomaban en serio y cada vez que me veían entrar a un baño por papel, o cuando estaba muy apurado, a “Mc’Donald” por servilletas, no dejaban de repetir con cierta ironía entre sus labios:
– Hola, Román, ¿cómo va la Jenny?
Jenny, por fortuna, iba cada vez mejor, cada día lloraba menos recuperándose de una manera sorprendente. Era increíble, pero el tal regalito había sido más bien de poca monta. Andrecito, de otra parte, seguía vivito y coleando sin presentar algún síntoma raro que al menos lo pusiera de mi parte y lo obligara a luchar conmigo contra esa sarta de burlas que se tejían a costa de mi enfermedad. Pero Andrecito nunca presentó algún síntoma raro y, entonces, aquí fue que empezamos a sospechar de todo. La pregunta que nos hacíamos era muy lógica: Si Jenny estaba enferma y se había acostado con los dos, ¿por qué Andrecito seguía tan fresco y cremoso por la vida, mientras yo tenía que soportar esa especie de castración tan vergonzante?
Prometimos no volver a hablar mal de ella, y un día como si todos nos hubiéramos puesto de acuerdo, mencionamos al unísono el nombre de aquella bruja escandalosa que conocimos en la fiesta de Ricardo.
– ¡Victoria! –Gritamos–, y así quedó bautizado mi pipí para el resto de los días.
Agosto había terminado y con agosto se empezaba a ir todo; la dulce sensación de sentir el sol bajo tus narices hasta muy tarde y saber, sin embargo, que las noches siguen siendo largas y tibias, era algo a lo que nosotros nos veníamos aferrando como quien se aferra con obstinación a lo mejor de su vida; sentir esos días claros, transparentes, estirándose como un gusano verde bajo el asfalto caliente y saber que nosotros estábamos allí, piel y nervios nos producía una confortable sensación que era la que en última instancia, nos tenía enamorados de esa ciudad y de sus días vinosos; y poco importaba si algún día no comiéramos o tuviéramos que ir a dormir al Metro; esto también hacía parte de la Fiesta, como decía el viejo Hem, el nuevo juego que te propone y al que te lanza la nueva ciudad para que tú te defiendas como un ángel herido, un hombre o un miserable perro.
¡Todo era tan romántico en París en aquellos tiempos, que a uno le daban ganas de lanzarse desde el puente del Alma y hundirse deliciosamente en las aguas podridas del Sena!
Sin embargo, los días se fueron recortando por los lugares más bellos de la ciudad y los colores hasta hace poco claros y transparentes, fueron cambiando su tonalidad pasando de un naranja encendido a un rosado champaña y a un violeta. Ese fino y sensual olor a durazno que expelen las mujeres en verano, ya no lo sentíamos tan cerca como los primeros días, cuando recién llegamos, y todo, hasta ver un perro cagando, se convertía para nosotros en un gran acontecimiento. Los días del verano se fueron acabando como los dólares y las enfermedades venéreas, y como un bateador que en el campo de juego tiene que estar listo para “correr de base”, tuvimos que renunciar a esos días y aceptar ese nuevo claroscuro, asimismo bello y exuberante, que a veces se presentaba como un túnel comiéndonos por dentro.

Capítulo en francés
Été
De petites bouches charnues mollissant à feu doux par une après-midi de juillet ; une trame compliquée de teintes oranges, roses et lilas reflétées sur le prisme huileux du pavé ; des boutons de seins affleurant timidement sous les chemisiers transparents, dans un flottement désordonné ; des rues en diagonale, des pâtés de maison en triangle, des gens, des chiens, du vin et des pigeons, et une odeur pénétrante à pêche fraîche.
C'est ainsi que Paris nous avait reçus en cette après-midi du sept juillet 1981, quand, encore sous le coup de la fatigue délectable que laissent les voyages et de la stupeur de la nouveauté, nous nous sommes lancés à l’aveuglette dans les rues sans même avoir ouvert le fameux petit guide rouge qui deviendrait notre compagnon inséparable.
Notre vol charter avait décollé très tôt de Cali, faisant escale à Bogotá, Caracas, San Juan et Madrid, pour atterrir finalement à l’aéroport Charles De Gaulle, où un pullman luxueux nous attendait pour nous conduire au cœur même de la cité.
Douze heures de voyage et la main charmante de l’hôtesse de l’air passée dans notre dos nous annonçaient qu'on survolait le ciel gris et couvert de la France. Encore assoupis et toujours sous l’effet bœuf de l’eau-de-vie et d'un joint que nous avait donnés un copain en guise d'adieu – je le revois vaguement en train de le rouler sous les yeux tristes et désolés de ma mère –, nous avons voulu dire notre joie, en criant, en dépit de notre mauvais accent, « Vive la France[1] », ou « Debout, Baudelaire, vieux cochon, réveille-toi, nous voilà ». Mais le steward qui passait près de nous à cet instant nous a laissé entendre que ce genre de choses ne se disait pas ici et encore moins de la part d’étrangers ayant l'intention de résider en France.
Les rues étaient imprégnées d'une substance transparente et visqueuse qui collait à la peau comme de l'huile ; au fond, un horizon découpé par un fin couteau se dessinait comme une moitié d'orange ; des rues tièdes et allongées en forme de flûte traversière, vaginales sous l'ardent soleil estival qui nous tapait dessus et nous brûlait déjà en dedans ; des visages angéliques, des regards diaphanes fixés sur nous, et cette succession de petits seins coquins dont la vue provoquait une sensation de plaisir délicieux dans tout le corps.
Comme nous ne connaissions rien, nous avons parcouru les mêmes rues sans perde de vue un café bien éclairé que nous avions choisi comme point de repère pour ne pas nous perdre et pouvoir retourner au studio de Ricardo Pilas, notre ancien camarade de collège, où nous avions déposé nos bagages et chez qui nous pensions loger. Ce jour là, Ricardo Pilas, qui vivait à Paris depuis quatre ans, n'avait pu venir nous chercher à l'aéroport parce qu'il était parti, selon un mot qu’il avait laissé pour nous à sa concierge, en week-end avec sa petite amie.
C’est pourquoi, en cette après-midi particulièrement chaude et lumineuse, ayant allégé notre fatigue en prenant un bon bain et en changeant de linge, nous étions sortis nous promener dans Paris.
La cité se présentait à nous telle une perle prodigieuse à l’instant découverte.
Nous avons pris la première rue au hasard, sans nous fixer d’itinéraire, nous laissant porter par la magie enveloppante de la ville. Paris, avec les gens et la chaleur qu’il faisait à cette heure, était une bulle cristalline flottant au crépuscule. Nouveaux venus, voilà que nous étions déjà dans cette bulle et nous avions peine à le croire. Après l’atterrissage à Charles De Gaulle et une fois les bagages laissés chez monsieur Pilas, comme disait la concierge, nous avions le sentiment de faire partie de la cité. Et sans nous poser de questions, après le voyage harassant auquel nous avions eu droit, nous pouvions enfin souffler tranquillement.
« Oh, Paris, oh là là », avons-nous dit en arrivant à un coin de rue, et là des larmes de joie ont jailli de nos yeux.
Cette petite scène, que nous évoquerions par la suite avec la gratitude qu'on éprouve envers les bons souvenirs, il fallait la décrypter comme le signe probant que Paris allait être désormais notre cité : ce n’était qu’ici que pourraient être réalisés tous les rêves bâtis par les adolescents inquiets et incompris que nous étions alors, Andrés Becerra et moi.
Avec Paris, nous en avions la certitude, les vannes d'un monde merveilleux allaient s'ouvrir, où s’accompliraient toutes les espérances et les désirs que nous attendions de ce voyage ; car cette ville, malgré tout ce que l’on raconte ici ou là, reste le nombril du monde avec tout ce qu'elle a offrir.
Paris est une fête, disait Hemingway, et en cet été de 1981 où nous y arrivions pour la première fois, elle n’était qu’une teuf effrénée.
Après avoir emprunté une rue étroite et sinueuse comme un serpent, nous nous sommes retrouvés dans un square. Le disque caniculaire brillait encore intensément, inondant de lumière cette carpette verte enclavée entre les murs de la ville ; c'était une oasis surgissant de l’asphalte telle une fine et délicate émeraude. Et au centre de l’oasis, semblable à une statue allongée, une petite blonde d'environ dix-sept ans avec un baladeur et un livre à la main, complétait le paysage.
Devant tant de beauté inattendue, il était hors de doute qu’une halte s’imposait pour nous adonner à la contemplation de ce spectacle merveilleux que nous offrait la ville. Incontestablement, c’était le premier cadeau que Paris nous faisait et pour rien au monde nous n’aurions laissé passer l’occasion.
Nous avons décidé alors de nous asseoir dans le square, et choisissant l'angle le plus approprié pour contempler tous les charmes de la fille, nous avons commencé à lui jeter des regards chargés de messages d’amour et de tendresse. Cette vieille tactique vis-à-vis des nénettes marchait à tous les coups : les regarder fixement et droit dans les yeux, même si elles se montraient hostiles ou inabordables, après quoi elles tombaient comme des mouches, dans nos bras, toutes sans exception.
Mais cette fois nos regards sur la blondinette tombèrent dans le vide. Elle, absorbée par son livre, ne nous remarquait pas ; puis, dès qu’elle se vit dans le rôle de proie assiégée, elle referma violemment son livre, et s’éloignant du square, nous cria avec rage :
« Espèces de voyous ! Qu'est-ce que vous regardez ? »
Ce fut la première désillusion que Paris nous infligea, et pire, nous ne comprenions pas ce qu'elle nous avait crié. « Voyou. » Ça voulait dire quoi, « voyou » ? En quittant le square, nous avons consulté par la première fois le Petit Larousse de poche apporté de Cali.
« Voyou : filou, fripon, obscène, pervers ».
Échaudés par la blonde, nous avons décidé de revenir au studio de Ricardo. Nous marchions en silence, comme des gosses réprimandés après avoir fait une connerie. Une horloge indiquait neuf heures du soir, et pourtant le soleil embrasait encore la ville.
Nous sommes arrivés à notre café, et entendant les bruits de voix et de verres qui venaient de l’intérieur, nous avons voulu entrer prendre un ballon de rouge, mais l’image désagréable de la blonde et le sentiment d'abandon que nous éprouvions alors nous a conduit à rentrer directement au studio de Ricardo.
En cette première journée à Paris, il valait mieux prendre les choses calmement et attendre notre camarade d'études, Ricardo Pilas, magicien dans l’art de se débrouiller dans la ville ; nous savions qu’avec lui, tout serait beaucoup plus amusant.
Les premiers rayons de soleil sont entrés par la fenêtre du studio de Ricardo, nous tirant d’un lourd sommeil et de la fatigue accumulée à notre insu dans nos corps. Nous ne savions même pas où nous étions, du moins à quel endroit précis de la ville, mais la lumière qui filtrait par la fenêtre nous indiquait qu'il était encore tôt et que la journée était ensoleillée.
Le studio de Ricardo était petit ; ses commodités étaient ingénieusement concentrées dans un seul espace qui ne dépassait pas trois mètres sur quatre, tapissé de papier peint à fleurs jaunes très ordinaire dont l’outrance choquait de prime abord la vue du visiteur ; un lavabo, un long lit étroit et les typiques waters turcs avec leur trou, pratiques et multifonctionnels.
Andrés s’est levé et s’est mis à fredonner, pendant qu’il pissait, une mélodie de Bienvenido Granada, « la moustache qui chante ». Une fois sa chanson finie, il est revenu s’allonger près de moi ; on ne parlait pas, mais on pensait à Ricardo, nous sentant pour la première fois comme un couple d’oiseaux solitaires prisonniers de leur cage.
Vers midi, vu que Ricardo ne se montrait toujours pas, nous avons mangé quelques pommes pourries avec de la confiture trouvée dans le réfrigérateur. Ensuite, nous nous sommes mis à lire en français. Andrés avait choisi « La ballade des pendus » de François Villon, et moi les aventures de Tintin et du capitaine Haddock. Mais on n’y comprenait vraiment pas grand-chose, et comme il y avait plus de vingt-quatre heures que nous n’avions parlé à personne, nous nous sentions abandonnés au milieu d’une ville inconnue qui avait de surcroît des coutumes différentes et parlait une autre langue.
L'après-midi s’est écoulée entre les waters et la bibliothèque de Ricardo, enviable par la qualité des bouquins qu’elle exhibait, mais que nous ne pouvions pas apprécier vu qu’ils étaient tous en français.
Un coup de téléphone est enfin venu rompre le silence éprouvant où nous avait plongés Ricardo depuis notre arrivée à Paris. Je me suis levé, toujours sans comprendre les aventures de Tintin et du capitaine Haddock, et à l’autre bout de la ligne, c’était bien Ricardo Pilas qui appelait depuis Marseille. En cette minute émouvante, il s'excusait de ne pas nous avoir accueillis a l'aéroport ; nous annonçant qu'il arriverait par le train de 10 h. 23, il nous donnait rendez-vous chez une fille nommée Christine, où nous attendait un dîner de bienvenue.
– Apportez une bonne bouteille, m'a-t-il dit en me recommandant un bon marchand de vin proche de chez lui, et avant de prendre congé en français.
La boutique s'appelait « Le Baron Rouge » et se trouvait tout près du populeux faubourg Saint Antoine. En entrant, pris par la forte odeur qu’exhalaient les noirs tonneaux, et sans savoir comment y faire, nous avons demandé tout de go trois bouteilles de vin. Le commis, un homme chauve qui portait un tablier bleu, s’apercevant que nous étions étrangers – Portugais ou Argentins, a-t-il dû croire –, nous a invités à nous asseoir pour nous offrir un verre de vin qu’il a tiré d'un des tonneaux.
Ces tonneaux étaient noirs et semblaient très lourds. De chacun d’eux sortait un tuyau vert évoquant un ver de terre. L’employé ouvrait le robinet, saisissait le tuyau d’une main, l’introduisait dans un entonnoir de la même couleur et remplissait ainsi les bouteilles apportées par les clients.
Les bouteilles étaient grandes et pansues, avec trois étoiles imprimées sur le col, allongées et reluisantes. Le commis a levé son verre pour trinquer avec nous en demandant si nous aimions le vin. En le regardant, nous lui répondions « oui, monsieur ». Alors il prenait à nouveau nos verres pour les remplir.
Nous sommes restés là une bonne heure, au bout de laquelle les verres et les paroles du commis commençaient à faire la sarabande dans nos têtes. Nous nous sommes décidés à lui demander de remplir trois bouteilles du rouge que nous avions consommé et de nous compter aussi les bouteilles vides, car nous ignorions encore les règles de la maison. Le vendeur, au visage mou parcouru de veinules rosées, a rempli nos bouteilles avec une placidité et une patience incroyables, puis nous l’avons payé et sommes sortis.
Un métro nous a conduits chez Christine Ardent, qui habitait une vieille bâtisse à l'ouest de Paris, en compagnie de ses parents, de deux chiens de race et d’une femme de ménage d'origine portugaise. Les parents de Christine étaient partis passer l'été en Afrique et elle, profitant de leur absence, prenait ses aises dans la vieille maison pour faire des fêtes et recevoir ses amis.
C’est elle qui nous a ouvert et a reçu nos bouteilles. « Entrez, entrez, s’il vous plaît », et les bouteilles à la main, elle a allongé son cou délicat pour chercher Ricardo parmi les convives. « Alors, vous êtes tout frais débarqués, non ? », et nous déplaçant vers le fond de la salle où Ricardo conversait avec animation au milieu d’un groupe de femmes, nous avons répondu « oui, madam».
Christine était grande, souple et avait des fortes épaules rentrées, du genre de celles des joueuses de volley-ball ; ses cheveux châtains tombaient sur son dos à moitié nu.
– Ricardo m’a parlé de vous. Et nous approchant du groupe, nous avons enfin revu Ricardo, notre vieil ami, après quatre ans de séparation.
Voilà les Colombiens ! a dit Ricardo, nous embrassant au milieu des rires féminins. Bienvenus ! Et nous entourant les épaules, il nous a invités à nous joindre au groupe.
Voilà, elle, c’est Christine (un geste de la main nous a indiqué la belle petite Française qui nous avait conduits jusqu’à lui), et voilà Ho, Victoria et Marguerite.
Victoria avait des yeux clairs ; elle portait des bracelets de corail aux bras et un ruban doré ceignait sa parfaite petite tête. Ho était une fille bronzée d'origine japonaise et Marguerite, une Française qui était la plus petite des filles, très timide et silencieuse tout au long de la soirée.
Et toi, comment tu t’appelles ? ont-elles demandé à Andrés. Il a répondu lentement en français, en faisant attention à ne pas se tromper :
je m'ap-pelle Andrés.
Et toi ? a dit Victoria, la fille aux yeux clairs.
Moi, je m'appelle Román.
Roman ?
Oui, Román. Elle a éclaté de rire.
C’est sympathique. Román, tu es un roman.
Nous avons trinqué.
Ensuite, au milieu de rires et de plaisanteries que nous ne comprenions pas, nous sommes passés à table. Des convives que nous n'avions pas vus s’installaient aussi et, rivés à leur assiette, ils ont entrepris d’attaquer un canard à l’orange qui nageait dans une sauce anglaise.
Alors, mes enfants, qu'est-ce que vous voulez boire ? a demandé Christine à la cantonade, de sa voix mélodieuse.
Du vin, ont dit quelques commensaux sans lever le nez de leur assiette, et Christine, empressée, a apporté nos trois bouteilles et les a posées sur la table.
– Servez-vous, messieurs. Et s’adressant à moi :
– il est buvable ? Je lui ai dit :
Oui, Madame.
Aussitôt, un homme s’est mis à ouvrir une des bouteilles, mais en remarquant qu’elles n’avaient pas d'étiquettes, il s’est exclamé :
– Mais c'est quoi, ça ?
– De la pisse, a répondu son voisin en français, de la piquette pour les mourants.
Il a demandé à Christine de bien vouloir changer de vin.
Les bouteilles étoilées ont été remplacées sur le champ par d’autres, plus grandes et plus fines, où l’on pouvait lire le mot « Bordeaux », et le dîner s’est poursuivi au milieu des blagues et d’éclats de rire sonores en plusieurs langues, de sorte que nous ne comprenions quasiment rien.
– Comment ça va, mon vieux Ricardo ? Comment ça se passe ici ? Ricardo, un peu plus pâle avec son foulard de soie attaché au cou, nous disait en se servant un coup de rouge :
– Ici, c'est différent, mais c'est chouette. Et se tournant vers Christine, il nous a délaissés, esseulés au milieu de cette tablée qui s’essayait maintenant à parler en anglais.
– Ces nanas te plaisent ?
– Oui, et à toi ?
– La p’tite Japonaise me plaît, mais on dirait qu'elle est avec le Ricain.
– Moi, j'aime bien la petite Française, l’amie de Ricardo.
– Et Victoria ?
– Ha, ha, ha.
D’autres mets tout aussi épatants étaient servis à table, et la gaieté générale allait grandissant ; on mangeait et buvait avec grand appétit, dissipant l’étiquette un peu guindée qui avait présidé à l’ambiance du début. Christine, laissant tomber Ricardo, venait se rapprocher de nous et nous racontait dans un espagnol très balbutiant ses années d’études à l’école et son immense désir de parler et de comprendre un jour notre langue ; le Ricain commençait à nous sourire, et la Japonaise, intéressée, improvisait une conversation où tous les sujets se mêlaient.
– Where’s Colombia ?
– It's in Ceylan.
– No, Colombia is in Canada.
– No ! Never ! Colombia is in America, but is in the south.
Plus tard, on apporta le fromage, qui puait encore plus que les chaussettes qu'Andrés portait depuis son départ de Cali. Après le dessert et le pousse-café, quand la fête semblait toucher à sa fin, Victoria s’est levée, demandant le silence, et a dit aux convives :
mesdames et messieurs, qui d’entre vous est amateur de drogue ? Et se rasseyant, elle a mis un sac plastifié sur ses genoux ; y fourrageant avec ses grandes mains, elle en a extrait une boulette de hasch enveloppée de papier brillant, puis a roulé un pétard. L'ambiance est devenue moins légère ; le joint passait de bouche en bouche et une odeur pénétrante comme la lessive se répandait partout.
– C’est de l’afghane, dit-elle en toussant, on dit qu'elle finance la résistance.
– Elle n’est pas mal, mais je préfère la marocaine.
– Pas moi. Les Arabes la mélangent à du crottin de chameau.
Quand le joint, après avoir fait le tour de la table, est enfin arrivé à nous, il n’en restait qu'un peu moins du tiers. Andrés a aspiré deux grandes bouffées avant de me passer le mégot et pensif, les yeux au ciel, il s’est perdu dans le scintillement d’une lampe. Alors Victoria, à l’autre bout de la table, a encore farfouillé de ses grandes mains dans le sac pour en sortir une deuxième boulette de shit.
– Il y a encore des provisions, les gars, ne vous en faites pas. Elle a roulé un autre joint. Andrés a inhalé cette fois avec plus d’assurance, et en fronçant les lèvres, il a avalé une grosse bouffée de fumée.
– Ah, ces Colombiens. On m’a dit que chez vous, on prépare des trucs sublimes. Elle s’est levée, son sac en bandoulière ; nous avons commencé à parler un jargon bizarre et confus, comme ésotérique.
Trois bouteilles de vin restaient sur la table ; c’était les trois « étoilées » que le commis nous avait remplies au « Baron Rouge » et que personne n’avait touchées de la soirée. Andrés s’est levé, et ouvrant une des bouteilles, a servi dans un silence approbateur vu qu’à cette heure avancée, les gens se fichaient de tout et notamment du fait qu’à descendre le jaja bon marché que nous avions apporté, ils risquaient de se brûler leur gosier assoiffé.
On échangeait de nouveaux toasts au milieu de bruyants éclats de rire, et Andrés, titubant un tantinet, s’est levé pour atteindre la deuxième bouteille. La tenant à la main, comme s’il allait faire un discours, il a commencé :
mesdames et messieurs… Son corps, ramolli comme de la gélatine, se mettait à osciller cependant que les gens attendaient la suite avec intérêt. « Je vais vous dire une chose. » Et perdant l’équilibre, il est tombé à plat ventre sur la table, près de Ricardo et de la belle Christine, heureusement sans casser la bouteille ; aidé par Ricardo et son amie, il est parvenu à se redresser et à s'asseoir sur une chaise. « Merci, ma petite chérie », disait-il à Christine sans pouvoir se tenir droit, « merci, ma petite chérie », et lâchant complètement les pédales, il s’est encore effondré, retenu cette fois par ses bras à elle.
Eh, Andrés, lui disait Christine en le maintenant dans son giron, tu es malade ? Mais Andrés ne répondait pas. Eh, toi, je ne suis pas ta mère. Et Christine, riant, jouait à le bercer.
Mon Dieu ! Qu'est-ce que tu as ? Tu es malade ?
Oui, a répondu Andrés, blotti dans son giron. Je veux aller aux waters.
Quoi ? Qu'est-ce qu'il dit ? a demandé Christine.
– II dit qu'il veut aller aux toilettes.
Pour quoi faire ?
– Je n’en sais rien.
Alors, mon bébé. Qu'est-ce que tu veux faire aux toilettes ?
– J'ai envie de vomir.
– Quoi ?!
II a mal au cœur.
Oh, la vache ! Le prenant de ses grands bras, elle l’a traîné jusqu’aux toilettes.
À table, les groupes qui s’étaient formés au cours de la soirée ont repris leurs conversations, sauf Ricardo qui dormait sous l'effet du haschisch. Victoria, qui se trouvait maintenant plus près de moi, a saisi la dernière bouteille et en a rempli les verres.
Tu sais, me dit-elle, tu es mignon.
Je n’ai rien pigé ; la prenant par son ruban doré, je lui ai dit la seule chose que je savais dire en français, ce qui l’a aussitôt fait rire aux éclats.
– Attends un peu, Román, dit-elle en grasseyant le « r ». Il faut d’abord savoir ce qui se passe aux toilettes.
Pourquoi ? Je ne comprends pas.
Tu sais, si Ricardo se réveille là, tout de suite, il est capable de défoncer la porte des waters, il est toujours sauvage.
Moi, à la pensée de tout ce qui se passait dans les toilettes, j’essayais de convaincre Victoria, en espagnol, en français et même en anglais, d’aller au lit ensemble.
– Attends, Roman, si ce macho se réveille et réagit comme un sauvage, je suis capable de le mettre en pièces.
Heureusement Ricardo Pilas ne s’est pas réveillé de la nuit. Et tous les quatre, comme une bande de faunes sylvestres, nous sommes allés au jardin et dans la clarté de la nuit, on a fait l’amour jusqu’à l'épuisement.
Le lendemain, j’étais assis avec André au bistrot voisin du studio de Ricardo. Avec nos valises à nos pieds, nous n’avions aucune idée du lieu où nous pourrions atterrir cette nuit, la prochaine et les suivantes. Ricardo Pilas, dans un accès de rage, venait de nous mettre à la porte de son fameux studio, et sans savoir où aller, nous nous retrouvions là, assis devant une table à supputer notre avenir.
Nous nous sommes décidés à nous renseigner sur un hôtel pas cher, et tout ce qui nous a été recommandé était un hôtel borgne situé rue de Chalon, derrière la gare de Lyon. Bagages en main, nous avons pris le métro pour arriver à Chalon, une petite rue sordide où le soleil ne pénétrait jamais et qui avait été barrée. Le jour, la rue était pleine de Noirs Africains et d’Arabes qui vivaient dans la hantise des descentes de police. La nuit par contre, déambulaient de grotesques putains peinturlurées jusqu’au cou, qui frisaient la cinquantaine.
Voilà quels furent nos premiers voisins à Paris. On se levait tôt le matin pour acheter du pain et les Noirs, super polis, nous saluaient comme de vieilles connaissances. « Salut, les frères. » Plus tard, nous allions manger un couscous dans un restaurant arabe, où en entrant, ils se méprenaient immanquablement sur nous et se mettaient à nous parler en arabe. L’après-midi, quand la rue était noire de monde, nous allions nous promener le long de la Seine et remontions jusqu’à la place devant Beaubourg pour écouter du jazz et voir danser du break-dance. Le soir, on mangeait n’importe quelle saloperie au « Mc’Donald » et on finissait par une cuite au « Nerval », un bar bien éclairé que nous venions de découvrir. Quand on revenait à Chalon, on devait parfois attendre que passe le mal de mer, à la suite de quoi on pouvait rentrer, et coinçant les valises contre la lourde, on se couchait pour dormir.
Une nuit, il y a eu du bruit à la porte. C’était une putain ivre qui voulait dormir avec nous, son tarif n’était pas cher. Après nous être mis d’accord, André et moi, la femme est entrée et s’est allongée entre nous deux. Elle s’appelait Jenny et disait être née peu avant la deuxième guerre mondiale. Jenny aimait parler pendant l’amour, et aussi dehors, dans la rue, vu que le lendemain tout le voisinage connaissait nos noms et nos activités, et savait d’où nous étions. « Ah ! Les Colombiens ; vous n’avez rien de bon pour la tête ? » Et les propositions de négoces nous pleuvaient dessus, même de bien crades ; mais pour nous, le seul négoce qui comptait en ce moment était celui que Jenny avait entre les jambes.
Jenny montait une nuit sur deux, et quand son commerce du trottoir allait mal. Elle apportait parfois des cartes et nous lisait le tarot ; ou alors elle nous parlait de la guerre, quand il n’y avait rien à manger, et que pour aller à l’école, elle devait traverser un champ plein de soldats allemands. Ah, Jenny, ce que tu pouvais être bavarde !
Mais ces temps heureux de Chalon ont peu duré. Tous les jours une nouvelle histoire surgissait, et la parano permanente que la police allait nous tomber dessus une de ces nuits, nous mettait les nerfs en pelote. Nous nous sommes décidés à consigner nos valises à la gare, et suivant les instructions d’un Bolivien rencontré dans le métro, nous avons été nous asseoir une après-midi à Odéon, au pied de la statue de Danton. On s’attendait à voir des Colombiens, car selon le Bolivien, Odéon était le lieu de rencontre de groupes de latino-américains qui travaillaient comme musiciens dans le métro.
Derrière Danton, un cinéma donnait ce soir-là Vivre sa vie, de Godard. De part et d’autre du cinéma, il y avait un café avec des tables en terrasse et plus loin, presque au coin de la rue, une librairie spécialisée dans les ouvrages médicaux. Un des cafés, peint en bleu, avait une clientèle en majorité étrangère ; l’autre bistrot, plus petit et de couleur chair, avait tout à fait les attributs d’une gargote de Bogotá.
De la statue, nous pouvions regarder les gens qui entraient et sortaient des cafés, ou ceux qui allaient vers le métro dont la bouche se trouvait à quelques pas de Danton et de la grande horloge. Nous sommes restés là une bonne heure, et fatigués de voir passer la foule, nous sommes entrés à « La Bonbonnière », tel était le nom de la gargote bogotane, et nous avons demandé deux bières en français, mais le garçon nous les a servies en espagnol. Après avoir bavardé avec lui, au moment où nous allions quitter le café, une main froide et humide comme celle d’un mort m’a pris par le bras. En me retournant, j’ai failli tomber à la renverse. Causant au bout d’une table, il y avait Alejandro Toro, Pedro Cali, le Noir Bheto, Charlie Vaca et Ángel Nieves. Toute la crème de l’élite de la Colline de San Antonio à Cali !
Je savais déjà qu’Alejandro Toro et le Noir Bheto vivaient ici depuis longtemps, mais je n’arrivais pas à croire que Pedro Cali, paresseux et feignant comme il était, eût pu se décider à se bouger jusqu’à l’aéroport pour prendre un avion. Car Pedro Cali était du genre à s’endormir adossé à un lampadaire ou à un manguier, même en présence des forces de l’ordre ! Gamins, nous l’appelions déjà le « Capitaine Chassieux » et le surnom lui est resté. Alejandro Toro ! Charlie Vaca ! Et ce petit merdeux de Nieves ! Des perles rares comme ça, ici, à Paris, ça donnait envie de plier bagage sur le champ et de s’en retourner !
Nieves ne vivait pas à Paris, mais chaque fois qu’il le pouvait, il franchissait la frontière allemande pour passer trois jours ou une semaine avec eux. En observant Nieves, j’ai remarqué que son crâne n’était plus aplati comme à l’époque du collège ; ses dents auparavant jaunes et gâtées brillaient maintenant de tout leur éclat, donnant l’impression d’être parfaitement saines. Au collège, on disait qu’il avait cette tête-là parce qu’à sa naissance, le médecin l’avait sorti au forceps en serrant trop ; on disait aussi que c’était à cause de la passion de Nieves pour les livres, et comme « la culture entre par le crâne »…
– Et Daniel ?, ai-je demandé. À Cali, on raconte qu’il est dans le coin.
– Ah ! Daniel la Malice,[2] dit l’un. Avant d’avoir fini d’évoquer ce curieux personnage, nous avons pu voir sa silhouette sombre et assez ridicule pénétrer dans l’établissement.
Il était bien là, Daniel Castro, avec ses petits yeux éteints et sa bouche au rictus cynique. Il était seul, et sans saluer personne, il s’est assis au comptoir et a commandé un ballon de rouge.
Sentant que quelque chose clochait à propos de Daniel, et voulant en avoir le cœur net, j’ai demandé à la tablée :
– qu’en est-il de Daniel ? Il habite donc ici ?
Nieves s’est servi de l’alcool, et s’essuyant la bouche du dos de la main, il a répondu :
– oui, il vit d’arnaques.
Daniel ne s’appelait pas Daniel, mais il trichait si continuellement qu’il avait dû changer de nom au moins dix-sept fois. Son vrai prénom était Roberto, Roberto Lindo,[3] mais lui-même s’était rendu compte très tôt qu’avec un nom aussi stupide, il n’irait jamais bien loin.
Toro, lui, portait bien le nom de son père et avait de grands yeux couleur de curuba, mais Toro avait changé, lui aussi : un peu plus maigrichon, et un duvet doux et laineux dont il prenait grand soin s’insinuait sur sa figure. « Toro, lui criait-on pendant la récré, tu sais qui est le mari de la vache ? », et Toro, assis sur un banc de ciment, répondait « ton père ! » Et il se branlait là, en public.
La Noire Vasvi et Lola Garza venaient d’entrer à « La Bonbonnière », et croisant les jambes, elles se sont assises au comptoir et ont allumé de longues cigarettes. La Noire Vasvi semblait avoir blanchi, mais elle conservait ce sourire de caramel aux dents fraîches et régulières dont elle usait à Cali. Lola, en revanche, était devenue une autre femme. Les cheveux frisés, elle s’était fait faire une coiffure formant des garde-boue au niveau des oreilles, avec une petite queue de cheval qui lui pendait dans le cou. Malgré l’été, elles étaient en noir. Comme Édith Piaf.
Les gonzesses ont demandé deux citrons pressés, et tout en fumant leurs cigarettes, se sont mises à jouer avec les pailles.
– Mais regardez qui est là ! Une bise sur la joue droite, une autre sur la joue gauche, quatre au total, comme pour s’étourdir de joie, et les gonzesses ont emménagé à notre table.
– Alors, qu’est-ce tu racontes ?
– Ben, rien de spécial.
– Et toi, Dédé ? [4]
– Ben chuis là, comme tu vois. Avec l’envie de vivre « l’Urbs ». Il a allongé le « u » comme un tube et a souri.
Charlie Vaca, toujours aussi désinvolte, a proposé d’acheter deux bouteilles « étoilées » chez un Arabe pour les boire dehors, « pour que la chienne nous revienne moins cher », a-t-il dit, et après avoir réglé l’addition, nous avons pris tranquillement la rue Mazarine avec le soleil du soir qui nous tapait dans les yeux, et heureux de la rencontre.
« Rue lune, rue soleil
Rue lune, rue soleil ».
L’un de nous s’est mis à chanter. À la boutique du chameau, on s’est approvisionnés en vin, cigarettes et chips, et par la rue de l’Éperon, nous sommes revenus nous asseoir à la statue et boire du vin tout le reste de la nuit.
Les jours qui ont suivi se découpaient dans l’azur infini qui couvre Paris en été, et bien que le soleil se levât encore de bonne heure et ne se couchât qu’à sept ou huit heures du soir, on ressentait une ambiance différente qui transformait la cité. Les journées se faisaient plus courtes et les rues, véritables fleuves charriant la foule, étaient maintenant plus clairsemées, plus dégagées. Des couleurs et des nuances nouvelles s’harmonisaient en une trame brumeuse inconnue de nous mais attirante, et s’il était encore difficile de dire que nous étions bien installés, une sensation fraîche et agréable s’emparait peu à peu de nous.
On se levait tard le matin, on prenait le petit-déjeuner avec notre hôte du moment, puis on allait aux bains publics où l’on écoutait des boléros arabes. À midi, assis au « Mabillon », on dégustait le menu sublime à côté d’étudiants vagabonds au ventre ballonné qui se faufilaient par la porte de derrière et emportaient de la bouffe dans des sacs en plastique ; Toro disait que la moitié de ces gens s’adonnaient au fakirisme forcé uniquement pour l’amour de Paris. Les autres étaient des poètes qui n’étaient pas les derniers à bourrer leur sac sans se soucier du mélange éventuel de soupe et de boudin aux pommes de terre. On remontait ensuite le boulevard et on s’asseyait au pied de la statue pour attendre la fin de l’après-midi et l’heure de français ; quand on était sûrs que la petite Amerloque du Kentucky ne se pointerait pas en classe à Saint Sulpice, on changeait de cap et on allait à Pompidou écouter des cassettes. Au sortir du Centre, on prenait une bière dans un bistrot et on suivait la rive gauche de la Seine jusqu’au pont de l’Alma pour voir passer les derniers bateaux-mouches. Sinon, on descendait à l’opposé, vers Le Marais, le vieux quartier des juifs où habitait Charlie, et on s’installait dans un cinoche pour voir un film de Buster Keaton. Le soir, de retour au « Nerval », on buvait en compagnie d’Irlandais et de Grecs jusqu’à l’heure du dernier métro, et on voyageait dans le wagon des ivrognes.
Nous avons passé le mois d’août à sauter de trou à rats en trou à rats et à nous doucher aux bains publics. Quand nous ne prenions pas le chemin de Montmartre pour voir les peintres, nous options pour le Père Lachaise et rendions visite à Jim Morrison, ou pour le cimetière Montparnasse, voir le vieux Charles, celui des fleurs du mal. On se pintait tous les jours, et si on s’efforçait de fréquenter le plus possible le Mazet ou le Mabillon, les deux restaurants les plus économiques de la planète, on devait souvent bouffer n’importe quelle saloperie dans les Fast-food de la ville.
Boulevard de Clichy, près de l’endroit où avait vécu le grand Miller, s’exhibaient des capotes anglaises et des pénis en cire. Nous passions par là toutes les après-midi avec l’excuse de visiter le Sacré-Cœur, après quoi, fatigués, nous revenions au « Nerval » pour nous noyer jusqu’au petit matin dans le cul obscur d’une bouteille de vin pansue.
Mais un beau jour, les délicieuses promenades que nous aimions tant ont bien failli se terminer par ma faute. Ou plutôt par sa faute à elle, qui sait… Toujours est-il qu’au matin d’une gueule de bois carabinée, j’ai découvert des gouttelettes, épaisses comme du lait condensé, qui collaient à mon slip. Au début, je n’y ai rien compris, mais à peine j’ai appuyé et que toute cette cochonnerie a jailli, je me suis rendu compte que j’avais une maladie. Mon pénis était un compte-gouttes inutile, impotent et sans vie ; moi aussi je me sentais mort, pourrissant de l’intérieur. C’est alors, en me séchant avec du papier hygiénique, que je me suis souvenu d’elle, mais avec des sentiments différents. Là, je voulais seulement aller la voir, là où elle officiait, pour lui refiler une douzaine d’ampoules de pénicilline afin qu’elle se soigne. Mais songer à elle en ce moment ne valait pas la peine. Le seul souvenir de la rue de Chalon me donnait la nausée et me plongeait dans une douloureuse et terrible déprime. Par ailleurs, j’hésitais à raconter tout ça aux copains ; j’étais sûr que lorsqu’ils auraient été mis au courant de l’affaire, leurs moqueries et leurs plaisanteries de mauvais goût fuseraient. Mais je pensais aussi à Dédé, qui pouvait bien avoir « chopé » la même chose : n’avait-il pas participé à la même Cène et raclé à fond le plat sublime ? Sans aucun doute, Dédé aussi avait touché le gros lot et comme moi, il portait entre les jambes ce merveilleux cadeau !
Persuadé d’avoir raison, je suis allé tout de suite le prévenir en mentionnant son nom à elle. Dédé m’a écouté en silence, puis pour dissiper ne fût-ce que l’ombre d’un doute, il a ouvert sa braguette devant moi et se pressant le zizi des mains, il a répété plusieurs fois, comme un expert en chirurgie pas entièrement convaincu : vérifions bien, au cas où…
J‘avais donc un morceau papier hygiénique pour éviter les taches, et la mine triste et allongée de quelqu’un qui se rend à l’hôpital pour avorter ; Charlie et Ángel Nieves, ravis par contre, en remettaient, parlant dans le métro d’herpès, de sida et de gonorrhées, mais ici aucune pharmacie ne vendait de médicaments sans une ordonnance médicale. « Tout ce dont nous avons besoin, c’est de dix mille unités de pénicilline. Rien que dix mille. » Et pas un seul endroit à Paris où ne nous ait été exigé le bout de papier illisible délivré par les toubibs. Nous avons décidé alors de rentrer à la maison et d’attendre le lendemain, on allait sortir du métro quand Charlie a eu une idée lumineuse. Charlie venait de se souvenir de son copain Juan, l’homéopathe colombien qui l’avait déjà sorti d’affaire. Sans hésiter une seconde, nous avons continué dans le métro jusqu’à appartement de celui-ci. Juan m’a fait allonger sur son lit pour m’ausculter attentivement, et après m’avoir frotté avec un tampon de coton, il m’a confié un peu tristement que j’avais attrapé une blennorragie.
– C’est la maladie de l’été, a-t-il dit. Un peu gênante, mais pas très grave. Si tu veux te soigner, achète ceci tout de suite et surtout, pas de graisses, ni d’alcool, ni plats épicés. Et sur le pas de la porte, il a lâché une dernière recommandation, non sans laisser un petit sourire moqueur s’insinuer sur sa figure :
– Ah ! N’oublie pas de prévenir la dame, car cela ne se manifeste pas de la même façon chez les femmes. Et il a fermé la porte.
Les jours suivants, nous avons visité l’Hôtel des Invalides, le tombeau du soldat inconnu et celui du grand Napoléon. J’avais toujours mon papier anti-taches et cette même tête de femme en cloques un peu honteuse. Les copains ne prenaient pas ma situation au sérieux, et chaque fois qu’ils me voyaient entrer dans les toilettes pour y prendre du papier, ou, en cas d’urgence, au Mac’Do pour ses serviettes, ils ne manquaient pas de persifler du bout des lèvres :
– Eh, Román, comment va ta Jenny ?
Jenny allait de mieux en mieux, heureusement, pleurant moins chaque jour, et s’est remise en un rien de temps. C’était incroyable, mais le cadeau n’avait pas été bien méchant. Dédé, quant à lui, se portait à merveille, ne présentant aucun symptôme suspect qui au moins l’aurait mis de mon côté, l’obligeant à s’opposer avec moi au chapelet des vannes égrenées aux dépens de ma maladie. Mais voilà, Dédé n’a jamais présenté de symptômes suspects, et c’est là que nous avons commencé à douter de tout. La question qui nous taraudait était très logique : si Jenny, avec qui on avait couché tous les deux, était malade, pourquoi Dédé était-il frais et vif comme un gardon, alors que moi, je devais me taper cette forme de castration qui me faisait tellement honte ?
Nous avons promis de ne plus jamais dire du mal d’elle, et un jour, à l’unisson comme si on s’était mis d’accord, nous avons évoqué le nom de la sorcière tumultueuse que nous avions connue lors de la fête de Ricardo.
– Victoria !, avons-nous crié, et ainsi fut baptisé mon zizi, jusqu’à la fin des temps.
Le mois d’août était fini et avec le mois d’août tout fichait le camp ; la douce sensation du soleil, là, devant toi, jusqu’à une heure avancée, en sachant que la nuit sera pourtant longue et tiède, était une chose à laquelle nous nous attachions comme qui s’attache avec obstination au meilleur de sa vie ; sentir ces jours clairs et transparents qui s’étiraient comme une verte chenille sur l’asphalte chaud, et savoir qu’on était là, la peau et les nerfs à vif, procurait la sensation réconfortante qui en dernière instance, nous avait fait tomber amoureux de cette ville et de ses jours avinés ; peu nous importait la perspective de ne pas avoir de quoi manger ou d’être obligés de dormir dans le métro de temps à autre ; cela aussi faisait partie de la Fête, comme disait le vieux Hem’ : le nouveau jeu que te propose et dans lequel t’entraîne la cité nouvelle, pour que tu te défendes comme un ange blessé, comme un homme ou comme un misérable chien.
Tout était si romantique à Paris en ce temps-là, que l’on avait envie de se jeter du haut du Pont de l’Alma pour plonger avec délices dans les eaux dégueulasses de la Seine !
Cependant, les jours apparaissaient en silhouette sur les plus beaux endroits de la ville, et les couleurs, jusque là claires et transparentes, changeaient de nuance en passant d’un orange ardent à un rose déteint, puis au mauve. L’odeur fine et sensuelle à pêche qu’exhalent les femmes en été n’était plus prenante comme aux premiers temps de notre arrivée, quand tout, même le spectacle d’un chien en train de chier, faisait événement. Les jours d’été s’achevaient en même temps que les dollars et les maladies vénériennes, et comme des joueurs de base-ball qui doivent être prêts à « changer de base » sur le terrain, nous avons dû renoncer à ces jours-là et accepter ce nouveau clair-obscur, tout aussi beau et exubérant, qui se présentait parfois comme un tunnel nous dévorant de l’intérieur.


[1] Tous les mots et phrases en italique sont en français dans l’original. (Note du traducteur)
[2] Allusion au personnage de bande dessinée Denis la Malice, qui s’appelle Daniel el travieso en espagnol. (N. du T.)
[3] Roberto Mignon. (N. du T.)
[4] Andrecito est le diminutif affectueux d’Andrés. (N. du T.)