31 de diciembre de 2012

Jorge Eliécer Pardo: sus libros

Nació en El Líbano Tolima 1950
Ganador y finalista en concursos nacionales e internacionales de cuento, poesía y novela.
Ha publicado: 
Seis libros de cuentos 
Las primeras palabrascoutoria con su hermano Carlos Orlando. Pijao Editores 1973


La Octava puerta
1a Edición. Oveja negra, 1985
2a Edición. Pijao Editores, 1986
3a Edición. Pijao Editores, 1985
4a Edición. Pijao Editores, 1994






Fondo Mixto del Tolima, 1996
Las pequeñas batallas
Pijao Editores, 1997
Amores digitales
Pijao Editores, 2004
Transeúntes del siglo XX
1a Edición. Biblioteca de El Líbano, 2007
2a Edición. Pijao Editores, 2008


Tres novelas
El jardín de las Hartmann
1a Edición. Plaza y Janés, 1979
2a Edición. El Jardín de las Weismann, Pijao Editores, 1982
3a Edición. Pijao Editores, 1983
4a Edición. La estrella de las Baum, Educar Editores, 1984
5a Edición. Pijao editores, 1985
6a Edición. Le Jardin des Weismann, (traducción al francés) Pijao Editores, 1994
7a Edición. Pijao Editores, Caza de libros, 2008




Irene
1a Edición. Plaza y Janés, 1986
2a Edición. Pijao Editores, 1994
3a Edición. Sigma Editores, 1997
4a Edición. Traducción al ingles, USA, Latin American Novels, 2000
5a Edición. Edición bilingüe, español ingles, USA, 2002




Seis hombres una mujer
1a Edición. Grijalbo, 1992
2a Edición. Caza de libros, 2012



Un libro de poemas
Entre calles y aromas
Pijao Editores, 1985
Tres de ensayos 
El siglo de oro de la literatura española  texto universitario y 
Antología de la literatura española. Universidad de la Sabana 1985. 23 ediciones
Vida y obra de Héctor Sánchez. Pijao Editores 1987
La violencia en el Tolima (compartido con Gonzalo Sánchez)
Academia de Historia del Tolima, 2011





Un libro de crónicas y perfiles
Protagonistas de la Orinoquia siglo XX
Una antología
Colombia a corazón abierto, cuentistas colombianos, en francés, con Olver Gilberto de León. 

Incluido en diversas antologías 
Cuentos hispanoamericanos: Colombia, edición bilingüe español alemán, Erzählungen aus Spanisch Amerika: Kulumbien; Cuentistas hispanoamericanos en la Sorbona; Menaces. Anthologie de la nouvelle noire et policiere latino-americaine (Cuentos latinoamericanos, edición en francés); Antología da novela Hispano Americana (edición en portugués).



















Fue director del programa cultural Babelia que se transmitió en dos emisiones semanales por Señal Colombia durante tres años al igual que Página en blanco por el mismo canal.


Fabio Barragán Cortés publicó en Signo Editores un texto titulado Dos narradores colombianos  que estudia su vida y obra y la de su hermano. 
En 1995, su novela El jardín de las Weismann; es traducida al francés Le Jardin des Weismann por Jacques Gilard e Irene al inglés, por Angela McEwan y Ollie Oviedo, publicada por RUP, Research University Press, U.S.A., 2000; en su edición bilingüe: inglés-español, se presentó en Estados Unidos y Colombia en el 2002. 
Óleo de J E Pardo por Jorge Avella



Ensayos sobre su obra han sido escritos por académicos y profesores colombianos y extranjeros, lo mismo ha sido entrevistado en distintos medios.
Sobre El Jardín de las Weismann
Jacques Gilard (Crítico y traductor)
María Eugenia Muñoz (Profesora norteamericana)

Sobre Irene

Ollie O. Oviedo 


Mary Fanelli Ayala 

Writing Women Out of the Margins in Jorge Eliécer Pardo's Irene 
Languages and Literature
Eastern New Mexico University
Mary Fanelli Ayala

Sobre Seis hombres una mujer
Por: Eugenia Muñoz
Por: Leonardo Monroy Zuluaga

“SEIS HOMBRES, UNA MUJER”: LAS EXTRAÑAS FORMAS DEL FRACASO
Por JORGE LADINO GAITÁN BAYONA
(Integrante del Grupo de Investigación
en Literatura del Tolima de la UT




Seis hombres una mujer
Por William Geovany Rodríguez Gutiérrez


Antologías y textos incluidos en diferentes idiomas

Reportajes a Jorge Eliécer Pardo
Una fiesta con Elvis y Beethoven 
Por Ignacio Rodríguez y Olga Cristina Turriago

Conversación trasgresora con Jorge Eliécer Pardo
Por Jacqueline Pachón - Margarita Prada


Primeros capítulos de sus novelas
Una muestra de sus textos aquí
Biografía de Jorge Eliécer Pardo



Publicaciones del cuento en internet





15 de marzo de 2012

Cuentos de Carlos Orlando Pardo


Últimos de Carlos Orlando

Carlos Orlando Pardo

Por José Martínez Sánchez
   —Publicado en el diario El Siglo, en su magazine dominical, 11 de marzo de 2012—

Con “Un cigarrillo al frente” y otros cuentos (Editorial Caza de libros, 2011), Carlos Orlando Pardo continúa su larga cruzada por el género narrativo, diversificado en la brevedad y en la extensión de atmósferas originarias de la cotidianidad, en algunos casos trasladadas al clima de violencia inmanente a la vida social colombiana en su devenir sombrío. Un tratamiento estético conforme con las exigencias de la narrativa contemporánea concita al lector desde “Jefe de sección”, un cuento amargo que descifra la paradoja del empleado medio, con un pie en la escala burocrática empresarial y otro en la cuerda frágil del ejército de desocupados, rumiando en silencio las zalemas de un sistema laboral que prometía un puesto próspero en la carrera administrativa.
  Más allá de la causticidad extremada en la segunda persona del singular hasta convertir la narración en un prontuario infausto de autoridad, Carlos Orlando escarba en lo profundo de personajes situados de cara a una realidad ambigua: “Antes, dicen, eras sencillo y afectuoso, madrugador y metódico, buen tipo” (pag. 10). “Hoy tienes lágrimas que salen así, de repente, que te cambian el caminadito de pavo real, que te hacen saludar a la gente que antes despreciabas, que además, sabiendo por qué lloras, ni siquiera te alcanza a tener lástima, ni siquiera rencor, ni siquiera” (pag.11). Un perfil psicológico con antecedentes en los cuentos de “El muro”, de Jean Paul Sartre, pero que en este libro acorta la distancia que lo separa de la sevicia implícita en las actuales relaciones de producción.  El don de mando asociado al trato con los subalternos raya en monomanía, persistencia de una comodidad donde cualquier pieza es perfectamente prescindible. Lo humano en sí sólo existe en la mitomanía del burócrata, finalmente separado de ese rol que otros desempeñan igual o mejor que él.
Una segunda versión se encuentra en “El día menos pensado”. Allí la fragmentación no recoge lo que pudiéramos llamar una vida, sino una situación individual concreta, como se sugiere en la generalidad de los cuentos. Víctima resultante de aquella oposición entre el derecho a un empleo digno y la restricción laboral, el joven enganchado para asesinar al parlamentario tiene razones fundadas: “Fuiste acumulando resentimiento por cada fracaso al que te sometían, por cada humillación y por cada negativa. El último vino cuando después de varias horas te negó la entrada a esa oficina y allí tenías tu última esperanza” (pag. 26).  Causas inequívocas de la actividad delictiva asumida por sicarios, paparazzis, grupos ilegales y francotiradores a sueldo. En esto la literatura colombiana —y no sólo el cuento— mantiene un sentido de actualidad pocas veces permeable al público lector.
  “El gallero”, texto escrito como para despertar la egolatría del premio Nóbel colombiano, contiene la suficiente carga de humor en la concatenación de situaciones eróticas, orientadas a la simbología de los cuentos populares tradicionales, corriente muy afín al gusto de García Márquez. La destreza del autor al abordar personajes y dotarlos de un discurso literario consistente se revela con amplitud en estos cuentos de madurez, donde el yo autoral alterna con narradores ficticios. En conjunto son cinco microrrelatos, microcuentos o como se les quiera llamar, suscritos a la pura invención y a la inmediatez de una realidad absorbente. El texto “La mirada”, sintetiza en forma puntual los últimos treinta años de la historia del país. El cuerpo de un supuesto vivo congelado en veinte líneas bien podría ser la metáfora de más de treinta y seis mil víctimas del genocidio impuesto por la obstinación oficial y el sectarismo político. Con un guiño de la imaginación, el crimen ventilado en los medios televisivos trasciende lo meramente informativo, de manera que no se trata ya de un registro noticioso sino de un oficio enfermizo, del que sólo podemos escapar renunciando al papel de receptores del mensaje.
  La atmósfera de tertulia que rodea el cuento “El acuerdo”, en que el autor acoge como propia la narración de los hechos, reivindica a ese aire de complicidad que congregó a una generación de escritores en torno a la lectura, la bohemia y la conversación reposada. Pese a que el argumento no se dirige propiamente a exaltar el café como institución marginal de la cultura, en gran medida desmiente el criterio de inoperancia sonado en espacios académicos o de opinión periodística. Lugares como el Café Automático y el Café Windsor (este  último llevado a la novela “Al pueblo nunca le toda”, de Álvaro Salom Becerra), permitieron a poetas y escritores del pasado entrar en contacto con la vida intelectual que se respiraba en la capital de la república. Hoy podemos decir que Bogotá ya no es la misma, y que ese conato de modernidad fue suplantado por la escalada regresiva que permeó al país por todos sus costados, tomando como centro de operaciones las grandes y pequeñas ciudades.
  Dos cuentos un poco más largos: “Declaración detallada y bajo juramento sobre mi trabajo ultra secreto con el Estado” y “Un cigarrillo al frente”, agotan los pensamientos y las emociones de dos personajes realizados en la vivencia. Uno y otro  ingresan a ese terreno aleccionador y confesional del monólogo interior, independiente de las ideas preexistentes o sujetas a leyes establecidas. La interposición de la mentira como desencadenante del trastorno de la personalidad y el tabaquismo se prestan a la discusión ética y al debate sobre la vigencia de la norma. “Todas aquellas cosas que no quiero enumerar pero que conformaban un catálogo amplio de los secretos del entorno” (Pag. 36), facultan al primer protagonista para explicar la naturaleza del delito y la conquista del poder consagrado en la consumación del asesinato. Desde la infancia remota, una vez despejado el mito del nacimiento y corrido el velo de la sexualidad adulta, el implicado se decide por una verdad superior, utilizando el método de reflexión  común a quienes acechan en la perpetración del mal la vindicación por la ofensa recibida.
  El segundo cuento prosigue la lista de escritos sobre el consumo adictivo. Casi doscientos años atrás, Thomas de Quincey enfrenta la enfermedad en un breve tratado clínico de indudable repercusión en el tratamiento posterior de las adicciones: “Confesiones de un inglés comedor de opio” (1820), uno de los más valientes y pormenorizados testimonios sobre los paraísos fantasmales y su relación con el arte y la literatura del siglo XIX. En medro de la fabulación, Carlos Orlando comparte con su tipo la preocupación por el hábito del fumador, pero se abstiene de proponer una fórmula de salvación después de exponer técnicas y recursos que pasan por las recomendaciones de los amigos y los avances de la medicina en esa materia. El placer de fumar, rito y cultura ancestral en aldeas y asentamientos aborígenes, con el auge desmesurado de capitales transnacionales termina por convertirse en una de las armas más pavorosas del control poblacional. Y si el lector quiere saber qué hay detrás de toda esa persecución contra los fumadores, debe retroceder mentalmente en el tiempo y cambiar de país. Una de las mayores catástrofes ambientales producidas durante el gobierno de Jimmy Carter señalaba a las multinacionales y a las empresas petroleras como responsables de la contaminación en áreas fluviales y marítimas. La sociedad exigía una intervención responsable del Estado, una normatividad firme y una acción inmediata. La respuesta fue la serie televisiva del Cáncer Man (Los Archivos X), el mismo que puso sobre la lona a los ciudadanos de a pie y se propagó por el mundo en señal de cacería de brujas y salubridad, preparando el terreno a la narco-economía norteamericana, todo ello con el consentimiento de la industria tabacalera y su experimento cancerígeno. El problema de contaminación nunca se resolvió, pero el fumador pasó a ser chivo expiatorio y víctima de la guerra biológica que actúa de manera inexorable.   
jmartinezsa@colombia.com  



7 de marzo de 2012

García Márquez en El Tolima.


Los 85 años de Gabriel García Márquez y su paso por Ibagué
Por Carlos Orlando Pardo
Gabriel García Márquez, Carlos Orlando Pardo, Arnulfo Sánchez y Augusto Trujillo. Ibagué, 1995


La cultura, como la literatura, dijo, es como un perro rabioso que va por la calle mordiendo a quien se le de la gana sin pedirle permiso a nadie—

Hace ya 17 años, para octubre 26, cuando Gabriel García Márquez estuvo en Ibagué, tenía tan sólo 68 primaveras. Llegó al hotel Ambalá invitado por Jorge Alí Triana que rodaba algunas escenas para la película Edipo alcalde, basados en su historia, en la legendaria hacienda de el Vergel. Allí pudimos verlo mediante una cita concertada y tener el gran gusto y el honor de conversar con él por varias horas mientras rendíamos, sólo para los dos, una gran botella de whisky de etiqueta negra servida por un mesero alto de corbatín que atendía diligente el llamado. Hoy, cuando cumple sus primeros 85 en medio del registro jubiloso mundial, evocamos aquellos memorables momentos, desde las nueve de la mañana, inclusive hasta las cuatro de la tarde cuando ya permitió la entrada de algunas personas, entre ellas mi esposa, una adoradora de su obra, Augusto Trujillo Muñoz y Arnulfo Sánchez López, saliendo al rato para consentir, preguntándome primero quién era, un par de preguntas al sacerdote Arango que con cámara de reportaje se desplazó a esperar con paciencia de monje antiguo el instante privilegiado, lo mismo que personas jóvenes y viejas que corrieron a agotar algunos de sus libros para alcanzar una firma en la primera página y hasta goterear inmortalidad con fotos de ocasión.  Durante aquella larga jornada donde me sentía transportado al igual que los católicos sectarios viendo al Papa, la conversación se extendió desde los lejanos años cuando lo había conocido, la dedicatoria que me hizo en la primera página de Cien años de soledad al obtener el Premio Nacional de Minicuento donde él era jurado junto a Daniel Samper, Enrique Santos Molano y Nicolás Suescún en 1982 y las escenas de otros momentos donde pude estar cerca recibiendo resplandores de su grandeza merecida. Como era natural, nuestra charla versó sobre literatura y era más lo que preguntaba que lo que decía, hasta que llegó el momento de mis interrogantes para escucharlo embelesado. Transcribo, sin enmiendas, la nota que escribí entonces para el suplemento literario Voces, de Tolima 7 días que dirigía entonces.
Antecedentes                        
Gabriel García Márquez pisó por segunda vez en su vida el territorio del Tolima en 1995. La primera, con 25 años y como desconocido reportero de un diario capitalino interesado en cubrir la violencia que atravesaba el municipio de Villarrica. Ahora, cargado de merecida gloria, para ver de cerca la filmación de algunas escenas de una nueva película con guión suyo. Durante tres días, alojado en la suite  presidencial del hotel Ambalá, el famoso Premio Nobel se dio a la tarea de levantarse tarde, desayunar frugalmente, leer algunos periódicos, revisar textos de su último libro y bajarse en un cómodo automóvil particular hasta la hacienda el Vergel donde se sucedían las tomas de Edipo alcalde. La hermosa casona, envejecida aún más a propósito y por determinación del director de la cinta, el tolimense Jorge Alí Triana, estuvo atestada de luminotécnicos, actores y hasta curiosos. Allí conversamos solos varias horas en medio de unos whiskies, mientras el escritor al final soportaba a los visitantes especiales que llevaban algunas de sus obras para el autógrafo o en busca de perennizar su recuerdo tomando fotos donde posaban a su lado. 
UNA EVOCACIÓN A GERMÁN VARGAS.
Le dijimos de entrada cómo habíamos soñado durante varios años con su presencia aquí, en Ibagué. Advertimos de qué manera, junto al papá grande de la literatura colombiana, el inolvidable Germán Vargas Cantillo, teníamos el deseo siempre vivo de lograrlo y cómo, entre tanto, él no solo contó secretos de su larga amistad, anécdotas poco conocidas, sino que nos dejó acariciar la posibilidad de ese placer.  Ante la mención del personaje de Cien años de soledad  que se hizo familiar a los tolimenses por cuanto cada semestre, por lo menos, visitaba estos sagrados lugares, se vio impulsado a beber un trago grande de whisky.
Él era un ser particular, dijo. Era capaz de irse a pequeños poblados para presenciar el lanzamiento de un autor desconocido y escribir en sus columnas de Cromos o El Heraldo y en las tantas revistas que pedían su colaboración, que se trataba de un nuevo valor al que había que poner cuidado. En verdad no se equivocó mucho y llegó a acertar, tal como lo hizo conmigo.
FUMAR NO ES UN PLACER.
Al verme prender mi primer cigarrillo recordó su ya lejana afición por este vicio tonto y recordó que lo había dejado definitivamente cuando  inició el proceso de escritura del Otoño del Patriarca. Me dije que dejaría de fumar en el primer capítulo y como la novela es un sólo gran capítulo de 300 páginas, casi sin puntuación, la manía quedó atrás y para siempre. Y ya ves,- puntualizó-, hace pocos meses tuve un lío más o menos severo con un pulmón. Son las consecuencias tardías de tantos años en la actitud compulsiva de lo inútil.
EL MINISTERIO DE CULTURA ES UN EMBELECO.
Ante la pregunta sobre el controvertido ministerio de cultura, fue claro en continuar su rechazo. La cultura, como la literatura, dijo, es como un perro rabioso que va por la calle mordiendo a quien se le de la gana sin pedirle permiso a nadie.
LA AMISTAD COMO ALGO SAGRADO.
Después de nuestra charla privada, fuimos a un rincón desde donde examinábamos a Jorge Alí Triana gritando silencio, cámara, acción. Lo hacía con impaciencia. ¿Así son todos los tolimenses? dijo. Este es neurótico, tal vez por lo perfeccionista. Un whisky final con la botella más abajo de la mitad, tenía ya la compañía de Arnulfo Sánchez, Augusto Trujillo, Lina Uribe y mi esposa Jackeline Pachón. Hablamos de los amigos. Nunca dejo de sacar tiempo para ellos porque es como un lapso sagrado, necesario, vital. Sin embargo, he salido del encierro de continuar hablando con los de mi propia generación. Ahora lo hago con los de la nueva. La experiencia que tengo, por ejemplo, con la creación de la escuela de cine en la Habana y luego  la escuela de periodismo, me dejan la sensación de entender lo fresco. Ellos no son como nosotros que rechazábamos de tajo a los anteriores. Lo miran a uno con natural desconfianza, pero algo le oyen. 

UN ESCRITOR NO DEBE AUTOCENSURARSE.
Al inquirirme sobre qué estaba escribiendo ahora, le hice referencia a mi nuevo proyecto sobre los tolimenses fuera de la ley, manifestándole mis dudas. Puede uno terminar haciendo la apología del delito, dije. En el Tolima, comentó, sí que ha habido bandidos y lo creo un libro útil. Lo primero que debe hacer un escritor es dejar de autocensurarse. Fíjate que aquel bandido romántico como Palomo Aguirre o los primeros guerrilleros que eran idealistas tienen una historia apasionante. Pero si de algo te sirve, aclaró, acabo de terminar un libro de 700 páginas que refiere la historia de los secuestros ordenados por Pablo Escobar. A él lo dejo como telón de fondo porque terminaría dándole categoría de héroe cuando fue todo lo contrario, así tuviese audacias y, en ocasiones, actos conocidos de humanidad.

UN CASO INSÓLITO.
Fuera de Echandía y López Pumarejo, anotó, ¿qué historia se te hizo más interesante en protagonistas del Tolima? Le hablé de varios pero me detuve en Oscar Buenaventura. Luego de triunfar en Estados Unidos, ser elogiado por maestros como Copland y dirigir coros y orquestas, quedó, por su temperamento, metido en el silencio y en el aislamiento. Vive en una casa vieja, rodeado de gatos y a falta de piano, tiene en una mesita de madera dibujado el teclado para practicar. Quien lo ve de lejos, o de cerca, puede conceptuar que está chiflado. ¿Cuántos años tiene? 72 le dije. Es un bebé, afirmó y pensando un poco, dijo que lo insólito no era su falta de piano sino cómo, en la llamada ciudad musical, nadie hubiese sido capaz de regalarle uno. Para rematarle mi historia, le conté que él ensayaba los martes y los jueves y que en Chicoral conservaban silencio porque lo escuchaban. Vino otro amarillo.

SU VIAJE A VILLARRICA.
Tenía 24 años cuando arribó a Villarrica como parte de un equipo de redactores que cubrirían un enfrentamiento del ejército contra la guerrilla. Estos, advertidos de su presencia tras su arribo en un helicóptero prestado en Melgar por su base, empezaron un estruendoso tiroteo que dejó varios muertos entre los militares. El pueblo parecía un pesebre con un pequeño parque lleno de tanques de guerra y hombres uniformados hasta los dientes. Entre cubrir la noticia, regresar por tierra a través de una carretera angosta y difícil y bien al final de la noche sentarse a redactar lo sucedido,  se le fueron las horas. Al finalizar la crónica, una llamada del palacio presidencial prohibiendo toda publicación, lo dejó sin aliento como mascando rabia. Fue su primera llegada y su primer testimonio. Ahora esperamos para las próximas semanas que cumpla su promesa del regreso.
Epílogo.
Desde luego no lo cumplirá. Pero llega cada cierto tiempo, cada vez que aparece un nuevo libro suyo, o cuando algún lector desconocido lo abre para ingresar al mundo mágico de sus historias. Brindamos virtualmente desde la distancia por sus 85 y bendecimos leerlo siempre como quien regresa a su primer amor apasionado. Y seguiremos siendo no gabólogos sino gabólatras porque es el más grande colombiano para el mundo.