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15 de febrero de 2010

Jorge Eliécer Pardo: La ciberliteratura



Quienes predicen la muerte del libro tradicional es porque desconocen las infinitas posibilidades de las comunicaciones, del ciberespacio. Los escritores y los lectores de ahora y del futuro tendrán la grandiosa opción de navegar por el mundo para crear y participar como lectores, escuchas, espectadores, en las historias de quienes se arriesguen a continuar con la hermosa tarea de fabular.
Mi libro está conformado por historias de amor y erotismos en las que el lenguaje de los computadores, las conexiones y el idioma de la informática, se entremezclan para poder subsistir en un mundo lleno de códigos e individualismo.
Un hombre solitario, como tantos de las grandes ciudades, invita a varias mujeres a cenar a su apartamento, a beber los mejores vinos a amar de la mejor forma. Es una fiesta con sus grandes amores del cine y la televisión, sus amantes de la noche. Todo está preparado, la conexión a Internet hace posible este encuentro maravilloso para él, la realidad virtual lo lleva por mundos imposibles, al final, apaga el computador y se va a la cama, enciende la televisión con su control remoto, oprime sleep on y comprende, con rabia, la maldita soledad que lo acompaña. Temas como este llenan las ciento diez páginas del libro.
No trasladaremos nuestros átomos para visitar el Louvre, iremos por las ciberautopistas hasta las galerías y permaneceremos todo el tiempo que deseemos frente a la Gioconda y, si queremos, la imprimiremos en nuestra láser color. El mundo no será de quienes entiendan los átomos, sino de quienes manejen y manipulen los bits.
Cómo no querer una historia en la que el personaje interprete a Brahms y el lector pueda escuchar el concierto número uno mientras avanza el argumento?
Hace sólo unos años para escuchar música había que cargar con los enormes equipos de sonido y los pesados discos de acetato, ahora podemos llevar la música pegada a nuestro cinturón y, a través de un cable hacemos que la sinfonía o el metal penetren nuestros oídos con gran fidelidad estéreo. Los libros pueden llevarse a la hamaca, a la playa, al baño, a la cama, en la chaqueta, por su tamaño y peso. Pronto podremos llevar el mismo objeto, con el mismo peso y dimensiones a los mismos y otros lugares, al hacer click el mundo se abrirá a la imagen, el audio, el texto. Los libros con páginas impresas en papel serán un recuerdo que llenará a tantos de nostalgia, pero si queremos acumular estantes bastará con hacer un print y el libro saldrá con los caracteres de Gutemberg.
El avance de la tecnología en la informática y las comunicaciones han creado una forma especial de interrelación, de discriminación, de individualización, pero ha dado a los hombres la posibilidad de la democratización de la cultura y la ciencia. Quien maneja un simple computador adquiere una estructura mental predispuesta a entender el mundo de la posmodernidad porque es allí donde se arma ese puzzle que constituye la fragmentación y la multiculturalidad.
Amar a alguien a través de modem es una manera de protegerse del mundo, la calle, el sida, la agresión. Sentarse a discutir con quienes aman nuestra afición es otra de las formas de saber que no estamos solos aunque sí aislados, por eso no basta con estar conectado, sino, enchufado.
El libro tradicional siempre tendrá ese lector que recompone la historia y, en el futuro, los duros de la informática se refugiarán en Madame Bovary para que su imaginación y su monitor siga estando dentro de su cerebro.
Las tiendas de video asesinan las salas de cine pero este cambio de mercadeo no ha podio matar el cine.
Los códigos y lenguajes binarios han restado importancia a la demogogia, a las carretas innecesarias. Se habla lo necesario en los negocios, en el amor, en la soledad. Pierde la verbalidad pero gana la imagen y el sonido, pierde la sutil forma del romance lírico y persuasivo y gana la probabilidad del acierto frente al otro porque se le conoce rápido y en lo esencial para moverse en el mundo.
No dicen la verdad quienes afirman que los avances tecnológicos son exclusivos de las grandes ciudades y de los ricos. En pueblos colombianos como Ambalema Tolima, donde aún se pesca con atarraya, se ara con bueyes, se transporta el agua a lomo de burro y se siembra el arroz a mano, hay un gran salón donde los niños pasan las tardes —escapados de la escuela— jugando con maquinitas a los marcianitos, manipulando como cualquier japonés los artefactos electrónicas mientras sus madres ven telenovelas españolas y brasileras en la parabólica y trasmisiones en inglés y francés. El cura del pueblo compite desde su altoparlante con la parabólica y el TV Cable.
jorgeeliecerpardoescritor@gmail.com



Bogotá, 1995


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