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25 de febrero de 2010

*Jorge Eliécer Pardo: Las ciudades que nos habitan



Las ciudades que nos habitan

Los espacios de mis libros tienen que ver con los espacios de mi vida. Así, los primeros cuentos transcurren en un pueblo de la cordillera, El Líbano, donde mi niñez pasó en medio de la violencia, el dolor y los primeros desplazamientos. Si hubiera entendido en los años de mi adolescencia, cuando decidí escribir cuentos, que el tema obligatorio de la muerte me perseguiría, no habría escogido este oficio. Por eso mi pueblo natal está presente en esa primera novela, que en realidad no es más que un cuento largo donde las mujeres y la soledad campean en un jardín y en las habitaciones tristes de sus vidas.
Porque los espacios, pueblos o ciudades, casas o apartamentos, calles o alcobas, se parecen a los hombres. Hay en el silencio y la interiorización de los conflictos propios y ajenos unos lugares públicos y privados. Quería ser dueño de mi ruta hacia la escuela, hacia el colegio, hacia mi casa, pero la fui perdiendo en las huidas hacia Bogotá, en la cara triste de mi madre, en la zozobra de mis hermanos. Entonces me eché mi pueblo a cuestas y me lo llevé a Bogotá, luego a Ibagué… todos esos recuerdos que después me di cuenta me agobiaban y pedían ser contados. Y entendí que la literatura que quería escribir respondía a la vida que quería llevar. Una secreta y reflexiva existencia hacia adentro, como las ciudades que uno vive y conoce y otra externa donde la vitalidad de la enseñanza de la literatura me llenaba mi sentido de vida. Docencia mi exterior, ficción mi interior.
En ese espacio secreto del proceso creativo, donde nadie puede ayudar, mis historias se alejaban de las calles y se metían en las sábanas, en los lechos, en las salas de los apartamentos. A esos lugares resguardados llegaban los ecos de la ciudad, el rumor de lo que acontece en los cafés y lo bares, en los prostíbulos y los salones. Bogotá se introducía por la ventana como evocación. Narrar la ciudad es un acto de exorcismo íntimo. Novelar la ciudad es conocer su historia desde la historia de cada uno. Muchos afirman que algunos escritores que provienen de la provincia colombiana tienen una visión de mundo poco cosmopolita. Creo que muchos nacidos en las grandes ciudades aún conservan formas de pensar y actuar de la premodernidad. Se sabe de otros que han permanecido años en grandes urbes europeas o norteamericanas y en su interioridad no han salido de su pequeña ciudad o su pueblo de infancia. El ya manido y superado conflicto de mi generación que buscaba en el lenguaje una manera de ser universal, porque usar el lenguaje de la cotidianidad o las jergas de personajes populares o, peor aún, modismos regionales, nos hacían provincianos, ya no son la preocupación. Tampoco el escudarse en el mundo intelectual, filosófico, en el lenguaje cifrado sólo para entendidos para lograr un nivel aceptable en la literatura universal. Caímos en el falso esquema de inventar espacios para la ficción a la manera de Macondo porque nombrar a Ibagué o Cartagena, Ovejas o El Guamo, era volverse localista, provinciano y hasta costumbrista.
También hemos caído en la trampa de que los libros más complicados en su estructura formal son los mejores porque consideramos que eso nos hace más universales. Hay entonces una tendencia en hacer aparecer libros para inteligentes y libros para menos inteligentes. Libros difíciles y libros fáciles. Le oi decir a Eduardo Pachón Padilla hace unos años, que la literatura donde se desarrolla sicológicamente la vida un personaje estaba mandada a recoger, que las novelas intimistas ya no funcionaban en el ámbito de las letras postmodernas. Y dijo además que dos temas estaban por contarse en la novela colombiana: la violencia y la ciudad. Porque aún se hablaba del tema de literatura urbana y no urbana. Literatura de la ciudad y del pueblo, o de las pequeñas ciudades. O de la provincia y la urbe. Y nos dimos cuenta que las ciudades se fueron formando con los desplazados que no se volvieron citadinos sino que construyeron sus espacios provincianos en las zonas deprimidas de la ciudad. No conocen a Bogotá, sus costumbres, sus sectores. Saben dónde hay peligro pero no dónde está el sentido de vivir en una metrópoli. La llamada fragmentación del hombre se hace más palpable en la fragmentación de los espacios y los entornos. Convivir en un mismo espacio no nos hace parecidos. Sabemos que gran parte de la literatura referida a distintas zonas de Colombia, diferentes de los grandes centros urbanos, está siendo escrita desde esas llamadas ciudades. Cuántos escritores costeños de mi generación están haciendo su literatura costeña viviendo en Bogotá. Entonces los espacios invaden la intimidad del presente pero más adentro está la raigambre del pasado, ese pasado de la adolescencia y la juventud que tanto alimenta la literatura.
Existe también en mi generación ese hilo invisible donde el pasado, el presente y la cultura universal se bambolean y recorren las páginas de tantas novelas medianas como las de la mayoría de nosotros. La ciudad entonces no es un espacio exterior. No se es urbano porque nombramos calles y restaurantes, porque identificamos avenidas y edificios. Más que conocer o reconocer una ciudad en un libro quisiera reconocer a los hombres que la habitan y cómo ese espacio los hace ser como son. Rescato entonces la literatura intimista, los libros que narran los conflictos interiores con la influencia de los exterior, de lo público y lo privado. Creo que los autores de mi generación poseen en sus libros, provincianos o no, la magia de lo auténtico, de lo verosímil, tan escaso en muchos libros pretendidamente urbanos y exteriores.
La ciudad me habita y me hace esconder. Bogotá, el refugio de los trashumantes de la violencia entra en nosotros sin que nos demos cuenta y eso la hace más perversa y maleable. Yo no amo a Bogotá sino al pedazo de ciudad que logro hacer mío, el sector por donde siento que no soy extraño. Por eso cuando cuento en mis novelas el monstruo que sé palpita en las calles, lo hago desde adentro como el cobarde que todo lo permite sabiendo que al final, gana, otra vez la muerte.

Ponencia presentada en la Feria Internacional del Libro, Bogotá, abril de 2003
jorgeeliecerpardoescritor@gmail.com


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