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19 de marzo de 2010

*Jorge Eliécer Pardo: Autopista para la ciberliteratura



El computador: una herramienta inofensiva
En tiempos de agotamiento en la creación literaria nos enfrentamos con la dolorosa realidad de repetir esquemas, estilos, temas y, bajo la falsa apreciación de que cada escritor tiene un sello particular, los autores nos hallamos con el dilema de dejar la literatura. Podría teorizarse años completos, hasta la saciedad, sobre este esquivo comportamiento. Muchos hablan de cómo la visión de mundo de cada autor determina su obra.
Para la mayor parte de los escritores nacidos antes de 1950 escribir en un computador se convierte en conflicto. Conozco muchos autores que no soportan el tema, que se niegan la posibilidad de un poema o un cuento trabajado en un procesador de palabra. Muchos, aún, tienen la paciencia y capacidad de escribir «a mano», en máquina manual, eléctrica y, máximo, electrónica. Dicen que el poema o la historia no fluye dentro de una máquina tan complicada. En realidad, y en lo más íntimo, algunos le temen al computador o tienen desconfianza con ellos mismos de enfrentarse a él. Decir hardware (equipos) o software (programas), CPU (esencia del computador, cerebro del aparato, torre o componente donde se encuentra el disco duro o de almacenamiento) drive (unidad de diskette donde se guardan datos o CD, dispositivo donde se lee y captura información), disco óptico, scanner, fax, modem, conexión a internet, (e-mail) o correo electrónico, home page (o página incluida en el ciberespacio), bits, es introducirse en un complicado metalenguaje para extraterrestres. La deshumanización de las máquinas, generalmente es uno de los aspectos que esgrimen cuando toleran la conversación. Otros autores no pueden negar la utilidad del computador una vez se digite el original, para una novela de doscientas páginas, las correcciones son más fáciles cuando se sobrepone la barrera de las palabras en el monitor. Del papel a la luminosidad de la pantalla es un salto cualitativo para todo principiante en asuntos de creatividad literaria y computador. Se recomienda hacer documentos de protección, copias, back-ups para lanzarse a esta primera experiencia. Una escritora colombiana me decía con pasión y dolor que se le había borrado media novela al oprimir una tecla equivocada, que odiaba el computador... dos semanas después me llamó para hablar maravillas de la herramienta. Poder cambiar de lugar los capítulos, el nombre de los personajes con una sola orden, lo encuentra como de ficción. Estas pequeñas maniobras, el ABC del «ordenador» (así lo llaman en USA y Europa) para un escritor sin prejuicios tecnológicos.
50 años de sufrimiento con textos y pruebas
El terrible trabajo de leer las pruebas de galeras (antiguas formas de armar los libros en el proceso editorial) o releer la digitación (tipeada) del texto para evitar tergiversaciones (mejoramiento de estilos, como muchas secretarias dicen al cambiar términos y formas) y, de nuevo volver a leer las correcciones y corregir los errores de las correcciones, se acaba cuando el escritor entrega su libro en un diskette, con la seguridad de que todo va perfecto (dentro de las múltiples imperfecciones). Pero la tecnología puede dar la mano a quienes no han entrado al proceso: el texto escrito en la máquina manual, eléctrica o electrónica, puede colocarse en el plano de un scanner que lo lee con toda parsimonia (lector juicioso que no da opiniones, ni envidia al autor, ni lo corrige) y lo convierte en texto de procesador de palabra para romper viejos esquemas de la creación intervenida con pluma de ganso, estilógrafo, olivetti o composer (antiguas máquinas que levantaban textos, justificaban los márgenes, cambiaban tipos de letras y luego imprimían las galeras).
No creo obvio dejar constancia de los procesos editoriales anteriores a los digitalizados, computarizados. Descontando los libros hechos con tipos móviles (Gutemberg), en los últimos cincuenta años los libros se hacen en procesos calientes y fríos. ¿Quién no ha oído hablar de sistemas editoriales tipográficos y litográficos? Aún quedan talleres con grandes máquinas tipográficas que marcan las palabras en un teclado que luego manda las letras al recipiente de plomo al rojo vivo para después formar las hileras de las galeras en alto relieve e imprimir por presión sobre el papel el libro, un avance de los tipos móviles. Impresores, artesanos, vulcanos de finales del siglo XX. Recuerdo que mi primer libro de cuentos, publicado en coautoría con mi hermano Carlos Orlando, tuvimos que sudarlo en términos reales. Lo vimos tipear y sumergirse en la gelationosa masa rosada que luego subía como tirada por hilos invisibles y llegaba a una barra que se enfriaba haciendo posible la metáfora. Si había un error en una palabra había que cambiar toda la línea, ese lingote plateado con letras al revés. Las fotos: sellos metálicos. Los montones de hojas impresas se colocaban en fila sobre una larga mesa y, unas mujeres en hilera recorrían los montones, una a una las páginas para hacer el taco o libro. Es cierto que esta secuencia poseía un encanto especial para autores y editores que veían en el producto final no sólo los desvelos o alegrías al escribir la novela sino los de todas esas personas que con sus manos y esfuerzo hacían posible el objeto artístico. Pegantes, telas y lomos, hilos y prensas gigantes y después las guillotinas manuales con sus palancas y fuerza del hombre que se impulsaba para cortar los libros empastados.
Años después los libros se diseñaban en áreas de papel fotografiadas con enormes cámaras móviles sobre ejes, entre fuelles; la fotomecánica producía la película que luego se llevaba a una plancha delgada quemada con textos e imágenes, que se montaba sobre un cilindro de la máquina impresora. Producción litográfica que hoy sigue vigente. En este reciente proceso intervienen, la digitadora, el armador o diagramador que monta el texto sobre una mesa de luz, el fotomecánico, el quemador de las planchas, el impresor, los encuadernadores y refiladores.
Proceso editorial digitalizado
En la última década el autor entrega al editor su texto listo para que un diagramador, a través de un programa de diseño gráfico, en el computador, lo monte en el tamaño de la colección y entrega a producción otro diskette para que entre en proceso. Los menos tecnificados bajarán del computador las películas para quemar las planchas metálicas. Otros más avanzados evitan la película y queman desde el computador las planchas. El libro entra en el nacimiento de una rotativa o impresoras de cuatro colores y sale listo para el plegado y encaratulado automático. También, como un acto de magia creadora, existen empresas editoriales donde el libro se introduce en una estación de trabajo desde el computador y sale al otro extremo, refilado, listo para la librería, para el lector.
Aunque este proceso técnico poco tenga que ver con el proceso creativo, sí tiene que ver con los elementos que maneja el autor para la elaboración del texto literario. Las tecnologías conllevan nuevos lenguajes que empiezan a formar parte de la estructura mental de las personas, por eso el lector del futuro tendrá necesariamente que estar ligado a la informática y a las nuevas formas que ella genera.
El libro para el próximo milenio
Muchos son los autores que auguran un futuro eterno para el libro tradicional (impreso en papel, encuadernado y dispuesto para la estantería de la biblioteca). Otros tantos, presagian su muerte lenta. Es de aclarar que el libro no desaparecerá, el libro cambiará, su forma, su lenguaje, su proyección. Este nuevo libro tendrá nuevos lectores, o los mismos lectores de siempre que encontrarán novedosas opciones de lectura. Hasta ahora el lector sólo tiene la opción de hacer su libro-imagen dentro de su cerebro, crear su propia película, llevar por los escenarios los personajes imaginados en su única relación con el lenguaje. Así, un buen libro tiene tantas interpretaciones según el lector, estados de ánimo, cultura, disposiciones, lugares y tiempo. La intimidad entre texto y lector del libro tradicional es uno de los mayores aciertos, al decir de sus defensores. Si el libro hay que leerlo en la pantalla del computador, ¿cómo llevarlo a la playa, a la cama, al baño, a la hamaca, en el bolsillo?
Aunque existen muchos teóricos sobre la nueva cultura generada por la informática, quisiera presentar aquí mi experiencia en este campo, sin llegar a los trasfondos metalingüísticos. El producto de esta aventura nace hace un tiempo por mi trabajo periodístico en la informática, escribiendo sobre el tema, haciendo entrevistas a personajes nacionales e internacionales que lo manejan y, poco a poco, navegando por esta tecnología en mi computador. Así, desde un Atari, recomendado por Jorge Orlando Melo hace más de quince años, hasta mi Mac un poco sofisticado, han pasado por mi vida experiencias que luego se introducen en mi trabajo literario.
Confieso que formé parte de la secta sagrada de defensores del libro tradicional y todavía lo veo como un objeto difícil de superar en su estado más puro. Como ya he afirmado la generación de mitad de siglo y antes, difícilmente aceptan el reto. Mis libros tenían (y tienen) las formas tradicionales del plano ilusorio de la imagen, las aventuras de narradores posibles, de lenguajes, todo lo que puede permitir la lectura en dos dimensiones.
La vieja discusión de la literatura aislada de las demás manifestaciones del pensamiento ha dejado de tener importancia cuando la ciencia y la literatura forman una unidad. ¿Cómo negar que el ensayo científico tiene ahora su carga grande de literatura, no sólo en el lenguaje flexible y rico en imágenes sino en la posibilidad de que la ciencia no se convierta en esa pieza definitiva, inamovible del pensamiento? Y es ahora cuando la tecnología más avanzada le sirve al arte y a la literatura de una manera sorprendente. Escribir para el siglo XXI exige que el autor no sólo se conforme con relatar sus experiencias, vivencias y se confíe exclusivamente en su talento, intuición y pasiones, sino que enfrente su trabajo con la responsabilidad del científico del alma humana que logre entrelazar las manifestaciones de la cultura y la tecnología de manera que ese nuevo lector que tiene todas las herramientas para navegar por el ciberespacio y conectarse con los hacedores de la cultura, pueda encontrar en ese nuevo libro, en su nuevo autor preferido, un motivo de regocijo intelectual, estético, vivencial y, en últimas, de esparcimiento.
El mundo se achica y se encoge cada vez más, se habla de la fragmentación y de la multiculturalidad. Informática, ciberespacio y posmodernidad, nueva era, Acuario, internet, apropiación del cosmos, el inicio de un nuevo milenio. Los médicos ortodoxos abren sus posibilidades a los acupunturistas, homeópatas, naturalistas y, los estadistas y macroeconomistas ya no miran con desprecio e inutilidad a los poetas.
El comienzo de mi aventura
Dos autores conforman mi vocación (incipiente por cierto) por indagar estas nuevas formas del lenguaje: el colombiano Zahur Klemath, que apareció en 1997 en la Feria Internacional del libro con el cuento del libro digital. Cuando me contó que había creado la imprenta del futuro creí que deliraba. (Sus antecedentes con el nadaísmo, el esoterismo y la magia blanca y negra, en los años sesenta, así me lo indicaban). Hacía muchos años habíamos perdido contacto y reencontrarlo con la historia de sus libros digitales fue una pequeña fortuna. Más de veinte años en los Estados Unidos buscando combinaciones perfectas para su proyecto. Ahora lo lograba y divulgaba sin hallar eco entre escritores y, mucho menos, entre editores tradicionales. Tener un libro digitado dentro de un diskette no era muy novedoso para muchos, lo novedoso lo constituía el programa diseñado por Zahur Klemath que no necesitaba procesador de palabra para operar. Así, simultáneamente con lo que sería la técnica de las ventanas (o menús), este pereirano había logrado su propósito de no estar ligado a los grandes multinacionales creadoras de software. Días después, trajo en su pequeña maleta de mano lo que denominó biblioteca digital, o biblioteca virtual. Un catálogo de más de quinientas obras dentro de un powerbook. Los clásicos y los modernos empezaban a aumentar el peso no del papel sino de la información dentro de su disco duro. Pude ver en su pequeño monitor a color no sólo el texto de los libros sino información pertinente al autor, a la época, análisis y comentarios al texto, vocabulario y otras utilidades para los lectores. Basta con ser propietario de cualquier computador para tener la biblioteca virtual dentro de él. Contó, además, que las bibliotecas de varios colegios ya no eran tradicionales, con estantes y bibliotecaria, sino una sala de lectura (futurista) con terminales donde los estudiantes consultaban y leían sin contacto físico con el papel, que si lo deseaban podían imprimir capítulos o el libro completo, aunque, según sus palabras, le parecía inútil. Miles de ejemplares podían tenerse en el disco duro, óptico, CD, del computador principal. Cualquiera de las dos plataformas podían ser utilizadas, IBM o clones y Macintosh.
El otro autor que me abrió el mundo del futuro fue Nicholas Negroponte con su libro Ser digital (Being digital). Me lo recomendó un especialista en asuntos de educación, el autor argentino Juan Carlos Tedesco, quien en su libro «El nuevo pacto Educativo. Educación, competividad y ciudadanía en la sociedad moderna, escribió que «no fue la imprenta la que determinó la democratización de la lectura, sino la necesidad de democratizar la cultura la que explica la invención de la imprenta. Algo similar puede decirse de los medios de comunicación. No son ellos los que han inventado la cultura de los ídolos y las celebridades que hoy predomina en nuestra sociedad sino, a la inversa, es la cultura de la celebridad y el espectáculo la que explica el surgimiento y la expansión de los medios masivos de comunicación». Negroponte es director del laboratorio de multimedios del (MIT) Instituto Tecnológico de Massachusetts, el más importante centro de investigaciones multidisciplinarias sobre las futuras formas de la comunicación. En 1968 fundó el grupo pionero de arquitectura de máquinas, una combinación de laboratorio y grupo de reflexión, responsable de las nuevas formas de la intefax hombre-máquina.
Las profesías de Negroponte
A continuación algunas afirmaciones de Negroponte en su libro Ser digital que nos ponen a pensar de qué manera el mundo ha cambiado y, sobre todo, cambiará:
La computadora se ha mudado de su gigantesco cuarto aislado, con aire acondicionado y temperatura constante, primero a las oficinas, luego a los escritorios y por último a nuestras rodillas y a nuestros bolsillos.
El planeta digital parecerá del tamaño de una cabeza de alfiler.
A medida que nos interconectemos, muchos de los valores de una nación-estado dejarán lugar a los valores de las comunidades electrónicas que serán, a la vez, más grandes y más pequeñas. Socialmente nos relacionaremos en forma de comunidades digitales, en las que el espacio físico será irrelevante y el tiempo desempeñará un rol diferente.
Una novela se podrá convertir en un diálogo con el autor.
Los multimedios interactivos dejan muy poco librada a la imaginación. Como una película de Hollywood, la narrativa de los multimedios incluye representaciones tan específicas, que cada vez es menos lo que se puede imaginar. La palabra escrita, por el contrario, describe imágenes y evoca metáforas cuyo sentido profundo surge a partir de la imaginación y de las experiencias personales del lector. Cuando se lee una novela, gran parte del color, de los sonidos y del movimiento es creado por el lector. Creo que se necesita el mismo tiempo de creación personal para sentir y comprender qué significa «ser digital» en nuestra vida.
La mejor manera de apreciar los méritos y las consecuencias de «ser digital» es reflexionar sobre la diferencia que existe entre bits y átomos. Mientras que, indudablemente, estamos viviendo en la era de la informática, la mayor parte de la misma nos llega en forma de átomos: diarios, revistas y libros. Nuestra economía podría estar moviéndose hacia una economía de la informática, pero medimos el comercio y escribimos nuestros balances pensando en átomos.
En la industria de la información y del entretenimiento, a menudo se confunden los bits y los átomos. Por ejemplo: el editor de un libro ¿está en el negocio de la transmisión de información (bits) o en la manufactura (átomos)? La respuesta histórica es: en ambos. Pero esto cambiará rápidamente a medida que los equipos informáticos tengan mayor difusión, sean más accesibles y de uso más fácil. Actualmente todavía es muy difícil, pero no imposible, competir con las cualidades de un libro impreso. Un libro tiene una presentación de alto contraste, es liviano, fácil de hojear y no muy costoso. Pero el proceso de hacérselo llegar a usted, requiere transporte y otros costos. En el caso de libros de texto, el 45 por ciento del costo consiste en stock, transporte y devoluciones. Y, además, un libro se puede agotar. En cambio, un libro digital nunca se agota.
Un bit no tiene color, ni tamaño, ni peso y puede desplazarse a la velocidad de la luz. Es el elemento atómico más pequeño en la cadena de AND de la información.
Los bits son los mismos para todos, pero la experiencia de lectura de cada uno es diferente.
En el mundo digital, el problema de amplitud y profundidad desaparece, y tanto los lectores como los autores se podrán mover con más libertad entre las generalidades y los detalles específicos. De hecho, el concepto «cuéntame más sobre esto» es parte integral de los multimedios y la base de los hipermedios.
Hoy día los multimedios constituyen una experiencia que se vive frente al escritorio, en la sala de la casa, porque los aparatos todavía son armatostes enormes. Incluyo los computadores portátiles, con su diseño tipo portafolio, no son aparatos de información muy personalizados. Esto cambiará dramáticamente cuando aparezcan los monitores de alta definición, pequeños, luminosos, chatos y flexibles. Entonces, los multimedios se parecerán más a un libro, algo así como un objeto con el que uno puede instalarse cómodamente en la cama para dialogar con él o dejar que le cuente una historia. Llegará el día en que los multimedios serán tan sutiles y agradables como la superficie del papel y el olor del cuero. Es importante pensar en los multimedios como algo más que una exposición mundial privada o un espectáculo de luces y sonido de la información que mezcla trozos fijos de video, audio y datos. La traslación libre de uno de estos medios, al otro, es el objetivo real hacia el cual apunta el campo de los multimedios.
En el mundo digital, el medio no es el mensaje. Es la encarnación del mismo.
Del mismo modo que el bit es el elemento atómico de la información, un pixel es el nivel molecular de los gráficos.
En algún momento del próximo milenio, nuestros nietos o bisnietos mirarán un partido de fútbol (si es que aún se llama así) corriendo la mesa ratona (si es que aún se llama así) y haciendo que jugadores de veinte centímetros de estatura desarrollen el partido en la sala (si es que aún se llama así) de la casa, jugando con una pelota de un centímetro y medio de diámetro. Este modelo es exactamente lo opuesto al concepto original de la realidad virtual. La definición se brinda en todos los sectores, desde cualquier punto de observación. Mire hacia donde mire, verá pixeles tridimensionales (a veces llamados voxeles o boxeles) flotando en el espacio. En La guerra de las Galaxias, R2D2 proyectó a la Princesa Leia en el piso de Obi-Wan Kenobi. La hermosa princesa era una aparición fantasmagórica proyectada en el espacio, visible (en principio) desde cualquier ángulo. Este efecto especial, como otros tantos similares en Star Trek y otras películas de ciencia ficción, ha creado, sin advertirlo, un público indiferente ante tecnologías como la holografía. Lo hemos visto demasiadas veces en las películas y se supone que es más fácil de lo que realmente es. En realidad, le llevó más de veinte años al profesor Stephen Benton del MIT, que inventó el holograma de luz blanca (hoy en día muy común en las tarjetas de crédito) llegar a un resultado similar, utilizando la potencia de supercomputadores de un millón de dólares, ópticas especiales casi invaluables y la infatigable energía de una docena de brillantes estudiantes de ciencias. La holografía fue inventada por el científico húngaro Dennis Gabor en 1948. Simplificando, un holograma es la reunión, en un solo plano de configuraciones reflectoras de la luz, de todos los ángulos de observación posibles de una escena. Cuando la luz pasa a través o es reflejada por ese plano, la escena se reconstruye ópticamente en el espacio.
Tanto la idea del fax como la del correo electrónico se remonta a unos cien años atrás. En un manuscrito de 1863, titulado «París en el siglo 20», hallado y publicado por primera vez en 1994, Julio Verne escribió: «la foto-telegrafía permitía enviar cualquier tipo de escrito, firma o ilustración, o cualquier contrato para ser firmado, a una distancia de 20.000 kilómetros. Todas las casas estaban cableadas».
Pero hoy en día, con la ubicuidad de la computación, las ventajas del correo electrónico superan de lejos a las del fax, tal como demuestra el increíble incremento de su uso. Además de sus ventajas digitales, el e-mail es un medio mucho más relacionado con la conversación. Los mensajes a través del e-mail, si bien no son un diálogo hablado, están mucho más cerca del habla que de la escritura. (...) Este nuevo medio, casi similar a la conversación, difiere mucho de escribir cartas. Es mucho más que una rapidísima oficina de correos. A través del tiempo la gente va a encontrar diferentes estilos para su uso.
Conectarse alrededor del mundo es una especie de nigromancia. El problema no es estar digitalizado sino ser «enchufable».
Estamos entrando a una era en la que la expresión artística puede ser más viva y participativa. Tenemos la oportunidad de distribuir y experimentar señales sensoriales de gran riqueza, en formas que difieren de limitarse a mirar las páginas de un libro, y que son más accesibles que viajar a Francia e ir al Louvre. Los artistas terminarán viendo la Internet como la mayor galería de arte del mundo para exhibir sus expresiones artísticas, y como una forma para difundir esas expresiones entre el público, de manera más directa. La verdadera oportunidad surge a partir de que el artista digitalizado brinde la posibilidad para realizar la mutación y el cambio. A pesar de esto podrá sonar como una vulgarización de iconos culturales importantes —como convertir cada obra de Steichen en una tarjeta postal o cada una de las obras de Warhol en un videoclip— la cuestión es que la digitación permite que no sólo se trasmita el producto, sino también el proceso para lograrlo. Este proceso puede ser la fantasía y el éxtasis de una mente, o puede ser la imaginación colectiva de muchos, o puede ser la visión de un grupo revolucionario.
Los bits no son comestibles y, por lo tanto no pueden paliar el hambre en forma directa. Las computadoras no tienen moral, no son capaces de resolver problemas complejos, como el derecho a la vida o a la muerte. Sin embargo, estar digitalizados nos da muchos motivos para ser optimistas. Como una fuerza natural, la era digital no puede ser negada ni detenida. Tiene cuatro grandes cualidades que la conducirán a su triunfo: la descentralización, la globalización, la armonización y la motivación. (...) Las computadoras trabajarán tanto para individuos como para grupos. Observo que esta misma mentalidad se está extendiendo en nuestra sociedad, impulsada por los jóvenes ciudadanos del mundo digital. La tradicional visión centralista de la vida, se convertirá en cosa del pasado. La nación-estado misma está sujeta a tremendos cambios y a la globalización. Dentro de cincuenta años, los gobiernos serán al mismo tiempo más grandes y más pequeños. (...) El efecto armonizador de la digitación ya se está haciendo sentir. Disciplinas y empresas que antes estaban en todo separadas, comienzan a colaborar entre sí en lugar de competir. Está apareciendo un lenguaje común, antes inexistente, que permite a las gentes entenderse más allá de toda frontera.
Profecías y creatividad
Este mundo de previsiones hace que los escritores piensen en el futuro de la creación literaria. Por eso desde cuando aparece Internet, aparece, de la misma forma, un comportamiento social, sexual, cultural y erótico que construye seres humanos diferentes o que distorsiona o hace cambiar a los existentes. Solitarios que sólo mirarán a través de la ventana-monitor serán personajes que las novelas y cuentos no podrán desechar. La soledad tendrá un nuevo significado. Un ser digital frente a su máquina podrá estar más acompañado que miles de personas reunidas en un estadio de fútbol, o una discoteca. Los foros de discusión, la individualización de la cultura, genera —y de hecho está ocurriendo— ‘compañías’ permanentes y virtuales que solucionarán el aislamiento de muchas personas que temen a las calles, que odian las oficinas, que huyen de los lugares ‘públicos’. La masificación de individuos digitalizados generará a los lectores del futuro. Si el libro tradicional se constituía en grata compañía, tendrá, frente a los multimedios, que competir con mundos reinventados que los hombres del XXI conectarán en su pantalla-universo.
Hablando en Bogotá con el señor Negroponte, repasando su libro, pude comprobar que la tecnología de la informática y la revolución de la cibernética es indetenible. Fue así como la idea de Zahur Klemath se hizo cada vez más cercana. Las bibliotecas digitales son ya un bien social y la era informática asegura la conservación intacta de la información. Los libros tradicionales (hechos con átomos) frente a los digitales (hechos con bits) tendrían en el futuro hombres hechos con una cultura y un lenguaje diferentes al actual. Los espacios vacíos de los anaqueles estarán llenos de mayor información y, seguramente, de mejores medios para la diversión y la cultura a través de la multimedia. Libros, novelas, donde la imagen, el sonido, el texto y la intercomunicación de todos los elementos logran una hermosa posibilidad. Los autores tendrán que usar mejor la tecnología y el resultado, con toda seguridad, será más divertido. El escritor de hoy será ‘adaptado’ y los nuevos serán leídos en todos los idiomas. Si queremos disfrutar a los poetas africanos bastará con un click y el libro aparecerá en la pantalla... además el posible diálogo con el autor será tan común como enviar un mensaje al e-mail de un proveedor de bellas y eróticas chicas que entran en los hogares a través de internet.
Si bien en América Latina el número de computadores no es significativo, cada día vemos cómo los costos bajan y la cobertura aumenta. Explica Negroponte que el mundo global está determinado primero, por los computadores en el hogar, del 35% de los Pcs, 85% están en poder de los adolescentes (en USA); segundo, por los aspectos demográficos, en los Estados Unidos los niños de doce años son alfabetos digitalmente hablando y, se afirma, que las personas que más están conectadas son los niños y los ancianos porque para navegar se necesita tiempo y a estos dos grupos les sobra. A través de las redes, Internet, existe una comunicación distinta a la de la telefonía. Con la invención de la WWW (1991), podemos enviar mensajes, mostrar y ver lo que queremos en nuestro computador. Pero, de la misma manera, no podemos controlar los contenidos, a los bits no se les controla como a los átomos. Por ello en el mundo digital no hay nada local. Los que quedarán atrás son aquellos que carecen de techo digital.
Los autores, novelistas digitales, serán esos seres que navegan, ahora sí, por el ciberespacio y cuya inspiración provendrá, posiblemente, no de las musas griegas y latinas sino, posiblemente, de las conejitas playboy, las divas y modelos de la cultura de consumo de los medios de comunicación y el cine y, posiblemente, sus cuentos serán, videoclips o laberintos policiacos con seres extraterrestres, gladiadores interespaciales o guerras intergalácticas. O serán las escenas de amor y violencia de los hombres clonados a través del genoma.
El planeta chicle
El mundo estrecho y la globalización podemos fácilmente encontrarla en pueblos como Ambalema, Tolima, que frecuento los fines de semana. Mientras el agua es trasportada en burro, en algunas de las veredas cercanas, en la pantalla de televisión, los habitantes ven ocho canales provenientes de la parabólica, hablan de lo que ocurre hoy en España y están enterados de los partidos de fútbol de otros países. Prefieren las telenovelas de los canales brasileros y escuchar y ver en inglés los partidos de beisboll. El cura llama por los altoparlantes a misa, ruega la caridad pública para enterrar a un pobre de solemnidad y da noticias sobre reuniones comunales mientras en uno de los salones, al lado del billar, los muchachos juegan marcianitos en las máquinas que albergan la realidad virtual. En los colegios no hay biblioteca pero los alumnos se pelean para el turno en los dos computadores. Hablar de Internet con los jóvenes de Ambalema no es tema extraño, ellos albergan la esperanza de que su colegio se conecte al ciberespacio porque saben que allí está el futuro. El que sabe manejar un computador puede conseguir cómo ganarse la vida, dicen.
El computador: beneficios inmediatos
A pesar de los múltiples avances tecnológicos el hombre no podrá dejar de usar las palabras. Serán utilizadas por siempre jamás porque las palabras, que tienen el poder de la comunicación, están hechas con base en bits. La pantalla da la apariencia del papel, cuando se leen en el monitor, la impresión es innecesaria pero la palabra es irremplazable.
Aparecerá en la próxima década, dijo Negroponte, el papel electrónico químico, microencapsulado, donde las hojas son reutilizables. Si queremos disfrutar Cien años de soledad, lo abrimos en el computador y si queremos leerlo en forma tradicional por medio del papel electrónico químico lo imprimimos, la máquina lo encuaderna y obtendremos un libro tradicional, luego queremos leer La guerra y la paz, basta con meter en la máquina impresora las hojas de Cien años de soledad y la novela de Tolstoi quedará impresa encima de las hojas de García Márquez. Tendremos miles de libros en un solo libro.
Abrir la posibilidad de nuevos lenguajes: historias donde se llevan a cabo reuniones virtuales en casa de los seres digitales, citas donde los números y los términos binarios sean las formas de comunicación, entender y vincular la cultura digital identificada en aparatos que invaden las casas, los cuerpos, telefonía celular, fibras ópticas, nuevas formas de la comunicación que se apoderan del mundo. La literatura no debe temerle ni huirle a estos adelantos, al contrario, quienes escriben historias necesitan conocer e incluir en su trabajo la creación de mundos nuevos para lectores nuevos. Los jóvenes escritores no se conflictúan al enfrentarse con la romántica concepción de que el libro no puede cambiar, no puede acabarse. Entonces el discurso vuelve y juega, el libro no se acabará mientras el hombre necesite comunicarse y la palabra sea la base de la comunicación. El libro cambiará de presentación, tendrá música, imágenes, posiblemente olores; opciones de lectura, laberintos y aventuras que ampliarán el espectro estético a muchos lectores. Podremos encontrar novelas con muchos desenlaces, novelas con finales que el lector construya, novelas infinitas que navegan en el infinito del espacio, conexiones interminables de palabras, sucesos. Novelas que tengan en su interior toda la cultura desarrollada en los temas y aspectos que alude, el lector podrá jugar con un libro y hacer de él un elemento lúdico que se transforma y crece. Los escritores entonces serán más arriesgados, más cultos, más informados, más aventureros. En la cama, la hamaca o el baño, tendremos un libro-computador que nos enseñe el mundo jugando con todos los libros y las posibilidades de conectarse solo o acompañado con el futuro. El libro total, anhelado por los autores desde hace milenios, tendrá en estas nuevas formas literarias la gran posibilidad. El libro total, donde el abanico del conocimiento del hombre pueda estar presente y ese experimentado lector logre navegar por miles de redes, posibilidades, palabras, imágenes, metáforas ciberespaciales, geografías, hechos históricos, razas y culturas, inventos y sensaciones, unos tras otros, click, click, ratones y hombres sin principio ni fin ... el libro total que, como los huecos negros del universo, lo contenga todo y nada. Jorge Luis Borges entonces tenía razón al escribir El Aleph e intuir el sueño del hombre del futuro.

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