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26 de abril de 2010

Jorge Eliécer Pardo: Dramaturgo Fabio Correa, sobre la muerte de Jorge Eliécer Gaitán


9.4.48
Los títeres de El Bogotazo
Para conmemorar los 62 años del triste asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, ocurrido el 9 de abril de 1948, en la plazoleta —pequeña ágora de cemento— me encontré con los sucesos de aquel fatídico día en una puesta en escena muy peculiar. Con el maquillaje de fondo de la casa museo de Gaitán, en el barrio Santa Teresita —calle 42 con 15— el suceso de la ciudad volvía a repetirse en cuatro mesas que ocupaban buena parte de la plaza. Escenarios abstractos que devolvían el tiempo y lo atrapaban en naturalezas muertas de época, comprimidas en el simbolismo que siempre conlleva el arte.

Se trata la Fundación Teatro de Títeres, Paciencia de Guayaba, dirigido por Fabio Correa Rubio desde 1981. Múltiples libros sobre el 9 de abril, novelas, películas, documentales, llenan la bibliografía sobre el hecho histórico pero, 9.4.48 —alusión al día, mes y año del suceso— es una atractiva propuesta desde los títeres-objetos. La obra ha sido diseñada para que el público circule alrededor de las cuatro mesas, maquetas, escenarios, locaciones, para que pueda disfrutar la labor no sólo investigativa sobre el tema sino la escogencia de los objetos que adquieren vida en los movimientos y sonidos que acompañan el desarrollo de los sucesos.

Allí, la ciudad cotidiana de mediados del siglo XX, con su dinámica, simbolizada por esferas donde ocurrirán los hechos, trasmite abulia, diálogos y pequeñas disputas con la vigilancia de los cerros. Dos actores titiriteros acompañan al espectador en el viaje por la revuelta popular, dando vida a los objetos, o reanimando el momento histórico con palabras u onomatopeyas ayudadas por el fuego, la música, la radio, las luces y los discursos.










Las manifestaciones promovidas por Gaitán en busca de la paz, o mejor en la súplica por detener la violencia armado con el silencio y las antorchas, están hermosamente simbolizadas. El espectador se mete en ese escenario diminuto donde cada elemento tiene una función social y estética. Como la abstracción y el símbolo es tragado por el conjunto de la ciudad bastará con los que pueda atrapar el espectador para entender lo que allí ocurre. Es por eso que al final, cuando todo está consumado, los asistentes se acercan y descubren una nueva lectura de la obra.

El momento mismo del 9 de abril, el asesinato y la hecatombe se encuentran en la tercera mesa-ciudad. Antecede al momento del sacrificio del líder, la música y el ambiente entre sórdido y artístico de una Bogotá conservadora. Fabio Correa recrea entonces tornillo y brochas, carritos y madera, videos y luces que atrapan la sensación de una época recobrada. Romance y sexo, banderas rojas y azules y la indefectible muerte. Difícil emparentar y mezclar sitios, voces lejanas, megáfonos, sirenas y fuego en el centro de la ciudad-mesa. Pero Correa lo logra.

Finalmente los momentos de la reflexión en la mesa cuarta, reflexión que aún no hemos terminado. Periodistas, fotógrafos, destrucción. Preguntas, gritos, panegíricos, asesinos encubiertos, construcción de la falsa memoria.
Cuando el silencio recobra las alas, el mismo silencio que ha dado la historia a los culpables de los crímenes de Estado, los asistentes también permanecen atónitos. Ha pasado más de una hora, al principio se escucharon algunas risas, luego un discreto respeto, después el desbordamiento para entender no sólo lo que hay sobre las mesas sino lo que hay detrás de esos animados objetos que nos relatan la historia de manera diferente.

Imagino a los niños pidiendo explicaciones a los mayores o profesores sobre lo que allí se narra y veo en mi imaginación, los mismos objetos animados, grapadoras, carretes, ambulancias de juguete, bombillos, tuercas y tornillos, construidas a gran escala, en un gran parque.
Plausible montaje, donde no se ve la improvisación sino el estudio, la documentación e investigación histórica y escenográfica. Busqué entre los despojos a Juan Roa Sierra, el posible asesino de Gaitán, y encontré el muñeco de madera tirado por una cuerda (seguramente la corbata desde donde lo arrastraron por la Carrera Séptima) y al final de la cuerda, el anillo con la calavera.
Gratificante encontrar una elaboración estética que nos hace vivir, desde la abstracción artística, un suceso que aún duele a los colombianos. Fabio Correa que nos recrea un suceso no para explicarlo sino para eternizarlo en la diacronía de la historia violenta de Colombia, contribuye a la construcción de la memoria. Razón tenía Kundera cuando escribió que la lucha del hombre por el poder es la misma de la memoria contra el olvido.
Jorge Eliécer Pardo
pardojorge@cable.net.co
















Fotografías, Jorge E Pardo
Los videos fueron tomados en cámara fotográfica por JE Pardo
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