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13 de enero de 2011

* El poeta René González-Medina




René González-Medina

Por Jorge Eliécer Pardo
Al contrario de María Mercedes Carranza, quien escribió la presentación a la primera edición de Escampadero, yo sí conozco desde hace más de veinticinco años al poeta René González-Medina y ya no sufro el complejo del amiguismo en la literatura. Ahora me gustaría decir que hay unos escritores con los que quiero conversar, tomar café y, sobre todo, leer.
Fue por los días cuando quisimos tener una especie de asociación de escritores colombianos emulando quizás las de Cuba, admirada por su Casa de las Américas. Con un sueño compartido de más de trescientos artistas de la palabra reunidos en Ibagué en los años ochentas, fundamos la Une, —Unión Nacional de Escritores—. Ese encuentro, organizado por mi hermano Carlos Orlando y orquestado por Rosita Jaramillo, Jaime Echeverry y yo, desde Bogotá, dio como resultado no sólo muchas amistades que aún perviven sino un deseo infinito de hacer presencia en el país, en un país lleno de represiones y estigmatización política. Logramos la presencia de Germán Arciniegas, Pedro Gómez Valderrama, Luis Vidales, Germán Vargas, Eduardo Pachón Padilla y otros tantos maestros de la palabra que ya se marcharon.
Allí estaba René con sus versos bajo el brazo, leyendo con voz gutural y tono caleño y riendo con las ocurrencias de los demás. Años después, cuando creamos la revista de la une, René colaboró sin interés, con textos sobre libros y caricaturas de los personajes. Diseñador del logo, escritor, periodista, distribuidor, oficios que debíamos cumplir los que llamábamos grupo responsable.
Desde entonces sus poemas han tenido eso que falta tanto a la poesía colombiana: verdad. No en las pequeñas historias que refieren —porque tienen anécdota— sino en el tono y la conexión del lector con el mundo secreto y sagrado de la literatura.
Sin pretensiones, snobismos ni artificios, el recorrido por las letras de este poeta amigo ha sido silencioso pero firme y disciplinado. Sin figuraciones pero con un grupo selecto de admiradores que esperan sus nuevos versos, sencillos, profundos.
Me es grato invitarlo a mi espacio en la red, ese que ya nadie puede interrumpir ni poner contra la pared por circunstancias extraliterarias.
Muestra de sus poemas
Portadas de Escampadero de René González-Medina

EN PACIENCIA
Mira si te he pensado
que en mi soledad
ya no me aguanto las palabras.
Que en mis dibujos
tus ausencias son sombras;
que por cada día
que no estás
desprenden tinta
mis páginas.
Que mi inconsciencia
se desdobla y va
hasta tu casa
para desatar,
por los instantes
de tu pieza a oscuras,
el ardor de la agonía
que te guardo.

MOVIOLA
Cinéfilo abierto a la soledad
me vi., Dios omnisciente,
volando a la fantasmagoría
del telón (sordos los sentidos
al infierno que nos distancia
de los instantes mágicos...)
Venía de vuelta, de apostar
por los escarceos de Marilyn,
por la caza vedada
de sus pechos tibios.
Frustración incógnita
de mi vida miserable,
Taxi Driver reiterándoseme
con sangre insistente,
dientes desliéndose
por los pecados sin bragas
de la Monroe...
CONTRICIÓN
He venido hasta la vida
para cobrar los meses
de mi silencio;
he arrimado hasta su jardín
para untarme de su ciencia original,
entrando mis ensueños en la pasión
del aroma que me casó a una piel.
He venido hasta la vida
para enmendar,
con la inutilidad del llanto,
el pecado de los años disminuidos.

LA CUITA
Porque nada me adeuda el cielo
te quiero más ahora
cuando las negaciones
vuelven a ponernos de espaldas
y cuando entre tu beso y el mío
veo alzarse -inevitable-
el gesto agudo del adiós.
Más ahora cuando de las delicias
triunfantes de tu jardín
apenas sí recojo el rastro que
-olvido arriba-
tiende su aroma.
Más ahora cuando abro mis celdas
para que por voluntad propia
y desde las estrecheces
donde mi aislamiento herido
decanta lo iluminado de su amor,
salgan los despechos que las habitan.
Más ahora cuando
paralelo al loco que me asiste
corro y me desmando
y me estrepito y estallo
y sólo soy un ente al que
-en el peor de los momentos-
se le vino encima la noche.

ACOSO
De adentro me viene
este sinsabor
que me estruja
con una existencia vana.
La música se diluye,
se trastorna en la tortura aviesa
de las codicias en vela...
Del fondo comparece
este dolor de clínica,
úlcera que amamanta
el anatema de su fe
y que se echa
en las aceras esquivas
con su hedor de paria
sin nombre.
Es ronco el suplicio
que doy a luz...
Míralo cómo atisba
por entre los silbidos
ásperos de mi encierro.

SINDÉRESIS
Me aviento al desespero.
Inerme veo cómo me recogen
de su último acto.
Los versos se ausentan ensangrentados
por la vaguedad insaciable
de mis manías afectadas.
La simulación soy yo:
acervo de años dilapidados
en mis ensueños sin ventanas,
quijote desecado montando guardia
al sauce desnudo de su llanto.

INTERMEDIO
Vuelve la tarde precedida
del más allá de sus horas
para desatar, uno a uno,
sus pequeños infiernos:
pasiones manchadas viniéndose
por cada espacio de esta vida
que apesta a soledad y que desespera
-en la mitad de abril-
por las más duras de las ausencias.
Instintos negros tiemblan
en la intimidad de los deseos
para proponer lutos
a la tarde muerta.

DISCERNIMIENTOS
Llueve. Diciembre se deshoja
en soles de invierno.
Me aprieto a mis hábitos
de alcobas y vinos canjeándolos
por el más falaz de los boleros.
Me enclaustra la lluvia
ahora que los cantos perdidos
de un grillo violan
la oscuridad de mi ventana,
ahora que una música
cabalga su medianoche
en el sigilo satisfecho
de los amantes que se retiran.
Llueven gruñidos de perros
en mi corazón.
Lágrimas como rocas
por la verdad que ignoro
y por los errores que, sé,
me volverán a escoltar mañana.

EL LEGADO
Cierro los ojos
para traer la vigilia
que sacudirá mi memoria
postrando a sus pies
los monólogos en desuso.
Le escribo. La llamo con esta voz
incapaz de inventar sonidos,
con este dolor inquilino antiguo
que temprano se levanta en mi pecho.
Le cedo mi alma de heridas roncas;
le permuto las nimiedades que me rompen;
le entrego sin más ni más
mi estampa gris de deshecho solitario.


RENACER
Tonto de mí
que crecí de espaldas al amor,
terco a los cálidos afectos
y a la verdad de la hierba.
Que convertí
la divergencia en mi ruta
orientándome por fuera de la luz,
intrincando mi alma
en la aversión de la ignorancia,
esculpiendo espinas en las rosas
que diseñé para Dios.
Ingenuo de mí
que jugué al avestruz
cuando más necesité
de mis ojos abiertos;
qué obcecado cuando
cerré el corazón y arrojé las llaves
donde no me pudieran ser devueltas.
Qué insensato cuando,
a causa de unos aplausos,
envanecido por mi soberbia
desdeñé el cielo...

ARTILUGIO
Me parto. Soy sonrisa rota
por el ángel de la palabra
que ya no siembra música aquí
donde una vez mis versos
fueron reyes.
Enfermo mi otro yo
con cada nuevo espejismo
que me envara en las horas así.
Te llamo para que comparezcas
ahora cuando soy un maniquí
al que algún duende burlón
le escondió su alma.

Comentarios a la obra de René González-Medina
Presentación
Por María Mercedes Carranza
No conozco personalmente a René González-Medina, pero conozco sus versos que es lo mismo que percibir el perfil de su alma. Los he leído uno a uno empezando por el título:Escampadero. Bella palabra, tan nuestra que no figura en ningún diccionario y que al hablar de poesía puede significar cosas impredecibles.
Escampar es refugiarse, guarecerse, abrigarse de la tormenta, pero también se escampa de acosos inmateriales: de un mal de amor, de alguna tristeza y hasta de unos acreedores. ¿Acaso la poesía no ayuda a escampar del atropello a los derechos fundamentales —como la vida, como el amor— de que somos víctimas los colombianos a diario? Como escampadero, la poesía impide que olvidemos que esos derechos existen. Ya es algo.
Y también nos ayuda a escapar de la aburrida cotidianidad, de la rutina, de los desengaños y hasta de la dulzona tranquilidad del conformismo. En fin: son tres los escampaderos a que se acoge René González-Medina, según las partes en que dividió su libro: el amor, la vida y la muerte, los tres temas fundamentales de la poesía en todos los tiempos. En torno a ellos construye su edificio poético.
Sus espacios son el corazón, la ciudad y el alma. En ellos hay infiernos y paraísos, hay alucinaciones, destrucciones, esperanzas y los fuegos de la carne y el amor. En ellos el poeta baila boleros, se entrevista con luciérnagas, padece la ternura, delira, sucumbe en el escepticismo, tiene miedo.
Es el suyo un ejercicio que revela intuiciones y una vocación en la que el trabajo es evidente y dedicado. Saludo a este poeta y a su poesía.
María Mercedes Carranza
Santafé de Bogotá, marzo de 1998

En Tauromaquia “Burladero” y en Poesía “Escampadero”
Por Jaime García Maffla
La lectura de un libro de poesía hoy reclama dos instancias: el “hoy de la poesía” y “la poesía de hoy”. ¿Qué ha pasado con la tradición poética colombiana para que se produzcan ciertos libros, ciertos poemas, ciertos mundos poéticos?
En el Siglo XX se dieron el Movimiento de Piedra y Cielo (hacia 1930), la Generación de Mito (1950), El Nadaísmo (años sesentas) y la llamada Generación Sin Nombre, a la que seguiría el grupo de poetas dentro del cual situamos a René González-Medina. Este último grupo es, a nuestro juicio, el que se ha visto abocado a una más difícil expresión por el replanteamiento de la esencia de la poesía y de su función.
En cuanto a esta función —adelantemos- para René está la crítica al lado del ludismo para un decir poético ya natural, decantado en la brillante tradición de la poesía de nuestro país.
El “hoy de la poesía” hace parte de ese naufragio desde el cual el capitán de Golpe de Dados hace su lance, verificado en la sección “De la Vida y Otras Suertes…” en la obra a la cual, en las presentes líneas, intentamos aproximarnos; una obra ya situada y difundida, glosada por voces especialmente reconocidas como las de María Mercedes Carranza y Medardo Arias Satizábal, quienes coinciden en lo claro de esta palabra poética, en su capacidad incitadora y en su intensidad vital. Para afirmarlas, queda el epígrafe de Jalil Gibran:
“No todo lo que el hombre
escribe con tinta es igual
a lo que escribe con sangre”.
(LOS GIGANTES)
Los versos, los poemas y, en fin, la obra de poesía que hasta esta hora ha compuesto René González-Medina fue por él reunida bajo un curioso título: Escampadero, signado obviamente por las vanguardias. Un volumen compuesto de tres secciones: “Lo Ineluctable del Amor”, “De la Vida y Otras Suertes…” y “Lo Insondable del Fin”. Ya hay aquí tres términos que marcan el rumbo: amor, vida y fin.
Algo más de ciento veinte poemas caracterizados por el verso corto, contenido, casi lacónico pero –así mismo- expresivo y abierto. Pero el título sugiere una protección, como al término “Vida” se han unido el azar, la suerte y “otras suertes”, de modo que su inicial motivo está en las formas íntimas del existir y el ser, entre la ensoñación y un llamado a oír voces de lo inaudible.
Los poemas de González-Medina tienen su origen en un meditar (o en un haber meditado) la experiencia, en haberla sentido y en volver a sentirla, entre el afecto y el desafecto o la pertenencia y el desasimiento, el saludo y la despedida como, sea el caso, en el poema “Extremaunción”:
“Nunca te quise, vida.
Toma mis poemas. Bébetelos.
Escúpelos en bendiciones equivocadas
para que la más seca de las sangres
avive la ancianidad de la rosa”.
Este “nunca te quise” bien puede, de igual forma, ser: “te he querido hasta el límite”; esto es que, al separarse de la vida, está intensificándola. Al no pertenecerle la está haciendo más suya o, al no saberla suya, él mismo se entrega. Es un bello y profundo juego de Vida y No-Vida, de No-Vida y Vida el que establece el conjunto total de Escampadero, del cual el poema “Artilugio” dice:
“Me parto. Soy sonrisa rota
por el ángel de la palabra
que ya no siembra música aquí
donde una vez mis versos
fueron reyes”.
Hay una afirmación plena de sí por parte del poeta y un diálogo con sus versos. Sólo que primero está, obviamente, el amor. Es su presencia pero, con ésta y como más intensa, estaría la ausencia. Desde aquí nuestro autor está claramente afiliado a la escuela infinita de la poesía colombiana, esa que ha alimentado lo nocturno y el sueño:
“Sí, también yo navegué
tras las faldas de un bolero
para atrapar con su hechizo
el bacanal de euforia
estampado en las sombras”.
(NIGHT-LIGHT)
El Amor, en la intención expresiva, hace más a quien ama que al objeto amado. Aunque González-Medina no es absolutamente un poeta del Amor sino de la Vida tras el cristal del amar, o reflejada en el espejo de lo amado. Así acude al “I-Ching” (pág. 89) y a la “Analogía” (pág. 96). Entonces, el Amor habita sólo en el instante en que se ama o se evoca e invoca al amor…
Están presentes Dios y lo mágico pero, también, deshabitadas noches de vigilia; voces que nombran a la soledad –—a soledad misma de los nombres—, al recuerdo y a la alucinación:
“un apuro, el mío,
emplaza tu nombre…”
(EDICTO)
Y tiene especial interés en esta obra del poeta vallecaucano su habitar en sí mismo. Al lado del Amor está la Vida, al lado de la Vida están las Suertes y después de las Suertes está el Fin. Esta es la arquitectura de la emoción de Escampadero, esos son sus signos imprecisos; aún la última parte pues no es un libro que hable de la muerte sino de una de sus versiones que es la de dejar la vida. Pero, en esa vida, a este libro lo guía el diálogo vuelto monólogo por la amada ausente, vuelto soliloquio por la ausencia de la vida, de algo como la dicha o la plenitud de la existencia.
Lo no vivido parecería más intenso:
“Se soltaron
los perros de mi ira.
Corrieron en procura
de la risa que perdí
para devolvérmela
con la anarquía
de su estridencia,
con el eufemismo
de su gracia”.
(EL ALIVIO)
Ya hemos anotado que el lenguaje de René González-Medina es claro, directo, natural. Su poema puede asemejarse a los Lied de Álvaro Mutis y su sentimiento a una transgresión que une sitios del espíritu como el surrealismo y lo cotidiano, la poesía conversacional aún antipoética, hispanoamericana como aquella cuyos primeros trazos fueron dados por César Vallejo. De la poesía colombiana algo hay de esa única y última afirmación del “Yo” que hizo Barba-Jacob. En su poema “Identidad” dice René:
“Soy quien desanda calles
con su signo presuroso
para no olvidar el ayer
de los aromas húmedos..
Para reconocer los móviles
que no caben en el tic-tac
de una mirada,
para alejar el celo
que apuñala su voz convaleciente”.
No es metafísica de una despedida sino la de un desasimiento lo que signa este libro, con lo que se une a la actitud meditativa de la poesía de hoy, en búsqueda de una lucidez para dar líneas de vida a la derrota: el rostro de todo cuanto intensamente puede ganarse en la pérdida. Poesía meditativa, no reflexiva; lúcida y no impugnadora como ocurrió en las Vanguardias.
Insistimos en lo anterior porque en Colombia no hubo una vanguardia con cuanto significó de rompimiento. Y Escampadero viene de un aliento vanguardista a la manera de la poesía de mitad del Siglo XX.
¿Y cuál sujeto lírico escribe estos poemas? El de un “Yo” en soledad conciente de sí mismo y que sitúa, en el fiel de la balanza, la conciencia humana y la conciencia artística: “El hombre que sufre y el poeta que crea”, al decir de Cernuda. Por lo anterior quisiéramos que la poesía de González-Medina estuviera acompañada por las palabras de Hugo Von Hoffmansthal:
“El poeta está allí, cambiando de lugar, siendo sólo ojo, oreja, y no recibiendo sino las cosas sobre las que reposa: Es el espectador, no: es el compañero oculto, el hermano silencioso de toda cosa…”
De las secciones de Escampadero hay que anotar, diferenciándolas, algunos rasgos. “Lo Ineluctable del Amor” viene de una línea interior más desolada que plena, más nostálgica que dichosa, y en ella la expresión es más cargada, acentuando la experiencia vital sobre la imaginación:
“Quise vivir despacio
para que la mala fortuna
no me asaltara con su acecho tenaz”.
(INTROSPECCIÓN)
La Rueda de la Fortuna es una asociación medieval y así se toma. Resulta una sección, a diferencia de la última, más naturalmente afectiva que artísticamente intuitiva. Hay alusiones a algo superior como el Destino, en el cual incluye a “los sabios” y se aunan el recuerdo con el aliento inmóvil del presente. En la sección segunda (“De la Vida y Otras Suertes…”) existe más fantasía, más juego:
“Ha venido
tras de mí
-sombra de su sombra-
como un perro
recogiendo sus andenes”.
(LA NIMIEDAD)
Entre los guiones figuran sujeto y objeto, quien poetiza y lo poetizado. Es la imagen por encima de la evocación si ésta era, al comienzo, dueña de la tensión poética. Y hay también un sistema de alusiones (por ejemplo a la música) que ceden al asomarse al vacío del cual estaría hecha la sección última, “Lo Insondable del Fin”. Aquí el sujeto poético cambia de protagonista en agonista y la línea de tensión es la anticipación.
Y está la elegía en la cual el trasmundo se hace familiar:
“Los vampiros de las ideas,
en una fecha para olvidar,
se llevaron a Octavio”:
(ELEGÍA)
Y el lenguaje es más directo.
En realidad, el avanzar del libro es un desprendimiento de halagos verbales por el habla precisa, que resulta de un mayor efecto artístico. A este se opone el efecto cordial de la primera sección. Y se hace más fuerte, como en los versos que lo cierran con una increpación, con un desaire que se hace libertad:
“Vida cobarde que un día
tomará la hoja de afeitar para,
sin temblor alguno,
cortar algo más que su hirsuta barba”.
(TELÓN)
Este es el poema final y esto dice el verso final. Pero con este verso queremos regresar al comienzo, en donde está lo intransferible de poesía y poeta:
“Me llama al asombro
el misterio encendido
de los petroglifos,
signos hechos leyendas
perviviendo en su cielo de cóndores,
en sus acertijos de barro”.
(RAÍCES)
¿Una definición? Poesía que contempla lo humano y lo penetra. La obra poética de René González-Medina puede dibujarse con el pincel de las cosas perdidas pero, en su lengua, voz y palabra, se muestra la conquista de un estilo propio. La estampa verbal y sentimental de un poeta (como el libro se revela en forma orgánica) para ser leído de comienzo a fin y no como una suma de poemas.
Ante un fin volvemos los ojos a los escenarios donde alentó el Amor, y del amor queremos poner de nuevo los ojos en las suertes de la Vida. Así, ante el vacío o la pérdida, vuelven a ganar peso las palabras, la poesía por cuya capacidad de refugio explicó María Mercedes Carranza el título del libro: Escampadero.
Jaime García Maffla
Ensayista y poeta.
Septiembre 22 de 2003 – S. XXI – Bogotá D.C.

“Escampadero”: la significación poética
de René González-Medina
Por Cristo Rafael Figueroa
El libro recoge, en las tres partes que lo componen (el amor, la vida y la muerte), la palabra poética que —revertida en sí misma— se constituye en posibilidad del hombre para asirse a estos estados de la humanidad. Los tres motivos son pertinentes a cualquier cultura ya que en ellos se “escampa” en el mundo y del mundo mismo. En este sentido el poemario se puede ubicar en la denominada Nueva Poesía Colombiana estableciendo, como límite temporal, la contemporaneidad actual pues el texto aparece en 1995, año intermedio de la última década del Siglo XX. Así, el valor estético como ejercicio escritural se centra en las expectativas que acercan el nuevo siglo y son claro ejemplo de que, a pesar del paso del tiempo, el hombre se pasea –con su humanidad- incólume por el mundo. Y es allí donde la palabra se eterniza y se convierte en tiempo detenido eternamente.
El tiempo actual quizá sea el mejor aliado del poeta pues el hombre contemporáneo, en su afán de acceder a un nuevo siglo, aparentemente deja de lado el sentido de las cosas (o de su humanidad). Ello no regresa, de nuevo y primero, a lo necesario del Amor por ser ésta la única fuente de relación con el mundo, con sus seres y objetos. Segundo, a la vida y a sus suertes porque es ahora, o nunca, que la vida se vive. Y la savia de la vida radica en su carácter azaroso que convierte al hombre en un jugador que corre sus propios riesgos. Y tercero, a lo indescifrable del fin: la muerte como revestimiento de la mortalidad humana, mortalidad que se transmuta en inmortalidad por méritos de la palabra hecha poesía. De ahí que los motivos de la poesía de René González-Medina sean los caracteres que le son esenciales al ser humano: su sentimiento, su razón de existencia y su fin último.
Resta decir que el manejo del verso y de la combinación de los mismos en estrofas, breves y concisas, convierten las palabras en artefactos con sus redes metafóricas (imágenes) los cuales permiten, a los sueños del hombre, volar con su modernidad de entresiglos a cuestas. Palabras que se suceden como quien escribe el destino fundado en la historia de sí mismo. De ahí el valor individual y colectivo de la obra pues ella, en sí misma, es la humanidad refleja en un solo y único ser capaz, desde su creación, de formularse interrogantes hacia el mundo y –desde éste- como sustancia de la palabra.
La palabra del bardo vallecaucano hecha Escampadero es, consecuencialmente, aquél lugar donde el hombre se puede proteger no de la lluvia que empapa al mundo sino de los significados de las palabras que, en eterna combinación, pueden llegar a revertir los estados del ser. Entonces se navega por entre la “Intuición” cuando se apela a la soledad de los nombres; se avanza por el “Taller” de artista ciego; por “Lo Prohibido” cuando la nostalgia, inconforme, no se resigna; por “La Confesión” de las ninfas ocultas a través de la lluvia y por “Lo Que Queda”: el desarraigo en flor.
Quizá las palabras tratan de hablar en la ausencia de la imagen y, por ello, el navegante —entre líneas— descubre que es mejor naufragar que morir nadando pues el significado de la palabra se hace uno, o múltiple, acorde con sus deseos de salvación. Hasta aquí el Amor.
La Vida transformada en peligroso juego en la era de los juegos extremos, pareciera ser una vida llevada al límite; pero un límite que, en lo más profundo, nos dice que no hay límites sino una vida sin fronteras donde el lenguaje, amplio y en absoluta libertad (sin términos fijos), se invierte –en sí mismo- como para ser vivido entre “La Nimiedad”, “La Identidad”, el “Desespero”, “La Pena” y “La Renuncia”; o, ¿por qué no decirlo? Entre la “Conciencia”, la “Vivencia”, el “Temor” y el “Extravío”.
De pronto las raíces de su razón están tan inmersas en la tierra-vida como un tesoro enfundado en las entrañas del “Yo” que, casi atravesando el limbo donde la catedral de la palabra (convertida en escenario propicio para la vida) se presta, con sus destinos, para múltiples interpretaciones de ese “Yo” humano. Hasta aquí la Vida.
Al igual que en todo proceso René González-Medina se encamina rumbo al sentido continuo de la vida donde, pareciera, es otro ser en otro mundo pues las dimensiones allí, en su Escampadero poético, se advierten también sin fronteras. El fin de la vida se metaforiza por medio de signos vitales como la muerte, los silencios, el miedo, el recuerdo del Edén, el limbo y los adioses, mientras de fondo se escuchan las voces de quienes nos llevan al otro lado de un sueño eterno y donde el despertar nos dará la posibilidad de volver a ser nosotros mismos, con nuestras propias palabras y propios significados que, a fin de cuentas, son los significados de toda la humanidad. Hasta aquí el Fin.
Pero, después de cada punto, siempre empieza otra línea. El hombre sigue con su humanidad a cuestas ya que el destino que tiene por cumplir se le hace eterno. De aquí su afán por convertirse en habitante de la palabra, aquella que le sirve para escampar de las furias humanas, del afán sin sentido de la modernidad y de esa otra gran verdad que, en caprichosa forma de misterio, lo guía.
Las vicisitudes vienen a ser, entonces, el Escampadero de aquellos a quienes la vida –por alguna razón- les niega la gracia de ser inmortales en un mundo donde la mortalidad escampó en la fisura que, entre sí, dejan los siglos.
Cristo Rafael Figueroa
Director Maestría de Literatura
Facultad de Ciencias Sociales, Pontificia Universidad Javeriana
Bogotá D.C., noviembre 25 de 2003


René González-Medina, el pintor Gilberto Cerón y Jorge E Pardo
Carlos Orlando y Jorge Eliécer Pardo con René González-Medina

Contacto con el autor: ilustraldo@hotmail.com

3 comentarios:

jose maria samper dijo...

Jorge Eliecer, interesante, resaltar la poesi y al poeta en el iglo XXI, felicitaciones,a usted y a ese gran maestro Gonzalez. Abrazos.
Tiberio Murcia Godoy

JORGE E PARDO dijo...

Del escritor Luis Carlos Muñoz Sarmiento
Apreciado Jorge: Muchas gracias por tus correos. Me ha gustado mucho la poesía sencilla, mas no simple, de René: por su recurrencia a la metáfora de lo cotidiano, a las cosas no rebuscadas de la vida y, sobre todo, por su rechazo no consciente al lenguaje académico, es decir, aquel que intenta no hacer poesía sino fabricarla para ganar concursos. René, estoy seguro, escribe por el gozo puro y libre de hacer poesía, no sólo para disfrutarla sino para sentirla... y no se olvide que en términos de creación, para lo que sea, es más importante sentir que hacer. Un abrazo para los dos,
Luis Carlos Muñoz Sarmiento

berta lucia estrada dijo...

Buenos días apreciado Jorge Eliécer:
Acabo de leer con mucho juicio esta hermosa entrada que le ha dedicado al poeta René Gonzalez-Medina, la he leído con un gran placer estético e intelectual. sus poemas son hermosos y dolorosos, como la existencia misma. Son ontológicos, profundos, con esa profundidad de mares insondables. Es la poesía que aprecio, me alegra comenzar el día con esta lectura.