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18 de abril de 2013

Primer capítulo, novela El beso del francés



Carlos Orlando Pardo
No fue sino despertar por el ruido contra las paredes para que Mercedes González sintiera que los golpes no eran desconocidos. Atendiéndolos bien, eran similares a los de meses atrás cuando los soldados aporrearon con las culetas los muros del convento y supuso que era inútil huir sin saber qué camino tomar, quedándose quieta y escuchando afuera, en medio de la lluvia, que el hotel era rodeado y no tenía escapatoria. Pensó que si  se hallaba con suerte, a lo mejor la llevarían en medio del aguacero hasta el cuartel del ejército. Inmovilizada por el aspaviento, percibió con claridad una voz recia tratando de sobresalir a pesar del golpeteo de la granizada.

— ¡Dicen que aquí hay una monja!

— ¡Qué monja ni qué carajo! ¡Se trata de mi sobrina!

La irritación circula por entre los soldados sin que nadie pudiera cuestionar su autoridad. En los alrededores comienza el sigilo porque la indignación y la credibilidad de Héctor Sánchez no están en duda para nadie y más cuando es reconocido como un hombre de palabra capaz de empeñarla y desempeñarla a cualquier hora. Se siente su mando porque se trata de un Patriota al que le deben honores sin ninguna duda. A pesar de sus años, no logra comprender por qué tuvo que dormir tan profundo y no haber escuchado cuando abrieron el portón tras quitar las trancas grandes que lo protegían.

       Asumía que podrían tener noticias frescas sobre la existencia real de la religiosa simulando otra mujer y hasta les darían un premio por lograr retenerla. Sin embargo, aguardaron un momento. Los militares esperaban la orden de su superior para buscarla en cada escondrijo de la inmensa casona que servía de hotel y por más hábil que fuera no existía madriguera capaz de guarecerla. De nada le habría valido correr hacia el solar inmenso en busca del otro lado porque  la milicia, intuyendo la fuga, se apostaría con tiempo a vigilarla. De nada le hubiera servido intentar, (demasiado tarde), un pequeño hueco que  sirviera de refugio.


La conoció desde niña y había jugado con ella mientras Catalina, la madre de Mercedes, preparaba unas ricas viandas que a Héctor siempre le gustaron. Aún las recordaba con especial delectación como un gran premio al volver de largas marchas y rudos combates donde no era fácil la comida. Conservó la imagen de ese par de amigos suyos que veía de cuando en cuando con los brazos abiertos al retornar de sus batallas y cada vez, para su dicha, los notaba progresando en el negocio de telas y de cachivaches. No le faltó la impresión de sus rostros acongojados y sufrieron cuando Mercedes decidió inscribirse como monja. Evocó cómo querían que se educara en otras tierras y conociera el mundo. Desfiló el perfil de sus vidas sanas y sencillas sin pretender gastar un solo centavo en asuntos superfluos, todo para buscarle mejor futuro a su única hija, diciendo invariables, que ojalá fuera en un lugar distante de las guerras y en Francia, cuna de la cultura.

— ¡Que salga para verla!

La oscuridad seguía invencible y el granizo apedreaba la cabeza de los soldados mientras  la amenaza del castigo se ensanchaba dejando a Mercedes amarrada a su cama.


— ¡Es un irrespeto! Pueden conocerla en la mañana porque vive conmigo.

Observaban entre la penumbra cada uno de los patios para detectar movimientos, luego de haber pasado por las puertas del zaguán dejando sobre el piso adoquinado las huellas con sus botines embarrados.

— ¡El capitán sabe quién soy! déjenla en paz que cuando salga el día ustedes harán lo que les corresponda.

La voz firme de Héctor pareció evocar los tiempos lejanos de su juventud cuando peleó por la causa de la Independencia y se sintió en una de esas batallas en que daba reprimendas a la milicia por su falta de juicio. Tenía en 1810 17 años y ahora, a los setenta, cuando reconoció a Mercedes en su hotel, rememoraba cómo fue perseguido por la gesta de la Emancipación. Para entonces no le había temblado el pulso, mucho menos en estas circunstancias cuando se juzgaba atropellado dentro de su territorio personal. Miró a los soldados con desprecio aunque nadie podía advertir el brillo de sus ojos y empezó a crecer su disgusto por lo inoportuno del registro.

          Seguían empeñados en su rutina y en los rumores, sin saber los más jóvenes que era un Teniente Coronel con  galardones ganados en violentos combates.

— ¡He dicho que es cuando amanezca, así esté oscuro!

Conocía los caminos reales, los huertos florecidos perfumando el ambiente, el sonido seco de las balas y el olor putrefacto de los muertos. No ignoraba las patrañas de la guerra que a veces contaban quienes no participaron en ella y no atendería bravuconadas a estas alturas de su vida y mucho menos de unos soldaditos y un capitán recién ascendido que poco sabía del país y de su historia. Y sobre todo frente a él, que conocía por ecos y tacto los secretos en la espesura de las montañas, se había portado como equilibrista por cumbres y desfiladeros y lucía el sabor de la victoria tras coronar cerros ariscos y estar al tanto de la alquimia de los polvoreros para las ofensivas. No en vano merecía su descanso luego de regar el sudor de la fatiga en heroicos peregrinajes a casi todo lo largo de sus años y más, ahora, cuando gozaba administrando su hotel sin muchas ambiciones.

La ofensiva de la guardia le hizo subir el calor a la cara y por instinto quiso buscar un arma para su defensa. Fue infructuoso porque se acordó que no colgaba ni una y había decidido olvidar toda una vida dedicada a recargarlas con rapidez inusitada.

La casa- hotel la escudriñaba la milicia en su entresuelo con la seguridad de que alguien se escondía, mientras los alerones aplastados de la techumbre con poco declive, cubrían a los soldados de la lluvia. No intentaron espiar por las ventanas porque sería imposible que alguien pretendiera escapar entre sus gruesos barrotes de madera y hierro, menos que por los muros de enorme espesor se improvisara una salida. A pesar de lo inútil de su espera iluminados por los relámpagos, siguieron sin moverse porque tenían claro que las órdenes se cumplen o la milicia se acaba.



La actitud de Héctor Sánchez frente a la arremetida no fue tomada en vano y el oficial no era tan torpe como para ignorarla.

 — ¡Vámonos!, dijo el capitán.

La amenaza pareció perderse entre los pasos del ejército y el abatimiento hizo sentir a Mercedes más desdichada que nunca sin poder soportar la carga de la clandestinidad ni la miseria de su condición. Tras un largo silencio que le pareció eterno apreció que había dejado de llover. Quiso beberse el agua dulce que tuviera el mundo, pero bien lejos estaba la tinaja panzuda cubierta con una tapa grande de madera. No logró volver a cerrar los ojos y haciendo muecas en la oscuridad como su única manera de protesta, se quedó esperando hasta escuchar que por lo menos en la cocina se movieran los leños, se percibiera el ruido de las ollas de barro donde cocerían el puchero y que la parrilla dejara su sonido con el sartén para los fritos y el asado. Antes, por presentirlo, con las primeras luces del amanecer de la última mañana del año, el estruendo de la pólvora que daba comienzo a las celebraciones la dejó sobresaltada. Le pareció que se repetía la invasión al Convento de las Clarisas adonde estuvo confinada cinco años, que otra vez vería entre la confusión, la lluvia y los relámpagos, la cara miedosa de los miembros del ejército forjando el atropello o que en ese momento le había llegado la hora de morir. Por eso mismo, sentada sobre la cama y en medio del frío, buscó adivinar entre la penumbra si se trataba de una nueva pesadilla o se le repetía el castigo por permitirse las sensaciones del ardor delicioso que la recorría semanas atrás por todo el cuerpo. Fue en ese momento cuando entreabrió la puerta para examinar quién se encontraba en el corredor y al ver que tenía el camino despejado, pudo ir hasta la cocina donde el café expandía su aroma. Con los primeros sorbos, supo que a lo mejor  no tendría tiempo para enfrentar a su albacea explicándole que no le interesaban las propiedades dejadas por sus padres. De poder urdirlo, sería preciso decirle que su intención no era la caza de herencias porque lejos vivía de las ambiciones y que su único pedido, jurando que desaparecería para siempre, era que le diera algún dinero para esfumarse de la ciudad antes de caer en manos del gobierno.

Regresó con paso furtivo hasta su habitación enconchándose en su cama y no tuvo deseos de volver a levantarse siguiendo paralizada entre el pequeño calor de las cobijas. Cumplir la avidez de ir a orinar fue aplazándola una y otra vez hasta que tuvo la vejiga a punto de romperse. El escalofrío le hacía elevar las manos y en el desespero, sin otro remedio, a pesar del miedo vigilante y previsor, abrió primero los ojos cerciorándose de permanecer viva así le pareciera  que la habían enterrado sin morirse. Entre el escozor, el peso de su angustia era menor al de los orines que buscaban salir a cualquier precio. Ante sus ganas, la idea del peligro desaparecía y con pequeños y apretados pasos como para evitar se le escurrieran, llegó hasta el sanitario que para su desgracia se encontraba ocupado. Quiso pisotear furiosa por tan mala fortuna a riesgo de alcanzar un accidente y mientras pidió misericordia al cielo, salió la señora de la ablución dejándole al frente la seguridad para cumplir con sus urgencias. La agitación con que subió su falda y la rapidez para bajar sus interiores con la zozobra de no ir a aguantar más de un instante, acrecentó su angustia. El apresuramiento le ofreció ligereza y al sentarse, imaginaba ganar el paraíso. Después nada importaría porque se hallaba dispuesta a salir de sus atolladeros con una nueva presencia de coraje. Abrió la puerta de un empujón, contra su costumbre, para mirar desafiante a quien estuviera en el inmenso corredor.




          Dejaré de llamarme Desirè Angee si no me trago en un comienzo las verdaderas razones por las que estoy aquí, permitiéndoles que sigan preguntando qué hace un francés por estos lados. Seguro en algunos días se den cuenta de todo si me ven dirigiendo las excavaciones o reunido con otros extranjeros alrededor del Presidente. Si fuera con cariño la indagación que cumplen y no con el desdén que se les nota, fácil sería contarles inclusive detalles, pero surgen señaladores inventándose historias que desdicen mi honra y hasta me provocan disgusto por haberme embarcado, más cuando otras fueron las circunstancias que imaginé en el silencio y que conversé con mi padre.

Me vine de Paris escapando de los alborotos y los enfrentamientos a encontrar la paz en medio del trabajo y no bajo el ritmo fastidioso que me inunda. Estoy solo en este mundo nuevo donde me son extrañas demasiadas costumbres, aunque las soporto imaginando hallar la mujer que me enloquece y es lo que me consuela en medio de mis oficios públicos y privados. Así lo he soñado desde mi partida huyéndole a posibles guerras en Europa y aguantándome, entre tanto, el miramiento que me hacen confundiéndome con un espía.

Tomás Cipriano de Mosquera
          No pocos me ven como los advenedizos por los días de la Independencia en busca de gloria o fortuna,  pero nó. Si bien es cierto aparezco lleno de secretos, con la mirada ávida para no perder detalle de nada que alcancen mis ojos, ofrezco el persistente esclarecimiento de cómo, tras cumplir con la tarea a la que vine, busco sólo sosiego y soledad. Luego de presenciar hostilidades y egoísmos, mi deseo mayor es estar lejos de cuanto pueda ser tachado de civilización, no para perderme en los vericuetos de la selva o para habitar como un irracional una planicie en las montañas, sino para construir un pequeño paraíso como en tantas ocasiones lo idealicé desde mi tiempo en Francia. Y ojalá esto fuera alcanzable lejos de las aprensiones y las batallas que me ha correspondido presenciar, en particular las que cumplo rodeado de los ruidos de las tropas y la fusilería, los muertos y las pugnas en que camina empeñada esta nueva República. Como no es mi pelea, aparte de ser un extranjero que ignora la política pero sufre con sus consecuencias, por encima de las incomodidades naturales pienso que este es el comienzo real de lo que podría ser la mejor aventura de mi vida. Incluidos los inconvenientes, espero eso sí, con optimismo, me dure hasta el día de mi muerte luego de haber atravesado mares, sobrevivir a intrigas y salvarme de las esperadas guerras en mi patria, después de la derrota de Napoleón.
  
           Por lo que oigo y algunos me dicen, especulan diciendo que yo podría saber del sitio exacto de un tesoro, que quién sabe qué crimen tendré a mis espaldas, que deben saberlo porque hasta ofrecerán una buena suma por mi captura. Tantos falaces argumentos los he desmentido de manera inútil porque jamás han quedado convencidos con mis explicaciones. Frente a este fracaso, porque no creen mi verdadera historia, les cierro la puerta dejándolos a su libre albedrío para que especulen con mi genuina identidad. Trato de hacerme el sordo y el indiferente porque fuera de mis extrañezas y pesadumbres, no cuento entre mis haberes una sólida experiencia de desengaños ni desgracias. Conservo discreto silencio al entender que muchas veces empeoran los males con los remedios y que por cuenta de los demás no voy a adquirir la mala costumbre de ser un infeliz.

 En medio de tanto curioso rondándome, no dejo lugar por estos días a que me atropellen las aflicciones. Las tardes pasan mientras comienzo mi trabajo y pienso a veces que se les ha acabado para mi fortuna el fisgoneo, pero tendré que ir acostumbrándome, no faltará el aguafiestas que quiera enrostrarme muchas cosas. Algunos se dan a la tarea de echarme en cara la llegada de los expedicionarios franceses, vulgares mercenarios, me lo han dicho, jurándome por dentro que conoceré la historia de todos porque tengo datos que no pocos se jugaron la vida defendiendo esta nación. Los miro con desprecio porque su ignorancia los lleva a no tener en cuenta la ayuda de los hijos de Francia en los momentos más difíciles de aquellos años. Olvidan o no conocen cuando las espadas de los míos estuvieron al servicio de la causa americana. Para qué perder el tiempo señalándoles que se comprometieron con la revolución por amor a la libertad sin calcular ninguna recompensa. Ni siquiera podría decirles, para no darles motivos de que me confundan con un asesino, sólo eso les faltaba, cuando los contingentes de mi país firmaron el pacto de guerra a muerte, preciso en los días de la pelea entre Realistas e Independientes y era mérito suficiente, para ser premiado y obtener ascensos en el ejército, presentar un número de cabezas de españoles. Veinte cabezas, descubrí en el documento por fortuna en mi idioma, bastaban para ser ascendido a Alférez efectivo, treinta para llegar a Teniente y cincuenta a Capitán. Claro que eran asuntos excepcionales de la guerra donde iban más allá de los principios que trazaron los franceses y salvo esa circunstancia, que por fortuna poco se conoce, llegaron otros hechos que fueron al fin y al cabo los definitivos. Conservo silencio frente a los agravios porque no pueden entender los indolentes la importancia de los Derechos del Hombre ni el alcance de las nuevas ideas, mucho menos aquellos secretos de Antonio Nariño o Francisco de Miranda que soñaban en la conspiración para la Independencia de los españoles influidos por los aires revolucionarios de París. Entonces repito para mí que se vayan a la perdición aquellos que dicen cómo ayudaban por el odio a España y desparezcan de mi vista, cuanto antes, los que ven en mí a un espía.

Razono, convencido, que poco va a importarme que sigan ignorando la llegada de mis primeros coterráneos a luchar en Venezuela y tiempo después en estos territorios. Que digan lo que les de la real gana, que nunca sepan que muchos vinieron a luchar desde 1811 sin esperar nada a cambio, que siempre ignoren cómo hubo un batallón de franceses al mando del coronel Duycalá que respetaban como una Legión extranjera, que marginen de sus mentes estrechas el papel de los que después actuarían en la Nueva Granada. Que ignoren, me digo, que ignoren qué hacían tantos franceses por estos lados. Y que ignoren por ahora, cuáles fueron las primeras razones que tuve para encontrarme aquí en medio de la rutina que comienza a cubrirme, del agobio por haberme embarcado y saberme  triste por estar  lejos de mi Francia.

De todos modos, en medio de las incomprensiones y la soledad, me siento bien acompañado. Nadie sabe por qué, pero se trata de una mujer famosa que por aquí nadie conoce y que llevo a diario dentro del corazón y de mis pensamientos. La buscaré para pasar con ella el resto de mis años y con sólo verla me saltará el interior de dicha, puesto que con el viaje y una dama así, no importará ninguna guerra. A nadie habré de contarle esta confidencia y así lograré felicidad completa y enfrentaré cualquier dificultad.

Con un amor aleteándonos, la vida es más amable no obstante la mía se encuentre llena de extrañezas. Todavía no sé exactamente qué fue lo que me llamó la atención del cuadro de La Monalisa y me lo he preguntado muchas veces, en particular porque siempre se me aparece en los sueños. Grato sería si se tratara de la contemplación del arte que, como en arquitectura, es necesaria, pero va saliéndose del cuadro y se convierte en mujer de verdad, comienza a acercarse con sus manos grandes y me llega la frescura de la atmósfera húmeda que la rodea. A veces pienso que pudo haber sido su mirada, igual a la que me hizo la primera mujer con la que compartí intimidades, o si fueron sus labios finos que parecían no haber pecado nunca o por lo menos, sin la ostentación que uno no quisiera ver en la dama que escogiera como esposa. No he podido descifrar las razones porque la vez inicial que papá me llevó a verla sólo se preguntaba en voz alta por qué Napoleón la tenía como preferida. Él sospechó que alguien podría robarla para encantarse con ella cada día y que alguna magia habría de tener porque le dijeron que fue la última obra del artista y se la había pasado retocándola hasta sus últimos años. Aquel enamoramiento de quien la pintó o el de Napoleón me tuvo sin cuidado, salvo el que en mí despertara cada noche. Suponen los entendidos que debía tener veinticuatro años no obstante pareciera mayor y pienso que algún hechizo se cargaba por mi obsesión de verla. La fuerza persistente con que surgía en mis noches me hizo creer en su poder sobre mi destino cotidiano porque permeaba mi pensamiento modificando mi realidad como si una fuerza irracional me llevara a pensar en que ella, y no sabía cómo,  marcaría la ruta de mis días por venir. Por fortuna viene conmigo llenándome de estremecimientos aunque nadie la vea y sueño con el instante en el que no salte del cuadro sino que aparezca ante mis ojos con su sonrisa misteriosa.


Carlos Orlando Pardo nació en el Líbano, Tolima. Novelista, ensayista, compositor, autor de varios libros antológicos, editor, periodista cultural e investigador con numerosos libros publicados, entre ellos las novelas Lolita Golondrinas, Cartas sobre la mesa, La puerta abierta y Verónica resucitada. Se registran igualmente sus libros de cuentos Las primeras palabras en coautoría con su hermano Jorge Eliécer, Los lugares comunes, La muchacha del violín, El invisible país de los pigmeos, El último sueño, El día menos pensado, Un cigarrillo al frente y El gran vuelo. Reunió su trabajo en el  volumen Obra Literaria de 1972 a 1997 en este año. Otros libros suyos son El proceso creativo, Palabras y sueños, Los adelantados, Novelistas del Tolima Siglo XX, Narrativa e historia en el Tolima, Los últimos días de Armero, Hazañas del Tolima, Diccionario de autores tolimenses. Dirigió y es coautor del Manual de historia del Tolima, Protagonistas del Tolima Siglo XX y de la enciclopedia multimedia Tolima Total. Ha ganado varios premios nacionales y está incluido en diversas antologías. Traducido al francés, inglés y serbocroata.  


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