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19 de marzo de 2010

*Jorge Eliécer Pardo: El Tolima en las guerras del 50


—La violencia en los periodos presidenciales de Mariano Ospina Pérez, Laureano Gómez y Rafael Urdaneta—

Jorge Eliécer Pardo[1]
Motivaciones
La frase manida de los escritores de mi generación, soy un hijo de la violencia, me llenaron de interés para plantear algunas reflexiones a cerca de la época comprendida entre 1946 y 1953 en Colombia y sus incidencias en El Tolima. La investigación bibliográfica sobre el tema para escribir el primer tomo de mi última novela me llevó a escudriñar no sólo datos históricos sino anécdotas de los personajes que intervinieron en esta triste catástrofe sociopolítica que dejó trescientos mil colombianos asesinados y centenares de desplazados del Tolima hacia distintas zonas del país.
Sin ninguna pretensión de historiador y si de mediador entre el silencio y el miedo y, dando voz a los que les fueron negados los testimonios y su participación en el devenir del tiempo de las violencias, me atrevo no sólo a novelar los fenómenos sino dar carnadura a protagonistas vivos y muertos. Numerosos textos periodísticos y literarios, crónicas, cuentos, novelas y poemas, aludieron al tema dejando consignadas las atrocidades y vesanias antes de aparecer el gran boom de violentólogos, estudiosos académicos nacionales y extranjeros que encontraron en esta etapa una explicación para lo que se viviría años después en Colombia. Quizá el más juicioso y analítico ha sido Gonzalo Sánchez, tolimense del Líbano que profundizó la temática y la dio a conocer a otros intelectuales. No es gratuito que Sánchez sea del departamento más azotado por la guerra en esta época y que haya nacido en uno de los pueblos que se convertiría en legendario en la violencia política y el bandidaje.
El esclarecedor texto de Hermes Tovar sobre el territorio de la infancia[2] fue otro motivo para aceptar este reto. Ser hijo de un anónimo tolimense nacido en El Líbano, Tolima, epicentro de sucesos de triste recordación y, haber abordado el fenómeno en mis anteriores cuentos y novelas, sobre todo en El Jardín de las Weismann[3], me enfrentaron al compromiso. El libro de James Henderson, Cuando Colombia se desangró[4] y su énfasis en El Líbano, me llevaron a conclusiones que si bien tuvimos al frente por muchos años, no se habían esclarecido con tanta precisión luego del libro, padre de todos, del sociólogo tolimense Germán Guzmán Campos y los intelectuales Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, La Violencia en Colombia[5].
El debate sobre literatura histórica o de los textos de ficción con carácter social no son relevantes en este ensayo, al contrario, muchas veces se ha dicho que para entender mejor los sucesos de la historia, la literatura y, especialmente, la narrativa, los han abordado si no con mayor profundidad sí con mayor vitalidad.
El periodo cronológico de la guerra social que enmarca este trabajo es conocido como el de la violencia a pesar de que el país ha vivido —a mi parecer, desde la llegada de los españoles— en continuas disputas bélicas. Debo dejar expreso que las confrontaciones y asesinatos de todas las épocas, han sido motivadas por los enfrentamientos políticos y económicos. La tenencia de la tierra y la disputa por el poder del Estado, con una buena dosis de intervención eclesiástica, generaron los enfrentamientos de carácter partidista entre liberales y conservadores. El aprovechamiento de la guerra por los nefarios de la misma y los negociantes de las tierras generaron los desplazamientos, los éxodos, los cordones de miseria en las grandes ciudades, el empobrecimiento, las luchas de las autodefensas primero y de las guerrillas después. Las amnistías, los indultos y perdones y olvido no han sido del todo las formas de detener la guerra. Quizás el que contuvo por unos años el derrame incontrolable de sangre fue el llamado Frente Nacional, la negociación entre liberales y conservadores de repartir el gobierno durante dieciséis años excluyendo cualquier otro pensamiento político.
Antecedentes
En el capítulo, Los estudios sobre la violencia: A. Balance y perspectiva, Gonzalo Sánchez[6] expresa cómo los colombianos se han enfrentado de manera permanente y, a mi parecer, esclarece cómo los jefes liberales y conservadores han aportado de manera fundamental a la enseñanza de la guerra. Dice Sánchez que para los detectores del poder, a través de más de ciento cincuenta años de bipartidismo, Colombia es un paradigma de democracia y de civismo en América Latina. ¿Cómo ha podido sostener y defender esta imagen un país que después de catorce años de la Guerra de Independencia, vivió durante el siglo XIX ocho guerras civiles generales, catorce guerras civiles locales, dos guerras internacionales con el Ecuador y tres golpes de cuartel? ¿Cómo ha podido sostenerla, cuando en el siglo XX, a parte de los numerosos levantamientos locales, libra una guerra con el Perú; es escenario, en 1948, de una de las más grandes insurrecciones contemporáneas, seguida por la más larga de sus guerras, precisamente la que descubrimos con el término alusivo de “la violencia”?
Para más adelante Sánchez determinar, de manera rotunda: Colombia ha sido un país de guerra endémica, permanente.
No hemos parado hasta hoy (2007). En las llamadas Guerras civiles (siglo XIX), los latifundistas, comerciantes, generales y dirigentes de la misma clase social, conformaban sus ejércitos profesionales o populares (armaban a sus peones, creaban sus tropas de defensa y ataque) y ellos, al frente de los regimientos, se enfrentaban a su rival de clase hasta imponer sus condiciones socio políticas. Fue el general Rafael Reyes el que organizó las fuerzas militares luego de la Guerra de Los Mil Días. Terminaba de esa manera los enfrentamientos entre los ejércitos privados y comenzaba una nueva forma de la guerra: los ejércitos o fuerza armadas estatales contra la insurgencia.
Ya se habla de una cultura de la violencia, de una cultura del terror (Michael Taussing), de una cultura de la muerte (Carlos Alberto Uribe). Nuestro imaginario político se construye a partir de los enfrentamiento de los grupos —conformados por campesinos sin tierras, azuzados por los terratenientes y dirigentes profesionales— que luchan por el manejo del poder político unido al económico. Se ha dicho con razón que el mito del origen de la Nueva Colombia, de una Colombia contestataria que proviene de los años 20 y 30 con el despertar de la modernidad, en la década del 50 nos enfrenta a lo que los violentólogos han llamado la Tragedia de la repetición, al enfrentamiento anacrónico y decimonónico del bipartidismo.
En nuestra región, descontando las guerras civiles del siglo XIX, el general Presidente Rafael Reyes, en 1905, dividió el antiguo Estado Soberano del Gran Tolima en las fracciones de Tolima y Huila, luego se habló del norte del Tolima liberal y el sur conservador.
Un hecho que tiene que ver con El Líbano, mi pueblo natal, es el ocurrido en 1907 cuando el general Echeverri de filiación liberal, con sus peones armados de machetes, pistolas y escopetas, preguntó a pleno grito en medio de la plaza quiénes eran los que se oponían a que Antonio Ferreira ocupara la alcaldía, que si bien perdieron la guerra no habían perdido el poder de ser uno de los pueblos más liberales de Colombia. Y ordenó que metieran a los conservadores envalentonados a la cárcel y se dedicó a celebrar con aguardiente que repartía a los campesinos acongojados. Desde su finca, el general conservador Eutimio Sandoval dijo que el asalto de Echeverri no se quedaba así. La pelea entre liberales y conservadores, entre latifundistas del Líbano, estaba casada como en todas las provincias de Colombia.
También, en 1915, cuando se hicieron las primeras elecciones de concejales en Colombia según la reforma de 1910, la escena de los comicios respondió a los odios heredados o incubados del bipartidismo. Al Líbano llegaron de distintos corregimientos y veredas los campesinos motivados por sus patrones. En la plaza principal pusieron dos mesas: una azul para los conservadores y otra roja para los liberales. Por una de las esquinas del parque, en un hermoso caballo llegó el general liberal y por la otra, en un potro retinto el general conservador. Los dos con sus aureolas de grandes patrones organizaban para el sufragio sus huestes de desposeídos. Luego de las tres de la tarde, el pueblo estaba borracho en espera de los escrutinios. Cuando el mensajero dio el parte de victoria a los liberales, varios conservadores sacaron las pistolas asesinando a Secundino Charri y a Jesús Santa. A pesar de todo seguían felices porque el Líbano continuaba siendo el pueblo rojo de Colombia y las mayorías impondrían su voluntad así fuera en tiempos de gobiernos conservadores. Esa vanagloria los condujo a ser uno de los municipios más expoliados por la guerra del 50.
Fueron los mismos generales, de fama para unos e innombrable para otros los que esgrimían el valor de haber formado parte de La Guerra de los Mil Días, los que se unieron en 1929 para comandar las tropas contra los insurgentes Bolcheviques del Líbano quienes siguiendo las orientaciones y planteamientos de María Cano y Uribe Márquez, buscaron dar un golpe revolucionario armado en nombre de los artesanos[7]. Este levantamiento está profunda y seriamente documentado en el libro Los bolcheviques del Líbano (Tolima), de Gonzalo Sánchez[8].
La crueldad, sinónimo de valentía y heroísmo de partido, ha sido otro elemento que agrandó los odios y los ánimos para exterminar al partido contrario. Los conservadores no se cansaban de decir —para justificar sus crímenes— que no se olvidarán que en Montefrío el asesino Tulio Varón colocaba a sus prisioneros en ganchos de matarife, ensartándolos por debajo de la quijada, antes de rematarlos a machete y que este mismo personaje —que los liberales luego encumbraron como guerrillero del paraíso y le erigieron un busto que actualmente reposa impune en una de las principales avenidas de Ibagué— asesinó en una sola noche, a mansalva y sobre seguro a cuatrocientos conservadores en las fincas La Rusia y El Veredal (1901), siguiendo la que él llamaba estrategia del zorro: nos colamos al gallinero, matamos las gallinas y salimos de huída. Y los liberales, defensores de Varón, tampoco perdonaban que en la incursión del general para tomarse a Ibagué, lo habían eliminado y, luego de pasearlo como una lechona por las calles de Ibagué, lo castraron y arrojaron su pene al solar de la viuda. Estos episodios serían irrisorios a los que vendrían después en el tiempo histórico que nos atañe para no prologarlos a los aciagos que nos toca vivir ahora.
Antes de la recuperación del poder por el Partido Liberal (1930)[9] los dirigentes populares distintos a la militancia bipartidista iniciaron debates que vinculaban a los sectores obreros, artesanales y capas medias urbanas a la formación del tejido social. Algunos teóricos han catalogado los años 20 como la edad dorada del movimiento popular revolucionario. Se habló del sindicalismo revolucionario, de la edad heroica del sindicalismo, de la herencia perdida. Los grandes líderes, Ignacio Torres Giraldo, María Cano, Raúl Eduardo Mahecha[10], Quintín Lame recorrían la mayoría de las zonas del Tolima, los centros de producción tabacalera, arrocera y cafetera blandiendo la bandera de los tres ochos; por entonces la sensación no era que algo había sido superado sino la de que algo había quedado interrumpido en 1930. Antes del 30 las huelgas bananeras y petroleras, las jornadas estudiantiles del 8 y 9 de junio de 1929 y los movimientos insurreccionales de la época (como el de los bolcheviques en El Líbano) mostraban la inconformidad de la población. El Partido Comunista en Colombia con su implicación crítica se fundó en 1930.
Manuel Quintín Lame[11], desplazado del Cauca se instaló en El Tolima en 1922. Los indígenas lo llamaban “Jefe Supremo” y los blancos “indio hijueputa”. En 1924, con otros indígenas, constituyó el Supremo Consejo Indio y formaron el poblado San José de Indias y los resguardos de Natagaima, Velú, Yaguará y Coyaima. Quintín Lame, de origen conservador, pudo convivir con dos indígenas comunistas, José González Sánchez y Eutiquio Timote. Con la llegada de Olaya Herrera al poder, los terratenientes empezaron a atacar a Quintín Lame, se le acusó de promover la violencia y amarrado como un toro fue arrastrado a cumplir una condena de tres años en la cárcel de Ortega. San José de Indias, el poblado por el que había trabajado más de diez años, estaba en ruinas. Su imagen seguiría permanente en las luchas por las tierras y las reivindicaciones de las minorías étnicas.
A propósito de la Matanza de las bananeras (5 y 6 de diciembre de 1928) narrada de manera directa por Gabriel García Márquez en Cien años de soledad donde el general Carlos Cortés Vargas desde los vagones ordenó disparar contra los campesinos inermes, respaldado por el Estado, es un ejemplo de cómo el suceso puede novelarse para preservar el hecho histórico. Aún en el parque de Ciénaga muchos viejos reviven el recuerdo de sus padres, tíos y abuelos y no se ponen de acuerdo en el número de los fusilados ni en las descripciones de las fosas comunes secretas que hicieron los militares para desaparecer los cadáveres de los trabajadores de la United Fruit Company. También Álvaro Cepeda Samudio en La casa grande recrea la masacre ordenada o permitida desde la Presidencia de la República con diálogos perfectos de los soldados que cumplirían la orden de disparar.
Mecánica política y maquinaciones del poder
La caída del conservatismo fue ocasionada por una indecisión religiosa que desorientó a los votantes que esperaban órdenes desde los púlpitos. Los dos candidatos: Guillermo León Valencia y Alfredo Vásquez Cobo. Monseñor Ismael Perdomo no envió a tiempo a su feligresía el nombre adecuado y los párrocos, desinformados, unos optaron por Valencia y otros por Vásquez. Así, el 9 de febrero de 1930[12] el guatecano Enrique Olaya Herrera triunfa en nombre del Partido Liberal aunque siempre se dijo que fue el último presidente de la hegemonía conservadora. Se inicia así la recuperación del poder del gobierno para el liberalismo —que lo ejercería por primera vez después de promulgada la Carta Constitucional de 1886— y, al parecer de muchos analistas, la llegada de la modernidad a Colombia y de la violencia bipartidista. También se ha dicho que el candidato triunfador hizo campaña —por primera vez en el país— en transporte aéreo y por la naciente radiodifusión.
Las venganzas represadas de los collarejos una vez envalentonados, se evidencian en las zonas de los Santanderes y repercuten en Cundinamarca, Antioquia y Caldas. Aunque en ese año se estableció que los miembros del ejército y de la policía no podían votar, las fuerzas armadas no dejaron de tener una gran influencia política como se evidenciará después en los gobiernos de Ospina y Gómez. Así, la violencia bipartidista de la mitad del siglo XX abre la hecatombe del periodo que nos ocupa con la llamada República liberal.

Los presidentes tolimenses

En 1934 Alfonso López Pumarejo, natural de Honda (Tolima, 1886-Londres 1959)[13] ocupó la Presidencia de la República para ejercer su primer mandato. Adelantó la Revolución en Marcha, definido por él como el deber del hombre de Estado de efectuar por medios pacíficos y constitucionales todo lo que haría una revolución por medios violentos. Por eso propició el sindicalismo con el fin de armonizar la condición obrera con las necesidades estructurales de la industrialización y se garantizó el derecho a la huelga. La creación de la Confederación de Trabajadores y el desfile del 1º de mayo de 1936 hasta el Palacio de la Carrera en apoyo al gobierno, le endilgaron al presidente el apelativo, por parte de la clase obrera, de compañero López. La importancia que le dio a la educación y a la creación de la universidad Nacional con libertades académicas, lo mismo que la consagración de la libertad de culto y conciencia, le forjaron la más agresiva oposición por parte del jefe del conservatismo, Laureano Gómez, quien lo acusó —en unión con el clero— de socialista y ateo; Gómez vociferaba en el Congreso que López lo había engañado y lanzaba las consignas de acción intrépida y hacer invivible la República.
López impulso, a través de Darío Echandía (Chaparral 1897, Ibagué, 1989) la reforma constitucional donde se introducía la función social de la propiedad y la Ley 200, llamada Ley de tierras que algunos liberales comandados por el Juan Lozano y Lozano tildaron de comunista. También, el hecho de reconocer a los llamados hijos naturales o ilegítimos participación en las sucesiones de los padres, despertó en los conservadores hostilidades.
Laureano Gómez perseguiría a López hasta con un intento de golpe de Estado desde Pasto, el 10 de julio de 1944, sin lograr derrocarlo ni ahondar en el desprestigio que luego lo haría renunciar en su segunda administración ocupada luego del gobierno de Eduardo Santos. Laureano Gómez, llamado El Monstruo por su elocuencia, cultura y despiadada crítica a sus enemigos, con la sagacidad e inteligencia política, derrotaría al liberalismo e intentaría perpetuarse en el poder así fuera a sangre y fuego como se conocerían los gobierno de Mariano Ospina Pérez y el suyo después de luchar más de una década para ocupar el solio de Bolívar.
Darío Echandía[14] ejercería la presidencia del 17 de noviembre de 1943 al 16 de mayo de 1944. Para terminar el mandato de López el Congreso de la República eligió a Alberto Lleras Camargo en 1945.

Continuidad liberal

Para preparar la tercera presidencia de la República Liberal el Partido pensó en la reelección de Olaya Herrera pero el ex presidente murió el 18 de febrero de 1936. López presentó la candidatura de su paisano chaparraluno Darío Echandía y el otro sector la de Eduardo Santos que salió triunfador sin la oposición del conservatismo que ordenó la abstención. A pesar de que la Convención Conservadora de Cundinamarca, en 1939, propuso el levantamiento armado contra el gobierno, los llamados Leopardos exigieron el abandono de la política negativa de crítica sistemática a cambio de nuevas doctrinas para sustituir las liberales rechazando la que calificaron como disciplina para perros de Gómez. El Partido Conservador no aceptó y reconoció la jefatura de Laureano. La oposición fue tan fuerte que Carlos Lleras Restrepo, Ministro de Hacienda, renunció a su cargo para asumir con Roberto García-Peña la codirección del diario El Tiempo y defender a Santos —propietario del mismo— desde sus páginas.
Bajo el gobierno de Eduardo Santos (1938-1942) se registra una de las acciones de violencia política identificada como el inicio del fanatismo bipartidista: La masacre de Gachetá (1939).
Ante la proclama de la candidatura para la reelección de López, para ejercer la cuarta presidencia de la República Liberal, una fracción del liberalismo lanzó a Carlos Arango Vélez con el apoyo de Laureano Gómez. Jorge Eliécer Gaitán, a pesar de sus posturas sobre reivindicaciones sociales, no apoyó a López.
La segunda administración de López Pumarejo ha sido reconocida como el salto de la Nación al siglo XX y muchos lo han catalogado como el personaje más importante del siglo pasado. A pesar del prestigio, el reelegido presidente soportó las nuevas andanadas de la oposición encabezada por Gómez. El fraude electoral, la muerte de un boxeador periodista —Mamatoco— donde fue acusado uno de sus hijos, como el escándalo conocido como las indelicadezas de otro de sus hijos —Alfonso López Michelsen, que luego sería presidente— por sus negocios accionarios en la compañía alemana Handel, al igual que los realizados con la Trilladora Tolima. Estas circunstancias sumadas a los problemas de salud de su esposa lo hicieron vulnerable y lo condujeron a renunciar al cargo y dejar la presidencia en manos de Darío Echandía.
Gaitán: el detonante de la guerra del 50
¿Quién era Gaitán?
Nació en 1898 de una familia de clase media con aspiraciones burguesas. De tez morena, con el inolvidable pasado indígena de la nación trazado en su rostro, no coexistía fácilmente con los convivilalistas quienes se ufanaban de su ancestro hispánico. Se entendía con ellos cuando a puerta cerrada empleaba sus mismas frases pulidas mientras los vituperaba por sus compromisos en la plaza pública usando el lenguaje del pueblo en su vitriólica oratoria. Ni exponente de las tradiciones políticas de las élites, ni hombre del pueblo, no encajaba en los refinados comportamientos de la clase alta, dentro de la cual se abrió paso, ni en la vida oscura del pueblo que a toda costa quería dejar atrás. Ni sus amigos ni sus enemigos sabían claramente a quién representaba. Había quienes pensaban que era socialista, otros veían en él los atributos de un fascista, algunos percibían la fealdad del resentimiento frente a una sociedad culta de la que se sentía excluido. Otros lo consideraron arribista cuya única preocupación era su propia carrera. Para muchos fue todas esas cosas en uno y otro momento.
Desconcertaba a los jefes tradicionales del Partido Liberal porque los criticaba y pretendía parecerse a ellos. Más que un ser humano digno de fe era un manojo de impulsos, contradictorios e incontrolables. Vivía al margen entre el pueblo y los políticos entre lo viejo y lo nuevo. Su ambición fue siempre la de ser abogado porque junto con la medicina y la vida religiosa, el derecho era una de las carreras que seguían los hijos de la élite para conservar su posición social y, para la clase media, una vía de acceso a ese ámbito superior. Como estudiante de derecho se había convertido en héroe popular en Bogotá y en la pesadilla de los abogados consagrados y de los burgueses respetables. Para obtener el grado, en 1925, ejerció el derecho durante año y medio en una oficina pequeña, casi sin muebles, del Centro de Bogotá, hasta realizar su sueño de viajar a Roma para estudiar con su mentor Enrico Ferri cuyas ideas había defendido durante los cinco años anteriores. Invirtió sus ahorros en una farmacia del Centro de Bogotá administrada por su hermano que le enviaba el dinero para sus gastos. Era el segundo abogado colombiano estudiante de Ferri, el primero, el liberal Carlos Arango Vélez. Ferri había sido tanto republicano como socialista y al final simpatizante del fascismo; planteaba el cambio donde en la vida social el castigo tiene con el crimen la misma relación que la medicina con la enfermedad. La sociedad y el individuo podían rehabilitarse por medio del poder maravilloso de la higiene. Para Gaitán el socialismo era simplemente la cooperación de todos para el mejoramiento de la sociedad. Se graduó magna cum laude en la universidad de Roma. El 8 de junio de 1929, Gaitán, con el leopardo Silvio Villegas, encabezó la muchedumbre bogotana en un motín contra la corrompida administración municipal. Tres meses después inició sus célebres dos semanas de ataques al régimen conservador de Abadía Méndez y al ejército que había masacrado en Ciénaga a los trabajadores bananeros en la huelga de la United Fruit company y dio el debate en el Congreso en septiembre de ese año.
Comenzaba sus discursos todos los días a las cinco de la tarde cuando se acababa de levantar la sesión en la Cámara. Exhausto terminaba bien entrada la noche entre los aplausos que rodeaba el Capitolio y que luego lo llevaban a su casa u oficina en hombros. Afirmaba que las grandes compañías extranjeras no traían sino muerte y destrucción. Utilizaba el recinto de los políticos para amenazarlos con el pueblo. El crujir de dientes como símbolo de agresividad animal se convertiría en motivo recurrente en su oratoria. A sus seguidores en las barras, atentos a todas sus palabras, les pedía que se pudieran en las solapas pequeñas calaveras. En 1931 fue nombrado como jefe del Partido Liberal desorganizado. Olaya Herrera lo nombró segundo designado y ocupó la rectoría de la universidad Libre. En el primer número de Acción liberal (1932) dirigido por Plinio Mendoza Neira y Darío Samper, lo describen como solitario, rebelde proletario, que inspiraba temor a los ricos por su lucha contra su propio origen humilde y a favor de la justicia social como un socialista que creía que el cambio pacífico evolucionaría el país. Gaitán se ganó la enemistad de Enrique Santos Montejo quien lo acusó desde El Tiempo de traicionar el Partido en beneficio del socialismo. Calibán era el columnista más famoso de la época. En junio lo atacó por hacer caer todos los males del pueblo en los liberales y, más significativamente, por tratar de invertir la pirámide social. Calibán verá en Gaitán la mayor amenaza de sus ideales.
Gaitán abandonó oficialmente al Partido Liberal en octubre de 1933. Junto con Carlos Arango Vélez, organizó la unir: unión nacional izquierdista revolucionaria. El objetivo, más que enfatizar sobre la política electoral era cambiar el comportamiento de sus seguidores. Los llevaba a tener himnos, uniformes, insignias y condecoraciones que indujeran un sentido de disciplina y que influyeran sobre el concepto que de sí mismos se formaran sus integrantes. En contraste con la retórica abstracta de los convivialistas, Gaitán le rogaba a los campesinos que se bañaran todos los días y se limpiaran regularmente los dientes. El asiento trasero de su automóvil estaba lleno de barras de jabón que repartía entre ellos. Así el movimiento empezó a ser conocido entre los amigos y adversarios como la revolución del jabón y la campaña del cepillo de dientes. En la unir estaban vivas las enseñanzas de Enrico Ferri. Su preocupación, la higiene personal.
En 1934 llegó a la conclusión de que los notables, —como los llamaba sarcásticamente—, eran pobres sujetos de méritos ignotos que con falsía habían sido elevados a la categoría de hombres de Estado. Propuso que los miembros del Congreso se eligieran por el voto de los patronos y los obreros conjuntamente y que se restringieran los poderes de la presidencia. Para llegar a los cargos del Estado preconizaba un servicio civil organizado jerárquicamente basado en el mérito y la experiencia y que sería posible gracias a la reorientación radical del sistema educativo de la nación, que de una enseñanza radical y formalista debería pasar a una preparación técnica y vocacional.
Perplejos por la oposición de Gaitán, los liberales acudieron a la burla. En 1934, Juan Lozano y Lozano fustigó al caudillo de desviarse por los caminos ásperos porque en Bogotá no había lugar para las emociones, la ciudad, ha perdonado ya a Gaitán su talento, su voluntad sus triunfos. Mucho tiempo tardará todavía en perdonarle sus autógrafos, sus italianismos en su lenguaje, sus camisas de intenso azul marino. Y continuaba en otra ocasión: los intelectuales del corrillo urbano sonreímos picarescamente en lo más vivo y en lo más emocionante de los apóstrofes tribunicios y parlamentarios del orador desmelenado. También decía que Gaitán era un socialista que nada tenía que hacer en el Partido. Representaba el ascenso inevitable de las fuerzas colectivistas a las que los liberales debían oponerse en el futuro. Insinuó, además, que el unirismo era un movimiento de derecha, estrechamente nacionalista. También Germán Arciniégas —fundador del Universidad— lanzó un ataque revelador contra la unir como movimiento de derecha.
En 1934 Gaitán pierde la curul en el Congreso. En los lugares que visitaba lo ovacionaban pero los campesinos y obreros le decían que resultaba difícil votar por él si dejaba de ser liberal. Gaitán descubrió que sus seguidores cambiaban los jabones y la crema dental por licor en las tiendas de los pueblos. El 4 de febrero de 1934, al comienzo del unirismo, Gaitán estuvo a punto de ser asesinado cuando la policía y unos grupos de liberales atacaron a las dos mil personas reunidas en la plaza de Fusagasugá. Murieron 4 uniristas. López Pumarejo veía en el caudillo una amenaza para su propia popularidad pero ya no podía atacarlo. En junio de 1936 lo nombro Alcalde de Bogotá. Llevado en hombros por la multitud por la Calle Real o carrera séptima hasta la Plaza de Bolívar, aceptó el cargo. Al día siguiente El Tiempo no habló de la manifestación pero informó en primera página del banquete que Juan Lozano le ofrecía al nuevo alcalde y al que habían sido invitadas 120 personas de la sociedad bogotana.
En 1940 Eduardo Santos lo nombra Ministro de Educación. Sólo duró 8 meses. Quiso que la voz del Estado fuera superior a la de la iglesia dentro del sistema educativo. Habló en contra de una educación basada en la teoría de capacidades individuales iguales. Creía que no todo el mundo podía llegar a ser médico o abogado, sostenía, volviendo su fe en el trabajo, que un mecánico, un carpintero, un químico industrial, verdaderos peritos en su ramo, individual y colectivamente significarán mucho más que un mediocre o un caviloso profesional.
En 1943, Darío Echandía, como presidente encargado, lo designa Ministro del Trabajo.

Aspiraciones presidenciales

A comienzos de 1944 Gaitán decide lanzarse a la presidencia. La ruptura con el Partido Liberal sobrevino luego de la Convención del 23 de septiembre de 1945. El candidato oficial era Gabriel Turbay. Dentro del liberalismo Gaitán estaba jugando su doble papel, el de civilista responsable y de caudillo irresponsable. Planteaba la plataforma socialista del programa liberal que ofrecía a todos un lugar donde vivir y una parcela donde cultivar. Rechazaba los insistentes rumores de que era fascista al afirmar que esa ideología refiere todas las actividades humanas al sostenimiento de un ente monstruoso que es el Estado; tampoco era comunista como creían muchos ricos porque aquel era un sistema que exige una gran preparación humana imposible todavía de lograr en Colombia, además porque suprime la controversia, es totalitario. Atacaba a liberales y conservadores pero ideológicamente estaba más cerca de los conservadores al criticar al capitalismo desde un orden de moral más elevado. Ambos buscaban la restauración de una época extinguida, una sociedad libre de prejuicios raciales y clasistas donde el individuo con méritos y ambiciones podía llegar a la cumbre.
Laureano Gómez trazó su estrategia: respaldó al candidato del pueblo y, hasta un mes antes de las elecciones, el periódico conservador El Siglo llevaba la vocería no oficial de Gaitán. Las relaciones de los dos eran estrechas para que no dijeran que los conservadores financiaban la campaña como lo denunció la Revista Semana en 1947.
A Gaitán se le llamaba el orador de la mamola que refería un amamantamiento humano y animal. Lo utilizaban cuando los convivialistas le pedían que dejara sus ambiciones presidenciales. Los políticos decían que no permitían a sus hijos oír los discursos de Gaitán; buscaba un efecto dramático no la consistencia intelectual; comparó el país político con un organismo en putrefacción cuya cabeza, voz y tentáculos, estrangulaban los impulsos productivos del pueblo. La política es mecánica, es juego, es ganancia de elecciones, es saber a quién se nombra ministro y no qué va a hacer el ministro, decía y, agregaba: es plutocracia, contratos, burocracia, papeleo lento, tranquilo usufructo de curules y, el puesto público, concebido como una granjería y no como un lugar de trabajo para contribuir a la grandeza nacional. Se refería a los jefes del país político como oligarcas, un término que ellos usaban para acusarse unos a otros de utilizar los cargos públicos para beneficio privado.

Los lemas

El pueblo es superior a sus dirigentes, con él amenazaba a los convivialistas. Otros de sus lemas: por la restauración moral y democrática de la república; yo no soy un hombre, soy un pueblo. Exclamaba, Pueblo y, la multitud, respondía a la carga; Pueblo... a la victoria ... Pueblo... contra la oligarquía. Lo sentían de su clase porque comía lo que comía el pueblo y no le importaba como olieran. Gaitán se parecía al tendero de la esquina, de pie y orgulloso frente a su vitrina, donde se mostraban los productos de la vida cotidiana. En Caracas dijo: nosotros hemos aprendido a reírnos de esas generaciones decadentes que ven a los muchedumbres de nuestro trópico como seres de raza inferior.

La división liberal da triunfo al conservatismo

A Gabriel Turbay se le estigmatizaba como el turco. Turbay siempre había codiciada la presidencia. A los 30 años fue uno de las figuras más jóvenes del gobierno. Un maestro del compromiso político. En 1943 ocupó la Embajada de Colombia en Washington, pre requisito para la presidencia. Tenía amigos en los altos círculos y frecuentaba los clubes más exclusivos. El principal consejero de Turbay, Abelardo Forero Benavides, decía que Turbay era fino, sutil, imaginativo, voluble mientras Gaitán era persistente, terco, tenaz, laborioso. Agregaba que Turbay entendía la política como el arte de la atracción, del manejo diplomático de los hombres, de las combinaciones parlamentarias y los ingeniosos ardides, mientras Gaitán como una acción sobre las multitudes.
Alfonso López no se hablaba con Turbay y los conservadores estaban consternados ante la perspectivas de un extranjero en la presidencia. Guillermo León Valencia llegó a afirmar que como en las cruzadas, liberarían contra el turco una nueva batalla de Lepanto. Laureano manipuló la Convención Conservadora e inclinó su preferencia por Mariano Ospina Pérez, un patricio sonriente de plateada cabellera, que pertenecía a una rica familia de cafeteros que ya había producido dos presidente.

Todos contra Gaitán

El periodista Calibán escribió en El Tiempo el abril 10 de 1946: el liberalismo genuino no tiene otra alternativa sino la de apoyar firmemente al doctor Turbay, frente al peligro fascista con su masa heterogénea. También, desde el mismo diario, Juan Lozano hizo campaña, dijo que la Confederación de Trabajadores de Colombia apoyaba a Turbay como también el Partido Comunista que alegaba que Gaitán era un aventurero peligroso con rasgos fascistas. La prensa liberal informó a sus lectores que un voto por Gaitán era un voto por los conservadores.
De las conferencias tradicionales del Teatro Municipal Gaitán fue excluido para debatir los temas del país; sólo asistían Turbay y Ospina quienes se reunían frecuentemente en el Jockey Club, sitio donde Gaitán no tenía acceso.
Una de las formas de ridiculizar a Gaitán la alta clase política fue catalogarlo de indio, término despectivo que se usaba para señalar a una persona como ignorante y ordinaria. Ante estos ataques Gaitán manifestó: yo no creo que seáis inferiores, nos sentimos muy orgullosos de esta vieja raza indígena y odiamos estas oligarquías que nos ignoran. Yo os juro que en el momento del peligro, cuando la orden de batalla haya que darla, yo no me quedaré en la biblioteca. Sabed que el signo de esa batalla será para mi presencia en las calles, a la cabeza de vosotros.

La derrota presidencial del Partido Liberal

Las votaciones: Ospina, 565.260; Turbay, 440.591; Gaitán, 358.957. Profundamente deprimido Turbay marchó a un exilio voluntario a París donde murió en su cuarto de hotel año y medio después.
Gaitán en la derrota liberal vio su propia victoria. Guardó silencio ante el triunfo de Ospina, de esta manera podía hallar el equilibrio entre su doble papel de caudillo y civilista.
Los liberales ofrecieron a Gaitán —luego del triunfo de Turbay— ser candidato único del Partido para las elecciones de 1950 y ejercer como primer designado de Gabriel Turbay. López le dio un silencioso respaldo a Ospina Pérez ante la indecisión frente a uno de los candidatos liberales por considerarlos intrusos y no convivialista. Muchos de los gaitanistas votaron por Turbay para evitar que ganara Ospina.
Calibán confesó que habían ido al desastre con los ojos abiertos. Que estaba aterrado de la votación de Gaitán que había ganado en todos los centros urbanos con excepción de Medellín, tradicionalmente conservador y la patria de Ospina. Dijo además que sin las masas urbanas dirigidas por Gaitán el liberalismo no podría regresar al poder.
Después de las elecciones las conversaciones de la convivencia habrían de convertirse en el quehacer diario de la política. Gaitán le hizo saber a los dos bandos que sólo él podía detener la guerra civil que podría generarse después de las elecciones. Dijo: pude haber hecho una revolución el 6 de mayo de 1946 cuando tuve en mis manos a todo el liberalismo amargado por la derrota. No lo hice porque creo en la democracia y porque habríamos entregado el país a la anarquía.
Los convivialista incitaron a Gaitán a aceptar la creencia de que la oligarquía no existía, de que atacar a la élite colombiana era atacar a la democracia. Intentaron convencerlo que las decisiones políticas debían tomarse en la cumbre, no en la plaza pública porque el pueblo no podía tomar decisiones por sí solo, el futuro —le decían— depende de educar al pueblo y de escoger a los mejores, a los más capaces.

En busca de las jefaturas

En marzo de 1947 ante las elecciones para el Congreso de la República, en diciembre se habló de Gaitán como posible designado pero él rechazó la oferta. Al contrario invitó a los liberales a que se le unieran e hicieran una Convención abierta como la que había propuesta en 1945, pero dirigentes como Carlos Lleras Restrepo propusieron una Convención cerrada donde los viejos jefes tuvieran una asegurada mayoría. Gaitán continuó con sus planes de una Convención Popular en enero de 1947 la que habría de designar los candidatos a las elecciones del Congreso en marzo y los jefes liberales nombraron a su figura más respetada, Eduardo Santos, como candidato oficial. Santos invitó a la derecha del Partido, representada en Luis López de Mesa y dos dirigentes vinculados al sindicalismo, Darío Echandía y Adán Arriaga Andrade, para que cooperaran con él en una campaña vigorosa con el fin de derrotar a Gaitán. Ospina declaró en su posesión, el 7 de agosto, que no había llegado al poder a servir los intereses de un Partido sino a toda la nación, prometió un gobierno de Unidad Nacional.
Ospina y Gaitán se reunieron antes de la posesión y Gaitán quedó aterrado del conocimiento que del país tenía el Presidente y quiso que esa conversación se hiciera pública porque el país debía enterrase de cómo hablan sobre Colombia dos adversarios políticos, preocupados no por la combinación equívoca y turbia, sino de los que debe hacerse en beneficio de la nación. Resulta curioso que en el país los hombres de los dos partidos profesan las mismas ideas y en las calles se matan defendiendo propósitos similares.
El 31 de octubre Ospina ordenó que el ejército reprimiera los motines en Bogotá y puso a Cali bajo control militar. En los disturbios murió un trabajador. Gaitán no se dirigió a los huelguistas pero comparó los hechos con la brutal represión de las bananeras en 1929. El Presidente convocó a liberales y conservadores prestantes pero él dijo que mandaría un delegado pero no lo hizo.
Gaitán se prepara para las elecciones de 1950
La convención de enero de 1947 fue una repetición de la de 1945. Los preparativos comenzaron en abril del año anterior; llegaron delegados de toda la nación; tuvo toda la pompa y ceremonia, toda la música y el ruido de la primera, por todas partes se veían retratos de Gaitán; nuevamente la reunión estuvo precedida por La marcha de antorchas por el Centro de Bogotá, después, Gaitán recorrió los barrios. La semana de la Convención fue llamada la reconquistas del poder. Gaitán habló en el Circo o Plaza de Santamaría y fue llevado en hombros por las calles después del vibrante discurso, esta vez al Teatro Colón, donde dos años antes había sido proclamada la candidatura de Turbay. Allí se reunió durante dos largos días con los delegados a fin de elaborar una plataforma electoral: la plataforma del Colón.
Gaitán derrotó a los liberales oficialistas partidarios de Santos. Resultados: Gaitán 448.848, los otros, 352.959; los conservadores: 653.987, aumentaron la votación. Podía aspirar a ser jefe único del liberalismo. Gaitán, encabezando la lista para el senado por el departamento de Cundinamarca, derrotó a su archirival Carlos Lleras Restrepo: 32.780 votos contra 9.671.
De los jefes principales sólo quedó Echandía que se unió con reticencia a las filas gaitanistas. Con él llegó Plinio Apuleyo Neira, quien entabló una estrecha relación con Gaitán y mantenía abierta la comunicación con los convivialistas. Eduardo Santos, que viajó a París, declaró en el aeropuerto que abandonaba definitivamente la vida pública. Pero retó a Gaitán a sobrevivir sin los líderes y le dio nueve meses de plazo para desaparecer. En nueve meses él habría de regresar. López estaba en Nueva York, como embajador de Colombia ante las Naciones Unidos; Lleras Camargo permaneció en Washington, donde era Secretario General de la Unión Panamericana y, Lleras Restrepo, se retiró a la vida privada y a una carrera como delegado a conferencias internacionales.
Calibán escribió: Gaitán puede gustarnos o no, pero hay que reconocer, contra lo que muchos creíamos, que mejoró considerablemente su posición. Se quedó en el país pero obligado a viajar al exterior con más frecuencia.

La violencia bipartidista en el gobierno de Ospina Pérez

Ospina, ante la victoria de Gaitán, nombró cuatro gaitanistas: Moisés Prieto, Delio Jaramillo Arbeláez, Francisco de Paula Vargas y Pedro Eliseo Cruz. Gaitán permitió que entraran al gobierno y que fueran responsables ante el Partido, bajo la consigna que los funcionarios llegaban por sus méritos.
Al finalizar el primer año del gobierno de Ospina ya había cobrado 14 mil vidas. Gaitán atacó al gobierno por una importación de gases lacrimógenos procedentes de Panamá y transportados por la fuerza aérea de los Estados Unidos. Después de los debates en el Congreso se descubrió que inicialmente los gases fueron solicitados por Lleras Camargo durante la anterior administración liberal y que Ospina sólo se había limitado a reactivar el pedido ante los motines de octubre. Frente a las acusaciones, dijo Ospina: heredaré a mis hijos el nombre limpio y honrado de mis mayores y mi encendido amor por Colombia. Ospina y Gaitán no volvieron a hablarse.

Pasos de animal grande

El 19 de diciembre de 1947, escribe Calibán: tal como van las cosas, el doctor Gaitán matará al liberalismo, pero sin el doctor Gaitán el liberalismo muere. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que el doctor Gaitán tiene las masas, mueve el electorado, triunfa en las elecciones... estamos pues frente a un tremendo dilema. Echandía llegó a la misma conclusión: después de cada metida de pata Gaitán tiene cien mil votos más en las urnas. El Siglo escribió que Gaitán podría turbar la tranquilidad de nuestros campos en los que estaba la base tradicional del partido conservador. Los conservadores de extrema derecha convocaban a un ataque directo contra Gaitán quien, opinaban, representaba un fascismo de izquierda o un socialismo vergonzante que no se atreve a decir su nombre.
La Revista Semana decía que el jockey club —que era el ejemplo de la convivencia, que allí los ciudadanos de los dos partidos comentaban la política dentro de un ambiente de imparcialidad, la educación y los buenos modales que impide que broten las pasiones sectarias— estaba empezando a perder el carácter del sombrío cónclave de los grandes ricos, gracias al ambiente revolucionario introducido por la presencia de los gaitanistas. El 7 de diciembre El Tiempo deploraba la vulgaridad del porro a los que los gaitanistas habían popularizado y politizado. El diario deploraba la obsesión por la comida en particular con la carne de cerdo en las estrofas de los porros. Algunos temas simplemente no eran apropiados para ciudadanos respetables. El mismo diario exhortaba a sus lectores a regresar a las sencillas, románticas y alegres cadencias de los villancicos. En marzo de 1948 el gobernador de Cundinamarca dio ordenes a la policía para que se suspendiera la venta de Jornada en las calles de Bogotá pues los gritos de los voceadores distraían de sus ocupaciones a los empleados públicos.
El periódico El Liberal dividió al país entre los que leían periódicos, mientras que los obreros, los campesinos y la clase media escuchaban radio. Gilberto Alzate Avendaño opinaba de Gaitán que su problema era racial, una política de malicia indígena enfrentada a una política de honradez patriótica. Muchos atribuían a Gaitán su incapacidad de comprender el arte de la alta política. Los liberales decían que el señor Gaitán sabe hablar en público, conoce todos los recursos del arte de la oratoria pero, en privado, no sabe conversar, no tiene ni matices. La prensa publicaba fotografías de rateros y ebrios, de pequeños delincuentes y prostitutas aplicándoles el calificativo de gaitanistas. Algunos de los titulares de prensa para desprestigiarlo, decían:
“Gaitán viaja a Cali a preparar con el comunismo paro subversivo en el país” (dic. 4/47). “Asesinan 54 conservadores en 60 días / los gaitanistas de Santander son los autores” (dic. 20/47). “El gaitanismo sigue asesinando conservadores en toda la nación” (dic. 30/47). “Más víctimas conservadoras por los asaltos gaitanistas” (ene. 3/48). “La ciudadanía de Cali rechaza el caos que siembran los ediles de la Jega” (ene. 4/48). “Gaitán invitado a dirigir el paro subversivo de Cali, ayer” (ene. 6/48). “El gobierno hará respetar el orden público y la ley contra el paro que intentan los comunistas / conexiones internacionales tiene el paro petrolero / Montaña Cuellar en contacto permanente con el doctor Gaitán” (ene. 7/48). “Ladrones gaitanistas de explosivos en depósitos del Ministerio de Guerra capturados”, “Varios muertos y heridos por pandilla gaitanista en combate en Arboleda” (ene. 16/48). “Con grases y ametralladoras los liberales asesinan a hombres y mujeres en Santander / Escalofriante relato de los últimos crímenes cometidos por los gaitanistas” “La política gaitanista es responsable de todos los crímenes en Barranquilla” (El Colombiano, ene. 16/48). “Piedra y palo entre los gaitanistas al recibir ayer en Montería a su jefe” (ene. 17/48). “Estado de sitio en Norte de Santander / La violencia lanzada por el gaitanismo es la causa” “Sigue el asesinato de conservadores por el gaitanismo en Santander del Norte” (ene. 18/48). “Atacada una patrulla del ejército por el gaitanismo en cercanías de Cucutilla” (ene. 19/48). “Insisten en un paro nacional los comunistas y gaitanistas” (ene. 20/48). “Quince policías asesinados por la chusma de gaitanistas” (ene. 24/48). “Gaitanismo y comunismo contra Colombia / tendida la red desde nuestras fronteras” (ene. 27/48). “Gaitán ordenó los comandos de violencia” (ene. 28/90). “Comunistas y gaitanistas ordenaron la invasión a fincas de Coyaima y Ortega” (ene. 30/48). “Paro total comunista en LatinoAmérica para sabotear la reunión Panamericana” “Agentes de Moscú recorren el continente con esta misión” (feb. 5/48). “Rateros gaitanistas disfrazados de policías fueron capturados anoche / Una nueva técnica de los gaitanistas para sabotear los mítines” (feb. 7/48). “Premeditada la asonada de gaitanistas / La chusma preparó el asalto a gobernación de Manizalez” “Dos veces trató el gaitanismo de asesinar al alcalde de Pereira” (feb. 9/48). “Nuevo asalto contra el cuartel de la policía en Manizalez intentaron las turbas del gaitanismo” “El gaitanismo continua asesinando a los conservadores en varias ciudades / es ya verdaderamente alarmante la ola de violencia gaitanista” (feb. 10/48). “Más conservadores asesinados vilmente por el gaitanismo en Santander y Boyacá” (feb. 12/48). “Gaitán pidió a los liberales de Pereira venganza y sangre” (feb. 15/48). “A punto de desintegrarse la convención de los gaitanistas por la anarquía y el desconcierto” (feb. 24/48). “Nada decidió en concreto la anarquizada convención gaitanista y entró en receso” “Por no ser internacionalista no fue nombrado Gaitán en la Panamericana” (feb. 25/48). “Por negarse a la reforma electoral el gaitanismo rompe la colaboración” (feb. 28/48). “Proyectos sombríos para el país son los que aconseja el jefe gaitanista” (mar. 7/48). “Gaitanistas los autores del atentado contra la familia de Arturo Pradilla” (mar. 18/48. “El gaitanismo sigue consignas de Moscú de sabotear Asamblea Panamericana” (mar. 21/48).
Los convivialistas tenían miedo de que el viejo caballero santafereño iba a ser reemplazado por la gleba... veían mal que las ruanas invadieran las plazas públicas y los recintos teatrales y viajaban al exterior siempre que les fuera posible para escapar a la atmósfera de la revolución social producida por Gaitán. El 7 de febrero de 1948 Gaitán montó el espectáculo más dramático de su vida, la Manifestación del Silencio. Gaitán convocó a sus seguidores a la Plaza de Bolívar al atardecer. Por lo menos cien mil colombianos acudieron al llamado. Se le ordenó a la multitud que vistiera de negro y llevara grandes banderas del mismo color. Debía congregarse en perfecto silencio en señal de duelo por los muertos de la violencia. No debía haber vítores ni canciones. Gaitán quería un silencio sagrado para obtener la unidad dentro de la multitud. Hubiera podido hacer temblar el gobierno u ordenar a la multitud estar en la Plaza hasta cuando el régimen conservador atendiera el llamado de paz, pero les ordenó regresar a sus hogares. Gaitán le pidió a los ministros liberales que renunciaran, el presidente Ospina no contestó la carta. Al día siguiente el jefe liberal, Julio César Turbay Ayala, mandó indignado que la carta de Esguerra (el único que quería quedarse en el gabinete a título personal) al partido, le fuera devuelta sin contestación. La respuesta de Gaitán fue más gráfica, ordenó que se atacara a Esguerra con huevos podridos en las calles de Bogotá. Cuando los gaitanistas lo sorprendieron, el Canciller se hallaba con el Embajador del Ecuador, finalizando los últimos preparativos para la Conferencia.
La IX Conferencia Panamericana, para Azula Barrera, era el evento que simbolizaba el regreso de Colombia al primer plano de la diplomacia continental, posición que se había perdido desde la muerte del Libertador Simón Bolívar. Pero para nadie era tan importante como para Laureano Gómez. Decoraron el escenario, construyeron nuevos edificios y los viejos fueron restaurados y aseados. Se remodelaron hoteles, se abrieron nuevas calles, el Capitolio fue reconstruido un año antes de la Conferencia para que pudiera servir de sede a sus deliberaciones. Entre tanto el Congreso se reunía incómodamente en la Biblioteca Nacional. Se importaron cuatro elegantes carros Mercedes Benz, se pidieron cuatro mil tazas de porcelana con el escudo de Colombia a la casa Demevildre-Coche de Bruselas, y se compraron tres mil piezas de cristal a la firma parisiense Val St. Lambert. Uno de los proyectos predilectos de Laureano Gómez fue la construcción de un opulento restaurante y salón de baile, el Venado de Oro, en las colinas que dominan la ciudad. Calificado como el edificio más moderno de la ciudad, presentaba un brusco contraste con los tugurios alrededor del Paseo Bolívar, el que finalmente fue pavimentado para facilitar el acceso al restaurante. A la entrada, la escultura de un venado cubierta de oro. El restaurante, muy distante del Centro de la ciudad, era considerado por los gaitanistas como ejemplo típico de la exageración conservadora y de su menosprecio por los pobres y Gómez fue criticado severamente. Pero él argüía que el restaurante iba a ser una especie de Jockey Club para la gente común, que necesitaba un sitio decente para reunirse. Otro de sus proyectos, unas esferas de concreto que había mandado a construir en la Plaza de Bolívar para izar las banderas americanas fueron removidas unos días antes de la Conferencia por feas y antiestéticas. El gobierno se esforzó también en limpiar las calles de la ciudad de mendigos y vagabundos, el comandante de la policía, Virgilio Barco, asumió esa tarea. Cuando la Conferencia comenzó habían sido detenidos más de trescientos vagos de avanzada edad. El alcalde Fernando Mazuera trató de desalojar a los vendedores ambulantes, se dio orden para envenenar a los perros callejeros, además se exhortó a las ciudadanos a que tuvieran limpio el frente de sus casas, y que cortaran la hierba y arreglaran los andenes.
Al jefe del liberalismo fue el único político que no asignaron para ninguna de las delegaciones a la Conferencia. Laureano dijo que hay un colombiano, uno sólo, el jefe del Partido Liberal, el doctor Gaitán, que está pensando en la manera como deslustra, mancha y entorpece el funcionamiento de la Conferencia, y nos exhiba ante los huéspedes de honor como un pueblo inculto y salvaje... como una horda africana. Gaitán al ser excluido era demasiado orgulloso para lamentarse y posiblemente demasiado poderoso para darle importancia. Sin embargo, para sus partidarios, fue un hondo agravio personal. El 9 de abril, una semana después de instalada la Conferencia, Gaitán y su muchedumbre se mantenían callados mientras el mundo observaba los acontecimientos de Bogotá.
El asesinato de Gaitán. El Bogotazo.
Bastante se ha escrito sobre el suceso, su desarrollo y responsabilidades. Pero quizás el libro de Arturo Alape[15] es el más completo porque convergen distintas voces de la época.
Algunos aspectos que deben tenerse en cuenta para comprender el levantamiento social y la manera como el Partido Liberal sorteó el suceso y entró a formar parte del gobierno cuestionado por los Gaitanistas. El líder había dicho a sus seguidores: a mi no me matan, si me matan aquí no queda piedra sobre piedra; si me matan vengadme. Y la muchedumbre estaba vengando en las calles de Bogotá la muerte del jefe. Mientras pateaban al asesino (se dijo que se llamaba Juan Roa Sierra[16] ) varias personas sacaron sus pañuelos de tela y los empaparon en la sangre de Gaitán. Nadie sabe de dónde salió la bandera tricolor y la roja del Partido Liberal con cintas negras, la bandera nacional cubrió el charco de sangre del jefe. Gaitán murió a la 1.55 pm, su asesino habría muerto probablemente unos minutos antes. A Gaitán se le dio oxígeno, se le hizo transfusión y se le aplicó morfina para aliviar los dolores que ya no podía sentir. Los médicos trataron de instalar un pequeño equipo portátil de rayos X para detectar la trayectoria de las balas. En la Clínica Central, doña Amparo, la esposa de Gaitán, estaba sentada, desolada, en un rincón, con don Eliécer, el padre de Gaitán y Manuel Antonio, su hermano. Cuando salió el médico Eliseo Cruz dijo a todos los expectantes: no hay nada que hacer, el jefe ha muerto. Entró su familia y los curiosos, en las ventanas que daban a la calle, se habían encaramado unos niños tratando de ver al muerto. Médicos, políticos, gaitanistas, enfermeras y buscones de publicidad se acomodaban para salir en las fotos junto al cadáver del caudillo. Querían inmortalizarse en ellas. En una, un médico sostiene la cabeza de Gaitán para que sea visible claramente; en otra, un hombre de negro tiende la mano para tocarle la cara; en otra, muestran la cabeza profusamente vendada y, la espalda de Gaitán, perforada por las balas. Un artista hizo una mascarilla pero al parecer olvidó colocar a Gaitán el puente dental superior, por ello la mascarilla le da un tono de pasividad y no de agresión como lo fue en la vida. El médico conservador Juan Uribe Cualla, del departamento del medicina legal, estaba en el Jockey Club cuando abalearon a Gaitán y fue tal su temor a ser reconocido en la calle, que se hizo llevar a su casa en un ataúd. A la 1:05 pm del 9 de abril, toda la ciudad sabía de la muerte de Gaitán. Los conductores de los tranvías gritaban por las ventanillas y hacían sonar las campanillas, los taxistas hacían sonar sus bocinas, los buses se detenían en las estaciones, redoblaban las campanas de las iglesias, los trenes llevaban los informes a los pueblos aledaños, las manos se dirigían instintivamente hacia los botones de la radio. Rómulo Guzmán, director del programa gaitanista, Últimas noticias, aullaba histéricamente ante el micrófono. La radio llevó la noticia a todos los rincones del país. La radio influyó notablemente en la movilización de la gente y en los saqueos. Algunas emisoras pedían a sus oyentes permanecer en sus casas o en sus sitios de trabajo. La Radio Nacional transmitía marchas fúnebres. Muchos bogotanos se pusieron el vestido negro, de luto, y salieron a la calle, otros se encerraron pensando en sus familiares que no habían llegado. Después de restablecido el orden los policías propiciaban palizas a los que vistieran de negro por guardarle luto a Gaitán. Los políticos liberales marcharon a la Clínica Central para saber lo que ocurría, para hablar en nombre de Gaitán si se recuperaba o para sustituirlo si moría. Los conservadores con múltiples peripecias llegaron al Palacio presidencial para acompañar a Ospina Pérez. No es casual que la Clínica Central y el Palacio de la Carrera fueran de los pocos edificios del Centro de la ciudad que no sufrieron daños mayores. Darío Echandía llegó a la Clínica cuando todos creían que Gaitán aún estaba vivo pero se dio cuenta de inmediato que no sobreviviría e hizo llamar a los demás liberales. Enseguida llegó Carlos Lleras Restrepo; Alberto Lleras, que estaba en la IX Conferencia, se refugió en una casa de un amigo en el norte de la ciudad. No hubo intentos de los amotinados de cortar las líneas de los teléfonos ni entrar a Palacio por las alcantarillas, sólo querían saber por qué habían matado a su jefe. Miraron hacia el balcón conforme a los rituales tradicionales de la plaza pública pero el presidente Ospina nunca apareció. El orden social comenzaba a desmoronarse en torno a los muros del Palacio. Ospina supo la noticia en la feria agropecuaria que estaba inaugurando con la presencia del secretario de Estados Unidos, Marshall y de otros invitados a la IX Conferencia. El jefe del ejército le confirmó, excelencia, acaban de matar a Gaitán. Eso es imposible, respondió el Presidente. Al llegar a Palacio convocó a su gabinete, declaró el Estado de Sitio en Bogotá e impuso una severa censura a las informaciones internacionales. Para doña Bertha Hernández de Ospina, la esposa del Presidente, la muerte de Gaitán desencadenaría serios problemas porque era el jefe supremo de una chusma sin Dios ni ley que él había azuzado desde sus discursos. Se dirigió a sus habitaciones privadas, se quitó los guantes, colocó la cartera sobre una silla y sacó del armario dos revólveres, uno de los cuales se ajustó en la cintura. Llamó al colegio de los jesuitas y dio instrucciones para que llevaran a la Embajada norteamericana a su hijo menor Gonzalo, de once años. Allí podía estar seguro y salir rápidamente del país. Convenció a su esposo de que el sitio del Presidente era su despacho, en el segundo piso. Los miembros del gabinete llegaron en taxi, en automóviles particulares pero ninguno en auto oficial. El ministro de gobierno, Eduardo Zuleta Ángel, antes de ir a Palacio, fue a confesarse, se puso una ruana y así, disfrazado de hombre del pueblo, se introdujo a Palacio. En la Clínica la gente esperaba que saliera su jefe al balcón y, al saber la verdad, insultaron a los médicos por no salvarle la vida. Cuando Echandía apareció en el balcón vio una multitud dando alaridos, gente que no dejaba hablar ni decir nada. Pero proclamaban su nombre: ¡viva Echandía, viva Echandía, viva el partido liberal! Los Liberales no tenían nada remotamente parecido a un plan coherente. Oyeron que el edificio de la Gobernación y el Ministerio de Justicia estaban en llamas. Sintieron miedo: el pueblo, la chusma gaitanista, estaba destruyendo la ciudad. Lleras Restrepo llegaría a un acuerdo mediante el cual el Presidente renunciaría para aplacar la multitud. Alfonso Araújo fue llamado a Palacio y los liberales escogieron una delegación para hablar con Ospina. El jefe gaitanista, Darío Samper, quedó fuera de la delegación. Circulaban rumores de que el cuerpo de Gaitán sería llevado, al frente de una manifestación, a Palacio; la presencia del cadáver enfurecería más a la turba, la esposa del inmolado y su médico se convirtieron en virtuales rehenes de la gente. La multitud gritaba mientras acompañaba a los delegados encabezados por Echandía y Lleras Restrepo, quien trató de hablar con la gente para evitar que los siguieran y tuvieran un choque con la tropa. Eran virtuales prisioneros de la multitud. Si seguían con los manifestantes no serían tildados por los conservadores como estadistas que iban a restablecer el orden. Antes de llegar a la esquina se metieron por la angosta puerta del Teatro Nuevo y desaparecieron durante casi dos horas. La muchedumbre, en la esquina de la calle doce, aguardaron a los jefes liberales que nunca aparecieron.
En las puertas del Palacio Presidencial se quedaron esperando respuesta algunos gaitanistas, entre ellos Gabriel Muñoz Uribe y Jorge Uribe Márquez y cincuenta hombres más. Contaron cinco revólveres que algunos policías sublevados entregaron a la revolución porque además se decía que había sido un policía el asesino, y un rifle que uno de los guardias había asomado cuidadosamente por las rejas. El hombre que jaló el rifle fue luego alcanzado por un fogonazo que provino desde adentro. Los primeros disparos venían del interior del Palacio. Gabriel Muñoz Uribe y Jorge Uribe Márquez se marcharon hacia la segunda estación de policía situada entre las calles octava y novena a buscar armas; regresaron donde había caído Gaitán y caminaron dos cuadras hacia occidente hasta llegar a la carrera novena; llevaron a un grupo a dos ferreterías donde se apoderaron de pistolas, machetes, picas y palas que repartieron entre la multitud. Regresaron a Palacio con unos doscientos hombres. Una de las ferreterías asaltadas fue la Vergara, en la carrera 9a sobre la Avenida Jiménez, su gerente era Herbert Braun. Cuando llegaron los 80 hombres del Batallón Guardia Presidencial había una multitud; Silvio Carvajal, teniente al mando, ordenó que se dispersaran y dejó veinte hombres para defender la puerta, la cuadra quedó despejada en cuestión de minutos, sólo seguía allí, desnudo, Juan Roa Sierra, de quien se dijo siempre, había asesinado a Gaitán. Ya en la Plaza de Bolívar, Carvajal ordenó a sus hombres que se tendieran en el suelo y dispararan contra la multitud, los soldados abrieron fuego y los muertos y heridos cayeron unos encima de otros. Una vez despejada la calle frente a Palacio empezó a llover, al principio una llovizna intermitente que no duró mucho, cesaba y volvía a comenzar; después de las cuatro se convirtió en aguacero que obligó a cientos de personas a regresar a sus casas. La lluvia atenuó las llamaradas que aquella noche consumían los edificios y las casas. Muchos creen que así la ciudad se salvo de una destrucción total. Los amotinados eran un verdadero huracán humano que emergía de pronto de la tierra moviéndose eléctricamente sobre Bogotá desde los cerros. Ospina Pérez ordenó al comandante general del ejército, Rafael Sánchez Amaya, que sus soldados recuperaran la Radio Nacional y protegieran los bancos y el sector financiero de la ciudad, así como a los colegios femeninos y los conventos e iglesias del Centro de Bogotá. El gobierno concluyó que era una conspiración de inspiración comunista internacional. En medio de la confusión el Presidente dijo que el tiempo era su mejor aliado. A las siete, Estrada Monsalve había llegado a la conclusión de que el último intento revolucionario había sido vencido. La revolución se convirtió en una asonada. Sólo tendrían botín los que se dedicaron al pillaje. Ospina ordenó que se cortara el fluido eléctrico para acallar las emisoras pero la orden sólo se cumplió a las diez y media de la noche. La ciudad quedó sin protección en medio de las llamas. Las órdenes eran de acuartelamiento y los bomberos debían permanecer en las estaciones. Los generales estaban paralizados por el miedo y la confusión; de Usaquén salió un escuadrón de caballería, algunos soldados de infantería, unos cuantos camiones con soldados y tres tanques. A pesar de que los generales disponían de ochocientos hombres dudaban que se pasaran al lado de la turba o que no aceptaran sus órdenes de disparar. Los militares llegaron a la conclusión que el Palacio presidencial estaba a salvo más no la ciudad.
La actitud de la multitud responde al caos del momento pero identifica símbolos de poder y dolor que la masa destruyó o violentó. Ante el saqueo a los almacenes del Centro de Bogotá, un amotinado dijo: aquí no vinimos a robar sino a acabar con todo. Los primeros objetivos de la multitud fueron los símbolos del gobierno conservador: el Palacio, el diario El Siglo y las oficinas del detectivismo que se encontraban frente al edificio del periódico. El diario El Tiempo permaneció intacto, cuando un amotinado trató de agredir a Roberto García Peña, se sosegó cuando le mostraron una foto del director en amable charla con Gaitán. El otro periódico liberal, El Espectador, se salvó porque alguien recordó que allí se imprimía Jornada, el medio gaitanista. Los amotinados se tomaron el edificio de la Asamblea de Cundinamarca, al otro lado de la calle donde había caído Gaitán; rompieron papeles, sacaron documentos de los escritorios, las máquinas de escribir las arrojaron a las aceras y llenaron automóviles particulares y tranvías con objetos oficiales y les prendieron fuego. Al lado de la Clínica Central incendiaron el Ministerio de Gobierno que funcionaba en una antigua residencia privada. En el Capitolio más de cien diplomáticos se encontraban atrapados. Algunos amotinados se treparon a los techos de edificios cercanos para disparar contra Palacio. Dos horas y media después de la muerte de Gaitán, llegaron los habitantes de los barrios y los pueblos vecinos al Centro de la ciudad. Los jefes liberales desaparecidos hicieron que la multitud se encontrara en el vacío agrandando su valentía y energía para cumplir la venganza. Por horas la muchedumbre tomó el mando destruyendo sistemáticamente lo que representaba el poder, los edificios que habían servido de sede de los convivialistas; lo que los pobres no tenían o no podían pagar se lo tomaron, lo que había sido el espacio de los políticos fue demolido, los jefes dejaron ser jefes. Un gaitanista importante propuso que se envenenara el agua de la ciudad para que así la población siguiera el camino del jefe. Los amotinados se emborracharon rápidamente. Rompieron y saquearon lujosas licoreras y bebieron trago extranjero. Se bebían de un trago las botellas, sin llevárselas a la casa. Destruyeron lo que no podían beberse, arrasaron los almacenes y arrojaron las mercancías a la calle. La muchedumbre bebió en un velorio masivo para conmemorar a un jefe cuyo cadáver le había sido arrebatado. Muchos bebían para ahogar la pena, bebían para consolarse, para que las lágrimas fluyeran con mayor facilidad, para ahogar el miedo como consecuencia de sus actos y el miedo por lo que los aguardaba, bebían para tener el valor de seguir destruyendo la ciudad, bebían para olvidar, para quedarse inconscientes, para comunicarse, para mitigar su anonimato. El compartir las botellas, de boca en boca, se convirtió en rito. Bebían porque esas extrañas botellas habían estado fuera de su alcance, siempre habían preguntado a qué sabía el whisky, el bourbon, el cognac y la ginebra. Era la oportunidad de beber el trago de los ricos. Se ofrecían el trago entre ellos y el que lo rechazara era agredido. Excrementos humanos y vómitos llenaban las calles, el pueblo había tenido una gran indigestión. Quemaron el Palacio de San Carlos que habían remodelado para la Conferencia. Por sus ventanas arrojaban escritorios, mesas, sillas, archivos, máquinas de escribir y sumar, candelabros y lámparas, todo caía a la calle, donde hacían dos montones uno frente al Teatro Colón y el otro en la carrera 6ª, frente al Museo Colonial. Botellas de gasolina de las bombas cercanas y de las estufas servían para los cocteles molotv, la idea era destruir edificios más que matar gente. El Palacio de Justicia y el Ministerio de Justicia fueron atacados, se abrieron las celdas y se liberó a los presos, también el Ministerio de Educación frente a la Gobernación, el Ministerio de Salud Pública y la Procuraduría General de la Nación. Las iglesias se mantenían en silencio, permanecieron como islotes de serenidad, inmunes a la devastación pero luego las absorbió la marejada. Los amotinados entraron al Palacio Arzobispal, a las oficinas de las Arquidiócesis, al Palacio del Nuncio Apostólico y a la Universidad Javeriana Femenina. La Catedral de Bogotá, en la Plaza de Bolívar, fue la última en experimentar la ira de la multitud. La iglesia de Egipto fue rodeada por las mujeres del barrio, las que impidieron que los hombres la arrasaran. Atacaron las iglesias porque les habían disparado desde las torres y espadañas y muchos creyeron que eran los curas los francotiradores. Las iglesias habían sido asociadas al conservatismo. Los que entraron en las iglesias rompieron los vitrales y hicieron leña de las bancas y lo reclinatorios. Destrozaron los altares dorados, derribaron la imagen de la Virgen María, arrancaron el Crucifijo del altar, algunos defecaron ahí. El padre Arturo Franco Arango trató de defender el Palacio Arzibispal, cuando vio que la multitud era incontrolable, se tragó todas las hostias consagradas para impedir que las profanaran y les dijo a los otros sacerdotes que se disfrazaran y se alistaran para escapar. El padre Franco ocultó entre sus ropas la custodia y huyó del Palacio con Monseñor Emilio de Brigard. Al salir se apoderaron del Palacio, quemaron más de seis mil libros, destrozaron cuadros famosos, rompieron cristales y porcelanas, se llevaron joyas, rasgaron vestiduras litúrgicas y arrasaron con el archivo eclesiástico. Durante la tarde y al comenzar la noche asaltaron conventos y monasterios seguramente tratando de realizar fantasías sexuales, hondamente reprimidas con monjas y jóvenes indefensas. Treinta y dos monjas del convento de Nuestra Señora de la Concepción se dieron cuenta de que las estaban atacando a las cinco de la tarde; como habían hecho votos de clausura no podían escapar. Se prepararon a morir quemadas dentro del claustro. Unas horas después las salvó de las llamas uno de los vecinos, Jorge E. Rodríguez, quien las hizo saltar por las paredes hasta su casa. Pudo ver sus rostros hermosos y asustados.
Los tanques de guerra
Los saqueos terminaron cuando aparecieron los tres tanques de guerra por la carrera séptima, hacia Palacio. La gente los aclamó, se subieron en ellos, los seguían alegremente. En medio del caos los tanques aparecían como signo del orden. Los soldados sentados sobre los tanques parecían simpatizar con la muchedumbre. Se pensaba que los militares estaban al lado del pueblo. Envolvieron los tanques con banderas rojas y con el tricolor nacional. Dentro de Palacio los conservadores temían que los tanques se hubieran unido a los insurgentes. Cuando los tanques llegaron a la Plaza de Bolívar, los dos primeros siguieron por la carrera séptima hacia el destacamento del comandante. Antes de que el primer tanque hubiera podido llegar a Palacio, su comandante cayó herido. La bala pudo venir de los manifestante o de la Guardia presidencial, que no estaba aún segura de la lealtad del ejército. Serpa fue entrado a Palacio donde murió. Mientras tanto el último tanque había dado la vuelta para situarse frente a la Plaza de Bolívar; desde la esquina suroriental, cerca de donde la guardia había disparado por primera vez a la multitud, el tanque apuntó a la muchedumbre y abrió fuego. Pocos tuvieron tiempo de escapar.
La multitud destruyó el Ministerio de Hacienda pero no atacó los bancos. Ignoró el Jockey Club y el Gun Club donde se reunían las élites a deliberar el destino del pueblo. No atacó el Teatro Colón, símbolo de las oficinas culturales de la alta sociedad bogotana. No tocaron las escrituras de la finca raíz ni las escrituras de la propiedad privada, archivadas en las Notarías. Prendieron fuego a la casa de Laureano Gómez situada lejos, hacia el occidente, en el pueblo de Fontibón. Quemaron el Venado de oro, el lujoso restaurante en las alturas de Bogotá. Quedaron intactas las casas de los barrios del norte donde vivían los miembros de la clase alta, terratenientes, industriales, financistas. Ningún personaje de la vida pública perdió la vida, aunque en la radio se decía que Laureano Gómez y Guillermo León Valencia colgaban de los faroles de la Plaza de Bolívar.
Rompiendo puertas
El saqueo ocurrió antes de que aparecieran los tanques. Las mercancías arrojadas a la calle empezaron a ser recogidas por saqueadores que pensaban en el día de mañana. La mayoría de los comerciantes se refugiaron en sus casas. No había policía ni ejército. Los saqueadores llegaron después de que los edificios ardían. En los asaltos participó casi todo el mundo, posiblemente no los gaitanistas más devotos. Mujeres, hombres y niños populares a quienes se les unieron la clase media en busca de mercancías que provocaran envidias. Dos horas después de empezar el pillaje comenzó a oscurecer; estuvieron en los almacenes hasta la madrugada, cuando llegaron a Bogotá los soldados enviados por el gobernador Villarreal.
El saqueo se concentró en la zona comercial del Centro de la ciudad, un área de doce cuadras de largo y cuatro de ancho, de la calle 21 al norte a la calle 10 al sur y de la carrera tercera al oriente a la décima al occidente. Fueron atacados, además de los almacenes, algunos puestos de los mercados de Los Laches hacia occidente y de Las Cruces, al sur. Los dueños de los puestos de las galerías estaban saqueando en el Centro establecimientos más lujosos. De los almacenes se agotaron las latas de duraznos y de alverjas, desconocidos por los saqueadores, así como las de caviar y arenque. De las boticas desaparecían perfumes y cosméticos pero quedaron las drogas. Los saqueadores se echaron al hombro ropas, muebles y artículos domésticos, se iban hacia sus barrios, vendían sus botines a precios ridículos a gentes de clase media alta que aguardaban en las puertas de sus casas. Algunos almacenes fueron respetados deliberadamente como la librería del padre de Gaitán. Mientras la del gaitanista Carlos Pareja fue asaltada mientras él hablaba por las emisoras tratando de calmar a la muchedumbre. Nadie tocó el famoso Buick verde oscuro de Gaitán estacionado a dos cuadras de la Plaza de Santander donde fueron incendiados unos hoteles. La más afectada fue la carrera séptima, sus pequeños almacenes de ropa, propiedad de sirios, libaneses, judíos —denominados polacos— y conocidos por sus altos precios y por su intransigencia como acreedores. La calle doce entre la Clínica Central y la séptima llena de joyerías, casi todas de propiedad de europeos occidentales y, la carrera octava, llamada la calle inglesa por sus exclusivos almacenes de ropa fina británica para hombres y mujeres, fueron asaltadas y destruidas.
La Junta de Daños y Perjuicios pagó a los damnificados, entre ellos Laureano Gómez por El Siglo y por su casa. El total de reclamación recibido por la Junta fue de $18.761.692 pero los daños según los estimativos no superó los 9 millones.
Algunos comerciantes defendieron con éxito sus almacenes. Daniel Valdiri, dueño de uno de los almacenes de ropa y regalos más exclusivos de la ciudad, colocó en las vitrinas grandes fotos de Gaitán y repartió corbatas a la gente agolpada frente a la tienda. Otro comerciante se apresuró a barnizar las paredes de su almacén y poner un aviso que decía se alquila. Los amotinados se llenaron el estómago, se pusieron buena ropa, amoblaron el cuarto, se emborracharon con trago fino. Fue su momento para tener lo que los ricos habían tenido siempre. Dentro de una sombrerería un hombre cuidadosamente se probó un sombrero tras otro, cuando uno le quedó bien saludó y se marchó con su Borsalino, pensaba en el día siguiente, cuando caminara elegante por las calles despejadas de Bogotá y entrara a una oficina pública, los funcionarios lo atenderían con el respeto que se merecía.
Los asesinados
La mayoría de los heridos fue a machete, otros con disparos de revólver y, los casos más graves, por fusil Máuser. Antes de oscurecer el alto mando militar ordenó remover los cadáveres de las calles, se temía una epidemia. El doctor Vejarano recorrió la ciudad con cuatro camiones de carga amontonando cadáveres. También fue de hospital en hospital para recoger a los que habían muerto. Trabajó hasta la media noche y en la mañana volvió a empezar. Los camiones iban y venían al Cementerio Central. A Vejarano se le conoció como El enterrador del régimen. Al Cementerio acudieron miles de bogotanos en busca de un amigo o familiar. Muchos de los cadáveres fueron sacados de las filas por sus allegados sin autorización oficial. En los barrios hubo entierros clandestinos ante el temor por la persecución del gobierno. La Cruz Roja mando 50 mil dólares para las labores de socorro. Las estadísticas de este organismo: más de mil muertos y 2.500 heridos. Otro dato confirmó que fueron 2.585. Participaron obreros de pequeñas fábricas, empleados y empleados independientes, profesionales de clase media, empleados del Estado y del municipio, obreros de la empresa de energía eléctrica, de los teléfonos, del acueducto, conductores de tranvías y taxis, trabajadores de los ferrocarriles, artesanos, carpinteros, obreros de la construcción, canteros y albañiles, porteros y celadores de edificios, policías, vendedores ambulantes y loteros, peluqueros, empleados de cafés, limpiabotas, barrenderos, prostitutas y criminales. Las vendedoras de las plazas de mercado, jóvenes y viejas por igual, formaron grupos que enarbolaban banderas y encabezaron el ataque contra varios edificios. Los obreros de la cervecería Bavaria no participaron, tampoco los tenderos.
Los políticos y lo agitadores
Los socialistas veían en el presidente Ospina Pérez a un contra revolucionario opuesto a los moderados progresos de la República Liberal. Algunos estudiantes se tomaron la Radio Nacional y el capitán del ejército, José Phillips, trató de organizar la rebelión y pidió al ejército no disparar contra el pueblo. Otras emisoras tomadas: Nueva Granada, La Voz de Bogotá, Radio Cristal y, el gaitanista Rómulo Guzmán, arengaba desde Ultimas Noticias. Se conformó un Comité Ejecutivo de la Junta Central Revolucionaria de gobierno encabezado por Gerardo Molina quien dijo en las emisoras: están ustedes escuchando al doctor Gerardo Molina en persona... quien está dirigiéndose al liberalismo de todo el país comunicándoles los decretos imperativos que ha dictado la Junta Central Revolucionaria. Al mismo tiempo le informo a la opinión nacional que el movimiento revolucionario controla todas las comunicaciones, que es dueño de las calles de Bogotá y las principales ciudades del país. Compañeros de Colombia: la reconquista popular del poder se ha iniciado. Informo, también, que todos los países democráticos del continente miran con profunda simpatía nuestro movimiento. Contamos con el respaldo de los países que se inspiran en las ideas de rehabilitación democrática que presiden nuestra organización y nuestro movimiento de lucha. Jorge Zalamea Borda, conocido escritor y periodista dijo que Eduardo Santos volaba desde Nueva York para hacerse cargo del gobierno. Un marxista afirmó que la vida de Gaitán valía muchas vidas conservadoras.
El Partido Comunista estuvo fuera de la organización. Su Secretario General, Gilberto Veira, descubrió que su sede había sido saqueada. Buscó a Molina pero terminó en El Tiempo centro del liberalismo tradicional, desde allí convocó una huelga general para tumbar el gobierno. Veira reconoció que esta convocatoria sólo sirvió después para desmovilizar el pueblo.
Fidel Castro que tenía una cita con Gaitán se unió a un grupo de hombres que atacaban una estación de policía, allí tomó un fusil lanzagases, se puso botas, camisa y gorra de uniforme, se apoderó de un rifle y 16 balas y se aventuró de nuevo a las calles. Trató de hablar con la muchedumbre para organizarlos pero nadie atendía. Se dio cuanta que estaba solo, sin ningún cubano y veía que todo aquello era inútil. A la mañana siguiente el delegado cubano a la IX Conferencia Panamericano lo ayudó a salir el país.
Echandía y los liberales que habían entrado al Teatro Nuevo, salieron por la puerta trasera para regresar a la Clínica Central por la calle once a fin de evitar la tumultuosa carrera séptima. Pero decidieron ir al diario El Tiempo, en el camino se encontraron con don Luis Cano propietario de El Espectador quien se sumó a la comitiva. Decidieron que Araújo fuera en representación hasta Palacio porque pasaría desapercibido pero el fuego cruzado lo hicieron regresar al periódico. Al caer la noche los liberales salieron en fila india tratando de no ser reconocidos y lograron entrar a un café cercano a Palacio. Cuando alcanzaron a ver las puertas y los centinelas, Araújo llamó para anunciar su llegada. Entonces las puertas se entreabrieron y los liberales entraron. Ellos sabían, especialmente Echandía, que la historia también es con los muertos. Mientras la ciudad ardía los liberales y los conservadores hablaban. Los liberales hablaron despacio de lo que ocurría en las calles, fuera de Palacio y los conservadores lo que pasaba dentro de sus muros. Carlos Lleras pidió a Ospina que renunciara a la presidencia y los militares planteaban una Junta Militar, idea proferida por el ministro Laureano Gómez. Ospina le ofreció a los liberales un gabinete bipartidista y un gobierno de Unión Nacional. Nombraría Ministro de gobierno a Darío Echandía. Era el único que no le había pedido la renuncia y el que los gaitanistas proclamaban en las calles. Echandía parecía ser un hombre sin ambiciones políticas, sereno, responsable, se parecía mucho al Presidente. Todos se dieron cuenta de que no estarían ni Lleras ni Gómez. Los liberales salieron del Palacio catorce horas después de haber llegado. Era de día y caminaron por las calles llenas de soldados. Se dirigieron al diario El Tiempo para persuadir a sus seguidores de los méritos de la coalición. Los liberales se sintieron bien representados además habían excluido a los gaitanistas.
El fin de la revolución
Después del 9 de abril los políticos liberales y conservadores acuñaron un clisé, “aquí no pasa nada”. A finales de junio el diario conservador publicó un telegrama de Echandía a Eduardo Santos, en Nueva York, en pleno 9 de abril, donde le pedía que regresara a Colombia para asumir la presidencia. Después los conservadores acusaron el Ministro de Gobierno de amotinamiento. Los conservadores estaban divididos entre Guillermo León Valencia (quien sería después presidente) y Gilberto Alzate Avendaño. Liberales y conservadores, después del Bogotazo, condenaron al pueblo como una fuerza infrahumana. Caracterizaron al pueblo como la antítesis de la nación. El aire estaba lleno de metáforas zoológicas. El sociólogo Luis López de Mesa sustituyó a Gerardo Molina en la rectoría de la Universidad nacional, desde allí emprendió un sistémico ataque contra el pueblo. Dividió las muchedumbres del Bogotazo en seis tipos malignos: los alocados, los fanáticos, los resentidos, los delincuentes profesionales, los curiosos y los criminales inocentes. Llegó a la conclusión de que Colombia jamás llegaría a ser una gran nación. A esto se le llamó la leyenda negra, atacada por el poeta Luis Vidales. Gilberto Viera, secretario del Partido Comunista, dijo que el motín había degenerado en saqueo por carencia de dirección adecuada por la traición de los liberales y por la desorganización característica del lumpen proletariado. Luis Carlos Pérez alegó que las acciones del pueblo representaban una rebelión política y social contra el orden establecido: el Palacio fue atacado como símbolo del delito y de la corrupción, las tiendas fueron asaltadas por el alto costo de vida, las oficinas del gobierno por el alto costo de la burocracia, no era el pueblo sino el gobierno y los jefes políticos los responsables de las muertes y la destrucción acaecidas en Bogotá y en el resto de la nación. El monumento a los caídos se limitó a un poema de Miguel Otero Silva: La chusma de Jorge Eliécer Gaitán y a un ensayo de Darío Samper: Los muertos del pueblo. José María Vivas Balcázar publicó el poema I. La iglesia legitimó e intensificó el rechazo al pueblo al decretar la excomunión de los que habían profanado las iglesias. Curas acompañaban a los soldados a buscar mercancías en los humildes hogares de sus parroquianos. El ejército llegó hasta cortarles las corbatas negras que llevaban los gaitanistas en señal de luto. Los gaitanistas fueron sacados de sus puestos y la policía de Bogotá fue destituida. Los pobres de Bogotá eran llamados despectivamente los nueveabrileños. Se prohibió la chicha porque llevaba al pueblo a la desmoralización y a la degeneración física y mental del pueblo. El 17 de abril, pocas horas después de que doña Amparo aceptara el entierro de su esposo, los jefes liberales reiteraron su fe en la convivencia. Los liberales hablaban de izquierdismo y del apoyo a los sindicatos; los conservadores empezaron a coquetear con credos populares y hablaban de ser representantes del socialismo cristiano.
El 9 de abril en provincia
A pesar de que se diga que el llamado Bogotazo sólo tuvo una amplia importancia en la capital, Gonzalo Sánchez[17] nos ilustra a cerca de la incidencia en las pequeñas provincias de mediados del siglo XX. La protesta en pueblo y veredas generó lo que después se conocería como movimientos de autodefensa que generarían años después en grupos revolucionarios o guerrillas rurales.
El gaitanismo ya era un movimiento de envergadura en Colombia en los años 40 y, los liberales, alentados por las reformas de López Pumarejo, veían en el caudillo las esperanzas de reivindicaciones sociales. El verbo, la palabra y los tonos grandilocuentes ayudaban a enardecer a las masas que, atentos los viernes culturales, escuchaban al tribuno en las emisoras que aumentaban en volumen en cafés y tiendas, fondas y casas. La gente se veía identificada con Gaitán pero la tradición de disciplina con el partido los hacía dudar en votar por él si estaba por fuera de las filas del oficialismo.
Sólo en algunas ciudades las masas y sus dirigentes liberales se tomaron las emisoras y en algunos casos incendiaron periódicos conservadores, como El Derecho de Floro Saavedra en Ibagué, imitando lo que acontecía en la capital, los centros de poder, como alcaldías, registradurías, cuarteles, cárceles, fueron el foco donde los manifestantes con sed de venganza buscaron hacer la revuelta o la revolución, como creyeron muchos. Gonzalo Sánchez nos ilustra en su capítulo Insurrección en provincia que las zonas más afectadas o mejor donde la gente se manifestó con mayor presencia fueron: El Valle del Cauca con su epicentro en Cali, se desmantelaron los estancos y las ferreterías en busca de armas y, los medios La voz del Valle y el Diario del Pacífico, sufrieron daños; en Tulúa hizo, ese 9 de abril, aparición León María Lozano, el terrible bandido que sería conocido como El cóndor, amnistiado por Rojas Pinilla; en El Viejo Caldas, los manifestantes rodearon las instalaciones de La Patria y de radio Manizales, también, en Génova, Villamaría, Calarcá, Quinchía, Alcalá y Palestina hubo disturbios; en Antioquia, el epicentro ocurrió en el Bajo Cauca, en Caucasia, aunque también se registraron manifestaciones en Sonsón, Dorada, Barbosa y Medellín, donde se incendiaron las agencias del periódico El Siglo y el diario conservador La Defensa.
En Santander hubo una vigorosa participación en Bucaramanga, el pueblo se tomó los campos de aviación y diversas instalaciones de servicios, teléfonos, telégrafos, luz eléctrica y, en el frustrado intento de tomar la gobernación, perecieron veinte personas. En las zonas politizadas por el Partido Socialista Revolucionario en el año 29, las áreas entre San Vicente de Chucurrí, Puerto Wilches y Barrancabermeja, hubo agitación revolucionaria. En Barrancabermeja se conformó una Junta de Gobierno a “nombre del pueblo” orientado por el alcalde Rafael Rangel Gómez, quien en la guerra del 50 se convertiría en un célebre guerrillero liberal. Reseña Gonzalo Sánchez que los choferes pusieron sus vehículos al servicio de la revolución y un crecido número de prostitutas, revolucionarias de ultima hora, recorrían la ciudad en automóviles, gritando abajos a los curas, a los godos, y vivas a Gaitán. A los más connotados conservadores se les buscaba para satisfacer un colectivo sentimiento de venganza. Se había consumado también la primera muerte de la tarde: la víctima fue un obrero que además de conservador había hecho una conocida carrera de delación de sus compañeros al servicio de la empresa petrolera. Horas más tarde, alrededor de doscientas personas —colones del Opón— que ese día se encontraban haciendo una reclamación se enteraron de la presencia en la ciudad de Luis Pinilla, fundador y Gerente de “La Ganadera del Opón”, cuya prosperidad se había levantado a costa de los campesinos de la comarca; los colonos decidieron darle una torturante muerte para “cobrarle en una noche el hambre que les había hecho padecer en tres años”, según lo recordaron.
Sigue Sánchez diciendo que en Barranca los obreros no tuvieron que recurrir a las ferreterías para armarse, de uno de los buques anclados en el puerto sacaron cerca de cinco mil machetes y en otro se aprovisionaron de dinamita, con la cual, valiéndose de cachos, fabricaron tacos. Ya en la noche del viernes, todo obrero portaba su machete y su cacho cargado de dinamita.
Antonio Pérez Tolosa, suboficial retirado del ejército, se convirtió en dirigente militar como militante comunista y posterior animador de la resistencia armada en el Tolima. Fue asesinado en Bogotá en 1980. Los amotinados en Barranca construyeron 30 cañones, adelante iban los llamados “gladiadores de la muerte”. Cuando los aviones del ejército sobrevolaban la población planteando el dilema de la rendición o el bombardeo, los obreros esgrimieron su más poderosa arma: el arma del petróleo. Hicieron saber que si se efectuaba el bombardeo, la refinería sería entonces dinamitada. Con el uso de esta arma se hizo militarmente imposible dominar a Barranca sin producir una catástrofe.
9 de abril en el Tolima
Fue en este departamento donde el acontecimiento tuvo mayor incidencia. En Ibagué, las ferreterías fueron saqueadas para “armar al pueblo” según testimonios consignados por Sánchez; el Panóptico de Ibagué fue tomado por la turba y los internos ganaron la calle; la capital del Tolima organizó la “Junta Revolucionaria del Tolima, Seccional Ibagué” conformada por representantes de distintas profesiones y oficios: 4 concejales, Jorge Perea, Carlos Aragón, Germán Torres Barreto, Felipe Salazar Santos; un diputado, Ernesto Lucena Bonilla; presidente del Sindicato de Inquilinos de la Plaza de mercado; el personero de Ibagué, Julio Ernesto Salazar; el periodista, Héctor Echeverri Cárdenas, director de Tribuna y, Luis E. Barrera, conciliario del colegio San Simón. La Junta la presidió Germán Torres Barreto, quien organizó las finanzas, los comités revolucionarios de las barrios periféricos, las milicias y un imponente desfile armado por las calles de la ciudad. Todo estaba listo para la toma de la gobernación pero las noticias de Bogotá, donde los dirigentes liberales entraron a formar parte del gobierno de Ospina, los hicieron desistir: el tolimense Darío Echandía era el nuevo Ministro de Gobierno. Se dijo que el gobernador Gonzalo París Lozano hacía la siesta en el hotel Lusitania. Al llegar al edificio de la gobernación la plaza de Bolívar estaba llena de liberales con machetes y revólveres. Un grupo de liberales encabezados por el joven abogado Germán Torres Barreto lo esperaban en la oficina. En la calle se oyeron unos disparos. El gobernador creía que Ospina estaba muerto. Recapacitó sobre su carrera política y decidió unirse a Torres y su junta revolucionaria y sacar a los conservadores del gobierno. Un usurero cae asesinado, lo mismo que el comerciante Bernardino Rubio. El periódico El Derecho, de Floro Saavedra estaba en llamas. La calle de los abogados fue atacada en busca de las oficinas de los conservadores. Incendiaron los archivadores al no encontrar a nadie. Cuando Echandía, Lleras y Plinio Mendoza Neira respaldaron a Ospina, el gobernador París retira su apoyo a la junta y deja que funcionen en sus oficinas. Al no tomar medidas contra el alzamiento dijo: prefiero recoger vidrios rotos que cuerpos. Los alzados se tomaron el Panóptico, localizado al otro lado de la quebrada El Piojo. Se fugaron 250 presos.
Gobernador del Tolima, nombrado por Ospina después del 9 de abril: teniente coronel Hernando Herrera, se ufanaba de haber controlado el orden público y que los tolimenses volvieran a la normalidad, a tomar aguardiente y cerveza para evitar la quiebra en las finanzas del departamento. Además incluyó en su gabinete a dos liberales, Rafael Caicedo Espinosa, de Alvarado y a Nicolás Torres, de Honda; al comité de asesoría fiscal se vincularon Rafael (lord) Parga Cortés y Carlos Lozano y Lozano. Pero todos sabían que había que echar mucha bala para hacer que los tolimenses respeten el gobierno.
En la cordillera, el centro del levantamiento, fue El Líbano. Los llamados bolcheviques, derrotados por los partidos tradicionales en 1929, se alistaron para lo que fuera, la mayoría de los combatientes estaban al lado de los planteamientos de Gaitán.
Los libanenses, reunidos en el café, escucharon en silencio las palabras que el periodista Leonidas Escobar publicaba en La Voz del Líbano: los periodistas doblan sus rodillas y andan creyendo que el partido conservador ganó la batalla de mayo para dejar en sus puestos a todos los empleados liberales y para hacer un gobierno liberal. Se equivocan por la mitad de la barba. El conservatismo subirá el poder para ejercer sus derechos de partido triunfante, y los liberales debemos prepararnos para la adversidad con varonil energía y con fe en el futuro.
La pelea estaba cazada desde hacía muchos años. En 1923, se dijo que El semanario católico El Carmen advirtió a los trabajadores, en su editorial, que los liberales del Tolima quieren fomentar en la católica nación de Colombia el protestantismo y la masonería. Los masones adoptaron como ídolo de Baphomet el que tiene la pequeña cabeza de cabra. También uno de los viejos dijo que eso de llamar al Líbano La ciudad roja era tan viejo como los fraudes que han querido hacer los conservadores en el pueblo. Desde el 23 cuando los rojos se enfrentaron a los godos con piedras mientras ellos disparaban con escopetas. Pero está demostrado que hemos sido mayoría así nos quieran borrar del mapa
Y con la derrota del liberalismo, la prensa de 1946, divulga el duelo a machete y escopeta de las familias Salinas y Calderón cerca de Santa Teresa, hasta cuando todos los hombres comprometidos quedaron unos muertos y otros heridos.
Dos semanas antes del 9 de abril, La Voz del Líbano publicó en primera página la terrible composición fotográfica del presidente Ospina con campesinos muertos a su lado —tomado del periódico gaitanista Jornada— y debajo la leyenda: el sábado 6 de marzo mientras su excelencia bailaba en el Venado de Oro, delincuentes políticos de Boyacá, asesinaron y mutilaron al presidente del concejo de San Cayetano, Pedro Ignacio Sarmiento, a su esposa Blanca Rojas, a su hija Saturnina y a sus otros dos pequeños hijos.
La noticia del asesinato de Gaitán y la rabia llegó a las zonas como Las Brisas, Santa Isabel y Venadillo. A propósito —cita Sánchez a J. Henderson— que justamente a mediados de la década del cuarenta, por influencia de los acontecimientos nacionales, y dado el alineamiento gaitanista del Líbano, los municipios conservadores circundantes empezaron a armarse y a hostigar las veredas limítrofes con El Líbano. Antes del asesinato de Gaitán ya había alcaldes militares en Santa Isabel, Villahermosa, Anzoátegui, Fresno y Herveo.
Entre los dirigentes gaitanista del Líbano se encontraba Leonidas Escobar, director del periódico La Voz del Líbano. La tarde del 9 de abril, por todas las esquinas de la plaza principal empezaron a llegar liberales pronunciando abajos al gobierno de Ospina mientras Luis Eduardo Gómez arengaba a la multitud para que avanzaran a la sede de la alcaldía y se tomaran el poder, derrocaran al alcalde Leopoldo Wustcher quien salió huyendo de las oficinas. La Junta Revolucionaria la conformaron, el parlamentario gaitanista Evelio González, los concejales, Leonidas Escobar, Antonio Reyes Umaña, Tista Echeverri, Luis Eduardo Gómez, Guillermo Lucena y Polo Oviedo. La Junta nombró de inmediata como alcalde, jefe civil y militar, al personero Neftalí Larrarte, quien el 14 de abril fue confirmado por el gobernador del Tolima, París Lozano. Larrarte nombró de inmediata a los nuevos corregidores de Tierradentro, San Fernando y Murillo. Se cerraron las cantinas y bares y se metió a la cárcel a los conservadores más como medida de protección. Registra Sánchez la excelente participación de las mujeres del Líbano organizando una manifestación de duelo por el asesinato de Gaitán, vestidas de luto, más de 200 mujeres recorriendo la plaza central. Los estudiantes de bachillerato también se sumaron a la protesta y al recogimiento por el dolor. En medio de los movimientos sociales, uno de los más irreverentes liberales gaitanistas incitaba a hacer la revolución. Se trataba del periodista Alirio Vélez quien desde entonces se convertiría en una de los personajes más perseguidos en los años de la violencia por su conciencia crítica.
Las disputas estaban al rojo vivo. El frenesí y los debates de odios en la Capital, desde el Congreso de la República, llegaban al Líbano por la radio y los periódicos aumentando el odio. Era el momento de las venganzas, por eso los más criticados y hostigados fueron los gamonales y ex generales de la Guerra de los Mil Días, Eutimio Sandoval y Antonio María Echeverri, quienes derrotaron a los bolcheviques del 29 al lado del terrateniente Agapito Velandia. En su puerta los revoltosos hacían chirrear los machetes y lo increpaban para que saliera.
El comercio del café fue suspendido por esos días de la revolución gaitanista. Hasta el 14 de abril gobernó la Junta Revolucionaria porque Armero había caído en poder del gobierno, los liberales estaban entregados a los godos en Bogotá y ellos quedaban de nuevo solos, como en los lejanos días del 29. La destorcida empezaba con la llegada del mayor del ejército, Sierra Ochoa, el mismo que años después estaría al frente de las tropas comandando las operaciones contra los guerrilleros del Llano. Engañó a Larrarte y una vez en la plaza del Líbano reunió los policías adeptos a la revolución y los puso a la intemperie semidesnudos a aguantar hambre por 18 horas. La ola de la violencia se sentía en las calles.
Después del 9 de abril los curas conservadores denunciaron a los liberales desde el púlpito. Los liberales de Villahermosa trajeron a sus hijos a bautizar al Líbano porque en su localidad se negaron a darles el sacramento. Los liberales se dirigieron al padre José Rubén Salazar, al que todos querían y respetaban en el pueblo, para que los curas Tello y Soto no pronunciaran sermones antiliberales. Soto era tan buen orador que en Murillo, una vez hablaba en el púlpito contra los liberales, la policía cerraba las cantinas para evitar disturbios. Al jornalero conservador, Oliverio Ordóñez, no le importó que su capataz le gritara que se callara para evitar problemas. Enfurecido sacó el machete y le cruzó la cara con el filo: esto es para que estos rojos hijueputas de Santa Teresa se calienten —le dijo mientras su jefe se cogía la cara y los demás veían la hilera de sus muelas detrás de la herida. El gobernador nombró a Luis Eduardo Gómez como alcalde liberal durante las primeras semanas de agosto y en septiembre retiró al teniente Alzate como comandante de la policía chulavita del Líbano. Una vez decretado el Estado de Sitio en noviembre de 1949, el Concejo fue disuelto.
Con la llegada de Laureano Gómez al poder, los liberales del Líbano se dieron cuenta que debían armarse para la defensa y empezaron a recibir pertrechos que les enviaba la dirección liberal en los camiones de los comprometidos con la guerra, debajo de la carga que venía de Bogotá, revólveres, fusiles y munición que escondían en casa de los dirigentes para luego mandarlo a las veredas y comenzar la revolución. Las reuniones secretas empezaron y los jóvenes se comprometían más. Desde la capital llegaron las consignas y se supo que a los Llanos Orientales también recibían las que después llamaron las armas de la libertad.
¿Cómo fue que empezó la guerra en El Líbano? La historia se cuenta de diferentes maneras pero el final es el mismo. “Antonio Almanza, como de costumbre, estaba en el café bebiendo aguardiente y parloteando de política. Brindaba por la caída de Laureano Gómez y por la recuperación del poder por los liberales. Cuando habló a gritos que el Presidente era un asesino, desde el fondo del salón se escuchó un miente, como salido de la rockola. Antes de que el dueño de las palabras llegara hasta donde Almanza trataba de levantarse, un golpe de botella Bavaria, el frasco café, de vidrio pesado, le rompió la cabeza. Lo llevaron a la cárcel. Mientras los liberales se agrupaban para saber de qué se trataba, Almanza recibió la tortura en la celda. Lo plancharon, dijeron en las esquinas. Cuando quisieron darle agua, ya estaba muerto. Pablo Casafranco, jefe de seguridad, dijo a los familiares que el occiso había sufrido una auremia aguda. Los liberales acompañaron la carroza fúnebre, de la funeraria La Ley del tiempo, hasta el cementerio, a las afueras del Líbano, junto al comienzo de la carretera destapada que conduce a Armero. Sabían que era un crimen político pero no se atrevieron a lanzar consignas. Detrás de ellos venían dos camiones cargados con policías. Antes de las últimas palabras del cura, desde las lápidas y los sarcófagos, atrincherados detrás de las cruces y las losas de piedra y mármol, los policías dispararon contra la multitud. La gritería llenó el camposanto. Muchos de los asistentes perdieron la vida. Desde ese momento todos se dieron cuenta de que la violencia había llegado sin remedio al Líbano. Los sacerdotes se negaron enterrar a los muertos en el cementerio y el alcalde dijo desde el balcón de la Casa Cural:
—Libanenses, si ustedes no cesan de atacar a las autoridades legítimamente constituidas y a los representantes del doctor Laureano Gómez, todo lo que ustedes pueden esperar es la prisión, el exilio, la persecución, el encarcelamiento y la pérdida de sus propiedades. Desde Murillo, Tierradentro, Convenio y Santa Teresa, empezaron a llegar las armas que no se habían disparado desde la época de la Guerra de los Mil Días. Escopetas, pistolas y viejos rifles gras. El fusilamiento de los liberales en el cementerio central era una declaratoria de guerra entre ellos y los chulavitas.
—Les llegó la hora a los godos hijueputas —oyeron los libaneses en las reuniones secretas de los liberales. Policías o campesinos, no importa, son la misma mierda —afirmaban con rabia los jefes improvisados. La guerrilla liberal de la zona del Líbano comenzaba su venganza, los primeros 40 campesinos y 20 policías caían emboscados”.
Después de que las guerrillas liberales, los muchachos armados que asaltaban en los caminos, en 1952, cuando gobernaba el encargado Roberto Urdaneta Arbeláez, llegaron los refuerzos militares para exterminar la insurgencia liberal de la zona del Líbano; venían acompañados por el hijo del presidente y el gobernador del Tolima, Francisco González. Ese miércoles dos de abril de 1952, el comandante de la policía nacional, general Galeano, el teniente comandante Villamizar y el señor Enrique Urdaneta Holguín, iniciaron el barrido del territorio, bajo la consigna de pacificación. El hijo del señor presidente fue llevado a varias parajes rurales para que observara cómo las tropas debilitaban a los campesinos y cómo los cazadores profesionales perseguían a sus presas humanas, en medio de los cafetales, las plataneras y las matas de guadua.
Se supo por boca de un testigo “que por la noche los simpatizantes de los levantados en armas prepararon el asalto. Madrugaron a escoger los montículos desde donde pudieran ver los vehículos de la comitiva. Pusieron la dinamita en uno de los barrancos para taponar la carretera. La espera se hizo eterna en medio del silencio. Los loros y los toches musitaban sus cantos asustados por los intrusos. A la cabeza de la caravana oficial venía un campero seguido por el automóvil del Gobernador. Más atrás, un camión con varios soldados y, después, varios vehículos particulares que llevaban niños de colegio. Uno de los insurgentes calculó el tiempo y la dimensión de la mecha. Encendió la cerilla y cuando la llama empezó a avanzar por el cordón, hizo señas a sus amigos para que se alistaran a bajar hasta el camino. El sonido de la explosión hizo volar los arrendajos y azulejos que se encontraban en las copas de los árboles. Tierra y piedras llenaron la vía y los carros se detuvieron. Desde lo alto el comandante del operativo se dio cuenta de que el campero huía. Desde los matorrales salieron los hombres armados de la resistencia y acabaron con los soldados. Cuando abrieron la puerta del automóvil del Gobernador encontraron los cadáveres de tres libanenses, uno liberal y dos conservadores. Atrás dos mujeres lloraban, agarrando sus hijos, heridas por la balacera. El Gobernador, el hijo del Presidente y el conductor del capero, escapaban para dar aviso a las autoridades y pedir al gobierno nacional refuerzos necesarios para exterminar a los bandidos del Líbano. Veinticuatro horas después, las tropas enviadas por el Ministerio de Gobierno iniciaban el rastreo, finca por finca, exterminando a los liberales no importaba que fueran guerrilleros o campesinos. Ante la avanzada de las tropas, las guerrillas liberales no tenían otra alternativa que morir sin resistencia porque los soldados disparaban primero y hacían las preguntas después. La arremetida furiosa del ejército se conoció como la Batalla del Líbano”.
La invasión al Líbano por las fuerzas armadas fue el peor desastre sufrido por el municipio. Con el avance de las tropas murieron 1.500 personas equivalente al 3.5% de la población. Las tropas barrieron desde Murillo hasta el Cuchillo Descabezado. La presunción básica: todo agricultor era un bandido, o por lo menos un bandido potencial y como tal había que tratarlo. Más de 1.000 huérfanos vivían en las cabeceras y decenas de mujeres viudas se ocupaban pobremente de la prostitución en las grandes zonas de tolerancia.
En medio de la guerra, los combatientes empezaron a ganar territorios, de allí nació el bandolerismo, otra triste historia de la violencia. Por los montes del Líbano y sus corregimientos aledaños, se paseaban los grupos armados y asesinos de Desquite, Sangrenegra, Tarzán, Resortes, una gran horda que aumentó el genocidio. En medio de la anarquía, el Movimiento Obrero Estudiantil Campesino, moec, trataba de organizar los grupos armados del norte del Tolima, en cabeza Roberto González Prieto[18], conocido como Pedro Brincos, quien desde las autodefensas liberales se convertiría en guerrillero de izquierda. Se juntaron para llevar a cabo operativos pero al final, la ideología los separó y enfrentó.
Otras zonas del Norte del Tolima que participaron en la protesta fueron Ambalema, Honda y Armero. En Armero el asesinato por parte de la turba del cura párroco Pedro María Rincón Ramos y del comerciante Carlos Macías, fue atroz. Al sacerdote, activista político del Partido Conservador, se le acusaba de guardar bombas en la iglesia. Después de darle muerte a machete, la muchedumbre, compuesta por más de mil personas, lanzó el cuerpo en la calle de las prostitutas luego de intentar romper las puertas del colegio de las Hermanas Cristianas y de linchar al sacristán. El obispo de Ibagué, para castigar la población, la declaró en entredicho por seis meses, cerró la iglesia y suspendió los oficios religiosos. Cita Sánchez un libro donde se cuenta desde la visión de la iglesia, el asesinato del cura[19]. Los sucesos del 9 de abril en Armero fueron evocados años después, en 1985, a propósito de la tragedia de Armero donde murieron treinta mil personas y el pueblo fue borrado del mapa por el erupción del volcán Nevado del Ruiz. Muchos afirmaban que era un castigo divino por los atroces acontecimientos del 48.
En el Sur del Tolima, el 9 de abril da como resultado Juntas Revolucionarias y focos de insurgencia que hasta hoy se encuentran luchando contra la institucionalidad. Muchos de los nueveabrileños conformaron grupos de autodefensa liberal y luego guerrillas comunistas y liberales. Principalmente en Chaparral, en la población de La Profunda, en Coyaima, en Ilarco y en Natagaima.
Ubica Sánchez el eje triangular de Coyaima-Chaparral-Natagaima donde se constituyeron Juntas y movilizaciones armadas entre los días 9 y 19 de abril del 48. Pedreas a casas conservadoras, asaltos a mercados y organización de masas destacan a Hermógenes Vargas quien luego se convertiría en el General Vencedor en la guerra del 50 o de Laureano. Asaltos a las cárceles para sacar los presos menos a los godos, hurtos de ganado y manifestaciones de dolor pidiendo venganza llenaron las pequeñas plazas de los pueblos. En Natagaima, de población indígena, las movilizaciones estaban acompañadas por la banda municipal adornada por una foto de Gaitán y un bandera roja. Los gritos retumbaban “liberales, a derramar su sangre, mataron a Gaitán”. Los Cabildos abiertos fueron otra de las formas de protesta del pueblo del Tolima. Mientras en las poblaciones liberales encarcelaron a los conservadores, en las zonas conservadores, como retaliación, metían a la cárcel a los liberales, como ocurrió en el municipio de Saldaña.
La zona del Sumapaz correspondiente al Tolima, Cunday y Andalucía, hoy Villarrica, se dieron levantamientos que repercutían en la zona cundinamarqués de Fusagasuga, con influencia en Anolaima, Quipile y Yacupí, en el noroccidente.
A pesar de que los amotinamientos y los levantamientos se dominaron por parte de las fuerzas oficiales, quedó en la población el ambiente de rabia y venganza que después serían los gérmenes de las disputas bipartidistas y el inicio de la guerra del 50 motivada desde la presidencia de Laureano Gómez y con las criticas de un Partido Liberal que se limitaba a denunciar los atropellos y asesinatos.
Por la burocracia hasta la muerte
En mayo de 1949, ante la negativa del gobierno de dar a los liberales los cargos políticos ofrecidos en el acuerdo de colación —llamada por Ospina como Unidad Nacional— el liberalismo se retiró del gobierno. La violencia se fue incrustando en la vida pública. En septiembre un tiroteo en el congreso causó la muerte de un representante liberal y una bala destinada a dar muerte a Darío Echandía mató a su hermano en una calle de Bogotá. En las elecciones previstas para junio de 1950 para presidente los liberales esperaban recuperar el poder que tuvieron de 1930 a 1946. A menos de un mes para las elecciones, los liberales escogieron a Echandía como candidato. El 7 de octubre, cinco días después de la designación de Echandía, Ospina pidió al Congreso que se reformara la Constitución y se pospusieran las elecciones por cuatro años. La propuesta fue debatida entre conservadores Laureano Gómez y Urdaneta Arbeláez y los liberales Echandía y López. El acuerdo no prosperó. El 13 de octubre el candidato de los conservadores era Laureano Gómez. Los liberales sintieron temor por el candidato y pidieron a Ospina una coalición por cuatro años. Gómez no lo aceptó: los liberales amenazaron con la violencia de sus mayorías nacionales. El 18 de octubre Lleras Restrepo emitió su famosa declaración: ninguna relación tendremos de ahora en adelante con los miembros del partido conservador, mientras no se nos ofrezca una república distinta, garantías que pongan fin a este oprobio, las relaciones entre liberales y conservadores, rotas ya en el orden público, deben estarlo igualmente en el orden privado.
El 9 de noviembre Ospina Pérez decretó el Estado de Sitio y clausuró el Congreso. Gómez llegó a la presidencia sin oposición. El hombre que había dicho veinte años antes que los colombianos eran ingobernables ahora estaba en el poder.
La policía política o Popol
Algunos antecedentes para tener en cuenta y que contribuyeron a la disputa a muerte entre los partidos, el asesinato de Gaitán y la posterior ola de violencia.
En 1935, Laureano Gómez, jefe del Partido Conservador, sufre un derrame cerebral mientras da un discurso en el Senado contra los liberales. Recuperado dirá del gobierno de López Pumarejo, su amigo, que López llevaría al país a un vértice en cuyo centro está la ira homicida, la tea incendiaria, la abyecta pasión irreligiosa, la rencorosa envidia de todos los fracasados de la vida, la guerra civil, la disgregación de la nacionalidad, el fin de Colombia. Hay algo que no lo deja hacer lo que quiere, tal vez la masonería.
Silvio Villejas, periodista conservador afirmó que la derrota de la dictadura roja sólo será posible mediante el contraterror, lo ha expresado muy bien Hitler, el terror en las calles, en los talleres, en las salas donde se celebran los mítines izquierditas. Existe en Colombia una mayoría campesina, aldeana oprimida por una demagogia urbana.
En 1939, en Santa Isabel, Tolima, los conservadores recibieron informaciones e instrucciones del Directorio Conservador. La policía liberal había asesinado en Gachetá, Cundinamarca, a un buen numero de conservadores. Enfurecido, Laureano Gómez le dijo al presidente Eduardo Santos: sepa que si el gobierno no cumple con el principal de sus deberes que es garantizar la vida humana, todos tendremos que apelar en las calles a la legítima defensa para no perecer asesinados impunemente. Y en los correos clandestinos y públicos llegó la orden: los conservadores deben prepararse para hacer frente a la violencia con la violencia. Tenemos que desarrollar una acción intrépida. Entonces, en todo Colombia comenzaron a armarse.
En la emisora La voz de Colombia, Gilberto Alzate Avendaño, dijo: los liberales tienen almacenadas como materia prima un millón de cédulas falsas... si el liberalismo se empecina, el problema del poder no se decidirá en las urnas sino en las barricadas.
El 8 de septiembre de 1948, asesinan en el Congreso a Gustavo Jiménez Jiménez. Lleras Camargo dice que la violencia en los campos es incentivada desde los pupitres urbanos.
En hojas circulares llamadas de limpieza rural, los directorios dicen a la población que no debe dejarse vivo ni un solo conservador porque su partido es el que hace la violencia, valiéndose en su posición en el gobierno y de las armas y fuerzas oficiales.
Otras hojas que ahondaban el odio entre los campesinos decían: señores liberales... debemos mantener la fe y nuestro gran espíritu de lucha. En el Tolima nos hemos hecho fuertes y desde el Tolima podemos seguir luchando hasta imponer nuestra voluntad a cualquier gobierno. Pero debemos estar listos y atentos a las órdenes de mando. El exterminio deberá ser total. Todas las fincas y negocios de los conservadores tienen que pasar definitivamente a manos de los liberales. Lo mismo hay que hacer con los puestos públicos. Ningún conservador debe quedar vivo. Todos los militares deberán purgar en las cárceles todos los crímenes cometidos con las familias liberales campesinas. Los militares fueron también asesinos, incendiarios y ladrones, lo mismo que los conservadores. Ningún liberal deberá permitir que ningún conservador regrese a sus antiguas propiedades. Ninguna finca deberá ser devuelta a los conservadores. Sólo en la resistencia y en la lucha habremos de conseguir el dominio definitivo sobre todo lo que hasta hoy hemos conseguido después de derramar tanta sangre. Unidos hoy más que nunca habremos de ser el porvenir de Colombia y del partido liberal. Directorio liberal agrario.
Liberales: los comandos de avanzada del partido ordenan: obstaculizar por todos los medios posibles al gobierno y sus empleados, sean nacionales, departamentales o municipales. Quemar y destruir las casas de los conservadores y si son pudientes, arruinarlos. Sus valores deben pasar por cualquier medio al poder del liberalismo. Acabar con la policía. En el ejército tenemos buenos copartidarios. Que nos pueden ayudar en caso de apuro. No deben molestarlos. Robar armas a la policía y a la vez uniformarse para pasar por agentes del gobierno en todas partes y saber cuanto ocurre en las filas del conservatismo y los planes del mismo gobierno. Hay que tumbar ese gobierno, cueste lo que cueste, y para ello se necesita coraje, valor, disciplina y no tener miedo a nadie como lo ha venido demostrando los copartidarios que están en armas en todo el país y que no serán dominados sino cuando la dirección liberal ordene el cese de fuego, si es conveniente. No miren, copartidarios, que entre sus familiares haya conservadores, porque ellos son enemigos jurados de los liberales y se deben destruir, la sangre no mancha en política. Hay que disfrazarse de sacerdotes y entrar en los conventos para ver qué cantidades de armas tienen, conocer las entradas y salidas de sus casas para darles el golpe certero, sin que vayan a creer que se les ha encontrado nada o que son víctimas de una persecución. A varios copartidarios que han sido capturados y los tienen presos, hay que rescatarlos a cualquier precio, aún de la vida. Son liberales caídos. Comité de Acción Liberal Democrática.
La representación liberal en la Corte Electoral se retira y denuncia: se ha generalizado la táctica de arrebatar a la gente humilde su cédula... no queda nada distinto a la violencia desenfrenada, encaminada a aumentar el voto de los unos o a eliminar el de los otros.
La impunidad estaba representada en que el ejército capturaba a un asesino y el juez lo soltaba. Quebrada la fe en la justicia el ciudadano retornó a la ley de la selva, se hizo justicia por si mismo, erigiendo por tribunal su decepción y su odio. Progresivamente se estructuró una policía política que a la postre se convirtió en brazo ejecutivo del Partido Conservador. Aparecen los tenebrosas recomendaciones de los jefecillos políticos. Los candidatos deben cumplir ciertas condiciones.
A la policía Política se le llama chulavita y a los liberales alzados, nueveabrileños. Después del 9 de abril se lanza la consigna de conseguir armas. Las armas las tiene el enemigo, el enemigo es la policía chulavita, luego, hay que asaltar a la policía. Empieza la interacción del exterminio. El primer fusil es arrebatado a José Domingo, luego de emborracharlo y matarlo a puñal por Girardot, lugarteniente de Tirofijo, organizador de la subversión en las montañas de Laureles y El Castel.
En El Líbano en el sepelio de Antonio Almanza, una de las víctimas de la aplanchada, el 16 de julio de 1951, la policía apostada en las otras tumbas disparan contra las deudos. Antes de las elecciones presidenciales de 1950, solamente hay un candidato porque el partido liberal se ha retirado ante la falta de garantías.
En muchas poblaciones se impone el toque nocturno, de queda, pero las gentes amenazadas deben recogerse desde las 4 o 5 de la tarde bajo martirizante zozobra. Los allanamientos, con el pretexto de buscar armas, se convierte en diario acaecer. La policía aprovecha para robar alhajas, dinero y para secuestrar a los ciudadanos que no regresan al hogar. El honor mancillado de las mujeres son causa de los odios y venganzas de un grupo hacia el otro, desesperación, odio, tragedia, rencor, ayuda a la vindicta. A finales de 1949 llegan unos hombres armados y dicen que vienen a dañar esto... a los campesinos los convierten en fieras, no lo eran. Al principio el campesino no lucha contra el ejército. Pero después, ante los atropellos y la muerte, todo lo que esté uniformado es su enemigo. Se identificaban dos chusmas: los bandoleros y la policía. Un campesino dijo: era que los bandoleros hacían de policías y la tropa hacía de bandoleros. Eso fue lo que pasó.

La iglesia en las años de la guerra

Las creencias se sustentan más en el temor que en el amor. Los combatientes llevan en sus cuellos medallas y escapularios y veneraban a la Virgen del Carmen. Algunos sacerdotes decían en el púlpito que matar liberales no era pecado. O quizás recordando al sacerdote Ezequiel Moreno quien afirmaba que la lucha contra los liberales era una guerra santa.

Negociantes de la guerra

Los verdaderos usufructuarios de la violencia, que en los pueblos veían con pétrea entraña el magro desfile de los desposeídos, encarnan el tipo humano más repugnante de la historia del crimen: los nefarios.

Los hijos de la violencia

Los escolares admiraron al matón como héroe. Los juegos están unidos a la violencia: al guapo, a los vaqueros, los bandidos. Las filas para mirar los cadáveres cruzados a las mulas, una manera de la aventura para los jóvenes. En El Líbano, muchos de los niños querían parecerse a William Ángel Aranguren, el asesino conocido como Desquite a quien se le atribuyen decenas de muertos de los dos bandos. Los directorios políticos lo hicieron aparecer como adalid de la justicia y como protector de los copartidarios. Ante la violencia indiscriminada se chantajeó al gobierno que si no mandaban la tropa entregarían la seguridad del pueblo al bandido.

Las armas el mejor respaldo

En mayo de 1947, en la asamblea del Valle, los diputados votaron con la mano izquierda mientras con la derecha sostenían las pistolas. La policía entregaba armas a los conservadores dignos de confianza mientras los liberales, clandestinamente, recibían fusiles y munición desde Venezuela.

Las masacres iniciales

Gaitán era la piedra en el zapato en las críticas contra Ospina. Jornada, el periódico gaitanista, publicó en primera página una foto del presidente Ospina y su esposa Berta en una fiesta de gala, y al lado una gráfica espantosa de hombres, mujeres y niños mutilados en Boyacá. El 12 de marzo de 1948, en Ibagué, la Convención de representantes liberales de todos los municipios del Tolima, preparan una estrategia de resistencia civil. En el comienzo del gobierno de Ospina se desataron más de quinientos conflictos colectivos, los principales en las compañías de navegación por el río Magdalena y en las carreteras y ferrocarriles; paro en las comunicaciones y conflicto en el sector petrolero; paro en Cali de los choferes (por la acción de la Confederación de trabajadores colombianos ctc de orientación comunista. El ocho de noviembre se decreta el Estado de sitio en el Valle. Ante la ola de violencia, Gaitán entrega al gobierno central el Memorial de agravios para evitar que sigan los asesinatos.
En 1947 el paro nacional de transportadores es declarado ilegal y se quita la personería jurídica a la ctc. En Julio de 1947, se celebra el V congreso comunista en Bucaramanga, donde se perfilan dos grupos, el de Gilberto Vieira y el de Augusto Durán. Viera, manifestó que el gobierno de Ospina es un gobierno de la burguesía colombiana liberal y conservadora, donde predominan las fuerzas de la reacción. Después de múltiples masacres en varios sitios del país, en octubre de 1947 se asalta, incendia y saquea el caserío de Ceilán en Bugalagrande (Valle), donde los bandidos dejan más de 150 víctimas, algunas incineradas. El 22 de octubre es asaltada la Casa Liberal de Cali en una reunión política donde la mayoría eran desplazados por la violencia. El 7 de febrero de 1948 Gaitán realiza La manifestación del silencio.
El 29 de marzo llega el general George C. Marshall, en la delegación de los Estados Unidos para la inauguración de la IX Conferencia Panamericana.
En el libro de Germán Guzmán Campos[20] se dice que después del 9 de abril el proceso de la violencia se reduce a cinco etapas:
1. Creación de la tensión popular 1948-1949
2. La primera ola de violencia 1949-1953
3. La primera tregua 1953-1954 (Rojas Pinilla)
4. La segunda ola de violencia 1954-1958
5. La segunda tregua 1958 (Frente Nacional)
Cada una de estas etapas tiene momentos fundamentales que nos ocupan:
1. Creación de la tensión popular 1948-1949
Después del 9 de abril dos consignas rondaban: hay que hacer la revolución y, nos van a hacer la revuelta. El 9 de abril de 1948 se fuga de la penitenciaria de Ibagué un elemento que cambia su nombre por el de Tirofijo y se ubica en las montañas del Castel, municipio de Aipe (Huila), seduce a José Leal (alias Girardot), Reinaldo Pérez (alias Carasucia) y Cicerón Murillo (alias La Hipa), campesinos de la región. Habla de cobrar la sangre de Gaitán y de oponerse a la gente del gobierno, a los chulavitas[21] para tomar revancha. Reúne a varias personas prestantes y colecta cuotas en efectivo con el estribillo, nos van a atacar, la guerra se viene. Surge el personaje llamado el comisionado, hombre de fiar para conseguir armas, fusiles. Aparece lo que se llamaría la resistencia civil apoyada por jefecillos y contactos políticos. Los grupos armados son bautizados por la población como los muchachos. En la zona de los montes de Castel y Praga los muchachos dan sus primeras demostraciones de ser defensores de los campesinos y adalides de la libertad. Imponen cuotas, comparten cosechas, roban ganado, exigen respaldo.
Los 30 proyectiles de revólver y 10 de pistola disparados en el recinto de la Cámara, el 8 de septiembre de 1949, los discursos por las emisoras llenas de odio por parte de los políticos, la pugna entre los jefes y sucesos de sangre contribuyen al comienzo de la guerra, de la violencia. Ante la oposición del liberalismo al gobierno de Ospina la violencia oficial planificada se estrelló contra el pueblo y la gente tuvo la alternativa de perecer o resistir y optaron por la resistencia. Los prohombres liberales se recluyeron en sus casas o viajaron o se contentaron con respetuosos memoriales mientras los campesinos y obreros se masacraban.
2. Primera Ola de Violencia:
La campaña política para presidente (donde el Partido Liberal no presentó candidato) que se llevo a cabo en 1949, se basa en tres factores determinantes:
  • Estabilización del grupo conservador en el poder con la exclusión violenta del contender liberal.
  • Utilización de la policía en una campaña de persecución, pensada y planeada desde las altas esferas del gobierno.
  • Declaración de la resistencia civil por el Partido Liberal perseguido lo que se tradujo en acción de grupos armados.
La violencia tomó un nivel desesperante por la elección para presidente (1950-1954) de Laureano Gómez Castro. Se suceden masacres como la de Belalcázar (Cauca) donde más de cien personas son fusiladas el mismo día. Gómez se retira temporalmente y deja encargado de la presidencia al Ministro de Gobierno Roberto Urdaneta Arbeláez y la ola de sangre alcanza dimensiones inconcebibles. En El Líbano hay una masacre en 1952, en Bogotá es incendiado El Tiempo y El Espectador, la sede de la Dirección Liberal y las residencias de López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo, cuya biblioteca es incendiada. En Chaparral se inicia en 1950 una acción de autodefensa que en 1952 se transforma en lucha guerrillera.
Causas próximas al conflicto en el Tolima.
Exaltación política dada por los gamonales durante muchos años. La actuación de la policía después del 9 de abril en Ibagué y otras poblaciones. La disposición de las autoridades en esa fecha. Tratamiento dado a los sacerdotes: dos asesinados y once prisioneros o retenidos en sus casas y la profanación y saqueo de algunos templos, entre ellos el de Armero. Incendio de los archivos del semanario El Derecho donde reposaba inédita la historia de Ibagué. La irresponsabilidad de los directivos que lanzaron al pueblo a la lucha. Acción parcializada de las autoridades y acción indiscriminada de las tropas. El tolimense es el primero en tomar las armas y el último en soltarla. En el Tolima no hablan de la Violencia sino de La primera guerra 1949-1953 y la segunda guerra, 1954 a 1956. La consigna contra el pueblo tolimense: diezmarlo. Hay un control en toda la cordillera de la sal para matar por hambre a los combatientes.
En El Líbano
En los antecedentes ya enunciados, en elecciones, en las primeras horas de la mañana entraba el general Eutimio Sandoval, jefe conservador, seguido por sus gamonales de las diferentes veredas. Un batallón civil con divisas y banderas. Por la tarde llegaba a la plaza el valeroso general Antonio María Echeverri con su cauda civil y sus insignias. Votaban ordenadamente en mesas diferentes. Cuando aparecían que habían votado muertos se enfrentaban, cuando no, al dar los resultados fraudulentos la contienda era inevitable.
Los ciudadanos son sacados de sus hogares sin orden legal y sometidos a flagelación y tortura antes de conducirlas a la muerte. Aparecen las listas de los habitantes urbanos y se violan las promesas y entrevistas fallidas; en Santa Isabel (El Bosque) y Villahermosa, se asesinan mujeres y niños. Personas armadas se presentaban en las fincas y les decían que la chusma los iban a asaltar y ofrecían compra por el ganado pagándolo a menor precio y acabando paulatinamente con la industria pecuaria del municipio. En El Líbano, gente buena, damas cristianas, hombres con gran sensibilidad social, deben convivir con matones consagrados como héroes, que asesinan hacendados, que cobran rescate, destruyen hogares, masacran campesinos al amparo de la gente que lo glorifican y sonríen cuando la víctima pertenece al partido contrario. Es la convivencia con la vida y la muerte.
Como no es el caso presentar macabras estadísticas, fueron decenas de asesinados en El Líbano por la violencia oficial, víctimas de elementos foráneos contratados, los llamados pájaros, asesinos selectivos, sicarios de la época, mercenarios políticos, matan y vuelan.
Otras poblaciones:
Falan. Genocidio en El Topacio. Los facinerosos se apoderan del pueblo hasta mucho tiempo después de la violencia.
El Fresno. Se traza una línea política que divide el pueblo.
Ibagué. Desfiles fúnebres con sonido de tambores de los militares.
Rovira. Organización de cuadrillas progobiernistas.Tiberio Borja (alias Córdoba), Arsenio Borja (alias Santander), David Cantillo (alias Triunfante), Tiófilo Rojas (alias Chispas).
Eje Chaparral, Río Blanco. Donde más rápidamente de organizan grupos civiles. Donde hay mayores violaciones de mujeres. En La mesa del Limón, en Balsillas, mueren 13 personas. La cabeza de un niño de tres meses la dejan sobre una estaca frente a la de su padre ensartada en otro poste de la cerca. Pugna atroz entre las veredas de Balsillas y Malnombre. El pueblo es saqueado en su comercio por las comisiones de la policía. Los insubordinados del monte esquivan el choque con el ejército, dejan en los árboles carteles con leyendas terminantes: con el ejército no. No queremos pelear con el ejército.
Eje Natagaima, Alpujarra, Dolores. Persecución a los campesinos y a los indígenas. Cuadrillas de bandidos famosos: El Paisa; sargento Cucacho; Tijereto; Pantera Negra; Puñalito; Valluno; Errante; Suicida; Ministro; Pilroja.
En El sur del Tolima ya estaban demarcados los territorios: Los liberales ocupan Planadas, los conservadores Casa Verde y los comunistas Gaitania.
La conclusiones de la violencia:[22]
La necesidad de la lucha surgió del alma misma del pueblo. Esta es la razón de su obstinada persistencia. La ferocidad se operó como reacción que superó los atropellos recibidos. Muy rápidamente se acumuló en la multitud una dosis explosiva de resentimiento, odio larvado, crueldad y sadismo. El crimen sexual adquirió predominio demasiado notorio. Los victimados y los torturados se sintieron desprotegidos, débiles y su extroversión se tradujo en crímenes atroces.
Actores de la violencia:
Comunidad desplazada.
Guerrilla.
El comando y la cuadrilla.
Los pájaros.

Los combatientes

De 100 guerrilleros sólo saben leer 5.
El guerrillero luchó por un ideal y luego, creyendo en las amnistías, quería dedicarse al trabajo, sometido a la ley. El bandolero, antes guerrillero y vivió al margen de toda legalidad. Los niños crecían llevando adentro un monstruo apocalíptico, oían a sus padres odiar a los del partido contrario y alimentaban la venganza, ser conservador o liberal, una categoría heredada. Los niños eran estafetas mientras llegaban a jóvenes y empezaban a matar. Al verde, era la consigna de los guerrilleros para enmontarse.
Varios guerrilleros integran un comando bajo la responsabilidad de un jefe con su Estado Mayor. La cuadrilla, con la consigna de exterminio, actúan como peón raso.

Integrantes de la guerra

Los levantados en armas: confeccionan listas negras; emplean la coacción para sacar a la población de los pueblos. El aguantador es contacto, se comunica con el comité político local y entrega las cartas exigiendo contribuciones. El señalador, sirve lo mismo a policías como a antisociales. Los pájaros, esencialmente citadino, son sicario, mercenarios de la guerra, matan por dinero; asesinan a los que apoyan la revolución o a los dueños de las haciendas que respaldan a la organización o al movimiento; hace un trabajo o trabajito; con carriel antioqueño, ruana de hilo y la falda de la camisa afuera. Matan jefes liberales para hacer la violencia por lo alto, respaldados por las autoridades, policías, detectives. Van volando de un lugar a otro. Roban café para venderlo a ciertos gamonales que les dan alpiste, los arman y financian. Algunos de estos personajes: Pedro María Lozano, El cóndor; Pájaro azul; Pájaro Negro; Lamparilla; Turpial; Bola de Nieve.
A los combatientes liberales se les llama, guerrilleros, bandoleros, chusmeros, cachiporros, collarejos. A los que tienen relación con los liberales se les dice pátiamarillos. A los conservadores se les llama, chulavitas, chulavos, chunchullos, guates, sonsos, patones, indios, tombos, chulos, fuerzas del gobierno.
Mandamientos del buen guerrillero:
Luchar por las tierras de los campesinos y demás colaboradores del Frente democrático de Liberación Nacional.
Defender la honra y el hogar de la familia campesina contra todo acto contrario a la moral obrera.
Proteger y respetar la vida de las mujeres indefensas, de los ancianos y los niños.
Luchar por la hermandad y colaboración solidaria de los trabajadores sin discriminación política ni religiosa.
Servir leal y fielmente a los destinos de verdaderos patriotas colombianos.
Practicar los principios de trabajar y combatir.
Luchar por llevar a la práctica los postulados de luchar y estudiar con el fin de que todos los oprimidos y explotados vean en el guerrillero guías y conductores en la lucha por el derrocamiento de la dictadura militar y por el establecimiento del gobierno democrático de liberación nacional.
La lucha entre las fracciones de guerrilleros se hace cada vez más dramática. En Planadas, Mariachi expulsa a los campesinos y son recogidos por Charro Negro (Prías Alape).
Los jefes guerrilleros liberales
Eliseo Velásquez (Cundinamarca) quiso convertirse en el paradigma del Llano. Propietario de un aserrío y una lancha que transportaba madera a Puerto López y Puerto Carreño. Asesinó a garrote al jefe conservador Antonio Céspedes. Luego de que su padre es asesinado en El Líbano, da muerte a los tres victimarios y es defendido por Gaitán logrando la libertad. Quienes lo conocieron dicen que es un gañán que no sabe sino matar godos. Un patán. Sargento de la policía nacional. Se hace llamar comandante en jefe, general, jefe del gobierno militar. Asalta a Puerto López y asesina a 23 personas, mutila los cadáveres; se le acusa de necrofilia. Grandes alabanzas recibió de los prohombres del liberalismo, y en la convención del mismo partido, de junio de 1950, reunida en el teatro Imperio de Bogotá, se le presentó como ejemplo del Partido Liberal por el “valor indomable de tan insigne luchador y la forma leal con que lucha por la causa”.
Leopoldo García (tolimense) alias Peligro, sucede a Gerardo Loaiza. No sabe leer ni escribir. Es liberal a secas. Trabaja arrendando mulas de Rioblanco a Chaparral. Dice que los policías perseguían cachiporros. Se dio plomo con los comunes porque ellos sí eran liberales sin mezclas. Sus compañeros: Ignacio parra, revolución; Aristóbulo Gómez, Santander; Gererado Aguirre, Ráfaga; Hermógenes Vargas, Vencedor.
Teófilo Rojas (tolimense). Alisas Chispas, analfabeta total. Huye de la policía, de su casa, la hacienda La Esperanza, en Rovira (Tolima) con sus padres y hermanos. En 1958, a los 22 años, se le sindica de 400 crímenes. Santander no se contentaba con el muerto sino le abría agujeros para que se saliera bien la vida a ese hijueputa godo.

Extorsión y muerte

El Boleteo: anónimos con orden perentoria de desocupar la región, estableciendo plazos de días u horas.
Cuotas de financiación: o paga o se muere o se va.
Los salva conductos. La hoja de vida para transitar.
Tácticas informales: las razones, dejadas en los árboles “con el ejército no“. “Aquí lloran los tristes y gimen los afligidos”. “Aquí entran los machos”.
Provisiones de marcha: tajadas de plátano, carne fría, panela.
Armas: escopetas de fisto, pistoletas, bombas de fabricación casera. Fusiles ametralladoras (del ejército).
Elementos de un guerrillero: una mochila con munición y alimentos y la carabina liviana. Al cinto un revólver o el machete. Descalzos o con cotizas o zapatos tenis. Camisa de dril o caki. Un sombrero alón de paja., uniformes robados a la policía y al ejército.
Insignias: los limpios del sur del Tolima (liberales oficialistas) en el hombro derecho la cruz latina sobre un corazón y las palabras, Dios y madre. Los comunes (comunistas) ostentaban un tatuaje en el brazo izquierdo con la hoz y el martillo y el nombre del capitán.
Propaganda y comunicaciones: Mimeógrafo, copias con papel carbón, a máquina de escribir. El empapelamiento, slogans en árboles, piedras, puentes, rocas, postes del alumbrado: estado de sitio no. Abajo la dictadura. Abajo las botas. Lucha por ser libres. Pájaros bandidos, chusmeros asesinos. No más promesas. El himno guerrillero con la música de Soy pirata, escrito por el joven comandante comunista Olimpo, (seudónimo del escritor Eutiquio Leal cuyo nombre verdadero es Jorge Hernández y el que fundó el primer conglomerado comunista del país en el sitio denominado El Davis, cerca de Chaparral de donde era oriundo)[23]. Hecho en Anamichú (Rioblanco) con el espíritu de José Antonio Galán.
Formas de la muerte: Las fuerzas oficiales emplean el proyectil y el yatagán. El chusmero, el machete. El pájaro, el revólver, pocas veces el cuchillo.
Tortura: las fuerzas oficiales: golpes, hambre, calabozo, posiciones forzadas sobre abismos, bloques de hielo, descargas eléctricas en los genitales y en la lengua por sistema de teléfono. La policía: aplancha, descuartiza, decapita, cuelga a las víctimas para hacerlas cantar (delatar)
Consignas y cortes: Picar para tamal. Picadillo, son recogidos con garlanchas. Bocachiquiar, sajías superficiales como al pescado, la víctima muere desangrada, poco a poco. No dejar ni semilla, en El Líbano un cabo arroja al aire a los bebés y los recibe en la punta de yatagán, (años después el asesino entra en estado depresivo y oye sin cesar el llanto de un niño, se suicida en El Convenio). A las mujeres embarazadas les sacan el feto y lo reemplazan con un gallo... les arrancan el hijo despedazándolo en presencia del padre y la familia. Corte de franela, profunda herida sobre la garganta, muy cerca al tronco; la hacen no golpeando sino corriendo con fuerza un afilado machete sobre la parte anterior del cuello. Se coloca la cabeza sobre un palo. Corte de corbata, (invención de los pájaros), contra réplica de la anterior, se corta el cuello por delante y se saca la lengua por el hueco. Corte de mica, se decapita la víctima dejándose la cabeza sobre el pecho. Corte de oreja, se llevan los apéndices como prueba del asesinato. En Santa Teresa, el Capador, exhibió dentro de un tarro lo trofeos por las calles y tiendas. Decía a sus pupilos: a mi no me traigan cuentos, tráiganme orejas. Se arrojaba a la gente desde los helicópteros. El despeñamiento, banco de Puracé en Chaparral, las volquetas oficiales sacaban de las cárceles a los presos, los fusilaban y los arrojaban al río. Piromanía, en los Llanos, fuego, humo y violencia. Se pupularizó: humo, humo de tolvanera por los Llanos, de quema de sabana en el Tolima hasta oscurecer el sol y tornar nubloso el día y amarillito el ambiente. Humo de tierra calcinada que se moja con la lluvia y germinan pastos nuevos. Es el humo de agosto que opaca las pupilas campesinas...
En Armero, en 1952, el sargento primero Mira, mete a sesenta personas en una casa y las quema. El seis de septiembre de 1952 luego de huir a Bogotá, el asesino parece chamuscado en la quema de El Espectador. En abril de 1952, en El Líbano se tiende una emboscada al gobernador Francisco González Torres, del Tolima, y al hijo del presidente de la república, Víctor Urdaneta Arbeláez. Mueren, Ramón Millán, liberal y, Alejandro Bernal Jiménez, conservador. Es enviado el Batallón Tolima que asesina a más de 1500 personas sin distinción de edad y sexo, entre Pantanillo hasta las Rocas y San Fernando.
En las zonas más urbanas los presos eran sacados de las cárceles y fusilados sin previo juicio. Los caídos en los cafetines, callejuelas y plazas. Los sacados de sus casas y asesinados sin testigos. Los sepultados en los cementerios sin la correspondiente boleta de inhumación. Los que murieron en asaltos a poblaciones. Los asesinados por sicarios.
En las zonas rurales, las bajas de campesinos o guerrilleros en combate las hacían, indiscriminadamente, comisiones militares, o mixtas, o por bandoleros o guerrilleros y antiguerrilleros. Otros morían incinerados dentro de sus casas; otros, sorprendidos por asaltos en veredas y caminos.
Migraciones internas: en Ataco (Tolima) 1.993 familias fueron arrojadas desde sus fincas. Las áreas de Cunday y Villarrica, de Santander, salieron mas de cuarenta mil personas. En 1953 llegaron a Bogotá mas de 60 mil exiliados. Hasta 1953, 20 mil se fueron para Venezuela y 5 mil para Panamá. Otros dicen que a 1961 han llegado a Venezuela más de 800 mil colombianos. En el Líbano, en 1959, el 88% de la población rural tuvo que venirse a la cabecera municipal. Las ciudades que recibieron mayor número de exilados: Bogotá, Cali, Ibagué, Medellín, Pereira, Armenia, Cartago, Palmira, Chaparral, Neiva, Líbano y Girardot. Llegaban a casa de amigos o parientes. Pero muy pronto deben emigrar hacia las barriadas con todos sus consecuencias de miseria y violencia.
Corrientes migratorias: hacia Venezuela desde Ragonvalia, Norte de Santander y los Llanos; hacia Bogotá, desde el Tolima y La Palma; hacia los Llanos, desde El Tolima y Boyacá; hacia Cali y Cartago, desde las poblaciones del Valle; hacia Ibagué y Ambalema, desde Villarrica.
El ciudadano campesino se distanció del Estado porque fue destruido en nombre del Estado, por hombres del Estado y con armas del Estado. Además la impunidad arraigó en el conglomerado agrario la certeza de la ineficiencia de la justicia.
La justicia se hizo por la propia mano, expresiones como, hablemos de hombre a hombre; no pudieron con nosotros; somos los más verracos, se hicieron populares y decisivas.



En 1950 murieron 19 mil colombianos. En 1951, el primer año del gobierno de Gómez, murieron 50 mil. En 1952 militantes del partido conservador quemaron El Tiempo, El Espectador y las casas de Lleras Restrepo y Alfonso López. Los jefes liberales se fueron al exilio o se retiraron a su vida privada. Algunos militantes del liberalismo y el gaitanismo se volvieron guerrilleros conformando Las guerrillas del llano o las liberales del Sur del Tolima. La democracia se fue al monte para no volver a la ciudad sino 30 años después. Una guerra sin comienzo y casi sin fin, no tuvo caudillos, ni batallas, ni ideas, ni glorias. Las guerras del XIX acontecieron como tragedia y ahora regresaban como farsa.
En el capítulo La Violencia, Rafael Pardo[24] afirma que la violencia entre liberales y conservadores cubrió todo el país con excepción de la Costa Caribe. Laureano dijo, desde junio del 47, que había un millón ochocientas mil cédulas falsas que había que recoger. La primera ola de violencia ocurrió de 1949 a 1953. En los Llanos, el día anterior a las elecciones, el 26 de noviembre, los liberales sabotearon las elecciones. El 27 en San Vicente de Chucurí un grupo de setecientos hombres dirigidos por el ex jefe de policía Rafael Rangel, entró a la plaza y asesinó a cerca de doscientos ciudadanos inermes probablemente conservadores puesto que estaban votando. En abril de 1950 se conformó el Ejército Revolucionario Liberal, división de los Llanos. Gustavo Jiménez. En julio de 1952 se recrudece la guerra en los Llanos. Urdaneta expide una amnistía que fue rechazada por las guerrillas. El ejército aplicó la táctica de despoblamiento: en las ladeas que mostraban simpatías por las guerrillas se expulsaba a la población y se bombardeaban e incendiaban las casas. Las guerrillas comunistas. Establecen tres zonas: una en Viotá, Cundinamarca; otra en Sumapaz, al mando de Juan de la Cruz Varela (Cundinamarca) y otra en el Sur del Tolima al mando de Jacobo Prías Alape, alias Charro Negro. Pérdidas en el Tolima Hasta 1957 se abandonaron 93.800 propiedades rurales, perdido 405.000 cabezas de ganado vacuno, 57.000 equinos y 77.000 porcinos, quemado 34.000 casas de habitación y 13.000 construcciones de otro tipo. El total estimado del lucro cesante en el Tolima fue de 529 millones de pesos, equivalente a la mitad de presupuesto nacional de 1955.
En Guerra y política en la sociedad colombiana[25], el sociólogo Gonzalo Sánchez, analiza el fenómeno y podemos sacar algunas categorías.
  • Componentes básicos: el terror, la resistencia y como resultante, la conmoción social.
  • La violencia produce exilio.
  • No se piensa entre los partidos de derrotar al enemigo político sino de eliminarlo físicamente.
  • Hay unos agentes del terror: pájaros a sueldo de terratenientes, políticos, comerciantes.
  • Hay unos rituales del terror. Conocimiento de las artes de hacer sufrir. El despojo, la mutilación y la profanación de los cuerpos
  • Instrumentos del terror. El incendio de reiterada ocurrencia constituye la máxima expresión de la teatralidad del terror.
  • Ha sido una gran vergüenza nacional que no tenía caudillos, ni batallas, ni ideales ni gloria. (Un anti movimiento social).
  • Eran guerrillas establecidas sobre la base de homogeneidades políticas, organizaciones partidistas y controles territoriales.
  • El asesinato del guerrillero liberal de los Llanos Orientales, Guadalupe Salcedo, será el fantasma de todo guerrillero amnistiado.
  • Se pensó que la violencia como etapa del movimiento guerrillero era la prehistoria de la lucha revolucionaria.
  • La violencia fue la línea evolutiva para las guerrillas contemporáneas, las FARC se fundan formalmente en 1965. Los demás movimientos provienen de este tronco.
  • La línea involutiva, genera el bandolerismo, la mercantilización de la política vía narcotráfico.
  • El Frente Nacional, lejos de conciliar, desafiaba. Frente Nacional partido único de la oligarquía (Diego Montaña Cuellar).
  • El Frente Nacional. Tripe dimensión: con respecto al terror, proyectó la reconciliación; con respecto a la resistencia proyectó la unificación de las clases dominantes; con respecto a lo social, proyecto de rehabilitación, reconstrucción, reforma, plan de modernización capitalista de la economía y del Estado.
Reflexiones finales.
Mucho se ha escrito y mucho se ha olvidado sobre este triste fenómeno que aún nos agobia. Se ha intentado hasta una semiótica de la violencia colombiana. Algunas apreciaciones a este respecto se consignan en el Manual de historia colombiana[26]. Herencia genética de los indios caribes; herencia genética y cultural de los conquistadores sanguinarios, españoles y árabes; cultura depredadora de la conquista, realizada por criminales, violadores, ladrones, torturadores, psicópatas, donde predominó el saqueo, la extinción del indígena, el empobrecimiento de la tierra; incapacidad de Simón Bolívar para combatir la anarquía de sus guerreros legendarios, orientar las aspiraciones del clero y reorientar las aspiraciones sin fin de la oligarquía criolla; tiranía de la oligarquía criolla y el resentimiento social de los esclavos y siervos; estructuras deformantes de la administración colonial y neocolonial: centralismo, reglamentarismo, intervencionismo, informalidad, casuismo, burocratismo, concentración de poderes, control recíproco; el caudillismo: guerreros de la independencia, que luego de emerger del mito de Bolívar y Santander, se alinean en civilistas y militares, en gamonales de regiones y tiranos de nación, en ateos y fanáticos católicos, en los comerciantes de la guerra, en juristas de la democracia y democracia de los bárbaros.
Al final del periodo aquí descrito a los trescientos mil colombianos asesinados se les debe la verdad de sus desapariciones. El perdón y olvido del Frente Nacional no fue suficiente, tampoco el tapen tapen de la sociedad colombiana. Se necesitarán miles de sacrificados más, con técnicas de la muerte más sofisticadas (como las motosierras con las que descuartizaban a sus víctimas los paramilitares, después de 1990).
Bien lo escribió Gabriel García Márquez a propósito de lo que somos y si la historia no dice otra cosa, seremos: somos capaces de los actos más nobles y de los más abyectos, de poemas sublimes y asesinatos dementes, de funerales jubilosos y parrandas mortales. No porque unos seamos buenos y otros malos, sino porque todos participamos de ambos extremos. Llegado el caso —y Dios nos libre— todos somos capaces de todo.
Los Nogales, Bogotá, enero 30 de 2007
jorgeeliecerpardoescritor@gmail.com


[1] El Líbano 1950. Estudiante de la escuela Juan XXIII y del Instituto Isidro Parra. Se graduó como maestro en el Instituto Ibagué y obtuvo el título de licenciado en español e inglés en la Universidad del Tolima, hizo estudios de doctorado en literatura en la Universidad Javeriana y se especializó en administración pública en la esap. Es periodista profesional, y ha sido ponente, participante e invitado a diversos congresos, encuentros, seminarios y coloquios nacionales e internacionales, en Caracas, California, París, La Habana y Moscú. Ejerció durante varios años la docencia en colegios de secundaria de Ibagué y un año como profesor de primaria en Honda, lo mismo que en las universidades Pedagógica, de La Sabana y Javeriana. Conferencista, tallerista, docente, editor y director productor de documentales para la televisión pública y cultural del país.
Ha publicado: cuatro libros de cuentos: Las primeras palabras, en coautoría con su hermano Carlos Orlando; La octava puerta, Las pequeñas batallas y, Amores digitales; tres novelas El jardín de las Hartmann, con seis ediciones más bajo el título de El jardín de las Weissmann y en su cuarta versión con el nombre de La estrella de las Baum, denominada así para la presentación en la telenovela de Caracol; Irene y, Seis hombres una mujer. Un libro de poemas Entre calles y aromas; dos de ensayos El siglo de oro de la literatura española, texto universitario y Antología de la literatura española, Universidad de la Sabana y Vida y obra de Héctor Sánchez; un libro de crónicas y perfiles, Protagonistas de la Orinoquia siglo XX; una antología Colombia a corazón abierto, cuentistas colombianos, en francés, con Olver Gilberto de León. Para ampliar esta información ver:
http://www.creadorescolombianos.com/contenido.php?id=10
[2] Tovar, Hermes. El oficio de escribir historia. Nos plantea como volver al pasado en busca de seres y cosas perdidas constituye una compensación a nuestros vacíos presentes. (…) Y la angustia de otros tiempos termina por ser la tragedia de nuestro tiempo. (…) Somos el fruto de una cadena de besos, somos el temblor de una pasión y de un instante, somos esencia de un momento para que la historia sea simplemente eso. (…) La infancia era el pasado del presente, y de hecho el poder del pasado y la memoria en el oficio de dar testimonios de ella. (…) Por eso la historia es, en parte, ficción a pesar de nuestro empeño por la verdad pura. (…) La historia es un ejercicio trágico de construcción. No es posible la libertad absoluta, sólo una verdad relativa. (…) En historia no es posible mirar los testimonios como si fuesen cadáveres. (…) La historia no es un basurero de cosas inermes. (…) Todo lo que habita en nuestra experiencia es presente, más el pasado de otros hombres que ya no son de nuestro tiempo. El sentido de la historia puede envolver tales acontecimientos y volverlos un encaje de pasiones, una sincronía. Pero somos la suma de muchas infancias con ritmos que nos atan a colectividades cuya libertad y derechos y cuyo bienestar los cocina el devenir, su diacronía. Estos movimientos de lo pequeño y lo difuso, de lo sincrónico y lo diacrónico, de lo humano y lo intangible es lo que intentamos narrar en historia, aunque no siempre exitosamente. Después de muchos años nos sentimos fracasados por la forma plana de las descripciones. Pero otras formas solo las podremos comprender si nos acercamos más a la literatura, no para desfigurar el conocimiento de la historia sino para aprender una nueva narrativa que concilie el acontecimiento y la estructura, y en el tiempo presente, el espacio de experiencia y el horizonte de espera. Tal vez una aldea y los demonios de la infancia, sean los mejores escenarios para resolver todos estos martirios conceptuales. (Ver perfil bio bibliográfico de Hermes Tovar, en Carlos Orlando Pardo, Protagonista del Tolima siglo XX, Pijao editores, Bogotá, 1995, p.,747).
[3] Pardo, Jorge Eliécer. El jardín de las Weismann. Bogotá, Editorial Plaza & Janés, 1979. (Este libro se publicó inicialmente con el nombre El jardín de las Hartmann. Aprovecho para aclarar que no tiene nada que ver con esta familia que vivió en El Líbano y prestó grandes servicios a la educación. Todo por mi inexperiencia —20 años— y mi deseo de combinar las dos guerras y mi dolor por las mujeres solas. Desde la primera edición hasta hoy, 27 años después, entrego mis disculpas a la familia Hartmann por el daño que pude ocasionar).
[4] Henderson, James. Cuando Colombia se desangró. Un estudio de la Violencia en metrópoli y provincia. (El libro originalmente se tituló: Tolima, and Evocative History of politics and Violence in Colombia). El Áncora Editores, Bogotá, 1985, 3ª edición.
[5] Guzmán Campos, Germán. Fals Borda, Orlando. Luna Umaña, Eduardo. La Violencia en Colombia. 2 vols., Bogotá, Tercer Mundo. 1957. (Ver perfil bio bibliográfico de Germán Guzmán Campos, en Carlos Orlando Pardo, Protagonista del Tolima siglo XX, Pijao editores, Bogotá, 1995, p.,303).
[6] Sánchez, Gonzalo. Pasado y presente de la violencia en Colombia. Fondo editorial Cerec, Bogotá, noviembre, 1995. Pp 19. (Ver perfil bio bibliográfico de Gonzalo Sánchez, en Carlos Orlando Pardo, Protagonista del Tolima siglo XX, Pijao editores, Bogotá, 1995, p.,683).
[7] Recuérdese que ya en abril de 1854, el general tolimense (Chaparral) José María Melo, encabezando también a los artesanos derrocó al presidente José María Obando. Ver, Ortiz Vidales Darío, José María Melo razón de un rebelde, Pijao editores, 1ª edición, 1980. (Ver perfil bio bibliográfico de Darío Ortiz Vidales, en Carlos Orlando Pardo, Protagonista del Tolima siglo XX, Pijao editores, Bogotá, 1995, p.,479).
[8] Sánchez, Gonzalo. Los bolcheviques del Líbano (Tolima) (Crisis mundial, transición capitalista y rebelión rural en Colombia), El Mohan Editores, Bogotá, 1976.
[9] (1930-1946). Presidentes: Enrique Olaya Herrera (Guateque, Boyacá, 1880-1937); Afonso López Pumarejo (Honda, Tolima, 1886-1959); Eduardo Santos (Bogotá, 1888-1974); Darío Echandía (Chaparral, Tolima, 1897-1989).
[10] Luchador popular nacido en El Guamo (Tolima). (Ver perfil bio bibliográfico de Raúl Mahecha, en Carlos Orlando Pardo, Protagonista del Tolima siglo XX, Pijao editores, Bogotá, 1995, p.,417).
[11] Ver su bio bibliografía de Manuel Quintín Lame en Carlos Orlando Pardo, op cit, pp. 335.
[12] Los resultados de la votación fueron: Olaya 369.943; Valencia: 240.360; Vásquez: 213.583.
[13] Ver su perfil bio bibliográfico en Carlos Orlando Pardo, Protagonistas del Tolima Siglo XX, Pijao editores, 1995, “Alfonso López Pumarejo o el gran reformador de Colombia”, pp., 363-377. Ver también el perfil escrito por Carlos Perozzo en Forjadores de Colombia Contemporánea, Tomo II, “Una vida al servicio de Colombia”, Planeta, Bogotá, 1986, pp., 66-77.
[14] Ver su perfil bio bibliográfico de Darío Echandía en Carlos Orlando Pardo, Protagonistas del Tolima Siglo XX, Pijao editores, 1995, “Darío Echandía o el maestro de las múltiples virtudes”, pp 237-377.
[15] Alape, Arturo. El Bogotazo, memorias del olvido. Abril 9 de 1948. Editorial Planeta, Bogotá, 1ª edición 1983, 12ª, 1995, p.665.
[16] Distintas novelas sobre el 9 de abril se publicaron años después del acontecimiento. La que recrea y reconstruye desde la ficción la vida secreta de Roa Sierra es la de Miguel Torres, El crimen del siglo, Editorial Planeta, Bogotá, 2006, p. 355.
[17] Sánchez, Gonzalo. Los días de la revolución. Gaitanismo y el 9 de abril en provincia. Centro Cultural Jorge Eliécer Gaitán, Bogotá, 1983, p. 329.
[18] Nacido en Coralito, municipio del Líbano en 1922. Como la mayoría de los combatientes de esa época prestó su servicio militar y perteneció la Batallón Guardia Presidencial. Buscó, ingenuamente, cambiar a los bandidos del Norte del Tolima a la ideología izquierdista. Una carta enviada a Desquite así lo confirma: “Desde tiempo atrás yo vengo luchando aisladamente sin obtener ningún resultado efectivo. Son muchas las regiones del país donde estuve organizando que pueden ser testigos. Ahora, no sólo por experiencia personal sino por todos los luchadores de Colombia, como del mundo entero, me he convencido de que será estéril la lucha hasta tanto no sea puramente de carácter nacional en donde se agrupen bajo una dirección colectiva, todos los movimientos políticos de izquierda, grupos armados y todo cuanto esté luchando y quiera luchar, por la liberación de nuestro pueblo colombiano.” Se dice que en sus incursiones en Urabá fue herido y su grupo diezmado. Es posible que haya viajado a Cuba para su restablecimiento. De regreso a Colombia por iniciativa propia intentó formar el Ejército Revolucionario de Colombia, erc, en El Líbano. Fundó un periódico del movimiento y soñó con la organización guerrillera para derrotar a los privilegiados. En la vereda La Isla, en el municipio de Lérida, fue muerto por el Batallón Colombia, el 17 de septiembre de 1963.
[19] Restrepo, Daniel. S.J., El mártir de Armero (La vida y el sacrificio del Padre Pedro María Ramírez Ramos víctima de la Revolución del 9 de abril de 1948). Bogotá, Imprenta Nacional, 1952.
[20] Op. Cit.
[21] Los primeros elementos violentos de la policía oficial reclutados por los gamonales en la vereda o vecindario rural de Chulavita en Boavita (Boyacá).
[22] Guzmán, Campos Germán. Op. Cit, pp., 113.
[23] Ver bio bibliografía en, Carlos Orlando Pardo, Op., Cit., pp 345.
Para el aniversario de su muerte, escribí: El Comandante Eutiquio Leal. Al principio de su vida se le conoció como Jorge Hernández, así lo bautizó su madre, así lo arrulló su abuela Laura, a quien siempre admiró y puso en su boca la sabiduría popular. Jorge Hernández nació en Chaparral, Tolima, el 12 de diciembre de 1928, una población al centro de Colombia que albergó los primeros grupos rebeldes después del asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, ocurrida en las calles de Bogotá, el 9 de abril de 1948. Luego de ejercer como jornalero, agente viajero, soldado raso, Hernández cursa estudios para ser maestro, educador, pero los hechos del bogotazo, como se conocieron los sucesos del 9 de abril, su incipiente militancia con el partido comunista, lo llevaron a formar parte de los grupos insurgentes del sur de Colombia. Así comienza una de las tantas guerras civiles de Colombia, la de los años 50, reconocida como la de la Violencia que dejó más de trescientos mil muertos, antesala de la guerra que se vive hoy, la del narcotráfico, la guerrilla y el paramilitarismo. Jorge Hernández toma entonces el nombre de Comandante Olimpo, conocido por la orientación intelectual que daba a la militancia porque se le veía con una máquina de escribir olivetti y un mimeógrafo por la cordillera central de Colombia. Aún se recitan sus versos, se entonan sus himnos y se le recuerda con respeto. Muchas zonas, muchos combates, muertes y entierros hasta cuando el Comandante Olimpo decide cambiar de trinchera y apertrecharse en la literatura; así nace el escritor Eutiquio Leal, amalgama del nombre de un héroe indígena comunista y el apelativo que mejor puede llevar un hombre íntegro. Periodista, profesor universitario, cuentista, novelista y poeta. Hombre recio que, según dicen sus amigos más cercanos, tenía un corazón tierno, lleno de sueños de igualdad, de mundos intrincados que siempre tuvieron como luz el compromiso social del intelectual. Un escritor asumido, como pocos en Colombia, ganador de muchos premios literarios con los que construyó una enorme casa en Cali y educó a sus hijos. Eutiquio Leal crea en el país los talleres literarios que luego se institucionalizarían en universidades, en Entidades culturales de Colombia. Escribió y teorizó sobre esta herramienta para la creación que muchos jóvenes encuentran como válida. No puede pensarse en el cuento colombiano sin que Eutiquio esté en las páginas de las antologías. Bomba de tiempo, es quizá una de las mejores alegorías sobre el sufrimiento de la guerra. Un relato válido para cualquier zona del mundo en conflicto. La mujer que pare a su hijo en medio del bombardeo, una semilla en medio del combate que es enterrada en silencio, como una bomba de tiempo. Sus novelas han sido bien recibidas, especialmente Después de la noche y La hora del Alcatraz, libros que los críticos han catalogado como primordiales en la narrativa contemporánea moderna de Colombia. Siempre fue un hombre vital, de pelo largo entrecano, movimientos alegres y criterios firmes, a veces obstinados. Vivió para la literatura y el amor, sus mujeres lo recuerdan como un buen compañero aunque huraño unas veces y extrovertido otras. Murió en Bogotá, dictando cuentos en medio de su inconciencia. Jugando con el lenguaje, experimentando con la vida y la muerte. Su hija Dulima estaba ahí observando cómo una nueva semilla salía de la tierra y volvía a la tierra. Jorge Hernández murió. Eutiquio Leal sigue vivo en los libros que seguramente un día serán valorados, reeditados y leídos por los hombres del siglo XXI. Ahora en la neblina del tiempo discute cuentos y poemas con Carlos Arturo Truque, ese otro escritor de las causas populares que lo esperó durante muchos años en los espacios sagrados de la muerte.
[24] Pardo, Rodrigo. La Historia de las Guerras. Ediciones B, Colombia, Bogotá, 2004. 750 pp.
[25] Sánchez, Gonzalo. Guerra y política en la sociedad colombiana. Áncora editores, Bogotá, 1991.
[26] Ayala, Fernando. Manual de historia colombiana. Thalassa Editores, 2ª edición, Bogotá, 2005, pp210.

1 comentario:

Juan carlos millan sanchez dijo...

Muy ilustrado quedo en la historia de la viiolencia en Colombia y especialmente en mi pueblo el libano tolima, mi abuelo jorge Sánchez y sus hermanos huyeron del libano y su hacienda la Florida antes de ser quemada por los godos de la época, usted escribe demasiado bien, así tambien me cuentan q compartió juventud con mi tío carlos "tomaso" Sánchez , afranio, Edgar y amigos perennes del hogar de mis abuelos jorge Sánchez. Carlota orjuela, saludos. Juan_dc@hotmail.com