Páginas

19 de marzo de 2010

* Jorge E Pardo: Primeros capítulos de sus Novelas



8a Edición 2008


1a edición, 1978

El Jardín de las Weismann
Capitulo I


Las Weismann, con las cabelleras entre los pañolones bordados, las edades separadas en el color de los vestidos y el corazón palpitando al mismo instante como si respiraran el mismo aire y vivieran el mismo momento, atravesaron el parque sin saludar a nadie. En el mejor hotel, señalado por alguien a su llegada, descargaron el equipaje, las cajas de madera marcadas con letras grandes y negras en donde transportaban un automóvil desarmado y se bañaron de dos en dos haciendo turnos para vigilar los alrededores.
La gente se aglomeró para verlas pasar, las mujeres con miedo a perder a sus maridos en los rostros bellos de las Weismann, en las figuras de sus vestidos estampados y en el olor a flores que expelían, y los hombres con ganas de ver el automóvil en las cuatro ruedas y a las Weismann con sus zapatillas de caminar suave, moviéndose con el cascabeleo de una música extraña.
Nadie se atrevió a preguntar de dónde eran y a qué venían porque notaron desde el primer momento su caminar extranjero, sus monosílabos inmutables y sus rostros ausentes de sonrisas. Compraron una casa alejada del parque y de la iglesia, con antejardín encerrado en ladrillos de huecos uniformes y, con sus manos suaves metidas en guantes plásticos, plantaron semillas de todos los tamaños y nombres, removiendo la tierra del patio amplio en el fondo de la casa. Las dalias, los claveles, las azucenas, los crisantemos y las rosas, crecieron como el orgullo de las Weismann desde el momento que pusieron sus tacones cuadrados y sus ojos azules en el lugar jamás imaginado en sus sueños de niñez y adolescencia.
Los hombres decidieron conquistarlas recibiendo sólo el no queremos saber nada de nadie y la puerta sobre la respiración detenida a la entrada de la casa de los pinos. Quienes les ofrecieron lugares y terrenos se sintieron humillados en sus propiedades, en los cascos de sus ganados, en el agua de sus ríos, y las mujeres les guardaron el mismo rencor del primer día y juraron sin ponerse de acuerdo vengarse de ellas por encima de todo.
A Antonio se le agrandó el corazón al escuchar en la boca pequeña de un niño emisario que lo necesitaban con prontitud en la casa de los pinos. Se arregló el cabello mirándose en el espejito que siempre escondió en el bolsillo, ordenó que le organizaran el despacho privado con la esperanza de ver a alguna de ellas frente a su escritorio de mandatario. En el último acomode del pelo engrasado entendió que representaba la máxima autoridad, que era el hombre más importante y salió a la calle mirando para todos lados al mismo momento. Voy a la casa de los pinos, quiso decir a sus amigos que se acercaron hasta la puerta de la alcaldía. Notó que no lo saludaron, apresuraron el paso hasta perderse en la esquina del parque. No tuvo tiempo para interpretar la actitud de sus amigos y, encaminándose a la casa de los pinos, imaginó el amor que le tendría a Yolanda Weismann, las caricias que le regalaría y el matrimonio con sonido de pólvora y parada militar. El aire tenía la tibieza de las once de la mañana y los niños seguían mirando al peludo animal que con lentitud movía las extremidades buscando las ramas de un árbol a otro; sintiéndose partícipe de sus alegrías porque había comprado con dinero de su bolsillo el perico ligero para desterrar a los pequeños de la puerta de los cafetines en donde los borrachos inventaban vulgaridades, atravesó la calle haciendo levantar nubecillas de polvo.
En la sala, sobre el tapete delicadamente colorido, recibió Yolanda Weismann al alcalde. Estaba de pie frente a un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús. Dijo buenas tardes mientras el alcalde le tendía las manos cubiertas de vellos brillantes. Soy Antonio, dijo al recibir la mano de Yolanda, suave, sin anillos. Ella le pidió el nombre de los dueños de la tierra y él rayó cuatro apellidos sobre una hojita arrancada de la libreta. Ella dijo gracias y estiró otra vez su mano. Para servirle señorita Weismann, contestó el alcalde y se quedó con las buenas tardes, con las muchas gracias, con el nos volvemos a ver en la boca, en la puerta con pinos a lado y lado del zaguán.
Doña Lucy, la única amiga aceptada en la casa de los pinos en los primeros años, correteaba por los pasillos con su hijo Ramón, de la mano, arrastrándolo como si fuera una parte más de su cuerpo. Entró con la bandeja llena de vasos en espera de la noticia, pero Yolanda Weismann permaneció en silencio, mirando a los demás con una manera sólo entendida por ellas. Observó a Gloria Weismann, su hermana gemela, reunió sus diecisiete años de vida y comprendiendo la ansiedad de sus ojos, entendió que se había enamorado del alcalde en las pocas palabras escuchadas a través de las cortinas. Meditó que no era la primera vez, que siempre, en sus treinta y cuatro años sumados, se había enamorado de los hombres que alguna nombraba en lo cotidiano de la vida. Ya le pasará, dijo en silencio, ya le pasará y despidió a doña Lucy de inmediato.
El domingo las Weismann se vistieron de negro con las modas de otros tiempos, con la talla de sus antepasados y pisaron el parque ante el asombro de quienes salieron a mirarlas por la calle. Caminaron con pasos iguales, Yolanda adelante, Clara al final. Cuando Antonio les salió al paso, Gloria se estremeció dando vuelta al cuerpo para regresar a la casa con la disculpa de la pañoleta. Se encerró en su cuarto dando un golpe a la puerta y ajustándola con doble pasador; fue cuando empezó a inventarlo con los dedos sobre la cal de la pared. Lo dibujaba caminando por encima de las flores, lo delineaba besando sus labios y terminaba recostada en la cama suponiendo su cuerpo desnudo. Antonio le dio la mano a cada una, le dijo el nombre a cada una en espera de los suyos, pero todas respondieron señorita Weismann, nada más. Durante la misa estuvieron arrodilladas en los reclinatorios que habían comprado, con las caras casi sobre los nombres esculpidos, pasando pepas de nácar y murmurando oraciones. En cada nombre grabado meticulosamente sobre las manos de sus movimientos para los rosarios, estaba la historia de sus ancestros, que afrontaron la realidad del abandono en cada palabra o en cada acto de la vida. Antonio esperó a Yolanda Weismann en una esquina hasta cuando las campanas le llenaron el corazón de sufrimiento al saber que la vería sin que lo viera y que era una mujer más de las mujeres que recibieron su amor en silencio. Se escondió como jugando a no dejarse ver, pero la gente lo vio como otras veces y se hizo cómplice de que se enamorara y se casara en cualquier momento y con cualquier mujer.
Gloria lo amó en las palabras de Yolanda y ella lo supo en sus monólogos y soledades llenas de lágrimas. Creo que el alcalde es un hombre raro, decía Yolanda a las demás mientras abonaba la tierra. Por eso hay que tener mucho cuidado, además, nosotras no vinimos a conseguir hombres, vinimos a hacer nuestra propia vida y a recordar a nuestros muertos. Siempre que Yolanda hablaba, el silencio parecía cubrir todo el ámbito. Gloria sintió algo tibio por entre las piernas al recordar las manos de Antonio llenas de vellos brillantes y, con el llanto detenido en las palabras de Yolanda, se lamentó por no haberle dado la mano cuando se vistieron de negro para ir por primera vez a la iglesia; detuvo la herramienta con la que removía la tierra del jardín, miró para el cielo despejado, pidió disculpas y se retiró. Se metió en su habitación que quedaba en la segunda puerta del corredor, junto al patio, pero no lloró como siempre se esperaba; se quedó mirando la pared, adivinó los dibujos que marcaban los pensamientos sobre la blancura, lo vio como la primera vez, sintió entre las manos el calor de sus dedos llenos de vellos largos, brillantes, y se quedó dormida en la fascinación de tenerlo cerca.
Después de muchas disculpas, Antonio estaba frente al cuerpo erguido de Yolanda Weismann. El negocio está listo, le dijo con voz atragantada. Gracias, señor alcalde, contestó ella poniéndose de pie. Creo que es justo que me diga Antonio, interrumpió. Espero su razón lo más pronto posible, dijo ella y caminó hasta el corredor. Él la siguió hasta el final. ¿Oyó usted la música de anoche? Buenas tardes, respondió Yolanda Weismann dando un golpe suave a la puerta. Él caminó repitiendo lo mismo: ¿oyó usted anoche la serenata que le hice tocar, Yolandita? Lo dijo, lo repitió, lo volvió a decir, hasta cuando ni siquiera él mismo pudo escucharse.
Se escondió en la tienda de la esquina, pidió una cerveza y quiso llorar hasta el abandono con la idea fija de las otras mujeres que habían tenido su cariño en el golpe de una puerta o en las explicaciones humillantes. Empezaba a oscurecer cuando Antonio notó que los amigos que lo rodeaban en sus bebetas, por el orgullo de sentarse a la mesa del alcalde, no aparecían, entonces pudo lamentarse libremente, con los ojos del cantinero arqueados en señal de sufrimiento, saltando de pronto de la silla, al escuchar los primeros disparos que subían por la calle buscando sus oídos. Se levantó secándose las lágrimas y retomando su cara de hombre mayor, saliendo a la puerta sin imaginar que allí recibiría los primeros culetazos que le doblaron las piernas y adelantaron las lágrimas que habían quedado en sus ojos, con unos gritos que carecían de significación entre el dolor.
El sargento Peñaranda ordenó que lo llevaran para la escuela donde había improvisado el cuartel, al lado de la casa de los pinos y lo incomunicó desde ese momento, porque ahora mando yo, le decía en la oreja mientras el alcalde se revolcaba en la confusión.
En el salón de clase adaptado para calabozo, el alcalde daba vueltas a sus pensamientos para explicarse lo acaecido. Inventaba la posibilidad de que los militares hubieran dado golpe al país por los acontecimientos que ignoraba en la lucha política, pero al rato decía, no, eso no, y arrancaba con una nueva idea. Este sargento Peñaranda quiere el poder y la alcaldía, siempre los militares quieren mandar. Al momento lamentaba la posibilidad de no saber nada de nada y golpeando la puerta exigía a gritos que le explicaran lo que sucedía. Uno de los agentes que servía de centinela y que conoció al alcalde desde la fila escolar, en la iglesia en misa de ocho, le habló en voz baja por una hendija: este país se putió. Es mejor que esté ahí encerrado que afuera, ahí está más seguro. Iba a preguntar la causa de todo, pero el ruido de nuevas botas llegó cerca; comprendió que cambiaban el guardia y que difícilmente las noticias serían explicadas.
Las Weismann no volvieron a recibir invitaciones ni palabras de matrimonio porque las mujeres perdieron a todos sus hombres, olvidaron la huerta, el cafetal y la alegría para siempre y se escondieron cuando el último familiar era sacado de entre sus brazos y torturado en su presencia.
Gloria supo por los gritos de los policías desde la pared de la comandancia, que Antonio se encontraba preso. En las tardes, se pegaba a la tapia para enterarse de lo que ocurría, pero solamente lograba escuchar hechos horribles que la hacían sollozar. En uno de los tantos momentos, sintió quejar a un hombre detrás de las flores, en el cuartel. Caminó muy despacio con la idea de que Antonio la llamaba en el dolor de la tortura. Agua, por favor, pedía la voz desde muy lejos. A ella se le humedecieron los ojos. Comprendió que realmente era el hombre que necesitaba aunque estuviera condenado a muerte, como lo había escuchado; siguió llorando, secando las lágrimas con claveles rojos, con begonias y pensó como una locura, que alguna madrugada lo sacaría de las manos de los uniformados. Por las noches, cuando sus hermanas, y hasta supuestamente todo el contorno quedaba en silencio, salía en camisola de dormir hasta las flores, hasta la vecindad, hasta el sitio donde les habían puesto el cuartel, con el deseo de verlo, de hablarle, de entregarle su cuerpo limpio entre tierra abonada, entre el pedazo de jardín cultivado para su amor. Oía el lamento de muchas personas dentro de la cárcel, pero no distinguía entre tantos, los gemidos de Antonio. Ya debe estar muerto, pensaba después de concentrarse en cada quejido. Se sentaba sobre una de las banquetas, quitaba de sus oídos los gritos leves que cruzaban las orquídeas y se encontraba en el convento de la fría capital, junto a Yolanda, los primeros años de su niñez. Caminaban por los corredores de un enorme colegio de monjas silenciosas que vigilaban habitaciones, salones, todo, como gatos que no se escuchan, en el campaneo susurrante de las camándulas. Por aquellos años se reflejaban en cada pedacito del cuerpo sobre el piso de su habitación, los insomnios de Yolanda despierta hasta muy tarde, mirando el techo en penumbra tratando de dilucidar el significado de su origen como un enorme anagrama enmarañado de enigmas.
—¿Pasa algo, Yolanda? —preguntaba Gloria.
—Duérmete… tengo derecho a pensar en mí y por ustedes…—respondía sin mirarla. Bien temprano, con la Biblia entre las manos llenas de frío, después del baño solitario, caminaban con el mismo mutismo y nostalgia hasta la capilla donde rezaban sin retirar las frases bíblicas golpeando las paredes.
Ahora lo recordaba, no podía observar su cuerpo desnudo, ni imaginar el cuerpo del cura, la desnudez supuesta pronunciando la misa de espaldas, porque Yolanda Weismann impuso el baño por gemelas: Ángela y Mercedes al comienzo, María Victoria y Sofía después, mientras Clara, la menor, vigilaba que nadie estuviera cerca de las tablas separadas del baño, al principio, porque fue la primera reforma a la casa de los pinos; luego Gloria y Yolanda, con el cuidado de las otras y por último Clara Weismann con los ojos de todas puestos alrededor, por ser la más pequeña y la más bella. Gloria Weismann culpaba al convento de su manera callada, silenciosa. Fue la mejor estudiante de la clase pero nunca llegó a la pizarra a resolver un problema matemático ni a repetir una lección escrita con tiza. Sólo podía entregar sus tareas privadamente a cada monja en las celdas particulares. Cuando Gloria pensó en los calabozos del convento, volvió a la cara de Antonio, volvió a sus manos brillantes, a sus ojos sinceros, a su caminar lento.
Estarás en un calabozo, con las manos juntas, con la piel húmeda, Antonio mío, estarás triste, pensarás en mí, pero yo, en este convento de flores, solamente puedo añorarte como a ningún hombre, te lo juro Antonio, jamás me había ocurrido desde el domingo cuando las saludaste a todas y yo corrí como una loca a esconderme de tu mirada. Te quiero. Estarás frío, con hambre, con tiritiadera en las mandíbulas, con ganas de un té caliente, con ganas de Gloria Weismann.
Se le humedecían los ojos, corría el dorso de las manos por las mejillas.
¿Por qué estás entre esas paredes si tú eres bueno como las flores? ¿por qué, Antonio?
Lloraba calladamente para que nadie la escuchara. Se decía muchas veces ¿por qué? en espera de una respuesta lejana como su propia angustia. Amanecía en la lágrimas de Gloria Weismann, en las lágrimas de los condenados a muerte, en los ojos con miedo de todos en sus habitaciones, en sus camas, porque se supo que las órdenes eran precisas, sacar a determinadas personas de sus casas, de los brazos de sus hijos, de sus mujeres. Gloria comprendió desde entonces, que los hombres valían por su cobardía, valían porque se lanzaban a los cafetales, a los caminos, porque huían con sus familias para seguir respirando. Lo que jamás pudo entender fue el sentido de la muerte, como tampoco por qué se había enamorado de Antonio. Las flores soltaban sudor y humedad en la aurora, en los primeros lamentos de la gente. Gloria Weismann se metía en la habitación, cerraba los ojos y se quedaba dormida repitiendo: ¿por qué Antonio?, ¿por qué?, mientras Peñaranda golpeaba la boca del alcalde tratando de sacar los nombres de quienes respaldaban el anterior gobierno, acusándolo de los primeros agentes policivos acuñados a la orilla de la carretera, con impactos de pólvora en la espalda. Antonio lloraba de terror escupiendo sangre, rogando, ¡no me maten que no sé nada! y repitiendo los apellidos de sus amigos.
Hasta sus cuarenta años conservados en la dignidad de la viudez aparente, doña Lucy nunca permitió que hombre alguno le propusiera nada. Ramoncito, que había crecido en la agonía del silencio y en las soledades prolongadas en cada recuerdo malogrado, soñó entre la fiebre que las Weismann estaban curando heridos en la guerra y que Yolanda era coronada como reina después de cada batalla. Doña Lucy lo escuchó todo, pues el muchacho hablaba dormido y, al día siguiente, fue como loca hasta la casa de los pinos y se lo contó todo a las señoritas, arrastrando al muchacho asustado.
Ellas miraron los diecisiete años de Ramoncito y él se sintió apenado como si hubiera cometido el mayor pecado de su vida. Desde entonces habló menos con ellas aunque el sueño de las batallas le persiguió por muchas noches. Doña Lucy, al verlas tan preocupadas cada vez que les contaba un nuevo desdoblamiento de su hijo, evitó seguir con el tema al aumentar la belleza de las coronas, el color del traje y los dones que les ofrecían los soldados de altas graduaciones y que su hijo explicaba en los sueños. Aunque Ramoncito siguió ayudando en el jardín, hablaba poco, apenas lo necesario.
Yolanda, después de un tiempo, evitó que Ramoncito fuera al patio a pesar de que Clara le había regalado un pedazo del suyo. Sí, se lo dijo, la tarde cuando desbraguetado le mostró la piel cubierta de pelo canoso en sus intimidades. Lo miró mucho para no equivocarse, comprobó que era cierto, que su pubis estaba lleno de pelo blanco y por eso jamás lo volvió a llamar Ramoncito sino niño Ramón y luego joven Ramón y por último no volvió a dirigirle la palabra. Clara, en cambio, le enseñó a leer, le habló de la Biblia, de la naturaleza y hasta de las mujeres. Ramoncito, aunque dejó de lado su timidez, le agradaba pasar las tardes en el jardín, y empezó a cultivar sus dos metros y hasta iba por las noches, burlando la vigilancia de los policías en las calles, para ver cómo crecían los botones de las rosas.
Una noche cuando los muertos aumentaron entre el río, entre las llamas de los campos, Ramoncito decidió visitar una planta que había sembrado semanas antes. Pasó deslizado por las paredes del parque, caminado a ratos, corriendo otros, hasta detener la respiración al ver la patrulla borracha tumbando puertas y sacando vecinos. Los miró con el odio que le tuvo a su mudez y la rabia que sintió siempre por su padre. Vio cuando las mujeres lloraban pegadas a los pantalones de dril, cuando los hijos con las figuras detenidas en sus ojos, parados en el quicio de la puerta no decían nada y cuando se escuchaba como un chasquido sobre la carne, golpes de muerte en las hojas heladas de las bayonetas. Cuando la volqueta cargada de silencio en las bocas amoratadas se perdió en una curva hacía el río, avanzó hasta la casa de los pinos, entró al jardín a mirar la planta, pero entendió que ya era un hombre y que cualquier día quedaría como el que acababa de ver sacar por la puerta astillada a golpe de culata. El color oscuro de la madrugada no dejó que los rostros se definieran en su pupila, pero las palabras insultantes las escuchó nítidamente como los primeros golpes que, recibidos de su padre, le habían hecho salpicar ira en las lágrimas. Las mangas altas y entubadas de los pantalones confirmaron la tirantez del cuerpo y el aumento de su estatura. Sí, ya tengo edad para que me maten, se dijo sentado junto al rosal. Observó la pared de la comandancia y nítidamente escuchó los quejidos de una mujer.
Los hombres abrían los sobres que de manos amigas llegaban por los solares o por debajo de la puertas o en los cuadernos de los muchachos cuando iban a la escuela. Las boletas decían:
Por los datos recibidos, estamos en la lista de Peñaranda, por eso lo prevengo, tengo un amigo sargento del grupo de ellos que ha sacado del pueblo a otros vecinos y podría hacerlo con usted. Avíseme lo más pronto posible, no hay tiempo que perder, todos sabemos cómo es Peñaranda y cómo el pedazo de tierra que a usted le pertenece lo necesita para determinadas personas.
Abajo de la nota, la inconfundible firma clandestina. Los hombres arrugaban con ira el papel y se mordían los dedos en un hábito que fueron tomando desde los días de la espera o desde los días de la muerte. Observaban a sus mujeres, a sus hijos, y maldecían la suerte de haber nacido en un país así.
Las mujeres luego de saber la noticia miraban con temor a los niños y no decían nada, bastante habían dicho en cada uno de sus muertos. Alistaban los baúles, la plancha, los platos envueltos en papel periódico, quedando al final un montón de cajones y un arrume de muebles. Cuando todo estaba preparado, los niños entendían que debían marcharse como los otros que no regresaron a la escuela. No se atrevían a preguntar qué era lo que pasaba porque los mayorcitos les comentaban la situación y porque todo el pueblo sabía lo que estaba ocurriendo en las noches y todo lo que estaba pasando no sólo allí sino en muchos sitios del país. Sabían también que la ayuda de ellos llevando las boletas o entregando las razones era de suma importancia para que derrotaran al sargento o para que la vida de los grandes estuviera por más tiempo. Crecieron así desde entonces y sintieron la misma ira de lo mayores cuando se perdían por la carretera llena de polvo que dejaba atrás sus recuerdos y sus paisajes. Sabían contestar a los militares cada vez que los paraban saliendo de la escuela, sabían mentir y hacer sonrisas hipócritas a los dragoneantes, a los cabos y a los policías. Sabían que nada los detendría porque en la lista estaba el nombre de sus padres y que encontrarían otro lugar menos violento donde nada les pertenecería y donde la vida llena de penalidades les perseguiría como una sombra armada de puñal y veneno.
Los hombres se encaletaban los revólveres viejos que les mandaban, cargaban un camión y luego se marchaban por los cafetales mientras el sargento amigo acompañaba el vehículo con las mujeres y los niños hasta el retén, en las afueras del pueblo. Salían de noche porque sabían que Peñaranda estaba ocupado en las haciendas cercanas exigiendo el salvoconducto en las casas donde los hombres ya huían, y él aprovechaba para enamorar a las mujeres abandonadas y a las hijas mayorcitas que temblaban de miedo en los rincones de las habitaciones.

Las Weismann no volvieron a recibir invitaciones ni palabras de matrimonio porque los hombres se escaparon por los solares al escuchar las botas de Peñaranda o se escondieron en su propio temor con la esperanza de vivir y de no ser señalados por los amigos del cuartel. Atravesaban el parque sin importarles los ojos de los militares que comentaban con cuál de ellas les gustaría pasar un rato a las buenas o a las malas; entraban a la iglesia a poner las flores en los jarrones del altar y a oír los sermones del cura Naranjo que manoteaba desde el púlpito mientras bajaba los ojos hasta las enaguas de Clara Weismann, asomadas por debajo de la falda. La gente no volvió a misa de once los domingos por temor a la muerte, a caer como muchos al salir del confesionario, y la iglesia se fue quedando sola, con las flores que las Weismann dejaban en los jarrones pulidos todos los días. Gloria escogía los mejores geranios para el santo de los ojos verdes como los de Antonio y que le resistía la mirada por muchas horas, preguntándole con palabras calladas, ¿dónde te encuentras Antonio, dónde estás, qué te han hecho?, dejando escapar unas lágrimas.
Quienes habían perdido el poder enviaban las armas desde los conciliábulos políticos con arengas de defensa a la patria, desde las manos de los dueños de la tierra y que repartían a los asustadizos hombres en la clandestinidad con boletas exaltando el coraje y el valor a la vida. Los niños, que se volvieron adultos demasiado temprano, empuñaban la ira y ya no volteaban la mirada ante los cadáveres colgando como bultos sobre la volqueta de la alcaldía.
El chasquido de las botas de Peñaranda que hacía llorar a los niños al escucharlas, se confundió con las armas de quienes creyeron en las palabras enlutadas que los destronados enviaban agrandando la muerte en los cuerpos de los otros hombres que huían a la humillación buscando la vida. Los uniformados eran un soporte a las aclamaciones políticas, deslizadas como serpientes por los radios de tubos enormes.
El humo cubrió todo el lugar, cubrió las manos temblorosas de las mujeres, cubrió los ojos de los hombres en espera de la terminación de la vida, cubrió las organizaciones secretas, las casas, los solares, las señales, las claves y cubrió al sargento Peñaranda para que se llevara la respiración pegada a sus fusiles.
Ramoncito encontró a Gloria Weismann sollozando y diciendo: ¿Por qué Antonio? ¿Por qué? Le acercó su cuerpo joven sintiendo el aire tibio de su respiración mientras ella lo miraba entre el agua de sus lágrimas.
—¿Qué hace usted por aquí, Ramoncito? —preguntó asustada.
—Visitando mis flores, señorita Gloria Weismann. Pero no se preocupe, puede usted seguir llorando, ya me voy.
—Yo también Ramoncito, que tenga buena noche —dijo. Terminó las palabras en el mismo momento en que sonaron unos disparos lejanos; el eco viajó con rapidez hasta sus respiraciones agitadas. Ramoncito pensó en Lucy, en su padre, en el sargento Peñaranda, en Yolanda Weismann, en Gloria Weismann que lo miraba asustada en los ojos.
—¡Otro muerto, Dios mío! —dijo Gloria Weismann. Las botas sonaron muy cerca al jardín. Las voces de los militares nombraron a Ramoncito.
—¿Te quieren matar, Ramoncito?
—Sí, lo supe esta misma noche cuando se dieron cuenta que mis ojos delatarían sus crímenes.
Lo tomó de la mano y apresuradamente lo llevó hasta su cuarto. Cerró la puerta con doble seguridad, con una tranca de madera gruesa y se sentó en la cama, en silencio. Amanecía. Escuchó las órdenes de Yolanda que caminaba por el patio golpeando en las puertas.
—¡Bueno, a trabajar, hay mucho que hacer! —decía.
Gloria resguardó a Ramoncito debajo de la cama mientras salía a responderle.
—¿Sigues desvelada, Gloria? —le preguntó muy cerca.
—No, Yolanda.
La mañana pasó entre gritos, carreras en todas las calles, llantos, suspiros, botas. El sargento Peñaranda golpeó tres veces la puerta y acomodándose la chaqueta, la pistola y el pelo, preparó las palabras.
—Señorita Weismann, necesitamos a Ramón. Su mamá acaba de fallecer —dijo con voz seca, de muerte.
—Nosotras no sabemos ni tenemos por qué saber sobre personas extrañas a nuestra familia, perdone usted —respondió Yolanda Weismann cerrando la puerta. Gloria no dijo nada. Llevó varias veces la leche y las galletas de sus meriendas a Ramoncito y esperó la noche con el corazón partido, con el alma en los dedos, con los nervios en las espinas de su jardín; esperó la oscuridad calladamente, sin palabras. Ramoncito había organizado una clave para saber el acercamiento, con el cuerpo entero recostado en la cama blanda de Gloria. Sintió el aroma a flores, el olor a ella, y por primera vez se dio cuenta que los hombres tienen el alma en medio de las piernas cuando desean una mujer. Miró la pared blanca, figuras visibles, rostros de hombres, cuerpos de personas marcadas con las uñas, labios perfilados sobre las caras. Gloria lo encontró semidesnudo caminando por todo el cuarto, para distraer el pensamiento; lo miró, los pantalones desbraguetados y, simulando todo contacto con la realidad, dejó sobre la mesa un vaso lleno de leche y unas frutas descascaradas. Entendió el significado de sus caminatas y, al anochecer, lo llevó de la mano hasta el inodoro, que tenía flores por todos lados; lo acompañó para que nadie se enterará, después, lo cogió otra vez del brazo como lo hacía doña Lucy y lo condujo hasta el cuarto, hasta la vaporocidad de su cama. El sentía que el corazón se le agrandaba y achicaba en cada momento. Gloria Weismann estaba temblorosa, sudando.
—Tengo que irme señorita —dijo Ramoncito.
—He oído que van a matarte y no quiero ser la responsable de tu muerte pudiéndote guardar aquí, sin peligro, hasta cuando todo se calme.
El ruido muerte de la volqueta del municipio con sus cargamentos hacia el río, las palabras de los militares que sobrecogían y hacían llorar las flores fue el arrullo de Ramoncito y Gloria Weismann. Ella se había acercado a recordarle los días cuando empezó a hablar y él se sintió humillado, impotente. En la oscuridad se tocaron con los dedos.
—¿Son estos tus ojos? —preguntaba Gloria Weismann.
—Sí, son mis ojos —contestaba Ramoncito. Y luego otro silencio, otra caricia a los ojos.
—¿Eres capaz de encontrar los míos?
—Si señorita, soy capaz de encontrar sus ojos y su boca y su nariz y hasta sus orejas.
El juego se prolongó toda la noche hasta cuando quedaron desnudos, entregados a las palabras.
—¿Son estos tus pies, Ramoncito? —decía Gloria—. Amor mío, no te vayas nunca de mi lado, de mis noches, de mis flores, Ramoncito mío, no te dejaré ir nunca, nunca, repetía las palabras en el dolor inicial, abrazándolo íntegramente. No, mi Ramoncito, sí mi Ramoncito, como tú quieras mi Ramoncito, sólo yo, y gemía en la nostalgia del placer, en el arrullo del llanto de quienes morían esa noche en el cuartel y en el río.
Él se vistió sin empezar el amanecer. Gloria Weismann se quedó desnuda, con las manos en lo alto, en medio del jardín cuando atravesó el patio en una sola carrera.



El Jardín de las Weismann
(Versión en francés)
*Traducción de Jacques Gilad


Les Weismann, leurs chevelures recouvertes par des châles brodés, leurs différences d'âge marquées par la couleur des robes, leurs coeurs battant à l'unisson comme si elles respiraient le même air et vivaient le même instant, traversèrent le parc sans un salut pour personne. Dans le meilleur hôtel, que quelqu'un leur avait indiqué à leur arrivée, elles firent déposer leurs bagages, les caisses de bois où elles transportaient une automobile démontée, et elles se baignèrent deux par deux selon un tour de rôle qui leur permettait de surveiller les alentours.
Les gens se pressèrent pour les voir passer, les femmes avec la crainte de perdre leurs maris dans les beaux visages des Weismann, dans la coupe de leurs robes imprimées et dans le parfum de fleurs qu'elles exhalaient, les hommes avec l'envie de voir l'automobile sur ses quatre roues et les Weismann sur leurs espadrilles à la douce démarche, évoluant dans le cliquetis d'une musique inconnue.
Personne n'osa demander d'où elles étaient ni ce qu'elles venaient faire parce qu'on avait remarqué d'emblée leur démarche étrangère, leurs monosyllabes immuables et leurs visages privés de sourire. Elles achetèrent une maison éloignée du parc et de l'église, précédée d'un jardinet que cernaient des briques uniformément ajourées, et de leurs douces mains gantées de plastique elles semèrent des graines de toutes les tailles et de tous les noms, tout en remuant la terre de la cour du fond. Les dahlias, les oeillets, les fleurs de lis, les chrysanthèmes et les roses poussèrent comme l'orgueil des Weismann dès l'instant où elles posèrent leurs talons carrés et leurs yeux bleus sur ce coin jamais imaginé dans leurs rêves d'adolescence.
Les hommes décidèrent de faire leur conquête avec pour seul résultat un nous ne voulons rien savoir de personne et la porte refermée sur leur souffle figé à l'entrée de la maison des sapins. Ceux qui leur offrirent demeures et terres se sentirent humiliés dans leurs propriétés, dans les sabots de leur bétail, dans l'eau de leurs rivières, et les femmes leur en voulurent autant qu'au premier jour et jurèrent, sans s'être mises d'accord, de se venger à tout prix.
Antonio sentit son coeur bondir en apprenant par la petite bouche d'un enfant porteur de message qu'on le réclamait d'urgence à la maison des sapins. Il rectifia sa coiffure en se regardant dans le petit miroir qu'il portait depuis toujours dissimulé dans sa poche, et il dit de mettre de l'ordre dans son cabinet privé, avec l'espoir de voir l'une d'elles devant son bureau de premier magistrat. En finissant d'arranger ses cheveux gominés, il comprit qu'il représentait l'autorité suprême, qu'il était l'homme le plus important, et il gagna la rue en regardant dans tous les sens à la fois. Je vais à la maison des sapins, voulut-il dire à ses amis qui venaient jusqu'à la porte de la mairie. Il remarqua qu'ils ne l'avaient pas salué et que, poursuivant leur marche sur le trottoir, ils hâtèrent le pas jusqu'à disparaître à l'angle du parc. Il n'eut pas le temps d'analyser l'attitude de ses amis et, prenant le chemin de la maison des sapins, il imagina son amour pour Yolanda Weismann, les caresses qu'il lui prodiguerait et leur mariage avec feu d'artifice et fanfare. L'air avait la tiédeur de onze heures du matin et les enfants observaient toujours l'animal velu qui, se déplaçant lentement dans les branches, passait d'une branche à l'autre; avec l'impression d'être partie prenante dans cette gaîté, puiqu'il avait acheté le singe de ses propres deniers pour exiler les enfants de la porte des bistrots où les ivrognes inventaient des grossièretés, il traversa la rue en soulevant de petits nuages de poussière.
C'est dans le salon, sur un tapis au coloris délicat, que Yolanda reçut le maire. Elle se tenait debout, devant un tableau qui représentait le Sacré Coeur de Jésus. Elle dit bonjour tandis que le maire lui tendait ses mains couvertes de duvets brillants; je suis Antonio, dit-il en recevant dans la sienne la main de Yolanda, une main douce, sans bagues. Elle lui demanda quels étaient les grands propriétaires et il écrivit quatre noms sur une feuille arrachée à son calepin. Elle dit merci et tendit à nouveau sa main. A votre service, mademoiselle, répondit le maire et il garda dans sa bouche l'au revoir, le merci beaucoup, le à bientôt, sur la porte aux sapins qui bordaient l'allée.
Doña Lucy, la seule amie acceptée dans la maison des sapins au cours des premières années, trottinait dans les couloirs, traînant par la main son fils Ramon, comme s'il se fût agi d'une autre partie de son corps. Elle entra avec le plateau chargé de verres dans l'attente de la nouvelle, mais Yolanda garda le silence, regardant les autres d'une façon qu'elles seules comprenaient. Elle observa Gloria, sa jumelle, elle convoqua ses vingt-cinq ans de vie et, pénétrant l'avidité de son regard, elle comprit qu'elle s'était éprise du maire sous l'effet des quelques mots qu'elle avait écoutés à travers les rideaux. Elle pensa que ce n'était pas la première fois et que, dans leur demi-siècle combiné, elle s'était toujours éprise des hommes que l'une des soeurs mentionnait dans la quotidienneté de la vie. Elle oubliera, dit-elle en silence, elle oubliera, et elle congédia aussitôt doña Lucy.
Le dimanche, les Weismann s'habillèrent de noir, à la mode d'une autre époque et à la taille de leurs ancêtres, et elles foulèrent le parc devant la stupéfaction de ceux qui étaient sortis dans la rue pour les regarder. Elles marchèrent d'un même pas, Yolanda ouvrant et Clara fermant la marche. Quand Antonio vint à leur rencontre, Gloria frémit en faisant faire demi-tour à son corps pour regagner la maison avec l'excuse du foulard oublié. Elle courut jusqu'à sa chambre, claquant la porte qu'elle ferma à double tour, et c'est alors qu'elle commença à l'inventer avec ses doigts sur l'enduit du mur. Elle le dessinait en marchant au-dessus des fleurs, elle le traçait en baisant ses livres et s'allongeait enfin sur son lit en imaginant son corps dénudé. Il tendit la main à chacune d'entre elles, il dit son prénom à chacune en comptant entendre les leurs, mais toutes répondirent mademoiselle Weismann, sans plus. Pendant la messe, elles restèrent agenouillées sur les prie-Dieu qu'elle avaient achetés, leurs visages presque collés aux prénoms qui y étaient gravés, égrenant leurs chapelets de nacre et murmurant des prières. Dans chaque prénom minutieusement gravé se trouvait l'histoire de leurs ancêtres, les premières Weismann qui avaient affronté la réalité de la détresse dans chaque parole ou chaque acte de la vie. Antonio l'attendit à un coin de rue, jusu'au moment où les cloches emplirent son coeur de souffrance à l'idée qu'il la verrait sans qu'elle le voie et que cette femme s'ajoutait à celles qui avaient accepté son amour en silence. Il se dissimula, comme s'il avait joué à ne pas se laisser voir, mais les gens le virent comme ils l'avaient vu d'autres fois et ils entrèrent dans le jeu de ses amours, pensant qu'il se marierait un beau jour avec la première venue.
Gloria l'aima dans les paroles de Yolanda et elle le sut dans ses monologues et ses solitudes pleines de larmes. Il me semble que le maire est quelqu'un de bizarre , disait Yolanda aux autres tout en fumant la terre. Aussi faut-il nous méfier, et puis nous ne sommes pas venues pour trouver des hommes, nous sommes venues pour vivre notre vie et cultiver le souvenir de notre famille. Chaque fois que Yolanda parlait, le silence semblait recouvrir tout leur espace. Gloria sentit quelque chose de tiède entre ses cuisses en se rappelant les mains d'Antonio recouvertes de duvets brillants et, ses larmes retenues par les paroles de Yolanda, elle regretta de ne pas lui avoir tendu la main quand, habillées de noir, elle allaient à l'église pour la première fois, elle figea l'outil avec lequel elle retournait la terre du jardin, elle regarda le ciel pur et se retira en s'excusant. Elle gagna sa chambre qui était la deuxième du couloir en partant du jardin du fond, mais elle ne pleura pas, contrairement à ce qu'elle prévoyait; elle resta là à contempler le mur, elle devina les dessins que ses pensées traçaient sur la surface blanche, elle le vit comme la première fois, elle sentit entre ses mains la chaleur de ses doigts couverts de duvets longs et brillants et elle s'endormit dans l'obsession qu'il était près d'elle.
Après bien des excuses, Antonio se retrouvait face au corps dressé de Yolanda. L'affaire est prête, lui dit-il d'une voix étranglée. Merci, répondit-elle en se levant. Je crois qu'il est juste que vous m'appeliez Antonio, l'interrompit-il. J'attends de vos nouvelles dès que possible, dit-elle et elle alla vers le couloir. Il la suivit jusqu'au bout. Vous avez entendu la musique, la nuit dernière? Bonsoir, répondit Yolanda Weismann en claquant legèrement la porte. Il s'éloigna en répétant: avez-vous entendu la sérénade que je vous ai fait donner, Yolandita? Il le dit, le répéta, encore et encore, jusqu'au moment où il ne s'entendit plus lui-même.
Il se réfugia au bistrot du coin de la rue, demanda une bière et voulut pleurer toutes les larmes de son corps en pensant obstinément aux autres femmes qui avaient réduit son amour à un claquement de porte ou à d'humiliantes explications. La nuit commençait à tomber quand Antonio remarqua que les amis qui l'entouraient dans ses beuveries, pour l'orgueil de partager la table du maire, ne se montraient pas et alors il put se laisser aller au désespoir, sous le regard que le mastroquet écarquillait, en signe de peine, et il se leva d'un bond en entendant les premiers coups de fusil qui remontaient la rue en quête de ses oreilles. Il se releva en séchant ses larmes et en reprenant une mine d'adulte et il alla sur le pas de la porte sans imaginer qu'il allait y recevoir le premiers coups de crosse qui le mirent à genoux et firent jaillir les larmes qui étaient restées dans ses yeux, au milieu de cris que sa douleur vidait de toute signification.
Le sergent Peñaranda donna l'ordre de le conduire à l'école qu'il avait transformée en caserne improvisée, à côté de la maison des sapins, et il le mit aussitôt au secret, parce que maintenant c'est moi qui commande, lui disait-il à l'oreille tandis que le maire se tordait de désarroi.
Dans la salle de classe aménagée en prison, le maire tournait et retournait ses pensées pour s'expliquer ce qui venait de se passer. Il inventait l'éventualité que les militaires aient fait un coup d'Etat pour des raisons politiques qu'il ignorait, mais il se disait bientôt, non, ce n'est pas ça, et il partait sur une nouvelle idée. Puis il regrettait de n'être au courant de rien du tout et, en cognant sur la porte, il exigeait à grands cris qu'on lui explique les choses. Un des agents, qui montait la garde et qui avait connu le maire depuis le banc des écoliers, à l'église, à chaque messe de huit heures, lui parla à voix basse par une fente: Ce pays est foutu. Pour vous, il vaut mieux être enfermé là que dehors, vous y êtes plus en sécurité. Il allait demander d'où c'était parti, mais un nouveau bruit de bottes s'approcha, il comprit qu'on relevait le garde et qu'il aurait du mal à obtenir une explication.
Les Weismann ne reçurent plus d'invitations ni d'offres de mariage parce que les femmes avaient perdu tous leurs hommes, oubliant pour toujours le potager, la caféière et la joie de vivre, se cachant quand le dernier mâle de la famille était arraché de leurs bras et torturé en leur présence.
Par les cris des policiers derrière les murs du poste de commandement, Gloria sut qu'on avait arrêté Antonio. L'après-midi, elle se tenait contre le mur afin de savoir ce qui se passait, mais elle arrivait seulement à entendre des choses horribles qui la faisaient sangloter. Au cours de l'un de ces moments, elle perçut les plaintes d'un homme, derrière les fleurs, dans la caserne. De l'eau, par pitié, disait la voix lointaine. Les yeux de Gloria se mouillèrent. Elle comprit que c'était vraiment l'homme qu'il lui fallait, même s'il était condamné à mort, comme elle l'avait entendu dire; elle continua à pleurer, séchant ses larmes avec des oeillets rouges et des bégonias et elle pensa, comme une folie, qu'un beau matin elle le sortirait des mains des policiers. La nuit, lorsque sa soeur, ses cousines et même en principe tous les alentours reposaient, elle sortait en chemise et allait vers les fleurs, vers le voisinage, vers l'endroit où on leur avait installé la caserne, avec le désir de le voir, de lui parler, de lui abandonner sur la terre fumée son corps lavé, dans le bout de jardin cultivé pour son amour. Elle entendait de multiples gémissements dans la prison, mais il y en tant qu'elle ne distinguait pas ceux d'Antonio. Il doit être mort, pensait-elle aussitôt, après avoir fixé son attention sur chaque gémissement. Elle s'asseyait sur un des bancs, elle chassait de ses oreilles les cris étouffés qui traversaient les orchidées et elle se retrouvait au couvent, aux côtés de Yolanda, dans les premières années de leur enfance. Elles parcouraient les couloirs d'un immense collège de nonnes silencieuses qui surveillaient dortoirs et salles, tout, comme des chats qu'on n'entend pas venir, dans le cliquetis chuintant de leurs chapelets. En ces années-là, elle voyait, reflétées sur chaque partie de son corps, sur le carrelage du sol, les insomnies de Yolanda, qui restait éveillée jusqu'à des heures très tardives, regardant le plafond obscur et cherchant à élucider le sens de leur origine comme un énorme anagramme tout embrouillé d'énigmes. - Tu as quelque chose, Yolanda? - demandait Gloria. - Dors.... j'ai le droit de me soucier de moi et de vous toutes... répondait-elle sans la regarder. De très bonne heure, la bible dans leurs mains engourdies de froid, après le bain solitaire, elles marchaient dans le même mutisme et la même nostalgie jusqu'à la petite chapelle où elles récitaient sans répit les phrases bibliques qui se cognaient aux murs. Elle s'en souvenait maintenant: elle ne pouvait observer son corps sans voile, ni imaginer le corps du curé, la nudité supposée qui disait la messe, de dos, parce que Yolanda avait imposé le bain par jumelles: Angela et Mercedes pour commencer, puis Victoria et Sofia, tandis que Clara, la plus jeune, vérifiait que personne ne se tienne près des planches disjointes de la salle d'eau, au début, parce que ce fut le premier aménagement apporté à la maison; puis Gloria et Yolanda, protégées par les premières, et enfin Clara avec les yeux de toutes les autres surveillant les alentours, parce qu'elle était la plus petite et la plus belle. Gloria accusait le couvent d'être la cause de sa manière d'être, discrète et silencieuse. Elle avait été la meilleure élève de sa classe, mais elle n'était jamais passée au tableau pour résoudre un problème de mathématiques ni pour réciter une leçon écrite à la craie. Elle pouvait seulement remettre ses devoirs en privé à chacune des nonnes, dans leurs cellules particulières. Quand Gloria pensa aux cellules du couvent, elle revint au visage d'Antonio, elle revint à ses mains brillantes, à ses yeux sincères, à sa démarche lente.
Tu es dans une cellule, les mains jointes, la peau humide, mon Antonio, tu dois être triste, tu dois penser à moi, mais moi, dans ce couvent de fleurs, je peux seulement te regretter comme je n'ai pensé à aucun homme, je te le jure, Antonio, jamais ça ne m'était arrivé, depuis le dimanche où tu les as toutes saluées et où j'ai couru comme une folle pour échapper à ton regard. Je t'aime. Tu dois être glacé, affamé, tu dois claquer des dents, tu dois avoir envie d'un thé chaud, envie de Gloria Weismann.
Ses yeux se mouillaient, elle passait le revers de ses mains sur ses joues.
Pourquoi es-tu entre ces murs, alors que tu es doux comme les fleurs? Pourquoi, Antonio?
Elle pleurait en silence pour que personne ne l'entende. Elle se demandait souvent pourquoi, dans l'attente d'une réponse aussi lointaine que sa propre angoisse. Le jour se levait sur les larmes de Gloria, sur les larmes des condamnés à mort, sur les yeux apeurés des gens dans leurs chambres, dans leurs lits, parce qu'on avait appris que les ordres étaient formels, de tirer certains individus de chez eux, de les arracher aux bras de leurs enfants, de leurs femmes. Gloria comprit dès lors que les hommes ne valaient que par leur peur, que parce qu'ils se jetaient dans les caféières, sur les chemins, que parce qu'ils installaient leurs familles pour un autre répit. Ce qu'elle ne put jamais comprendre, c'était la signification de la mort, de même que la raison pour laquelle elle s'était éprise d'Antonio. Les fleurs exhalaient sueur et humidité dans l'aurore, dans les premiers gémissements des gens. Gloria s'enfermait dans sa chambre, baissait les paupières et s'endormait en répétant: Pourquoi, Antonio? Pourquoi?, tandis que Peñaranda frappait la bouche du maire pour essayer d'en obtenir les noms de ceux qui soutenaient l'ancien gouvernement, lui faisant porter le poids des premiers policiers cloués au fossé de la route, avec des traces de poudre dans le dos. Antonio pleurait de terreur en crachant son sang, en suppliant, ne me tuez pas, je ne sais rien! et en répétant les noms de ses amis.
Jusqu'à ses quarante ans conservés dans la dignité d'un veuvage apparent, doña Lucy n'avait jamais permis qu'un homme lui fasse la moindre proposition. Ramoncito, qui avait grandi dans l'agonie du silence et dans des solitudes que prolongeait chaque souvenir brisé, rêva par une nuit de fièvre que les Weismann soignaient des blessés de guerre et que Yolanda était couronnée reine à l'issue de chaque bataille. Doña Lucy entendit tout parce que le garçon parlait en dormant et elle se rendit le lendemain à la maison des sapins pour tout raconter aux demoiselles.
Elles regardèrent les dix-sept ans de Ramoncito et il se sentit gêné comme s'il avait commis le plus grand péché de sa vie. Dès lors, il leur parla moins, bien que le rêve des batailles le poursuivît encore pendant des nuits et des nuits.Les voyant si soucieuses chaque fois qu'elle leur rapportait un nouveau dédoublement de son fils, doña Lucy évita de leur en reparler tandis qu'augmentaient la beauté des couronnes, la couleur des robes et les cadeaux que leur proposaient les militaires de haut rang et que Ramoncito détaillait dans ses rêves. Bien qu'il continuât à aider aux travaux de jardinage, Ramoncito parlait peu, tout juste pour l'indispensable.
Au bout de quelque temps, Yolanda fit en sorte que Ramoncito n'aille plus dans le jardin du fond, bien que Clara lui eût cédé un bout de ce qu'elle cultivait. Oui, lui dit-elle, depuis le soir où, déboutonné, il lui avait laissé voir sa peau couverte de poils grisonnants sur ses parties intimes. Elle l'avait regardé longuement pour ne pas se tromper, elle avait bien vérifié que c'était ainsi, que son pubis était couvert de poils blancs, et c'est pourquoi elle ne l'avait plus jamais appelé Ramoncito, mais "jeune Ramon", puis "grand Ramon", et finalement elle ne lui adressa plus la parole. Clara, par contre, lui apprit à lire, lui parla de la bible, de la nature et même des femmes. Bien qu'il se fût débarrassé de sa timidité, Ramoncito aimait passer ses après-midi dans le jardin, et il se mit à travailler le bout qu'on lui avait cédé et il y allait même la nuit, trompant la surveillance policière dans les rues, pour voir éclore les boutons de rose.
Une nuit, à une époque où le nombre des morts augmenta dans les eaux de la rivière et dans les brasiers de la campagne, Ramoncito décida de rendre visite à une plante qu'il avait semée quelques semaines plus tôt. Il se glissa le long des murets du parc, tantôt en marchant et tantôt en courant, jusqu'au moment où il retint son souffle à la vue de la patrouille ivre qui enfonçait des portes et enlevait des gens. Il regarda avec la haine qu'il avait éprouvée pour sa propre mutité et la rancune qu'il avait toujours vouée à son père. Il vit les femmes pleurer accrochées aux pantalons de coutil, les enfants qui figeaient les silhouettes dans leur regard, immobiles dans l'encadrement de la porte, et le moment où retentissait le choc sur les chairs, les coups mortels au tranchant glacé des baïonnettes. Quand le camion-benne chargé du silence des bouches tuméfiées se perdit dans un tournant en direction de la rivière, il poursuivit jusqu'à la maison des sapins, il entra dans le jardin pour regarder la plante, mais il comprit qu'il était désormais un homme et qu'un beau jour il se retrouverait comme celui qu'il venait de voir entraîné par la porte défoncée à coups de crosse. La couleur obscure du petit matin avait empêché les visages de se dessiner dans ses pupilles, mais il avait entendu les insultes avec la netteté des premiers coups donnés par son père, qui lui avait fait épancher sa rage à travers ses larmes. Les jambes de son pantalon, remontées et serrées, confirmèrent la vigueur de son corps et l'accroissement de sa taille. Oui, j'ai l'âge de me faire tuer, se dit-il, assis à côté du rosier. Il observa le mur de la caserne et il entendit nettement les plaintes d'une femme.
Les hommes ouvraient les enveloppes que des mains amies faisaient parvenir par-dessus les murs des jardins, ou glissaient sous les portes, ou dans les cahiers des enfants qui fréquentaient l'école. Les billets disaient: D'après nos renseignements, nous sommes sur la liste de Peñaranda, alors je vous en avertis, j'ai un ami qui est brigadier et qui est leur ami; il a fait échapper plusieurs personnes et il pourrait en faire autant pour vous. Prévenez-moi dès que possible, il n'y a pas de temps à perdre, nous savons tous ce qu'est Peñaranda et quel besoin il a de votre lopin de terre pour en faire bénéficier tel ou tel. Au bas du billet, la signature clandestine, reconnaissable entre toutes. Les hommes froissaient le papier avec colère et se mordaient les doigts selon une habitude prise depuis les jours d'angoisse ou depuis les jours de mort. Ils observaient leurs femmes , leurs enfants, et ils maudissaient leur malheur d'être nés dans un pareil pays.
Une fois la nouvelle connue, les femmes regardaient craintivement leurs enfants et elles ne disaient rien: elles en avaient assez dit pour chacun de leurs morts. Elles préparaient les malles, le fer à repasser, les assiettes enveloppées de papier de journal, jusqu'à obtenir un tas de caisses et une montagne de toile imprimée. Quand tout était prêt, les enfants comprenaient qu'il leur fallait partir comme ceux qui n'étaient plus retournés à l'école. Ils n'osaient pas demander ce qui se passait parce que leurs grands frères leur parlaient de la situation et parce que tout le village savait les choses qui se produisaient de nuit et les événements non seulement sur place mais aussi en bien des points du pays. Ils savaient aussi que l'aide qu'ils apportaient, en passant les billets ou en transportant les messages, aurait un grand rôle à jouer pour venir à bout du brigadier ou pour conserver plus longtemps la vie des adultes. Ils grandirent dès lors dans cet état d'esprit et ils éprouvèrent la même haine que leurs aînés quand ils disparaissaient par la route poussiéreuse qui laissait en arrière leurs souvenirs et leurs paysages. Ils savaient répondre aux soldats quand ils les interpellaient à la sortie de l'école, ils savaient mentir et faire des sourires hypocrites aux voltigeurs, aux caporaux et aux policiers. Ils savaient que rien n'arrêterait ces gens parce que la liste comportait le nom de leurs parents et qu'ils trouveraient un coin moins violent où rien ne leur appartiendrait et où une vie difficile les poursuivrait comme une ombre armée d'un poignard et d'un poison.
Les hommes glissaient dans leur ceinture les vieux révolvers qu'on leur envoyait, chargeaient un camion, puis s'en allaient entre les plantations de caféiers, tandis que le brigadier ami accompagnait le véhicule avec les femmes et les enfants jusqu'au barrage, à la sortie du village. Ils partaient de nuit, parce qu'ils savaient que Peñaranda était occupé dans les haciendas voisines à réclamer les sauf-conduits dans les maisons d'où les hommes avaient commencé à fuir, et il en profitait pour séduire les femmes abandonnées et les filles déjà grandes qui tremblaient de peur dans les recoins des chambres.
Les Weismann ne reçurent plus d'invitations, ni d'offres de mariage, parce que les hommes s'enfuirent par-dessus les murs des jardins au bruit des bottes de Peñaranda ou se cachèrent dans leur propre peur avec l'espoir de vivre et de ne pas être dénoncés par les amis de la caserne. Elles traversaient le parc sans se soucier du regard des militaires qui disaient avec laquelle ils auraient aimé passer un petit moment de gré ou de force; elles entraient dans l'église pour mettre des fleurs dans les vases de l'autel et écouter les sermons du Père Naranjo qui agitait les mains en chaire tout en abaissant son regard jusqu'au jupon de Clara, qui dépassait de sous sa robe. Les gens cessèrent d'aller à la messe dominicale de onze heures par peur de la mort, par peur de tomber comme beaucoup d'autres au sortir du confessionnal, et l'église se retrouva peu à peu solitaire, avec les fleurs qu'elles plaçaient tous les jours dans les vases ouvragés. Gloria choisissait les plus beaux géraniums pour le saint qui avait les yeux verts comme ceux d'Antonio et qui soutenait son regard pendant des heures, tandis qu'elle lui demandait en silence: Où es-tu, Antonio, où es-tu, que t'ont-ils fait?, et qu'elle versait des larmes.
Ceux qui avaient perdu le pouvoir envoyaient des armes depuis leurs conciliabules politiques où ils appelaient à défendre "la patrie", et depuis les mains des grands propriétaires qui les distribuaient aux hommes farouches de la clandestinité avec des billets exaltant leur courage et leur attachement à la vie. Les enfants, trop tôt devenus des hommes, empoignaient leur colère et ne détournaient plus le regard devant les cadavres débordant comme des paquets par-dessus la benne municipale.
Le claquement des bottes de Peñaranda, dont le bruit faisait pleurer les enfants quand ils l'entendaient, se confondit avec les armes de ceux qui avaient cru aux paroles funèbres que les déchus envoyaient, faisant prospérer la mort dans le corps des autres hommes, de ceux qui fuyaient l'humiliation et recherchaient la vie. Désormais, les uniformes apportaient un soutien à la mitraille des acclamations politiques, et celles-ci se faufilaient comme des serpents à travers les énormes postes de radio où ne cessait de grandir le chiffre de l'abandon.
La fumée enveloppa tout le village, elle enveloppa les mains tremblantes des femmes, elle enveloppa les yeux des hommes qui attendaient la fin de leur vie, elle enveloppa les organisations secrètes, les maisons, les jardins, les signaux, les clés et elle enveloppa le sergent Peñaranda pour qu'il emporte la respiration collée à ses fusils.
Ramoncito trouva Gloria Weismann en train de sangloter et de dire: Pourquoi, Antonio? Pourquoi? Il approcha son jeune corps de cette maturité qui le regardait à travers ses larmes.
- Que faites-vous ici, Ramoncito? - demanda-t-elle, effrayée.
- Je rends visite à mes fleurs, mademoiselle Gloria. Mais ne vous inquiétez pas, vous pouvez continuer à pleurer, je vais m'en aller.
- Moi aussi, Ramoncito, bonne nuit - dit-elle. Elle acheva de parler juste au moment où des coups de feu retentirent en contrebas, mais ils montèrent vers eux à la vitesse d'un souffle haletant. Ramoncito pensa à Lucy, à son père, au brigadier Peñaranda, à Yolanda Weismann, à Gloria Weismann qui le regardait terrorisée.
- Encore un mort, Seigneur!- dit Gloria. Les bruits de botte retentirent tout près du jardin. Les cris des militaires désignaient Ramoncito.
- Ils veulent te tuer, Ramoncito?
- Oui, je l'ai su le soir même où ils se sont rendu compte que mes yeux avaient dénoncé leurs crimes.
Elle le prit par la main et l'entraîna vers sa chambre. Elle ferma la porte à double tour, passa une grosse barre de bois et s'assit sans mot dire sur son lit. Le jour se levait. Elle entendit les ordres de Yolanda qui parcourait le jardin et frappait aux portes. Allons, au travail, il y a beaucoup à faire!- disait-elle.
Gloria cacha Ramoncito sous le lit, tandis qu'elle sortait pour répondre à Yolanda.
- Tu as toujours ton insomnie, Gloria?- lui souffla-t-elle.
- Non, Yolanda- répondit l'autre.

La matinée s'écoula au milieu des cris, des allées et venues dans les rues, des pleurs, des soupirs et des bottes. Le brigadier Peñaranda frappa trois coups à la porte et tout en remettant en ordre sa vareuse, son pistolet et ses cheveux, il prépara ses paroles.
- Mademoiselle Weismann, nous avons besoin de Ramoncito. Sa mère vient de décéder - dit-il d'une voix sèche, d'une voix de mort.
- Nous ne savons rien et n'avons rien à savoir sur des personnes étrangères à notre famille, je regrette - répondit Yolanda Weismann en refermant la porte. Gloria ne dit rien. Elle porta plusieurs fois le lait et les biscuits de ses collations à Ramoncito, et elle attendit la nuit, le coeur brisé, l'âme au bout des doigts, les nerfs sur les épines de son jardin; elle attendit l'obscurité en silence, sans un mot. Ramoncito avait mis au point un signal pour reconnaître son approche, le corps étendu de tout son long sur le lit vaporeux de Gloria. Il sentit ce parfum de fleur, son odeur, et pour la première fois il se rendit compte que les hommes ont leur âme entre les jambes quand ils désirent une femme. Il regarda le mur blanc, des silhouettes visibles, des visages d'hommes, des corps tracés avec l'ongle, des lèvres délicatement dessinées sur les visages. Elle le retrouva à moitié nu, marchant dans la chambre pour distraire ses pensées, elle le regarda, pantalon déboutonné; fuyant tout contact avec la réalité, elle laissa sur la table un verre de lait et des fruits épluchés. Elle comprit le sens de ses va-et-vient et, à la tombée de la nuit, elle le mena par la main jusqu'aux cabinets, que les fleurs entouraient de toutes parts; elle resta avec lui pour que personne n'ait de soupçon, puis elle le prit par le bras comme le faisait doña Lucy et le reconduisit jusqu'à sa chambre, jusqu'à l'écume de son lit. Il sentait que son coeur se gonflait et s'affaissait sans cesse. Gloria Weismann était toute tremblante et transpirait.
- Je dois partir, mademoiselle - dit Ramoncito.
- J'ai entendu dire qu'ils vont te tuer et je ne veux pas être responsable de ta mort, alors que je peux te garder ici, sans danger, jusqu'au moment où les choses se calmeront.
Le bruit de mort de la benne municipale avec ses chargements pour la rivière et les morts des soldats qui angoissaient et faisaient pleurer les fleurs bercèrent Ramoncito et Gloria Weismann. Elle se mit contre lui pour lui rappeler les jours où il avait commencé à rêver et il se sentit humilié, impuissant. Dans l'obscurité ils se touchèrent du bout des doigts.
- Ce sont tes yeux?- demandait Gloria.
- Oui, ce sont mes yeux - répondait Ramoncito.
Puis un nouveau silence, une autre caresse sur les yeux.
- Es-tu capable de trouver les miens?
- Oui, mademoiselle, je suis capable de trouver vos yeux et votre nez et même vos oreilles.
Le jeu se prolongea toute la nuit juqu'au moment où ils se retrouvèrent nus, abandonnés à leurs paroles.
- Ce sont tes pieds, Ramoncito?- disait Gloria. - Mon amour, ne t'éloigne jamais de moi, de mes nuits, de mes fleurs, mon Ramoncito, je ne te laisserai jamais partir, jamais -, elle répétait le mot dans la douleur initiale, en le serrant tout entier. - Non, mon Ramoncito, oui, comme tu voudras, rien que moi - et elle gémissait dans la nostalgie du plaisir, dans le bruissement des pleurs de ceux qui mouraient cette nuit-là à la caserne et dans la rivière.
Il se rhabilla avant le jour. Gloria Weismann resta nue, les mains levées, au milieu du jardin, quand il traversa la cour à grandes enjambées.

Irene
Capítulo I
Arañas, miles de arañas...
Enmascarados, miles de enmascarados…
Octavio Sarria jamás arrancó de su existencia la oscura guarida de un sueño viscoso. Había visto en un zoológico del Brasil, cómo una migala, araña del tamaño de un gato adulto, mimetizada en el color de la tierra húmeda, encogía sus patas frente al ratón gris que le introdujeron en el cubículo de vidrio, y cómo lo cubría con el tórax y el abdomen para inocularle el veneno en una ceremonia mortal; al rato, la migala se desplazó con sus pasos inaudibles, hinchada y satisfecha hacia su hueco, dejando sólo el pelaje de la víctima en medio de la arena parduzca.
Ese espectáculo fue similar al que tuvo que vivir en el encarcelamiento; su cuerpo, como el del indefenso ratón se quedó inmóvil, los poros erizados y la saliva atragantándolo.Arañas, miles de arañas; enmascarados, miles de enmascarados: recurrentes escenas en sus pesadillas.En las conversaciones con amigos y colegas, en su repetido oficio de profesor universitario, inefablemente, alguien relataba una historia donde las arañas y el click de un revólver en la cabeza del prisionero vendado, estaban presentes. No hacía referencia ni comentarios de su pasado porque era una forma de revivir los malos tiempos que le marcaron la vida. Prefería distraer la conversación y rememorar un verso de cualquiera de los poetas que armonizaban su soledad, sabiendo que muchos de los que se sentaban a escucharlo tenían por la literatura el desdén de quienes se creen hacedores de ciencia.Cuando se quedó en el pequeño apartamento de una ciudad que no era la suya, donde se redujo con sus libros y documentos de investigador social, la guarida tomó proporciones mayores. No le agradaba estar solo porque amaba el mundo y sabía que la felicidad es un momento fugaz entre dos angustias; por ello, las mujeres que pasaron por su lecho tibio se marchaban de la misma manera, con un adiós fraterno y un mensaje escrito sobre cualquier papel. ¿Era una extravagancia? Las imágenes reincidentes no lo abandonaban. Leyó en una antología del cuento latinoamericano a un discípulo de Rodríguez Monegal que relataba la historia de un hombre abandonado —como él— que quiso suicidarse sin determinar la hora. El personaje literario, en las noches se quedaba dormido esperando que de cualquier punto del aire cayera sobre su rostro el animal venenoso. No podría enfrentar lo mismo porque la humedad en las manos, de aquella tarde en el zoológico, y de los meses en la silla de la confesión, le revivían sensaciones viscerales produciéndole náuseas. Amaba la selva y los lugares más recónditos de los Andes, pero sufría al pensar que tras los árboles y la escabrosa vegetación, estaba el animal acechando.
Se dedicó a envejecer, a dictar la cátedra de investigación y a publicar, según sus colegas, importantes documentos sobre las contradicciones sociales sin que medias y variables, coordenadas y matrices contagiaran sus ensayos de aridez, ese lenguaje cifrado, entendido solamente por los aparentemente sabios estudiosos e interpretadores del hombre. La tortura dejó heridas infectadas antes de que el licor lo derrotara en el lecho y las arañas del mundo se quedaran en letargo.
Las mañanas entraban por las separaciones de las cortinas despertándolo entre sudores fríos. La soledad vigilaba desde todos los puntos del apartamento y como una mujer enamorada y celosa, con el índice invisible, esparcía el silencio. La muerte lo acechaba en los regresos nocturnos; regresar sin aventura, los sueños desquebrajados, el cuerpo abandonado a la inexistente felicidad, profanando los abismos, una y mil veces, sucumbiendo sin llegar al fondo, agonizando noche tras noche en el filo de las sábanas, constituía el diario desangrar.
Huía en busca de sus alumnos y colegas para invitarlos a almorzar porque la soledad de una mesa le explotaba en el pecho. Quería ser poeta pero las palabras se fugaban convertidas en extremidades peludas que escapaban de la página en blanco, marchándose bajo su escritorio. La hembra que devora el macho estaba muy cerca a lo que Whitman escribió:
la cópula tiene el mismo rango de la muerte
pensaba en esa muerte, en lo agradable de morir poco a poco en el placer, en la entrega para la conservación de la especie y el triunfo.
¿Cómo suicidarse de esa forma? ¿Dónde encontrar una mujer como la mantis religiosa? La tina caliente y las venas destrozadas le parecían grotesco; la horca, su cuerpo pendiendo de una corbata, macabro; un disparo en la boca, el fusilamiento utilizado por los verdugos de su país; ¿envenenamiento?… terribles dolores… No, necesitaba placer en la decisión culminante. A través del amor la muerte se suma al abismo del orgasmo para hallar la fugaz felicidad, para quedarse siempre en la cuerda floja del risco, donde todo se junta, donde la vida y la no vida son una sola conjunción para el infinito. Esas disquisiciones no estaban muy acordes con su trabajo en las ciencias sociales; había dejado a Dios en la literatura mística, el marxismo en las páginas de los ortodoxos… la muerte y las arañas, definitivamente, le llenaron de huevos la boca.
Se aventuró a encontrar a la mujer que cumpliría, como la mantis religiosa, la labor de la muerte. Tendría inevitablemente que enamorarse, pues la parcial felicidad en el acto del amor sólo llega cuando los afectos se imbrican en el ser; gran complicación pues creía no haber amado de verdad. No se desanimó y buscó despacio.
Se enfermó de años y de vida, invadido por los momentos en la celda, esa otra guarida negra y profunda donde lo interrogaron entre el sonambulismo y la tortura.
En las noches, en cada una de las estrellas que aparecían en el firmamento opaco de la ciudad, evocaba la voz lejana de Nereida, tierna al oído en sus actos de amor, gimiente y dolida en el momento en que su cuerpo se despedazó; luego un grito que venía de la bóveda del espacio a meterse en los pequeños agujeros de sus oídos, le martillaba el cerebro, horas, largos días. Quería olvidar las innumerables partículas de Nereida, la crepitación de la dinamita en uno de los cuarteles del Estado.
Miles de mujeres iban por las calles y otras tantas lo esperaban a él y a otros, pero de la misma forma se equivocaban de esquina y de transeúnte.
Se negó a ingerir las pastillas que recomendaron los médicos refugiándose en el licor, soñando que en esa otra mujer, que uniría los poros de Nereida, regados en otros espacios, lo rescataba.
Irene
(Versión en inglés)
*Traductor. Ollie Oviedo - Angela Mcwen

*Edición Bilingüe
Chapter 1
Spiders, Thousands of Spiders . . .
Masked Men, Thousands of
Masked Men . . .
Octavio Sarria was unable to rid himself of the slimy dream in its dark nesting place. In a Brazilian zoo, he had seen how the migala, a spider as large as a full-grown cat and the color of damp earth, pulled in her legs when confronted by the gray mouse placed in her glass cage. He watched as she covered it with her thorax and abdomen in order to inject the poison in a ceremony of death. In a little while, the migala, distended and satisfied, moved away silently toward her hole, lea­ving only the pelt of her victim on the grayish sand. That spectacle was similar to the one he had been subjected to in jail. His body felt like that of the defenseless mouse: frozen in its tracks, his hair standing on end, and the saliva choking him.
Spiders, thousands of spiders; masked men, thousands of masked men—recurring scenes in his nightmares.
In conversations with friends and colleagues, in his regular work as a university professor, inevitably someone would tell a story that included spiders and the click of a revolver aimed at the head of a blindfolded prisoner. He did not refer to nor comment on his past, because it meant reliving the unpleasantness that had marked his life. To change the subject, he would bring up a verse by one of the poets who shared his solitude, although he knew that many of his listeners felt the disdain for Literature common to those who believe they are the makers of Scien­ce.
When he stayed in the small apartment in a city not his own, where he shrank with his books and papers of social research, the dark nesting place grew larger. He did not enjoy being alone, because he loved the world and he knew that happiness is a fleeting moment surrounded by anguish. For that reason, the women who passed through his warm bed all left in the same manner, with a fraternal goodbye and a message written on a scrap of paper.
Was it wild and crazy? The recurring images did not go away. In an anthology of Latin American short stories, he read one by a disciple of Rodriguez Monegal, which told of an abandoned man - like him - who wanted to commit suicide without deciding on the time. The character in the story would fall asleep at night waiting for the poisonous creature to tumble out of then air and land on his face. But he could not bear that sort of thing, because his sweaty palms, from that afternoon at the zoo, and the months in the interrogation chair, revived internal sensations that nauseated him. He loved the jungle and the farthest reaches of the Andes, but it pained him to think that behind the trees and shaggy vegetation, the creature was lying in wait for him.
He dedicated himself to growing older, to giving lectures at the university where he taught on his research, and to publishing - according to his colleagues - important documents uncontaminated by the aridity of medians and variables, coordinates and matrixes, that language of ciphers meaningful only to those apparently learned sages and interpreters of man. The torture left infected wounds before the liquor overcame him in bed and the spiders of the world succumbed to lethargy.
The morning light entering through the space between the drapes caused him to wake up in a cold sweat. Solitude stood guard everywhere in the apartment and , like a jealous lover, scattered silence with an invisible index finger. Death lay in wait for him nightly when he returned; an uneventful return, his dreams broken, his body abandoned to non-existent happiness, plumbing the depths a thousand and one times, succumbing before reaching the bottom, agonizing night after night on the edge of sleep. This was his daily bloodletting.
He would flee in search of his students and colleagues to invite them to lunch, because the solitude of a table exploded in his chest. He wanted to be a poet, but the words would run away, turning into hairy extremities, escaping form the blank page, going off under his desk. The female who devours the male was very close to what Whitman wrote:
Copulation is a kind of death
He thought about that death, about how pleasant it would be to die little by little while taking pleasure, giving himself up in triumph for the survival of the species.
How could he commit that kind of suicide? Where could he find a woman like a praying mantis? He considered a hot tub and slashed veins grotesque; hanging, his body dangling from a necktie, macabre; a shot in the mouth, that was what the executioners of his country used; poisoning? . . . terribly painful . . . no, he needed to have pleasure in the final decision. Through love, death joins the depth of the orgasm to discover fleeting happiness, to remain forever on the high wire of the peak, where everything comes together, where life and non-life are joined in infinity. These disquisitions were not very much in agreement with his work in the social sciences: he had left God in the writings of the mystics, Marxism in the pages of orthodoxy . . . death and spiders definitely filled his needs.
He set out to locate a woman who could perform, like the praying mantis, death’s work. Inevitably he would have to fall in love, since even partial happiness in the act of love is attainable only when the emotions overlap in one’s being; a great complication, since he believed he had never been truly in love. He was not discouraged and took his time searching.
He fell ill from the years and from his life, invaded by the moments in the cell, that other deep, black hole where they questioned him between sleepwalking and torture.
At night, each star that appeared in the opaque city sky brought forth the distant voice of Nereida, tender at his ear during the act of love, crying and pained at the moment of body disintegrated; then, a scream that came from the roof of space to enter the small openings of his ears, hammered at his brain, hours, endless days. He wanted to forget the numberless particles of Nereida, the rumbling of the dynamite in one of the government barracks.
Thousands of women passed on the streets and just as many were waiting for him and for others, but they always waited at the wrong corner for the wrong person.
He refused to swallow the pills recommended by the doctors, taking refuge in liquor, dreaming that another woman was rescuing him, reuniting the particles of Nereida scattered through space.

Seis hombres una mujer
Capítulo 1
En la Cuerda Floja
Ruth Mazabel camina por la universidad, por los sitios de los en­cuentros y, al no hallarlo, un presentimiento revuelto con ansiedad la inquieta. Toma un taxi y va a buscarlo. Golpea suave la puerta tantas veces abierta para su visita. Un sobre­salto ahogado como las palabras se apodera de su desasosiego hasta no poder controlar las manos que lo requieren con vio­lencia. Los vecinos acuden y ella les suplica ayuda. Cuando la aldaba cede y penetran en la habitación, se detienen ante el cuerpo tendido en el piso. El sudor brillante de las horas ante­riores, en su cara triste, cubre el abandono.
—Hay que lla­mar a la policía para el levantamiento—oye secretear. Ruth avanza con decisión, le toca la yugular, pone su oreja en el co­razón y comprueba que tras la piel se perciben los latidos que le abren la esperanza de no perderlo.
Jerónimo, soy yo, Ruth, no te me vayas, por favor.
El mueve los párpados.
Tres hombres se arriesgan a su cuerpo inerte y lo depositan en la cama, arropándolo hasta el cuello. Jerónimo Santos se in­troduce por la boca abierta del abismo, encontrando el risco del estómago, en medio del temblor.
—¡Necesita un médico! -grita Ruth, trémula, en el sitio que le per­miten.
La notan tan indefensa que ayudan a vestirlo. Le ponen un saco de lana virgen y lo echan, como a un niño gigante, en la parte tra­sera de un taxi.
La noche está fría y Ruth la siente en la piel de Jerónimo Santos que, como un ebrio senil, no deja de monologar. Ruth le moja los labios con su saliva, le habla: no va a pasarte nada… va­mos a ver a un médico …te pondrás bien, ya lo verás … te necesito … no me dejes sola en este país de mierda … no te me vas a morir, desgraciadito mío.
Permanecen en Urgencias de un hospital estatal du­rante lar­gas horas en espera del médico de turno. Ruth lo acoge en su pecho y lo arrulla para que duerma; ve pasar he­ridos, quema­dos, enve­nenados, dementes, apuñaleados; ob­serva todo ese cua­dro de dolor y sangre cubriéndole los ojos a Jerónimo que continúa mascullando palabras, llamándola desde muy lejos mientras persi­gue la vida. Repite su nombre y ella presiente su angustia frente a aquel esce­nario de miseria en la agonía de quienes morirán a su lado.
Se conocen en la época en que Jerónimo ingiere pastillas para atra­par el sueño que en esos días se pierde como su juventud. El sueño, tan importante para él, porque según sus palabras es la ma­nera de vivir otra vez, regresa en turbulentas pesadillas, donde una sombra avanza desde la neblina espesa y hú­meda.
Sin saber cómo ni por qué se hallan caminando por los prados de la universidad, releen en una página mimeografiada los versos de Walt Whitman:

"Nunca ha habido otro comienzo que este de ahora

ni más juventud que ésta;
y nunca habrá más perfección que la que tenemos
ni más cielo
ni más infierno que éste de ahora".
Cuando oscurece suben a un bus lleno de gente cabizbaja.
—Esta es mi casa.
—¿Vives sola?
—Con mi papá y una tía… ¿Quieres anotar mi teléfono?
No tiene que llamarla. Se encuentran sin decírselo, en el mismo si­tio, a la misma hora. Ella viste una blusa de algodón, bluyin y za­patos de goma; tiene una expresión alegre, labios rosados y carno­sos, senos redondos y armonía en las caderas. El, las ma­nos en los bolsillos del pantalón de pana café, camina a su lado, bajándose del andén, subiéndose, mientras lo observa despre­ocupada, su inci­piente barba negra, sus ojos carmelitas de­sentrañando las cosas, sus botas sucias y el rostro común y corriente que parece estar siempre dispuesto a sonreir.
La complicidad en el hurto de los libros, en los sitios donde los volú­menes solitarios esperan comprador, los acerca más. Es así como la primera habitación de Jerónimo se llena de la presencia de muchos autores que disfruta entre la culpabilidad, prome­tiéndose devol­verlos algún día. Leen los mismos libros, aman los mismos dolores de los que trashuman por esas páginas y comparten las escenas donde la vida enfrenta los placeres.
Las despedidas en la puerta de la casa de Ruth, aprisionándose los dedos para decirse "hasta mañana", les queman las manos. Ella 
aprende a verlo detrás de los mutismos, escucha con agrado los po­emas de Neruda en su voz susurrada, cuida su sueño so­bre el cés­ped mientras lee a Madame Bovary y lo ama en si­lencio desde entonces.
La habitación de Jerónimo es su refugio. El día que cumple veinti­seis años, invita a Ruth a almorzar en el lugar de sus de­rrotas y triunfos donde, hasta ese momento, no ha entrado nin­gún extraño. Ella le regala un suéter de lana virgen envuelto en no­ticias de se­cuestros, muertes, estafas, peculados; lo compra exi­giendo la talla aprendida en los primeros abrazos. Entra sin im­portarle los ojos de los vecinos que la observan sin comenta­rios. La cama ocupa la ma­yor parte del espacio; una manta blanca cubre la ropa que cuelga de una cuerda, de un extremo a otro de la pared; dos afiches: el Ché Guevara y Lenin y, múltiples li­bros detenidos en el momento apaci­ble del reposo y la inexis­tencia, que albergan la verdad y la mentira de los pueblos y los hombres.
En la fogoneta eléctrica, sobre la sartén, la porción de carne está lista. Comen en el mismo plato, no porque él se lo proponga como un acto de amor sino porque es el único que tiene y se turnan el cuchillo y el tenedor y saborean la ensalada y se to­man la coca cola y él se acuesta a mirar el techo ahumado mientras Amstrong se deja escuchar en su emisora preferida y ella se acomoda a su lado, meditabunda y dichosa y, al verlo dormir, cierra los ojos.
jorgeeliecerpardoescritor@gmail.com

No hay comentarios: