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18 de marzo de 2010

*Jorge E Pardo: Muestra de Cuentos






El abrigo
(De Transeúntes del siglo XX)
*Vinetas, óleos de Jorge Eliécer Pardo
El periodista tomó el taxi a las diez y treinta de la noche. Acostumbraba hablar con el conductor durante el viaje hasta su apartamento. Notó que no tenía radio ni comunicación con la estación central. Llevaba en su maletín de cuero los papeles de la oficina y su colección de relojes que pretendía entregar al experto, para mantenimiento, pero el tiempo no alcanzó. Iría al día siguiente. Las noches anteriores habían sido heladas y, embutido en su abrigo pesado, esquivaba los resfriados que lo perseguían. La ciudad estaba semivacía y el taxi rodaba a buena velocidad. En las avenidas iluminadas trató de ver los ojos del chofer en el espejo retrovisor pero no lo logró. Además no tenía ganas de hablar, estaba cansado por la jornada en la sala de edición. Se esforzaba porque su trabajo como periodista quedara bien, así a nadie importara. Alegaba con sus colegas sobre ética y estética pero acababa por dejar las discusiones porque valían más los argumentos sobre la falta de las dos cosas en un país del papayazo y la trampa. Señaló el edificio para que se detuviera. Lo hizo. Desabotonó el abrigo para sacar la billetera cuando las puertas de atrás del taxi se abrieron y entraron dos hombres golpeando sus costados y gritando al chofer, necesitamos este taxi, arranque malparido. El taxista obedeció y les dijo, no me hagan nada yo hago lo que ustedes digan, pero no me hagan nada. Uno de los hombres agarró la cabeza del periodista por la nuca y la hundió hasta las rodillas; sintió que el cuerpo se le partía. Era sedentario y una incipiente barriga —que prometía bajar siempre, con dieta y gimnasia— impedía la inclinación. Cerró los ojos para comprender la situación mientras el otro hombre registraba sus bolsillos. Unas manos que se deslizaban por su cuerpo como serpientes hambrientas.
—Si nos mira se muere —dijo el hombre mayor. El carro no se detenía y el comunicador sintió veinte dedos en busca de un arma detrás de su cintura y arriba de los zapatos.
—¿Está armado?
—No —respondió con voz pequeña.
Bogotá, que siempre entreduerme, estaba en silencio. Doblado, cerraba y abría los ojos rítmicamente.
—Una minita tiene el hijueputa —dijo el mayor al encontrar los relojes.
—Y los esferos, son de los buenos —dijo el más joven.
Las voces, firmes. El taxista conocía el camino y las velocidades. De la camisa tiraron el Párker 51 que tanto cuidaba. Quiso decirles, es un regalo muy especial, pero el mayor interrumpió su deseo.
—Bueno maricón, la clave de la tarjeta.
Distraído, desmemoriado. La tenía en la agenda electrónica. Sonó el celular.
—Apague esa mierda —ordenó el mayor entregándole el Ericsson que iluminaba el socavón, abajo de las piernas, al fondo del piso del automóvil. Arrancaron la pila y pusieron en la silla delantera el aparato.
—¿Un cajero del Banco Santander, dónde putas hay? —preguntó el mayor a los otros dos hombres. Antes de insistir con el número secreto el periodista se dio cuenta de que la punta de un cuchillo lo empujaba por el costado derecho. Les dijo que en la electrónica y de nuevo la pantalla azul verde iluminó el interior del carro.
—No nos mire maricón —sentenció el mayor. Debe tener billete la gonorrea ésta porque mire la ropita y con el pelito largo. Se mofaron. No había nada qué hacer, pensó el asaltado mientras buscaba por la M, mamá, palabra clave donde estaban los números. El mayor dio las indicaciones del sector. El taxista, sin hablar, cruzó raudo y el jefe le advirtió, que si quería que la tomba los parara. Disminuyó la velocidad. La primera parada, lenta. El mayor se bajó y el taxi continuó la marcha. A lo lejos se oían sirenas de ambulancias.
—A usted yo lo he visto —dijo el menor empujándole la cabeza contra las rodillas. El le habló, que trabajaba en periodismo cultural, que era un cargaladrillos. Un nuevo silencio. El carro pasaba por calles oscuras porque el reflejo del alumbrado público desaparecía por momentos. Escarbaba dentro del maletín mientras le insistía que evitara verle la cara. Sacó el libro de Borges y él escuchó el paso de las páginas.
—Yo estudié danzas en la Escuela del Distrito —dijo en tono confesional y agregó: repartí hojas de vida en varios colegios pero me negaron el trabajo, por eso me rebusco, la situación nos lleva a esto pero tranquilo que no le va a pasar nada. Seguía hurgando en los papeles. El jefe entró en el automóvil y hundió la punta del arma blanca debajo de la oreja derecha del feto adulto. Percibió la picazón en el cuello mientras el insulto con saliva golpeaba su cara. El confundió el número de la clave y el hombre mayor estaba energúmeno. El bailarín trataba de controlar la situación. Le dijo que era la última oportunidad o sería muñeco en dos horas. Los dedos del periodista temblaban al confrontar de nuevo los números. Entregó la serie. El carro recorrió otro tramo y se detuvo donde él suponía estaba el cajero electrónico. Arrancó brusco.
—Somos trabajadores de lo mismo, por favor controle la agresividad de su amigo —dijo el indefenso sin levantar la cabeza, con los ojos cerrados.
—Tranquilo, él saca la plata y todo bien.
—No puedo respirar.
—Levántese un poco, pero ojo con mirarme.
Trató de incorporarse. Un calambre pasó por sus abdominales y se detuvo en la espalda. Tomó aire por la nariz y lo expulsó por la boca. Le dolía el cuerpo. Por única vez reflexionó sobre la probabilidad de la muerte. Había escuchado y leído en los periódicos historias de NNs encontrados en potreros, desnudos, violentados. Otros deambulaban por la ciudad perdidos en las nebulosas de la escopolamina. Vivía el paseo millonario.
—¿Qué ritmos baila usted? —para romper un hielo que le subía desde los pies.
—Todos los aires colombianos —dijo orgulloso: joropo, guabina, mapalé, bambuco, torbellino, danza y contradanza, chachachá, rumba... ¿y usted es periodista?
—Sí. Por favor déjeme estirar un poco, me entumezco.
—No hubiera querido que nos conociéramos así, ¿esta es su tarjeta? —Sacó de la billetera el pedazo de cartulina donde figuraban datos comerciales y profesionales. El jefe entró de un salto al taxi.
—Bájele más la cabeza a este hijueputa —ordenó al bailarín. Lo hizo despacio. La columna vertebral pareció ceder a la fuerza de las manos del coreógrafo. Cuando el carro avanzó por una calle semioscura el artista metió, con disimulo, por la separación de las faldas de la camisa del periodista, la billetera e introdujo algo en el bolsillo izquierdo de su pantalón de pana.
—¿Y estas llaves? —preguntó el hombre mayor haciéndolas sonar en su oreja derecha.
—Son de un campero que tiene mi mujer —le respondió con frases seguidas, no tan firmes.
—Necesitamos ese carro —mugió el hombre mayor con tono de burla y drogado. Arrastraba las palabras, les daba una entonación que él conocía muy bien en las imitaciones de quienes intentaban burlarse del hampa. No insistió en las llaves. El carro siguió en silencio. El suponía que se mostraban los objetos, los relojes, los estilógrafos, el celular, la agenda electrónica, los papeles...
—¿Será que este viejo maricón cumple y lo dejamos ir de una? —se dirigía al bailarín profesional. No respondió de inmediato. Si no cumple sabemos dónde vive y a qué horas sale y la lleva —agregó el hombre mayor. Otro silencio.
—Lo dejamos pero no bloquea la tarjeta sino hasta la una de la mañana —dijo el coreógrafo.
—Lo quebramos gonorrea, lo quebramos... ¿o esperamos hasta después de las doce?
—Lo que ustedes digan —se dirigió hacia el lado izquierdo como suplicando al bailarín. Lo que ustedes digan —reiteró.
El taxi se detuvo.
—Déjeme el gavancito, como un regalo especial.
—¿El abrigo?
El bailarín le sacaba por los hombros la prenda. El la había comprado en uno de sus viajes al exterior. Amaba ese abrigo no sólo por su diseño sino porque le daba un aire de hombre diferente a los ejecutivos y burócratas que detestaba. No le importaban en ese momentos los relojes, su bella colección que reunió durante años y de la que se vanagloriaba, sobre todo por el Mido Multiford automático, el Lanco cuadrado y el Invicta de tablero iluminado y números arábigos; tampoco el Párker 51 que le regalaron como un acto de amor, todo se borró cuando comenzaron a despojarlo del abrigo. El aire empezó a colarse por sus brazos desnudos.
—Hasta la una viejo güevón o no respondemos —ordenó el mayor. Nada de mirarnos cuando se baje, mire para el suelo o lo quebramos.
El taxi se detuvo en una de las esquinas de un parque semioscuro. Lo empujaron y logró sostenerse, guardar el equilibrio. Miró el pavimento desgastado y oyó el motor que se alejaba. Desamparado observó los alrededores. Por las casas, se dio cuenta, de inmediato, de que se hallaba en un barrio popular y que por las ventanas de las fachadas en obra negra lo miraban. El ruido de sus pasos en busca de una calle más grande retumbaba en sus oídos. Dos luces se encendieron en el segundo piso de la casa esquinera. No se detuvo, caminó sin oír sus botas. Llegó a una calle más grande pero igual de oscura. Caminó rápido. Se dio cuenta de que corría. No identificaba el lugar, jamás estuvo en esa zona de Bogotá. Palpó en su bolsillo izquierdo y sin dar tregua al cansancio sacó el billete de diez mil pesos que el coreógrafo introdujo. A lo lejos una avenida. Sudaba en la espalda pero sus brazos y manos estaban fríos. Logró la calle grande. Varios taxis aminoraron la marcha en espera de la solicitud del servicio. Sintió miedo. Las caras de los conductores se parecían a las del hombre que no contestó las preguntas iniciales. Siguió caminando. Eran automóviles viejos, enfilados. No supo cuántas cuadras trotó. Más adelante en una caseta donde vendían café, los taxistas se reían y escuchaban una emisora de música mejicana en un radio que colgaba de uno de los palos que sostenía la pequeña carpa. Se acercó con paso normal y buscó la puerta trasera del carro más nuevo, con las claves que le enseñaron como prevención pero que le importaron poco: emblemas, radio taxi, placas en las puertas, código. Un hombre maduro lo atendió.


Estaba lejos, más allá del centro, tendría que recorrer una cuarta parte de la ciudad. Los indigentes llenaban las aceras del Capitolio Nacional. Debía estar agradecido. Miró en el espejo retrovisor los ojos cansados del taxista. No hablaron. Son nueve mil pesos.
A la una de la mañana bloqueó la tarjeta. La cobardía ganó. Y volvía a hacer lo mismo en las pesadillas. Los meses fueron borrando, el piquete en el cuello, el dolor en los abdominales, los calambres en las piernas. Lo contó pocas veces porque revivía otras escenas que no recordaba e imaginaba los rostros de los asaltantes burlándose de su cuerpo arrojado a un solar de las afueras de Bogotá. De las cinco pesadillas permanentes una se cumpliría. ¿Cuál?
Primera pesadilla. Definitivamente no volvió a hablar del robo. No era el único, muchos de sus amigos contaban la misma historia, sin bailarín. El se mofaba de que un artista lo hubiera robado y no mencionaba el abrigo. Salía de cine en un centro comercial cuando vio que un hombre joven llevaba su abrigo puesto. Un temblor le llenó la piel de los brazos. Lo siguió discreto. El muchacho estaba acompañado por una mujer joven y bonita y conversaban animados. Se acercó para oír la voz del hombre. No tenía el tono lento que se revolvía en su memoria. Cuando la pareja se acercó a un grupo él se arriesgó sin medir las consecuencias.
—¿Perdón, puedo hacerle una pregunta?
—Claro.
—¿Dónde consiguió el abrigo?
—Es una historia triste —dijo sin molestarse. Es de un hermano... apareció muerto en uno de esos paseos millonarios que hacen los taxistas. Era un artista de la danza, lo heredé.
Segunda pesadilla. Caminando por el mercado de las pulgas vio su abrigo colgado en uno de los tubos que exhiben ropa usada. Con miedo tocó el paño inglés y lo abrió con lentitud. Vio la marca y el bolsillo interior.
—¿Le gusta? —se acercó el vendedor. Un hombre joven. Es único pero la gente quiere todo regalado —dijo y agregó: usted es la tercera persona que lo toca.
—¿Cómo lo consiguió?
—Una persona importante me lo ferió.
Olía a encerrado. Introdujo la mano en uno de sus bolsillos y encontró su tarjeta, la cartulina con sus datos comerciales y profesionales, ajados. Cuando el dependiente vio el papel, se adelantó.
—La tarjeta del dueño, del periodista que me lo vendió.
En el espaldar tenía rasgaduras que atravesaban hasta el forro donde había vestigios de sangre.
Tercera pesadilla. Llegó al coctel por compromiso profesional, odiaba esas reuniones. Después del estreno invitaron al foyer a tomar una copa de vino. Muchas personas se tocaban por los codos, saludaban en voz alta, rememoraban encuentros. El hombre del abrigo de paño inglés estaba en uno de los extremos del salón. Vio que venía hacia él, directo, esquivando a las personas.
—¿Le gustó la coreografía? —la voz venía por el túnel oscuro del fondo del taxi.
—Sí.
El bailarín sacó del abrigo una de sus tarjetas.
—Formo parte del grupo.
—Sí lo vi.
—Gracias por entender —repuso y empezó a despojarse del abrigo. Gracias por entender —repitió entregándoselo, doblado, y le dio la espalda para perderse entre la gente.
Cuarta pesadilla. Por una de las calles de Chapinero vio que su abrigo caminaba en el cuerpo de uno de los hombres jóvenes que, en grupo, bajaban hacia la avenida Caracas. Tantas noches pensó en ese momento y en el coraje que tendría para recuperarlo. En los sueños se armaba del valor que en ese momento necesitó. Estaba solo como la noche del atraco y no le importó. Era de día y la gente tendría que respaldarlo. Con el arrojo de quien se juega la vida se acercó.
—Necesito mi abrigo, usted es un ladrón.
El grupo se detuvo ante las palabras. De ahí en adelante todo para él fue en cámara lenta. Se abalanzó sobre su abrigo, palpó la textura mientras forcejeaba. El hombre saltó y se lo quitó de encima mientras los otros rompían con sus puñales la chaqueta de cuero negra. Estaba en el piso mientras veía cómo el círculo de curiosos se achicaba. La policía llegó unos minutos después.
—Un atracador que quería robar a este muchacho —dijeron los concurrentes.
Quinta pesadilla. El portero del edificio lo miró sonriente y señaló uno de los extremos de su lugar de mármol. Recubierto con un plástico de la lavandería Picadilly el abrigo esperaba sus manos. Lo trajeron de la lavandería, dijo el hombre con voz impostada. No resistió la tentación en el ascensor. Dentro del bolsillo izquierdo estaba su tarjeta. Su abrigo ha sido mi desgracia y mi fortuna, ahora soy profesor de danzas en un liceo. Lo llevaba en una noche de cruce y nos pillaron. Pagué tres años. Nadie lo usó. Me presenté con él a la entrevista y me dieron las clases. Es la historia. Creo que le luce más a usted.
Bogotá, septiembre 13 del 2001


El amante de mi mujer
(De Las pequeñas batallas)
No hice ruido. Desde el ángulo de mi habitación pude ver sin dificultad las nucas y de vez en cuando los perfiles. ¿Cómo confundir la línea del medio rostro de Mi mujer? Razón tenía mi hermano al afirmar que mi mujer no es tan normal como aparenta.
Estaba hermosa. Mi mujer viste muy especial. El amante no se movía del lugar; quería que bailaran para verle la cara .
He leído estas escenas en cuentos y novelas pareciéndome siempre un ridículo lugar común.
Podía salir de mi refugio y enfrentarlos pero algo me lo impedía. ¿Morbo, acaso? ¿Miedo, tal vez? ¿Cobardía? No sé explicarlo.
Mi mujer puso un disco de Pablo Milanés y avanzó hasta el bar sirviendo dos copas. Seguro el ron Tres esquinas que tanto nos gusta en la soledad y la quietud del apartamento.
Soy pacífico y carezco de armas; pensé en el cortapapel metálico que guardo al lado de la máquina de escribir; matar al intruso sería horripilante, muchas cuchilladas ... la sangre escandalosa absorbida por los tapetes inmaculados de Mi mujer y a ella gritando que lo amaba, que no le quitara su felicidad, que si yo no creía en el amor, por lo menos le permitiera rescatar el tiempo perdido a mi lado.
¡Cómo me hacía esto! Le entregué lo mejor de mi vida en estos años y le dediqué parte de mi existencia, porque idealicé su cariño y porque íbamos por la vida con la misma soledad abriéndonos las carnes.
Apagó la lámpara y dejó sólo el reflejo de luz proveniente del estudio ... preparaba el espacio para su adulterio. ¿Era una adúltera? Absurdo pensarlo. Conmigo —gratamente— vivía un adulterio feliz. No nos importaban las separaciones legales, los sellos y papeleos en oficinas públicas y eclesiásticas. Mi exmujer —que se hacía abogada en la facultad nocturna—, me dijo que ella simplemente era mi concubina. Mi mujer rió cuando se lo conté, desde entonces —algunas veces—, le digo «mi concubina hermosa » y nos divertimos mucho.
No jugábamos a la farsa de los afectos, tampoco a los esposos formales ... entonces, ¿debería aceptar que tuviera un amigo? Además, su pensamiento era más libre que el mío. Mi padre jamás me lo perdonaría. Matarla, no por el amante sino por el engaño: una solución. El sufrimiento revuelto con ira me atragantaría siempre. Salir de mi escondite, pasar por la sala y lanzarme a la calle: otra solución posible. No decir una palabra y dejarla con las explicaciones: una alternativa muy cercana a mi angustia.
Pablo Milanés empezó a acariciarlos con su voz de poeta: se levantaron del sofá. El amante, un poco más alto que Mi mujer, la estrechaba contra su cuerpo con ternura. Me ubiqué mejor para observarlos. Me sentí ridículo, tendido en la alfombra de la habitación, arrastrándome para oír lo que se murmuraban. No intenté avanzar más, me descubrirían en esa estúpida posición.

Mi mujer me prometió que si por azar conocía un hombre que la cautivara, me lo confesaría y escogeríamos el mejor camino. Si hubiera cancelado mi viaje quizá ella ... el azar no perdona.
Puso la botella en la mesa y un queso cortado en pequeños tajos. Llenó una y otras veces las copas y cambió a Milanés por Amstrong ... por mi Amstrong querido, por el disco que compramos una semana antes, al salir del cine.
¿Ignorar el hecho y esconderme en el closet de la habitación para huéspedes —que a veces ocupan nuestros hijos, los fines de semana— y mañana simular que llego de viaje? No lo hice porque supuse que lo llevaría allí. ¿Vengarme de Mi mujer trayendo las amantes posibles a nuestro lecho? Le quedaba dignidad y no lo metería a la cama que aún conserva mi olor desperdigado por las sábanas. En el closet estrecho me ahogaría no sólo con el calor de mi respiración acesante sino con las de ellos jadeándose en las bocas y llamándose y perdonándose por lo que hacían.
La hora en el radio reloj: las dos de la mañana. Harían el amor. Mi mujer le quitó la chaqueta y él abrió su blusa. Las sombras no mentían. No paraban de bailar. Amstrong volvía a repetirse. ¡Cómo creer que Mi mujer me hiciera esto!
Algunas parejas de amigos nos veían como dos personas que soportaban sin demasiado deterioro la cotidianidad: éramos un absurdo ejemplo. Mi mujer sonreía y yo lo aprobaba ignorando lo que escondía: su aventura. ¿Era yo la otra aventura de Mi mujer que suplía los vacíos de su amigo o que motivaba sus encuentros?
¿Su exmarido? No, sabía lo que los distanciaba. ¿Un burócrata de los que trata a diario en el trabajo? ¿Un estúpido jefe o subalterno que le habló de temas interesantes y la llevó hasta la cama? ¿Un hombre simpático que la halagó y ofreció posibilidades en sitios recreados para los dos?
Seguían bailando. Mi mujer —con la piel de él rozando sus poros—, debía sentirse deseada, apetecida. Los pliegues de la blusa no se veían, sí los volúmenes de mi «hermosa concubina».
Sabía cómo eran esos besos, cómo eran esas caricias. Desnudos, ya no bailaban a Milanés ni a Amstrong, balanceaban los cuerpos; cayeron en el tapete, libres de toda culpa, irreverentes.
Pasé a un metro del abismo donde ellos descendían. Abrí la puerta y me lancé al ambiente helado del exterior; como un autómata busqué el primer bar y pedí una botella de ron Tres esquinas con jugo de naranja. No sé cuánto tiempo bebí luchando con la idea de que Mi mujer no podía traicionarme. En la segunda botella empecé a llamarla. Sentí frío. Mi mujer repitió «te amo», muy cerca a mi boca. «Vámonos a la cama», me dijo al oído. Me levanté desnudo dejándome conducir hasta nuestra habitación.
Bogotá, enero 21 de 1986

Rockola
Mi mujer, impaciente, leía en el sofá y esperaba que el timbre anunciara la llegada de la camioneta con los amigos de tío Álvaro que instalarían en el apartamento la rockola genuina del cuarenta y ocho.
La imagino encima del vehículo, por las avenidas de la ciudad, sus colores vistosos y la admiración de quienes se detienen en los paraderos de los buses o transitan sin fijarse en los acaeceres del mundo.
Cuando fuimos a ver las máquinas que amplificaron la música para que bailaran nuestros padres y festejamos los números y las letras que identifican los discos, se nos abrió el corazón en varias partes, como si los círculos negros giraran en las respiraciones, sin volumen.
Tío Álvaro es hermano medio de mamá —hermano por padre—, al que conocí siendo adolescente, porque tener un tío medio no debía divulgarse a menores sin con-ciencia que no entienden las justificaciones de los mayores. De todas maneras lo recuerdo en su moto Harry Davenson, chaqueta de cuero —a lo James Dean—, botas altas —a lo Beatle— y guantes de piel, despidiéndose de mi abuelo. Mi madre me relató su historia mucho después para que lo incluyera como parte de la historia familiar. La familia me hace pensar en las sombras que llevamos, como lunares. ¿Cuántas, detrás de mi tío Álvaro, forman parte de mi detrás? Sombras que no veré nunca.
Tío Álvaro es un hombre curtido por el trabajo y cree que el triunfo sólo lo proporciona el dinero.
Mi hermano tenía interés de comprar la rockola para su casa de campo pero Mi mujer y yo no pudimos resistir la tentación. Uno de los ayudantes de tío Álvaro, que nos llevó a escucharla, nos dijo: «se quedan con una alhaja, cien selecciones de cuarenta y ocho revoluciones: una joya de verdad verdad».
Las románticas rockolas se hallaban en medio de sacos de arroz, rollos de papel higiénico, herramientas, mesas de billar, motores, hornos, refrigeradores ... como en un sueño rococó. Ese ambiente nos enamoró más. En dos miradas nos pusimos de acuerdo y escogimos la del vidrio curvo, sin inscripciones.
Fue fácil determinar el precio con tío Álvaro que colmaba mis caprichos como llenando vacíos afectivos. Queríamos que la música allí programada con letras y números (J:10: La Billos Caracas Boys y un bolero de Felipe Pirela), trajera recuerdos de épocas gratas y renaciera en la piel el presente, como una posibilidad de no perder totalmente la vida.
A las cuatro de la tarde sonó el teléfono. Era tío Álvaro que explicaba las complicaciones en el transporte. Se despidió avergonzado. No tuve que interrumpir la lectura de mi mujer: escuchó y ni siquiera levantó la cara para reprochar el incumplimiento. Sentí pena por tío Álvaro atendiendo su restaurante, vendiendo pollos asados, cobrando sopas y platos a mecánicos y comerciantes que habitan el contorno. La segunda mujer de tío Álvaro es —como dicen las señoras—, un encanto. Con más de cincuenta años, sale todas las mañanas al parque de su barrio, con trusa y malla de luto, a hacer los ejercicios que le indica una fotocopia ... ríe al pensar que la fotocopia es de otra fotocopia y yo recuerdo las sombras de los familiares que son como muchas fotocopias, con el original perdido entre papeles que cuentan los secretos amorosos de nuestros antepasados.
—Lo busca una camioneta y una vitrola —dicen por el citófono.
La espiamos desde la ventana. En la parte trasera del vehículo se ve como una escultura de plástico y vidrio.
—Hermosa —afirma mi mujer para darme ánimo.
Pesaba más que una nevera de mi estatura y parecía tener dentro la densidad de muchos años en cantinas y bares, prostíbulos y garitos. ¡Cuántos dedos, cuántas huellas de enamorados, de pretendientes, de solitarios, estarían estampadas —como dibujo informe— sobre los números y letras! ¡Cuántos bohemios desilusionados repitiendo una y cien veces la misma canción; acariciándola, hablándole, pidiéndole explicaciones! ¡Cuántos! Ahora nosotros.
Las columnas del traganíquel —como dijo el experto que debía llamársele “técnicamente”, «roc-kola es una marca», tienen el fondo blanco y las líneas de colores que las recubren en desorden le dan apariencia de vitral ordinario, sin ángeles, ni cristos ni estrellas. Tal vez fueron las que entusiasmaron a Mi mujer y con sus ojos —más entusiasmados aún—, me volvieron demente al aceptar que esa misma tarde haríamos el negocio.
Mamá argumentó mil cosas para que desistiera de “semejante locura”. «¿Dónde la vas a meter?»; y mirando a su hermano medio le explicó que la sala era tan estrecha —construcciones modernas .... mejor, colmenas modernas— que apenas cabían los muebles. Mi mujer me lanzó un discurso con la mirada. No me dejaría derrotar por las persuasiones de mamá, además Rockola llenaba pedacitos de privaciones de otros tiempos y por qué no, era la recuperación de mi primera adolescencia cuando pude ver de cerca a unos hombres armados, sombrero de fieltro, zapatos combinados, bailando, en una pista iluminada por bombillos rojos, en la zona que llamaban de tolerancia.
Aquella lejana noche de sábado, al oprimir el teclado del traganíquel sentí un miedo terrible en el estómago porque debería escoger “mis discos” y bailar con una de las muchachas que vendía compañía. Ensayé muchas veces los pasos, en fiestas familiares, para esa añorada oportunidad. Escogí la de rostro redondo, cejas abundantes y labios púrpuras: otra adolescente. Extraña mirada que empieza a marchitarse detrás del maquillaje. Me enamoré de ella, o creí enamorarme. Por esos años la recuperé tantas veces, en los sueños la desnudé, metiéndola desde el recuerdo en mi cama húmeda, solitaria, en la fuerza de mis ojos cerrados, en mi agitar culposo. Sí, me enamoré. Le dije a mi hermano que me gustaba esa muchacha y él me respondió —mientras iba hacia una de traje lila transparente— que a las mujeres había que ganárselas con dinero o con palabras bonitas. Carecía de las dos cosas.
Cuando uno del grupo que la hacía reír se levantó a marcar las canciones, le confesé —huyendo de sus ojos tristes—, que era mi primera vez, que por favor me ayudara. No sé de dónde salió esa insustancial parrafada. Corrió su silla y me explicó —con voz de radio actriz—, que a ella nadie la ayudó en su primera vez y que por eso, nada más que por eso, estaría un rato conmigo. No me confesó su nombre, quizá se llamaba Jacqueline —por la Kennedy—, como muchas de su generación. Se dejó conducir —sus senos duros pega-dos a mi camisa estampada—, por la pista de madera reluciente —su pubis meciéndose en mi muslo. ¡Juro que me enamoré! ¡Cómo me gustaba! Intenté ocultar mi deseo pero lo buscó en medio de la guaracha con Celia Cruz y la Sonora Matancera. Creí que me besaría en el bolero acariciador de Los Panchos y que me invitaría a su habitación pero me llevó de la mano hasta la mesa y sin despedirse se marchó con un hombre armado, sombrero de fieltro, zapatos combinados, que la esperaba en la puerta del bar. No supe más de ella. ¿Cómo no rescatarla en el vidrio curvo de Rockola?
El viejo técnico, al que tío Álvaro pidió que me enseñara el mecanismo, puso su maletín negro, —de fibra— sobre el tapete y tomando aire preguntó: «¿dónde está el orinal?», como si estuviera en una cantina o en una casa de citas no programadas. Sin quitarse la chaqueta levantó la espalda de Rockola para mostrarme su organismo. Recordé los radios de tubos de mi abuelo y escuché nítidamente el ruido que supuse de la electricidad pasando por el complicado y desueto sistema. Me indicó el uso de las tres llaves: una, con su propia clave, para el monedero. «Los cantineros y las mujeres tienen la costumbre de robar al dueño», sentenció. La segunda servía para abrir el vidrio curvo y cambiar los discos. «La clientela se cansa de la misma música y exige novedad». La última desaseguraba la tapa posterior. «Cuídela, son muy nobles y le han dado de vivir a mucha gente».
Mi mujer, en silencio, la observaba con duda. «Ya ve usted cuando años tiene el aparatico, fíjese bien, todo original, hasta el papel interior ... y los espejos ... son muy buenas estas W:100 ... de lo mejor del 48 ... con las que bailaron los conservadores la muerte de Gaitán, perdone, pero eso dicen ... ya verá como suena de sabroso», y la activó con un paseíto de Lucho Bermúdez y me repitió que el regulador de volumen estaba en la parte de atrás, «usted le mete la uña y lo calibra ¿qué tal así? ... los bajos y los agudos ... aquí, en estos botones ...». Así terminó su explicación el cirujano de rockolas.
Sueño con un sueño que tuve cuando se habló —en casa de tío Álvaro— de las rockolas guardadas en la bodega. Sueño con tío Álvaro en su moto, con sus lentes para sol, su chaqueta de cuero y sus botas bleatles, invitándome a subir. Sueño que mi hermano llega en un camión por la rockola de columnas como vitrales, se apropia de los mejore discos y me invita a pasar el fin de se-mana en su casa de campo para inaugurarla bebiendo Viejo de Caldas con Cocacola y rodajas de limón, muchachas con minifaldas, colorete en las mejillas ... además, sueño que me aclara, me explica, que tiene música de los sesentas para que no diga que sólo boleros de Agustín Lara y Javier Solis ocupan las cien selecciones.
Me levanto despacio, sin ruido, quiero asegurarme de que Rockola está en su lugar. Avanzo con temor de vivir en el sueño. Rockola sigue ahí, con su boca —mandíbula de vidrio curvo— abierta, esperando órdenes para empezar su nueva vida en el espacio que le permitimos.

El timbre suena y retumba en nuestra piel. Ante los invitados inicia su debut: la admiran. Los vecinos no llaman para que bajemos el volumen. El baile ocupa los pocos metros vacíos de la sala.
Son las tres de la mañana. Rockola empieza a toser como si padeciera bronquitis rockolar ... echa humo por el vientre ... todos se alarman ... ha dejado de sonar ... está muriendo. Le digo a Mi mujer que llame con urgencia al médico de rockolas, que el número telefónico está en la mesita de noche. Me detiene explicándome la hora ...
Toco el corazón de Rockola ... percibo vibraciones en mi mano, la respiración de Mi mujer en mi cuello, el murmullo de los amigos ... los ojos de Jacqueline, marchitos, tras el maquillaje de la muerte ... los hombres armados, sombrero de fieltro, zapatos combinados, entran por las ventanas y nos disparan.
Bogotá, enero 30 de 1987

Collage
Introito
Lo que aquí se cuenta requiere el tono que Edgar Allan Poe le imprimía a sus Narraciones Extraordinarias y exige la meticulosidad balzaciana que odian los enamorados de la prosa ágil, los amantes de Norman Mailer, Truman Capote, Ernest Hemingway, los norteamericanos que lindan el periodismo con la literatura.
El adjetivo que no da vida mata: siempre hay que disparar al blanco, partir la manzana.
No es esta historia la que resume la justeza de un relato o el orden de una estructura. La presencia de mi mujer, de Ignacio y los amigos, es clave, no puede omitirse porque significaría que pertenecemos al tiempo concreto que demarca esta larga y singular ficción.
Los personajes no deambulan del todo en este siglo que agoniza, pertenecen a esa cronología estática que hace que los objetos y las personas se suspendan en un eterno presente como si el futuro y el pasado se negaran. Esta narración podría pensarse o escribirse como una pieza de teatro isabelino pero no se trata de la ostentación sino de la peculiaridad, quizá sí, de la simpleza que Lovecraft daba a sus relatos; él se sentiría complacido que transcurriera en una casa campestre. Sin temor a equivocaciones este autor maneja —de manera insuperable—, la temática de lo inesperado o mejor, de lo impensado. A pesar de las apologías del amado Julio Cortázar a Poe, el verdadero manipulador del nivel agreste del siglo XIX, del tiempo sin tiempo, ha sido Lovecraft.
El secreto de la estructura del cuento poco importa al lector pero sí al autor que sufre por no caer en la obviedad o en el ridículo. Ejemplo: gasté mucho espacio para empezar: no golpee en la primera línea, no noquee a nadie con la frase inicial; no resumí en el primer párrafo el argumento; mi visión de mundo —al decir de un entendido— es premoderna, en conclusión: debo revisar lo escrito, a lo mejor, desconectar la palabrería y entrar a hablar de Víctor Hugo, el amigo de Ignacio.
Antecedentes
No siempre acababa la fiesta en la urna rococó del apartamento oyendo la música que nos ubica en el tiempo que queremos. No. Algunas veces asistíamos a la casa de un pintor, un poeta, un cualquiera, o a un sitio donde conocen a Ignacio, cantan nuestras baladas o leen poemas que admiramos. Otras muchas íbamos a ese lugar extraño y mágico donde Víctor Hugo pasa gran parte de sus horas.
La casa de Víctor Hugo
Localizada en el norte de la ciudad; sector burgués y comercial que alberga el ambiente que Maupassant da a sus espacios llenos de pintorescos adornos y peculiares acaeceres. La casa de Víctor Hugo se halla al lado de un parquecito que tiene en el centro la imitación del puente por donde cruzó la muchedumbre enardecida que originó la primera revolución y la independencia de la que aún llaman Madre España. La edificación toma una singular apariencia sin ser descubierta fácilmente por quienes transitan por sus aledaños. Pocas veces —o mejor pocas personas—, se percatan, de que arriba de las aceras de una ciudad, encontramos otra ciudad, que el primer plano capta sólo la inmediatez de los territorios, sin afirmar con esto que en esas aceras no se cose y descose el mundo en la podredumbre que cubre al ser humano en todos los tiempos y generaciones.
La visita y el anticuario
Mi mujer y yo tendríamos —por primera vez—, la oportunidad de visitar el aposento de Víctor Hugo, tan recreado en la verbalidad ágil de Ignacio. Nos llenó de emoción porque Víctor Hugo se apropió del afecto inmediato que damos a quien va por la vida sin importarle su trascendencia y que hay que cuidarla para la vejez.
Víctor Hugo corazón de conejo
Una descripción cervantina de Víctor Hugo podría acercarse a esto:
Uno: de rostro hirsuto más no triste, un poco melancólico lindando en lo despreocupado.
Dos: de cuerpo delgado más no por ello escaso de músculos ... de poca complexión atlética.
Tres: de estructura ósea resistente sin muestra visible de practicar deporte alguno.
Cuatro: de pelo negro sin rizos ni ondulaciones de consideración: corte delimitado por moda reciente. Al decir verdad y observándolo sin detenimiento, una lejana huella divisoria que cruza el parietal izquierdo lo circunscriben como adolescente de los años sesenta, seguramente víctima del por entonces denominado «corte Humberto».
Cinco: de estructura mediana, superando en unos pocos centímetros la media generalizada de la especie latina, colombiana.
Seis: de ojos taciturnos, corazón peludo de conejo cortazariano y sonrisa cercana a la soledad.
Siete: de labios poco carnosos más sí demarcados: los silencios también están pegados a su boca.
Ocho: sin pelo en el labio superior que afianza más su apetencia por Los Beatles que por Bienvenido Granda, al abrir la boca su rostro lampiño se hace alegre y no aparenta la cercanía con las cuatro décadas calendario.
Nueve: de trajes modernos, sacones, chaquetas, bombachos ...
Diez y último: de desesperadas carreras de conejo perseguido por el tigre, en su Alfa Romeo, comiendo carretera pavimentada y semáforos en rojo.
La ceremonia y el escenario
Víctor Hugo, vestido con paño inglés, camisa de cuello duro y corbatín púrpura, se mueve, como un arlequín, en medio del escenario, animando a la concurrencia que admira los decorados y las obras de arte que serán vendidas —como todos los jueves a las ocho y treinta—, esta noche. Damas y caballeros bebiendo escocés, trasluciendo en sus joyas y ornato una sociedad que derrumba impedimentos frente a una aristocracia sin dinero, que desaparece de los salones, los banquetes y El Parlamento. (Víctor Hugo nos saluda clandestino, malicioso, arrugando los párpados izquierdos, como una señal con los dedos, vulgar y perversa). La ceremonia de entrega se inicia: los narcotraficantes —nuevos ricos— borrachos y alevosos, ofrecen grandes sumas por joyas, marfiles, biombos, aguamaniles, consolas, aderezos, visones, pinturas, porcelanas, cristales, estatuas, lámparas, relojes, mármoles ...
Empieza la función
Víctor Hugo, voz de trotamundos, tono de años que exige cada pieza que remata, martillo arriba, vuelta otra vez, y la palabra que embruja de nuevo los objetos, el párrafo que ilumina, que destella sobre las pupilas del público, que levanta la piel vanidosa de las señoras de reciente clase distinguida, amantes drogadictas, somnolientas, indicando —índice arriba—, para entrar en la competencia de los precios, no importa el valor, posesión y rumbo a las ofertas, y Víctor Hugo, aullando como un proxeneta que implora el despojo total porque sabe vender las ausencias y las presencias, crear sueños y destronarlos con dos adjetivos. Secreto de otros secretos que desenhebra vestido de corbatín, pretencioso bufón, gnomo gigante, trovador, encantador de serpientes, pregonero y poeta, balanceando el cuerpo en un círculo de medio metro, oficiante del aquelarre, puyando a los mendigos de la usura y a las superficiales, mientras Ignacio y los amigos, camaradas de carpa en la ciudad, galanchines y segundas voces en la pista de las subastas, consuetas aduladores, expertos en arte, levantan las manos de gorila en busca del manjar que otros salivan, voces de tenores alejados de los micrófonos, avivadores de la hoguera de los nuevos y recientes millonarios con conexiones united states, hienas de sonrisas hipócritas que se llevarán la ansiedad de esta noche para guardarla celosamente, colgar el estatus encima de la chimenea y rumiar la envidia de las amistades que siempre traicionan.
Escenario permanente: los extras repartidos en la sala, rigurosos en el licor y el trato, elegantes sin caer en la utilería del macho cabrío que todo lo domina desde el estrado, o mejor, desde el atrio, o mejor aún, desde el ara de su piel de noches públicas. Y las hermosas apuntadoras, negro profundo en las sedas naturales, pitilleras de diplomáticas africanas, uñas esmaltadas a lo Edith Piaf o Simone Signoret, zapatos de tacos altos, movimientos acompasa-dos por la voz del director de la farsa, varita-martillo, del mango al mazo; y las otras mujeres, las compradoras, maquillajes de vedettes «play boy», palidez de las humillaciones, susurrando al oído de su mafioso acompañante, pujando para evitar el rubor y la burla de la rubia oxigenada que le arrebata el aderezo por unos miles de pesos más, la muy descarada, la que sufrirá en la cama de hotel de cinco estrellas, pujando luego en el ridículo inodoro de pedernal donde la degradación es inminente a pesar de las perlas y diamantes colgando de su cuello alargado, el maldito excremento emergiendo, classs, al agua, sin poder pagar una criada limpiaculos, la manita, aroma de Jean Pateau, envuelta en papel higiénico, aseando el orificio violentado, sin mirar el color de su interioridad, y «¿cómo encontrar un hombre como ese?», el falo erecto que sobresale del grabado, detrás de la puerta del W.C., damas, «¡qué horror, las cosas que pienso!», se dice mientras la vagina se contrae, húmeda de orines, otra contracción leve ante los eróticos de Picasso... de nuevo a la sala, luciendo las bolitas de sus pendientes o las aristas de sus piedras, un beso con punta de lengua dentro de la boca del girador de los cheques.
Víctor Hugo, el agorero, se apresura... es otra historia de iluminación. No es un anticuario de la usura sino un intermediario entre el arte y el miedo. No remata la vejez de los objetos sino su presente jamás enmohecido por el tiempo, sin negarlo, albergándolo, sin borrar los años en la profundidad de la esencia.
Ha querido contárselo a los amigos pero se detiene ante el imposible del futuro y ante la luz de sus ojos que alumbran el contorno de las noches perdidas y recuperadas al lado de a los que llama «iluminados».
¿Cómo no amar las Majas desnudas, las inalcanzables Venus, las solitarias y siempre presentes Galas?
La fiesta de la soledad
La subasta termina, los mozos recogen vasos, ceniceros... el anfitrión se confunde en medio de sillas, estatuas, adoquines. Como en un teatro de múltiples decorados, de infinitas tramoyas, nuestra música luce las alas para rehacer el presente detenido. Entonces nos hacemos jóvenes, como realmente lo somos en el otro extremo de las cosas, allá, donde el pasado es presente y nunca será más que presente.
Víctor Hugo lleva unos jeans ajustados, una camisa a cuadros y una sonrisa entre melancólica y alegre. Liba a grandes sorbos y brinda con sus actores de última clase. No habla del resultado de esta noche y como un sátiro desproporcionado —en el centro de la sala vacía—, enciende un taco de luces pirotécnicas que se elevan desde los tapetes hasta la celosía, tocando los cristales. Mi mujer se abraza a mí. Veo pasar una ráfaga, luces de bengala lanzadas desde el volcán que sigue ardiendo en la mitad del recinto. Niño y fauno. El tóxico de la pól-vora nos hace huir ... buscamos el segundo piso ... el primero ... la calle. Arriba, él danza y ríe en medio de la bruma: lo oímos. Los vidrios de los ventanales caen a las aceras y el humo se escapa en pequeños chorros, por las marquesinas. Oigo la carcajada. Sara ríe. Ignacio y los amigos no hacen comentarios. La casa parece emprender un viaje a propulsión... las turbinas pierden fuerza...
Se queda solo: sin nosotros, sin Ignacio y los demás, sin el humo y el fuego de las alfombras. Deambula con el vaso lleno de whisky hasta su habitación-camerino. El tercer traje está listo, encima de la cama. Esta noche cami-nará -como tantas otras— en medio de estatuas, óleos, acuarelas, pasteles, grafitos, mármoles... amores y odios.
Mi mujer y yo vamos por la avenida, unimos con las luces de los autos una ciudad imaginada, inmensa telaraña que devora y vomita, que rumia y tritura. Transitamos mientras el cielo abre la mañana y Victor Hugo sigue en el éxtasis de sus sueños.
Bogotá, febrero 21 de 1987 En los 40 años de Carlos O.

Una vez el mar

A Camilo Losada C.
I
Huaraz construyó solo su propio velero a la vista de todos los hombres del puerto. Su piel cobriza expuesta al sol y los dos tatuajes: un cóndor en el brazo derecho con alas extendidas desde el biceps al dedo central y, un pez ciego de colores en la palma de la mano izquierda, resumían su vida.
Nació en un pesquero extraviado y desde niño saboreó el aire húmedo venido de muy lejos. Entre los temporales, las tardes soleadas y las fauces temerosas de las noches, se hizo adolescente y hombre sin que se diera cuenta.
Ella arribó al puerto nadie sabía cómo ni por qué. La vieron en la playa sentada sobre un baúl de cuero repujado, absorta en el mar. Tenía quince años pero su cuerpo parecía el de una mujer de veinte. Cuando uno de los arponeros se le acercó para preguntarle a quién esperaba, ella señaló el velero que venía a lo lejos. En el atracadero Huaraz recibió el mensaje, bajó con la misma parsimonia del mar tranquilo, puso sobre el hombro la pesca de la mañana y avanzó por el camino de madera hasta donde ella seguía el dibujo de las gaviotas.

— ¿Cómo te llamas? —le preguntó.
— Iveth —respondió sin mirarlo.
Nadie le conocía mujer a Huaraz en el puerto y al verlos cruzar la calle los comentarios fueron muchos: más que novia parece su hija. Es una alucinación de pescador. Una belleza así no puede buscar marino solitario.
La condujo hasta su casa echándose en el otro hombro el baúl y le preparó un sábalo frito con trozos de plátano verde. La noche llegó despacio. Bajo el mosquitero volvieron a hablar:
— Este es un lugar inhóspito...el mar nos regala todo a quienes lo hemos conquistado...usted no lo soportará —dijo Huaraz.
— Me gustan el mar y la vida... presiento que voy a ser feliz— habló ella con una voz suave como la brisa que movía el liencillo, y agregó: no siempre alguien nos espera.
Salieron con la aurora, subieron al velero y se perdieron el alta mar.







Iveth fue sembrada de olas, algas y despedidas. La turbulencia de Huaraz quedó desde ese mismo día palpitando en las entrañas de la mujer como si tuviera dos corazones agitados dentro de sus carnes. Ella recordó que en sus sueños hubo mar y flores en una mesa grande donde compartía con muchas personas.
— Esa es la estrella de los marinos perdidos —le dijo Huaraz señalan-do el ocaso. Iveth, desnuda en medio de la inmensidad, la observó; después lo miró por primera vez a los ojos y lo amó entre el placer y el dolor.
El empezó a entonar canciones de naufragios, subió a Iveth sobre sus piernas y vocalizó cánticos de cuna como aleteo de pájaros en su aliento de cactus. Sus músculos, sus poros, ventanas al mundo —como él las llamaba— se fueron abriendo, y el mástil de su barco a la deriva volvió a buscar la ansiedad de la adolescencia convertida en mujer. De nuevo el acantilado cedió a las conchas y a la espuma venida de los remotos lugares donde Huaraz creía que los marinos lograban asirse al arco iris. Dos semanas de navegación y pesca confirmaron el amor. Nadie más inventó suposiciones. Se acostumbraron a verlos partir y a verlos regresar. La mañana en que Huaraz salió solo, los pescadores le dijeron adiós: no llevaba los atavíos de la pesca ni tarareaba la canción de los piratas.
II
Iveth se marchó del puerto llevando la mariposa que le golpeaba las entrañas. Llamó a muchas puertas de ciudades ignoradas. Los hombres la detallaban como relojeros ancianos y al saber que esperaba un hijo la rechazaban. Un solitario negociante de antigüedades, gobelinos y cuadros que él mismo pintaba en el sótano de su casa, la recibió para que atendiera el almacén y le dispuso una de las habitaciones del fondo, semioscura y húmeda. Se llamaba Leonardo y según decía, sus orígenes estaban en la lejana Italia.
Charlotte nació a las doce de la noche ayudada por la comadrona y el artista melancólico que, asustado por los gritos de Iveth, acudió presuroso desde el sótano, envuelto en una bata de terciopelo. La niña creció despacio como el amor de la pareja. Los clientes lanzaban exclamaciones al verla tan hermosa y distante, metida en el cajón con barrotes. Un abundante cabello de negro profundo cubría su redonda cabeza, enmarcaba su piel canela. Y las pocas veces que sonreía, Leonardo buscaba atrapar ese instante para hallar —según decía— una expresión más original que la del cuadro famoso de su antepasado. Desde entonces esos labios fueron el único tema de los dibujos del padre aparente.
Leonardo e Iveth se casaron antes de que Charlotte se los impidiera: los espiaba por toda la casa. Caminaba apoyada en las paredes hasta el sótano donde ellos se encerraban entre bastidores, y lloraba a todo pulmón al oírlos jadear.
Con una voz resuelta Charlotte empezó a hacer preguntas sobre la vida. Su madre le contó la verdad porque soñó que Huaraz, desde las aguas inquietas de un océano que ella conocía siempre donde había sido feliz, le pedía que le relatara sin tergiversaciones la historia de su origen. Lo vio en los abismos adornado con perlas, tesoros, joyas de vikingos y amuletos nacidos en la oscuridad eterna de las profundidades; lo vio hermoso y taciturno; oyó sus poemas en burbujas multicolores que estallaban en la superficie del mar, comprendiendo que no había muerto y que volvería a buscarla a pesar de la distancia que los separaba.
—Huaraz es el nombre de tu padre —le confesó.
— Huaraz, Huaraz, Huaraz —repetía Charlotte como inventando la palabra—: Huaraz, padre Huaraz —decía evocando la figura del hombre dibujado en la bruma de un gobelino.
— Es pescador —afirmó Iveth.
No pudo sobrevivir a la farsa del desamor y se lo contó todo a su retraído esposo que gastaba la vida tras la sonrisa de la pequeña Charlotte. Le dijo que Huaraz la poseía en los sueños y que era feliz con él, acariciada por sus tatuajes y lamida por su voz de arponero. Leonardo comprendía el desasosiego, insistía en enamorarla pero toda tentativa era inútil. Entonces espiaba rabioso los sueños que la hacían dichosa mientras él, enfrentado de nuevo al lienzo, seguía pintando como si en cada línea destrozara lentamente a la mujer que años antes cruzó el umbral de su sótano para implorarle un poco de compañía. Supo perdonarla para no perderla. Supo sufrir con Charlotte creciendo sobre las telas; aunque pocas veces se dirigieron la palabra ella vigilaba los retratos sintiendo alegría de ser tan bella.
III
La primera corona hecha con mirtos y calceolarias rojas la lució Charlotte en la escuela. La hicieron reina en una competencia desigual. La armonía de su cuerpo no resistía la placidez de su mirada y la hermosura de su sonrisa. Iveth la llevó al internado de las vicentinas para esconderla de los hombres y alejarla de la obsesión de Leonardo que decidió cerrar el almacén y mascullar la rabia y la soledad al no tener esos ojos grises paseándose por los corredores de su casa.
Tenía catorce años cuando la hermana superiora la llevó hasta su despacho privado y le dio la noticia: la casa de su madre estaba en llamas. No lloró, sabía que seguirían jadeando sobre el lecho de plumas. Una estrella desde lo profundo de la noche titilaba para ella. Charlotte quiso decir algo pero las espinas que cruzaron su garganta no se lo permitieron. Una enorme ave surcó el firmamento y un pez de colores murió en el fuego.
Su cara de recién nacida, de infante y adolescente en los lienzos, se borró para siempre en las cenizas. Esperó a que el incendio terminara y cruzó el pasillo por donde aprendió a caminar. Fue al sótano y abrió la caja blindada: en el baúl de cuero repujado encontró el dinero y la carta. Leyó dos veces y luego introdujo la nota en los rescoldos. Dobló su hábito de colegiala, le puso bolitas de naftalina y lo guardó en el baúl. Se hizo mujer, entonces sus ojos se volvieron más grises y su sonrisa más tierna detrás de la soledad y los sueños. Compró una enorme casa donde albergaría su dolor y construiría su futuro. Sabía que a esas habitaciones vendrían los personajes más importantes e insignificantes de su mundo memorizado.
IV
Conoció en los libros países y hombres, paisajes, alegrías y dolo-res que enternecían sus noches de vigilia. Tres largos años duró la construcción del sótano. En ese suspendido tiempo se hizo a la admiración de los vecinos que la veían como a la benefactora y como a la representante de los triunfos jamás logrados. Cuando paseaba por las calles volvió a sentir la piel erizada como si todos esos ojos, desde las ventanas y las puertas, la dibujaran en un enorme lienzo que llegaba al mar. Regresaba a su casa con el cuerpo tembloroso y se refugiaba en el sótano a oír a Bach, desnuda sobre la cama redonda cubierta con una piel de oso blanco. Aparecía entonces, detrás de sus ojos cerrados, el mar tranquilo y su padre llamándola. Entreabría los labios y lo requería: Huaraz, padre Huaraz ¿desde qué lugar guías mis pasos y mis horas?
V
En la casa de árboles y piletas de piedra, nacían y morían los hombres, se escondían del mundo o se entregaban al abismo sin salir de esos muros llenos de enredaderas. Allí llegaban los ausentes y los presentes, los enamorados e incomprendidos a reposar en los ojos grises de Madame Charlotte, como empezaron a llamarla.
Nadie sabía cómo lograba hacerse a esos huéspedes desdichados con dinero y arrepentimientos. Los vecinos creían que eran familiares lejanos de Madame, y envidiaban las visitas importantes que pernoctaban allí.
Era una antigua vivienda llena de corredores cubiertos con tapetes rojos encontrados en los recodos frente a los empolvados gobelinos con dibujos de peces que adornaban las paredes. En las puertas de las habitaciones había nombres de varones: letras negras sobre mármol blanco. Las camas dobles cubiertas con colchas de felpa, las consolas talladas, los espejos de cuerpo entero —entradas clandestinas—, los armarios amplios —escondites penumbrosos—, los libros alineados en pequeños estantes con páginas subrayadas para los bienaventurados y los distantes del universo superficial de las avenidas y los pavimentos, completaban los objetos de las alcobas que servían de añoranza a quienes llegaban por accidente o por noticias salidas por las bocas oscuras de los miserables.
Las mujeres que acompañaban a Madame Charlotte eran agraciadas muchachas venidas de distintos sitios de América que tras el azar de una conquista o el deseo de un regreso, golpearon a la puerta con entrada de pinos para averiguar por un nombre inventado y se quedaron esperando cuál respondía a sus blasfemias de coquetas gesticulaciones. Charlotte las había atendido personalmente, les elogió sus dotes y las miró con ternura desde los infinitos nimbos de sus ojos. Se maravillaban caminando por los pasadizos y al hallar a las otras oyendo la estereofónica le pedían a la señora un sitio para poder vivir lo que una vez imaginaron para sus vidas.
Janacatú, la más antigua —a quien conoció en la calle dibujando sobre papel blanco el rostro de los transeúntes— aprobaba con una escondida mueca el ingreso. Cuando fueron trece, las puertas se cerraron para las otras mujeres del mundo. Los habitantes permanentes los completaba Haborim, un negro hawaiano que servía de chofer, jardinero y vigilante. Los demás eran viajeros estragados que perseguían una aventura en la cual morir. Por allí pasaron poetas y dramaturgos exiliados de Europa y de los gobiernos latinoamericanos; políticos y militares huyendo de sus muertos; agiotistas y comerciantes con las bolsas llenas de droga y fortuna; músicos y pintores buscando acordes y paisajes; estudiantes y guerrilleros; atracadores y vendedores de ilusiones; magos y payasos sin carpas ni escenarios; ancianos y jóvenes que hasta ahora conocían la vida; proxenetas y homosexuales que deambulaban por las luces mortecinas de los cabarets y los bares desentrañando bajo las mesas la felicidad; cancerosos y cardíacos que pretendían morir sin una mueca; críticos que sollozaban por no haber podido crear lo que destruían; y asaltantes de bancos y secuestradores y mendigos y leprosos y sifilíticos y todos lo que detrás de las sombras levantaban el picaporte —cara de león— para solicitar alojamiento.
Janacatú los recibía en el vestíbulo, les llenaba una ficha como en cualquier hotel y descubría el dolor que albergaban en las valijas o corazón. Ordenaba que Carmen, Cristina o Marta, o cualquiera de las otras muchachas, salieran a atenderlos. Nadie sabía con precisión el final de esos hombres despistados que arribaban conducidos por el risco. Ellos no advertían si vivieron realmente los placeres entregados por las muchachas que los conducían a través de los anaqueles y los depositaban desnudos en los lechos, bajo deleitosos ritos de amor entre el encantamiento. Al amanecer, no se percataban si estaban despiertos o seguían viajando por todas las esquinas, y la incertidumbre aumentaba el encontrar sobre la mesita una rosa roja recién cortada, con rocío sobre los pétalos. No hacían preguntas temiendo la ridiculez y aguardaban pacientes la noche para revivir su aventura.
VI
Podían ver a Madame Charlotte los viernes después de la cena tocando el piano en a sala principal, vestida con delicados trajes de seda que armonizaban sus líneas. Al terminar el concierto pasaba por cada uno de los lugares donde los huéspedes apretaban sus respiraciones al verla completa, bajo la luz blanca de los reflectores, sin prendas íntimas. En el sótano —al cual se iba por un corredor lleno de plantas florecidas— las paredes estaban llenas de libros que Charlotte adquirió desde cuando su padre le indicó el valor de la ciencia y el arte.
Los hombres preguntaban por Madame Charlotte en sus vacíos de relatos de viajes y les respondían “no te preocupes, el viernes tocará el piano. ¡Es muy bella, la más bella de todas”. Muchas fueron las propuestas de matrimonio e iguales las negativas. La casa estaba siempre llena de flores que los admiradores ordenaban para ella. Algo de ausente se notaba detrás de su conversación trascendental.
A los veinticinco años esperó la visita. Huaraz se la comunicó en uno de los sueños y ella supo que nada podía evitar su decisión. Cinco años hubo de retrasarse la ceremonia porque apareció el hombre que la hizo flaquear por primera vez. Era un viajero, más bien un errabundo que ostentaba el poder de conquistar con su verbo fácil a quienes tuvieran ascendencia en la multitud. Manejaba a la perfección la teoría del murmullo en la cual, el tono, la respiración tibia y el convencimiento en las palabras deslizadas en el cuello de la mujer aseguraban la conquista. Llegó una noche cualquiera con un arcón lleno de manuscritos y postales de todos los puertos del mundo. Habló tres cosas en un inglés fuerte, dos en un portugués cadencioso y el resto en un español antiguo. Era maduro, alto, de piel morena tatuada y ojos marrones. Introdujo por debajo de todas las puertas una misma nota para Charlotte con su caligrafía en tinta verde, dos corazones atravesados con flechas y unas palabras sapienciales. Cuando se enfrentó a Madame Charlotte recitó dos poemas en Quechua y uno en Nahuatl donde se relataba la fugacidad de la vida, el enigma de la muerte, la vanidad del hombre y la rapidez del goce.
El viernes ella sucumbió ante la persistencia de su parloteo y dijo “está bien, sígueme, vamos al sótano”. Hasta esa noche aciaga ningún hombre había puesto los pies sobre la piel de tigre que reposaba cerca al lecho.
Las muchachas se reunieron para comentar —en medio de murmullos— la decisión. Unas debatían el desacuerdo, que ese miserable era un pobretón charlatán y desarraigado. Otras, en cambio, se sintieron cortejadas por ese caballero de risa vivaz y sabiduría en la charla que como los príncipes de los cuentos llegaba con la felicidad a flor de piel. Concluyeron que no les correspondía criticar los actos de la señora, guardaron silencio y esperaron órdenes.
El vino y la cena que les llevaron sobre bandejas de plata marcadas con el nombre de Huaraz destrozaron la voluntad del hombre. Charlotte encendió las tres chimeneas de su recámara, puso el concierto Brandenburgués número cinco de Bach y brindó por los episodios enigmáticos de su acompañante. Cuando los leños quedaron apenas enrojecidos, pudo verla desnuda y bella postrada al susurro de sus historias; la observó caminar como si no tocara el pelaje del tapete; la escuchó leer los poemas de Huaraz con una entonación de murmuración eterna; se acercó hasta sus manos mientras ella cerraba los ojos.
Se fugó como un murciélago cruzando la noche sin que Charlotte pudiera decirle adiós. Ella salió del sótano hasta cuando llegó al buzón el periódico con la noticia escandalosa del .
VII
La semana en que los astros dibujados en el Talmud y el Tarot aparecieron, Madame Charlotte sintió el rugido del mar en sus entrañas y por su sangre navegó danzarino un pez ciego de colores.
— Es tiempo —dijo a Janacatú.
En la casa de amplios zaguanes congregó a las muchachas en una pequeña despedida y ordenó las últimas cosas que debían concluir en su ausencia. Janacatú no pudo contener el llanto y las demás, al verla cubrir el rostro tras las manos extendidas, hicieron coro a la tristeza. Caminaron en fila hasta el sótano; Charlotte les regalaba los libros que tanto amó, recomendándoles que se detuvieran en las páginas separadas con plumas de ruiseñores.
Luego repartió el dinero, les recomendó a los huéspedes que seguirían llegando hasta el verano y quemó en las chimeneas los gobelinos.

Brindaron por la vida y la muerte y por la casa que las reunió, pasaron al comedor principal y cenaron sin esconder las lágrimas. Charlotte ejecutó el piano para ella y por primera vez se le vio llorar. Cerraron las puertas y las ventanas y echaron llave a los visitantes que esa noche espiaban por las hendijas y los espejos la llegada de las mucha-chas. Nadie salió a despedirla. Un aire tibio se escapó de la casa.
VIII
Los pescadores la vieron esa tarde sentada sobre el baúl de cuero repujado. Demasiado bella para ser real en el lino de su traje, ninguno se atrevió a interrogarla. Huaraz, un nombre olvidado ya en los temporales, en las tardes soleadas y en las fauces temerosas de las noches, se oía en sus labios. Alguien recordó la estrella extraviada del marino solitario y se arriesgó hasta ella incrédulo pero Charlotte avanzaba entre la neblina gris de sus ojos hacia un velero detenido en la raya del horizonte donde nacía y moría el arco iris.
Bogotá, 1983

Cristina

Para Carolina Rueda
Llevaba una ropa distinta cada mañana por los corredores de las oficinas públicas, queriendo apoderarse de los primeros años cuando apenas era una niña, una colegiala que sacaba piropos y decires en las calles concurridas, y hasta llegó a pensar, sola, encima de su cama, que verdaderamente era hermosa. Por entonces presentía las voces de sus amigos de barrio y de curso llenas de absurdas palabras y esperaba pacientemente mirando el cielo-raso de su habitación, la ternura de un hombre que le hablara al oído como los protagonistas de las radionovelas

Cargaba por esos años, los libros bajo el brazo, las medias blancas al tobillo y el caminar salteadito de la gimnasia y de los juegos, argollados los brazos, por las calles del barrio, en medio de la calzada, como si la vida fuera sólo para ella.
Quería ser siempre la mejor, llevar las más altas calificaciones a su padre, y se enteraba con cierto orgullo que los ojos de sus maestros recorrían su uniforme corto, que bajaban las miradas a las piernas entre abiertas que ella apartaba para dejar ver sus muslos fuertes cubiertos por vellos ordenados sobre la piel canela; entonces detenía el pensamiento en el profesor de álgebra por considerarlo el más inteligente de todos; llevaba el cuaderno de las operaciones con tinta azul y roja, títulos subrayados, fecha al lado del margen, y siempre, al terminar la clase, pedía explicación extra, cuando todos se habían marchado al recreo y los dos permanecían, él hablando de los binomios, la factorización y los teoremas, ella, respirando su aliento tibio sobre la mejilla hasta cuando volvía a sonar la campana y él decía, me disculpa pero tengo que irme. El hecho más osado que cometió con el matemático fue rozar sus muslos descubiertos con su mano en movimiento fugaz haciéndolo huir entre el bullicio luego de acomodar el sexo para no ser descubierto.
Se acercó entonces al de educación física, un enorme negro que le indicaba cómo debía saltar por encima de la cuerda, cómo debía armonizar el cuerpo con una música imaginada y que le acariciaba con disimulo cada vez que daba la indicación de un ejercicio y que al pasar la mano por el medio de su vientre desnudo, en una tarde de natación, le había apurado el líquido tibio que se deslizó por sus piernas haciéndola marchar para su casa con la frase en los labios; ya soy una mujer, ya puedo tener un hijo.
Su padre había envejecido muy temprano con las manos puestas en el timón de un camión, y aunque su ambición fue llevarla hasta una universidad y tener una doctora en la familia, sus hermanos se habían ido para el ejército unos, y otros estaban en el contrabando, murió con el sueño en una curva quedando con la alegría prestada de un título lleno de firmas y sellos colgando en la pared de la habitación que servía de sala. Se quedó sola recordando los algodones que le pusieron entre las narices a su padre, retirándose del colegio, dejando de lado las caricias clandestinas del profesor de gimnasia y decidió buscar empleo desde la misma tarde en que una amiga la llevó hasta donde una especialista en leer la mano y las cartas, el residuo del café y el cigarrillo, y quitándole los últimos pesos que tenía en la caja de ahorros, le auguró un gran amor y una enorme fortuna.
Estuvo muchas horas en las antesalas de los despachos públicos buscando por lo menos una solicitud de empleo pero siempre respondían a sus requerimientos: no hay vacantes, vuelva después. Las recepcionistas la miraban con la misma lástima que les tuvieron en los años anteriores y terminaron ofreciéndole un café, preguntándole por su familia, sus amigos y sus experiencias. Ella se extrañó al principio con todo lo que le explicaron pero guardó la esperanza de conocer una persona importante, influyente, con poder —como decían—, para que la ayudara. Le recomendaron, luego de muchas visitas, que fuera hasta el directorio político que representaba esa oficina, a conseguir una recomendación con sello del partido y a pagar el carnet laminado.
—Tienes que decir que tu padre ayudó en la última campaña.
—Tienes que decir que tu familia votó toda por ellos.
—Tienes que sonreírles mija, tienes que hacer lo que te pidan porque uno de pobre que más hace.
Entró a la casa grande con puerta de edificio moderno que en la parte exterior anunciaba la victoria.
Se había puesto el mejor de los vestidos, las medias buenas que le quedaron del colegio, los zapatos altos recién reparados, una blusita de botones forrados, unos calzoncitos pequeños y un poco de polvos para rebajar el color oscuro de sus pestañas untadas de betún y que hacían más tristes sus quince años. Se miró en el pedazo de espejo y se dijo en voz alta, luego de observarse de perfil: estoy muy bien así.
Encontró otras mujeres como ella esperando al doctor y encontró a una anciana lloriqueando porque habían destituido a su hijo de agente de la policía y reclamaba a gritos una carta del doctor para el comandante; estaban los hombres encorbatados con aire de importancia ordenando con las manos levantadas el turno de la conversación, esos mismos que iban detallando a cada una para luego decir: siga usted, señorita.
Le habían sudado las manos y los pies cuando le pidieron el nombre. Cristina, dijo secamente sin que le dieran tiempo de más. El hombre garabateó su nombre con una pluma sobre una larga lista. La llamaremos, dijo luego, levantándose y ofreciéndole la mano derecha.
Afuera la esperaba el otro que la había hecho pasar; le explicó que tenían doctores en muchas partes, que si fallaba uno, por ninguna circunstancia podía fallar el otro. Te espero el viernes a las cinco de la tarde para darte alguna razón, concluyó luego de mirarla mucho. Gracias doctor, había respondido con el corazón agitado.
No se lo contó a nadie temiendo perder la oportunidad; no le dijo a sus amigas porque a lo mejor se ofrecían a acompañarla, y no salió en los días siguientes esperando la tarde del viernes para lucir el vestido de flores y jugarse su porvenir.
Soñó que estaba en una oficina amplia, que manejaba una máquina de escribir eléctrica, que era la principal de todas, que redactaba cartas y mensajes, que tomaba anotaciones en las juntas y que le aumentaban el sueldo al verla tan activa. Soñó además que era la más bella, que salía con un doctor amigo de su jefe, un hombre de elegante vestir y palabras importantes que la conquistó en un almuerzo con los de la oficina; soñó que se estaba casando con él, vestida de blanco, que estaba con el estomago abultado, que tendría un hijo con nombre extranjero y que sería feliz. Soñó que ambos iban al mercado en el carro, que él le entregaba un dinero para sus caprichos y que nadie podía quitarle tanta dicha. Al rato, despertaba sofocada de calor porque en el sueño aparecía el mar y una enorme playa y otra vez un hombre que luego de haber asesinado al profesor de educación física le aprisionaba el cuerpo contra la arena, la cara hundida en el piso hasta perder la respiración. Entonces abría los ojos y secando las lágrimas se cruzaba el pecho con una bendición rápida e invocaba a su padre en medio de un "Padrenuestro".







El doctor la saludó entregándole la mano y diciéndole siéntate que tengo excelentes noticias para ti. Ella dijo gracias doctor, es usted muy amable. Te vamos a nombrar nada menos que recepcionista del directorio, para que vayas adquiriendo experiencia, será un tiempo, claro que sin sueldo, si tu quieres estarás trabajando hasta cuando te consigamos algo que valga la pena, yo mismo, personalmente voy a ayudarte. Ella dijo gracias doctor, es usted muy amable. ¿Cristina es tu nombre, verdad? Sí doctor: Cristina. ¿Qué vas a hacer esta noche, Cristina? Nada doctor, ¿por qué?
No había contestado, le pidió que se sentara mientras atendía unos asuntos de importancia. Nos están esperando, dijo luego de colgar el teléfono y levantándose con rapidez le ordenó que se marcharan.
Sintió que la oscuridad y la música que salía por las paredes se metía por sus zapatos, sintió además el rubor en sus mejillas y en sus manos que ahora estaban entrelazadas con los dedos de él mientras salían a recibirlos. Las caras de la otra pareja no podía determinarlas con exactitud. En el primer brindis el licor llamó el vomito pero pudo controlarse, los demás fueron agrandándole la cabeza en las vueltas que daban los cuatro en medio de la pista. Cuando salieron, la noche se había puesto más oscura y la llovizna empezaba a empapar los paraguas. Ya tenía en sus labios la dimensión de los besos. Le mostraron, luego de pasar por muchas calles y por muchas avenidas, el apartamento del otro doctor que sonreía sobre la boca de la mujer. Se sentaron en la sala, abrieron una botella de whisky y luego de muchos discursos se despidieron y él: con sus dedos puestos sobre sus piernas la condujo a las afueras de la ciudad, a un motel frío en donde la desnudó, le hizo el amor y prometiéndole no dejarla nunca la bajó entrada la madrugada en su pieza, en ese lugar que le había dejado su padre.
Los días siguientes debatió la posibilidad de no regresar nunca hasta ese sitio, pero la suerte se le arregló cuando la nombraron en una oficina oscura en donde radicaba correspondencia y desde donde empezó su vida de empleada. El estómago se le agrandó como las promesas de muchos, y el hijo, extraño presentimiento de padre ignorado, nació en la misma habitación entre la angustia y la soledad compartida del abandono.
Su nombre siguió en las bocas de ellos, y su cuerpo aparecía en las campañas políticas con el vestido del color exigido, y en las festividades de triunfos y derrotas, algunos de ellos con voz de borracho la invitaba a tomarse un trago o a cenar, y en la madrugada la pregunta surgía, entre las sábanas ajenas ¿cómo es que te llamas, primor? Y la respuesta ya sin lágrimas como las primeras veces aparecía mientras terminaba de vestirse: podría llamarme Cristina.
Ibagué 1976-80

Cristina
(Versión en portugués)

Levava uma roupa diferente em cada manhã pelos corredores das repartições públicas, querendo apoderar-se dos primeiros anos quando era apenas uma criança, uma colegial que conseguia piropos e ditos nas ruas concorridas e até chegou a pensar, sozinha sobre a sua cama, que era verdaderiamente bonita. Nessa altura pareciam-lhe cheias de palabras absurdas as vozes dos seus amigos de bairro ou de curso e esperava pacientemente, olhando o tecto liso do seu quarto, a ternura de um homem que lhe falaria ao ouvido como osprotagonistas das rádio-novelas.
Carregava, nesses anos, oslivros debaixo do braço, as meias brancas pelo tornozelo e o caminar saltitado da ginástica e dos jogos, argolas nos braços, pelas ruas do bairro, pelo meio da calçada, como se a vida fosee só para ela.
Queria ser sempre a melhor, levar as mais altas classificações a seu pai, e apercebia-se com certo orgullo de que os olhos dos profesores percorriam o seu uniforme curto, que baixavam o olhar para asperjas entreabertas que ela afastava para deixar ver as coxas fortes cobertas de pêlos ordenados sobre a pele canela; então, tinha o pensamento no profesor de Álgebra, por considerá-lo o mais inteligente de todos; levava o caderno das operaçoes com tinta azul e encarnada títulos sublinhados, data ao lado da margen, e no fim da aula pedia sempre explicação extra, quando todos tinham ido para o recreio, e ficavam os dois, ele a falar de binómios, da factorização e dos teoremas, ela a respirar o seu cálido alento sobre a face, até que a campinha tocava outra vez e ele dizia: desculpa-me mas tenho que ir. O feito mais ousado que cometeu com a matemática foi roçar as coxas descobertas pela sua mão, num movimento fugaz que o fez fugir em confusão depois de acomodar o sexo para não ser descoberto.
Aproximou-se então do de Educaçao Física, um enorme negro que lhe indicava como devia saltar por cima da corda, como devia harmonizar o corpo com uma música imaginada, e que a acariciava disimuladamente de cada vez que dava indicaoes para um exercício, e que ao passar a mão pelo meio do seu ventre descoerto, numa tarde de natação, lhe tinha apressado o líquido fraco que deslizou pelas suas pernas, fazendo-a voltar para casa com a frase nos lábios: já sou uma mulher, já posso ter um filho.
O seu pai tinha envelhecido muito cedo com as mãos postas no volante de um camiõ e, embora a sua ambição tivesse sido sempre levá-la até à universidade e te ruma doctora na família, pois dos seus irmaõs uns tinham ido para o Exército e outros estavam no contrabando, morreo como o sonho numa curva ficando com a alegria emprestada de un cartão cheio de assinaturas e carimbos pendurado na parede do quarto que servia de sala. Ficou sozinha, recordando os algodões que puseram nas narinas do pai, saindo do liceu, deixando de lado as carícias clandestinas do profesor de Ginástica, e decidiu procurar emprego a partir da tarde em que uma amiga a levou a uma especialista em ler mãos e cartas, o residuo do café e o cigarro, a qual, faendo-a separar-se dos últimos cem pesos que tinha na caixa do economias, augurou-lhe um grande amor e uma enorme fortuna.
Esteve muitas horas nas salas de espera das repartioes públicas procurando ao menos um pedido de emprego, mas respondiam-lhe sempre aos requerimentos: não há vagas, volte depois. As recepcionistas olhavam-na com a mesma pena que tinham recebido em anos anteriores e acabaram por lhe oferecer um café, preguntando-lhe pela familia, pelos amigos e pelas experiencias. A princípio ela estranhou tudo o que lhe explicaram, mas mantuve a esperanza de conhecer uma pessoa importante, influente, com poder —como diziam— que a ajudasse. Recomendaram-lhe, depois de muitas visitas, que fosee ao directório político que aquela repartição representava para conseguir uma recomendação com selo do partido e para pagar o cartão laminado. —Tens de dizer que o teu pai ajudou na última campanha. —Tens de dizer que a tua familia votou toda neles. —Tens de sorrir-lhes, filha, tens de fazer o que te pedirem, porque um pobre não tem outro remédio.
Entrou na casa grande como porta de edificio moderno que na parte exterior anunciava a vitória. Tinha posto o melhor vestido, as meias boas que lhe ficaram do liceu, os sapatos altos acabados de consertar, uma blusita de botões forrados, umas calcinhas pequenas e um pouco de pó para baixar a cor escura das pestanas pinatadas com graxa e que faxiam mais tristes os seus quinze anos. Olhou-se no bocado de expelo e disee em voz alta, depois de se observar de perfil: estou muito bem assim.
Encontrou outras mulheres como ela à espera do doctor, e encontrou uma anciã choramingando porque tinha destituído o filho de agente da Policía e que reclamava em altos gritos uma carta do doctor para o comandante; os homens engravatados com ar de importancia estavam a estabelecer com as mãos levantadas a vez da entrevista, os mesmos que iam tratando de cada uma para dizer de seguida: é a sua vez, menina.
Tinham-lhe suado as mãos e os pés quando lhe pediram o nome. Cristina, disse secamente sem lhe darem tempo para mais. O homem garatujou o nome com uma pena numa lista indeterminable. Chamá-la-emos, disse logo, levantando-se e oferecendo-lhe a mão direita.
Cá fora esperava-a o outro que a intha feito passar; explicou-lhe que tinham doctores em muitas partes, que se um falhaba em nenhuma circunstância o outro podia falhar. Espero-te na sextafeira às cinco da tarde para te dizer alguna coisa, concluiu depois de observá-la muito. Obrigada, doctor, tinha respondido com o coraçao agitado.
Não contou a ninguém, temendo perder a oportunidade; não disse às amigas, porque eram capazes de ser oferecer para a acompañar, e não saiu nos dias seguintes, esperando pela tarde de sexta-feira para fazer brilhar o vestido de flores e jogar o seu futuro.
Sonhou que estava num escritório amplo, que manejava uma máquina de escrever eléctrica, que era a mais importante de todas, que redigia cartas e mensagens, que tomava notas nas reuniões e que lhe aumentavam o salário ao vê-la tão activa. Sonhou ainda que era a maís bela, que saía com um doctor amigo do chefe, um homem de vestir elegante e palabras importantes que a conquistou num almoço com os do escritorio; sonhou que estava a casar-se com ele, vestida de branco, que estava com o estômago volumoso, que teria un filho com nome estrangeiro e que seria feliz. Sonhou que iam ambos de carro ao mercado, que ele lhe entregava dinheiro para os seus caprichos e que ninguém podia tirar-lhe tanta sorte. De repente, acordava sufocada de calor, porque no sonho aparecia o mar e uma enorme praia e outra vez homem que depois de ter assasinado o profesor de Educaçao Física lhe prendia o corpo contra a areia, a cada afundada no solo até perder a respiração. Então abria os olhos e, secando as lágrimas, benzia-se rapidamente e invocava o seu pai no meio de um Padre-Nosso.
O doctor saudou-a, entregando-lhe a mão e dizendo: senta-te que tenho excelentes notícias para ti. Ela dissse: obrigada, doctor, é muito amable. Vamos nomear-te nada menos do que recepcionista do directório, para que vás adquirindo experiencia, será por uns tempos, claro que sem salário, se quiseres ficas a trabalhar até conseguirmos alguna coísa que valha a pena, eu mesmo pessoalmente voy ajudar-te. Ela disse: obrigada, doctor, é muito amable. Chamas-te Cristina, não é? Sim, doctor, Cristina. Que vais fazer esta noite, Cristina? Nada, soutor, porque?
Não tinha respondido, pediu-lhe que se sentasse enquanto tratava de uns asuntos de importancia. Estão à nossa espera, disse depois de desligar o telefone, e levantando-se com rapidez ordenou-lhe que andasse.
Sentiu que a obscuridade e a música que saía pelas paredes se metia pelos seus sapatos, sentiu tambén o rubor na face e nas mãos que agora estavam entrelaçadas nos dedos dele enquanto saíam a recebê-los. As caras do outro par não podia determiná-las com exactidão. No primeiro brinde, o licor provocou-lhe um vómito, mas conseguiu controlar-se, os seguintes foram-lhe aumentando a cabeza nas voltas que os quatro davam no meio da pista. Quando saíram, a noite tinha-se posto mais escura, e uma chuva miudinha começava a encharcar os chapéus-de-chuva. Já tinha nos lábios a dimenão dos viejos. Mostraram-lhe, depois de passar por muitas ruas e por muitas avenidas, o apartamento do outro doctor, que se ria sobre a boca da mulher. Sentram-se na sala, abriram uma garrafa de uísque, e depois de muitos discursos despediram-se, e ele, com os dedos postos nas suas pernas, conuziu-a aos arredores da ciudadade a um motel frio onde a despiu e fez amor come la, e prometendo-lhe não a deixar nunca largou-a madrugada dentro no seu quarto, nesse lugar que o pai lhe tinha deixado.
Nos dias seguintes ela ponderou a possibilidade de não voltar àquele sitio, mas a sorte normalizou-se quando a nomearam para um escritorio escuro, onde tratava da correspondencia e onde começou a sua vida de empregada. O estômago cresceu-lhe como as promesas de muitos, e o filho, estranho pressentimento de pai ignorado, nasceu na mesma casa entre a angústia e a solidão compartilhada do abandono.
O seu nome continuo unas bocas deles, e o seu corpo aparecia nas campanhas políticas com o vestido da cor exigida, e nas festividades de triunfos e derrotas um deles com voz de bêbedo convidava-a para tomar um copo e para jantar, e de madrugada a pregunta surgia, entre os lençóis alheios: como é que te chamas, primor? E a desposta já sem lágrimas como mas primeiras vezes aparecia enquanto acabava de se vestir: poderia chamarme Cristina.
1976-80

La Muchacha de la cinta blanca

Al salir de la universidad con el colega Marino, La Muchacha se acercó y saludándolo por su nombre le pidió que me presentara. Marino lo hizo sin ninguna extrañeza y se despidió. Hubiera preferido que Marino no se marchara porque yo tenía prisa y las interrogaciones de la recién llegada vendrían como la lluvia. No fue así, me invitó a un café. Debía encontrarme con Mi mujer en quince minutos por eso no acepté.
—Adoro la literatura de Cortázar —me confesó. Ante la referencia me detuve un minuto a observarla: aproximadamente diez y nueve años, pelo corto azabache y ojos negros, profundos. Alta, delgada y de boca sensual. No insistió.
—Podría ser en otra ocasión —dije despacio. Entonces me preguntó si quería anotar la dirección de su casa. No estaba muy convencido si alguna vez iría a buscar esas palabras y números que llenaron un sector de mi agenda de bolsillo.
Marino no recordó a la alumna cuando -al día siguiente, en la cafetería-, le conté lo sucedido. Marino es profesor de filosofía, joven y barbado al que las mujeres buscan ... es, a mi parecer, un hombre con suerte en la conquista sin riesgos.
Esa noche el rostro de La Muchacha me perseguía en un sueño volátil, revuelto con culpa, presintiendo que podría decirme muchas cosas del amado Julio o quizás -al interrogarme-, me reviviría otras. No se lo relaté a Mi mujer porque me parecía rutinario y porque vincular la universidad a la casa era como solicitarle que me contara los pequeños acaeceres de su oficina estatal. Error, porque hubiera evitado los encuentros con La Muchacha de labios sensuales.
Esperé dos semanas a que apareciera en la cafetería o en la sala donde gastamos el tiempo calificando exámenes y haciendo informes: inútil. No soy muy práctico, al contrario me diluyo fácilmente. La dirección que estampó con su caligrafía casi invisible me tiró del bolsillo de la chaqueta.
Vivía en un barrio de casas iguales, construido por el Estado. Dejé el Renault en un lugar distante con temor a que me lo robaran y me arriesgué luego de interrogar a varias personas que me indicaron sin prevenciones. Al pasar por las calles cerradas y angostas me pregunté qué pretendía al buscar a aquella muchacha y si tendría sentido discutir sobre Cortázar con una adolescente. Sabía que los autores y las obras sólo unen a quienes sienten identificadas sus ansias -o sus pasados- en las páginas de un libro y que esa sensación es un pase seguro a la intimidad. Mis alumnos por lo general encontraban en Cortázar un hilo secreto que les hacía identificar sus presentes con las historias del novelista. Con algunas alumnas hubo explicaciones extraclase y, a veces -no puedo negarlo-, provocaciones eróticas, pero sólo hasta ahí: hasta las provocaciones.
Timbré. Mientras esperaba respuesta, respaldé aquellas provocaciones con el pretexto de que eran mis alumnas, que las veía a diario y que posiblemente estaríamos frecuentándonos por cuatro o cinco años, en la universidad. Una señora -con un niño acaballado en el arco de su cadera-, me saludó. No supe qué decir. Hasta ese momento me di cuenta de que no sabía el nombre de La Muchacha y que preguntar por la lectora de Cortázar era una estupidez. Opté por referirme a una alumna que me dio esa dirección y, le mostré la dirección. Me miró como si no existiera. En el hueco donde posiblemente -en alguna ocasión-, hubo una puerta, apareció vestida con un short celeste ( de un blue jean recortado ), una blusa blanca -bordada- con los hombros desnudos.
—Buenas tardes -dije como identificándola y ella me invitó a sentar unos minutos mientras cambiaba su ropa. La señora se retiró y me quedé en el sofá de hule, jugando a distraer mi asombro con los pececillos del acuario: una burbuja de cristal transparente. Me miraban como burlándose, clavaban la boca sobre la arena del fondo y luego -de nuevo- quietos, suspendidos en el agua, observándome observar sus ojos transparentes en mis ojos oscuros. Quería hacerlos subir a la superficie y les hablé en su lenguaje, con burbujas en mis palabras, haciendo bolitas con la saliva. El diálogo comenzaba cuando La Muchacha interrumpió.
—Podemos salir —dijo.
Llevaba un vestido de seda poliester, blanco, unas medias de nylon, blancas, unos zapatos de tacos bajos, blancos y una cinta blanca en la cabeza. No tuve que despedirme de nadie. El niño lloraba en una de las habitaciones. Quise preguntar por su madre y el chico pero me condujo de la mano hasta la puerta y cerró.
Pude ver las caras de las señoras —asomados los medios rostros— y el cuchucheo maldito entre risas. Me percibí intruso, hazmerreír, estúpido, sin saber hacia dónde nos dirigíamos, sin conocer el nombre de La Muchacha, que me llevaba de la mano, como una enamorada. Me percibí indefenso ante esas caras completas, allá, atrás, que alargaban los cuellos para mirarme la espalda, los zapatos con los tacones gastados a un lado y el final del pantalón raído con seguridad.
No le señalé el carro, caminó directamente hacia él. Ya adentro le pregunté:
—¿ Adónde quieres ir ?
Pude detallar, la hilera de sus dientes, su cara ingenua, muy cerca a la mía, los labios separados ... oler el aroma lejano de su cuerpo.
—No es de Cortázar que quiero hablarte.
Su voz, sincera y firme. Arranqué con la velocidad que traía al confrontar las nomenclaturas con la dirección en mi libreta de bolsillo. En el momento en que nos subimos al vehículo retiró su mano de la mía y la puso en mi hombro. El peso de sus dedos me llenaba de muchas preguntas y hacía nacer en mí provocaciones, distintas a las que elucubraba con mis alumnas aventajadas.
—No me preguntes por la universidad ... no preguntes nada ... sigue por aquella calle ...
Al pronunciar estas palabras sus dedos apretaban mi hombro con dulzura dando a su ofrecimiento un hálito de clandestinidad.
—Acompáname a visitar a un amigo.
Retiré mi mano derecha del timón y tomé la suya que reposaba sobre uno de sus muslos. La piel -tibia como la voz- compacta como su pregunta, compartió el acercamiento. Avanzamos por la ciudad -en silencio-, en dirección al sitio que me indicaba.
—¿ Quieres oír música ?
Negó con la cabeza y sonrió como besándome, como poniendo su boca sobre la mía para evitar preguntas y respuestas.
Compré una docena de rosas y astromelias. Hacía meses que no visitaba la tumba de mi padre y la oportunidad llegaba inesperadamente. Penetré al "Camposanto" -como lo llaman en mi pueblo-. El olor a flores, silencio y recuerdos invadió el renault y ella seguía sonriendo, mirándome, con la mano en mi hombro. « Mi mujer no lo creerá », pensé cuando La Muchacha me indicó el camino hacia el lugar donde mi padre se deshacía en el tiempo.
El mármol y las palabras hundidas en pintura negra -que inventé para soportar la mentira de la muerte-, seguían como mi padre, como él en aquella tarde en que su cuerpo bajó por ese hueco oscuro y yo le dije adiós, con una voz similar a la de La Muchacha. La enredadera de hojas rojas -pequeñas- como telaraña, abrazaba los dos metros de losa, tocaba las palabras improvisadas para esa muerte instantánea. Luego de poner las flores en las canastillas, una tras otra -robándole espacio a la enredadera-, quitó la mano de mi hombro.
—Te espero.
Al retirarse presentí la muerte tan cerca que volví a decirme «Mi mujer no lo va a creer» ... -y-: «¡ Qué extraño !». Era jueves. El lunes es el día de los muertos. Mi padre esperaba mi voz. Rememoré a Lowry... a Mi mujer leyéndome párrafos ... a mi madre llorando discretamente ... a mi hermano vestido de negro ... Seguí pensando en la soledad de la muerte, en la piel gris de mi padre, en los pelos de su bigote, en el olor seco que expelía el tubo del oxígeno.
La Muchacha permanecía a discreta distancia, con los dedos entrelazados a la altura del pubis, mirándome ... mirándome y sonriendo sin acoso. El blanco profundo de su traje, el vientecillo que venía de muy lejos y sus manos enredadas, me llenaron de sobrecogimiento. Hablé con mi padre ... quizá le conté mi vida reciente, le hablé de mi hija, de Mi mujer ... de la vejez. Deseé morir como él: rápido y sin dolor, rápido y sin sillas en la puerta de la casa buscando el sol, rápido y sin jardines con otros ancianos oliendo a excremento y alcohol: rápido. Caminé hacia el carro pero La Muchacha me detuvo.
—Ahora mi amigo.
Me condujo por las calles angostas del cementerio, en medio de la quietud. Su mano ya no reposaba en mi hombro sino entrelazaba la mía. Había separado dos rosas del ramo: una la dejó encima de la lápida de mi padre -justo en la mitad de su rostro-, la otra la llevaba con delicadeza. Ignoraba que detrás de las tumbas, más allá de los sarcófagos olvidados que servían de límite al cementerio público, hubiese otro sitio para los muertos. La Muchacha, mirándome y sonriendo, me llevó a un campo abierto donde las cruces estaban caídas —como en la guerra—, sin flores ni verdes, ni dolientes.
—En el centro se encuentra mi muerto.
Avanzamos -esquivando maderos podridos- sobre cadáveres sin lápidas, abajo, a sólo un metro de profundidad.
—¿ Quién es él ? —me atreví a preguntar.
—No lo sé, pero es mi muerto.
En la cruz inclinada pude leer esas dos letras mayúsculas: N.N.
—¿Cómo sabes que es un hombre? —le inquirí estúpidamente. No esbozó siquiera una sonrisa. Quitó su mano de la mía y se inclinó a poner la rosa en medio de la cara de su muerto amado. Me retiré a la distancia que me enseñó.
Al regreso, algo de mí quedaba en el aire triste de ese otro "Camposanto". Mi padre no me decía adiós como otras veces. La Muchacha volvía a colocar su mano en mi hombro.
—Te invito a un café.
—No, por favor, llévame a casa.
Claro que la busqué a los tres días cuando la cruz inclinada del N.N. me lo pidió en una pesadilla. Recordé que en mi niñez —en mi pueblo—, vendían una tinta secreta que escribía mensajes cifrados que surgían con el fuego, calentando el papel. Lo recordé porque la dirección de La Muchacha se diluía en mi agenda de bolsillo. Le prendí fuego para leerla pero consumió la libreta y no pude descifrarla.
Claro que fui con el radar de la memoria al día siguiente ... y caminé muchas calles angostas y quise atrapar en la maraña de las comparaciones: esta esquina, aquel aviso, ese árbol ... la señora con el niño acaballado en la curva de la cadera ... la pecera, el vestido blanco, la mariposa en la cabeza, la mano en el hombro ...
Claro que la busqué en el cementerio de atrás ... y le pedí a mi padre que me la regresara. Convencido de que su muerto amado me la devolvería fui hasta el centro del "Camposanto", lo busqué entre las centenares de cruces inclinadas pero ningún N.N. sabía de ella. Mi mujer nunca me lo creería, por eso nunca se lo conté.
Bogotá, septiembre 15 de 1987

La muchacha de la cinta blanca
Das Mädchen mit der weißen Haarschleife

(versión en alemán)
Als ich mit meinem Kollegen Marino die Universität verließ, kam das Mädchen auf uns zu, grüßte ihn mit Namen und bat ihn, mich mit ihr bekannt zu machen. Marino tat es ohne jede Verwunderung und verabschiedete sich. Es ware mir lieber gewesen, Marno wäre geblieben, denn ich hatte es eilig, und die neue Bekannte würde mich bestimmt mit Fragen überschütten. Dem war nicht so, sie lud mich zu einem Kaffee ein. Ich war eine Viertelstunde später mit Sara verabredet, darum lehnte ich ab.
«Ich bewundere die Literatur von julio Cortázar», gestand sie mir. Auf diese Aufgabe hin blieb ich eine Minute stehen und musterte sie: etwa neunzehn Jahre alt, kurzes shwarzglänzendes Haar, tiefe dunkle Augen. Groß, schlank, sinnliche Lippen. Sie doppelte nicht nach.
«Ein andermal vielleicht», sagte ich langsam. Dann fragte sie mich, ob ich ihre Anschrift haben wolle. Ich war mir nicht ganz sicher, ob ich die Wörter und Zahlen, die da auf einem Blatt meiner Taschenagenda standen, jemals suchen würde.
Marino errinerte sich nicht an die Studentin, als ich ihm am andern Tag in der Cafeteria von der Begebenheit erzählte. Marino ist Philosophieprofessor, jung, bärtig, die Frauen laufen ihm nach... für mich ein Glückspilz in Sachen gefahrloser Eroberungen.
In der Nacht darauf verfolgte mich das Gesicht des Mädchens in einem flüchtigen Traum; Schuldgefühl kam dazu; ich spürte, sie könnte mir vieles über Cortázar sagen oder mit ihren Fragen anderes über meinen Lieblingsautor in Errinerung rufen. Sara gegenüber erwähnte ich nichts, ich fand es zu gewöhnlich, wollte überhaupt die Vorkommnisse in der Universität nich nach hause tragen, so als erwartete ich, dass sie mir den Kleinkram aus ihrer Dienststelle erzähle. Es war ein Fehler, ich hätte vermeiden können, dem Mädchen mit den sinnlichen Lippen zu begegnen.
Zwei Wochen lang wartete ich, ob sie in der Cafeteria auftauche oder im Aufenthaltsraum, wo wir Prüfungen bewerten und unsere Berichte schreiben: vergeblich. Ich bin nicht sehr praktisch veranlagt, im Gegenteil, ich verzettle mich leicht. Die Anschrift, die sie mit fast unsichtbaren Buchstaben festgehalten hatte, lastete schwer in meiner Jackentasche.
Sie wohnte in einem Viertel mit lauter gleichen Häusern, einer Anlage der öffentlichen Hand. Ich ließ meinen Renault in einiger Entfernung stehen, denn ich fürchtete, er könnte mir gestohlen werden; dann wagte ich es, mehrere Leute zu fragen, una alle gaben mir arglos Auskunft. Während ich durch die engen abgesperrten Straßen ging, fragte ich mich, was ich eigentlich beabsichtigte, wenn ich dieses Mädchen aufsuchte, und ob es überhaupt einen Sinn habe, mit einem jungen Geschöpf über Cortázar zu sprechen. Ich wusste, dass die Autoren und ihre Werke nur jene Leute an sich binden, die in den Buchseiten ähnliche Wünsche und Sehnsüchte –oder ähnliche frühere Erlebnisse- finden und dass diese Erfahrung auf jeden Fall den Übergang zur Vertraulichkeit bedeutet. Im allgemeinen fanden meine Studenten bei Cortázar einen verborgenen Draht, der ihre gegenwärtigen Erlebnisse mit der vergangenen des Autors verband. Manchmal gab es mit einzelnen Studentinnen Gespräche außerhalb der Vorlesungen, und mitunter kam es auch –ich knn es nicht bestreiten- zu erotischen Verlockungen, aber nur zu Verlockungen, zu mehr nicht.
Ich klingelte. Während ich wartete, entschuldigte ich solche Verlockungen damit, es handle sich um meine Studentinnen, die ich täglich sah, und vermutlich hätten wir vier oder fünf Jahre an der Universität miteinander zu tun. Eine Frau mit einem Kind rittlings auf der Hüfte begrüßte mich. Ich wusste nicht was zu sagen. Erst jetzt merkte ich, dass ich ja den Namen des Mädchens gar nicht kannte, und nach der Leserin von Cortázar zu fragen, war denn doch zu dumm. Ich kam auf die Idee, eine Studentin habe mir die Anschrift gegeben, und ich zeigte sie ihr. Sie schaute mich an, als sei ich gar nicht vorhanden. In einer Öffnung, wo früher einmal eine Tür gewesen sein mochte, erschien sie in hellblauen Shorts –abgeschnittene Jeans- und einer bestickten, schulterfreien weißen Bluse.
«Guten Tag», sagte ich wie zum Zeichen, dass ich sie wieder erkannt hatte, und sie bat mich, ein paar Minuten Platz zu nehmen, bis sie sich umgezogen habe. Die Frau verschwand, ich saß auf dem Kunstledersofa und spielte mit den Fischen im Aquarium, um meine Verwunderung zu verscheuchen: Sie schauten mich aus der durchsichtigen Glaskugel an, als wollten sie mich auslachen, vergruben ihre Mäuler im Sand auf dem Grund, verharrten dann wieder ruhig im Wasser una beobachteten in meinen dunklen Augen, wie ich ihre wässerigen beobachtete. Ich versuchte, sie an die Wasseroberfläche zu bringen und redete mit ihnen in ihrer Sprache: mit Bläschenwörtern, indem ich den Speichel aufblies. Das Gespräch war noch am Anlaufen, als das Mädchen dazwischentrat:
«Wir können gehen», sagte sie.
Sie trug ein weißes Polyesterkleid, weiße Nylonstrümpfe, flache weiße Schuhe und eine weiße Schleife im Haar. Ich brauchte mich von niemandem zu verabchieden. Das Kind weinte in einem der Zimmer. Ich wollte noch nach ihrer Mutter und dem Knaben fragen, aber sie führte mich an der Hand zur Tür und schloss dann ab.
Ich konnte die Gesichter der Frauen hervorschauen sehen, das verfluchte Getuschel und Gekicher auf ihren halbverdeckten Zügen. Ich kam mir als dummer, lächerlicher Eindingling vor, wusste nicht, wohin wir gingen, nicht einmal wie das Mädchen hieß, ließ mich wie von einer Verliebten an der hand führen. Ich kam mir den überall versteckten vollständigen Gesichtern hilflos ausgeliefert vor: Bestimmt reckten sie nun ihre Hälse, um mich von hinten zu mustern, und sahen dabei meine seitlich abgetretenen Absätze und den sicher ausgefransten Hosenstoß.
Ich zeigte ihr meinen Wagen nicht, sie ging geradewegs darauf zu. Erst als wir drinnen saßen, fragte ich sie:
«Wohin willst du gehen?»
Ich konnte die Reihe ihrer Zähne und ihr kindliches Gesicht ganz nahe dem meinen genau betrachten, ihre geöffneten Lippen... konnte den Duft ihres Körpers ahnen.
«Nicht über Cortázar möchte ich mit dir reden.»
Ihre Stimme, aufrichtig und bestimmt. Ich fuhr so langsam weg, wie ich gekommen war, als ich die Straßenbezeichnungen mir der Anschrift in meiner Agenda verglich. Sobald wir ins Auto stiegen, ließ sie meine Hand los und legte sie dann auf meiner Schulter. Das Gewicht ihrer Finger gab mir viele Fragen auf und weckte in mir Verlockungen, wie ich sie noch bei keiner meiner bevorzugten Studentinnen ermittelt hatte.
«Frag mich icht über die Universität aus... frag mich nichts... fahr jene Straße dort weiter...»
Während sie sprach, gruben sie ihre Finger sanft in meine Schulter, und ihr Angebot bekam so einen Hauch von Heimlichkeit.
«Komm mit mir einen Freund besuchen.»
Ich nahm meine rechte Hand vom Lenkrad und fasste die ihre, die ruhig auf dem Oberschenkel lag. Die Haut –angenehm warm wie ihre Stimme- war fest und bestimmt wie ihre Frage, duldete die Annäherung. Wir fuhren schweigend durch die Stadt, in die Richtung, die sie mir angab.
«Möchtest du Musik hören?»
Sie wehrte mit dem Kopf ab und lächelte, als wollte sie mich küssen, als wollte sie ihren Mund auf meinen legen, um weitere Fragen und Antworten zu verhindern.
Ich kaufte einen Strauß Rosen und Astromelien. Seit Monaten hatte ich das Grab meines Vaters nicht mehr besucht, und die Gelegenheit dazu kam unerwartet. Ich fuhr in den «Gottesacker» -so sagt man in meinem Dorf-. Der Blumenduft, die Stille, die Erinnerungen fluteten in den Renault, sie lächelte immer noch und schaute mich an. Die Hand lag auf meiner Schulter. Sara wird es nicht glauben, dachte ich, als das Mädchen mir den Weg zu meines Vaters Grab wies, dessen Reste dort vermodern.
Der Marmor und die eingemeißelte schwarze Schrift –die Worte hatte ich ausgedacht, um das Unbegreifliche des Todes besser zu ertragen- waren immer noch da, wie mein Vater noch da war, genau wie an dem Nachmittag, als sein Leib in das dunkle Loch hinabgesenkt wurde und meine Stimme beim Abschiedsgruß der des Mädchens ganz ähnlich war. Die Kletterpflanze mit den kleinen roten Blättchen umfing die zwei Meter große Grabplatte wie ein Spinnennetz und berührte die Worte, die mir bei diesem plötzlichen Tod eingefallen waren. Nachdem ich die Blumen eine nach der andern in die Körbchen gesteckt hatte und so der Kletterpflanze Platz raubte, ließ ihre Hand meine Schulter los.
«Ich warte dort auf dich.»
Als sie wegging, spürte ich den Tod so nahe, dass ich nochmals zu mir sage: «Sara wird es nicht glauben»... und: «Wie seltsam!» Es war Donnerstag. Der Montag ist der Tag der Toten. Mein Vater wartete auf meine Stimme. Ich dachte wieder an Lowry... an Sara beim Vorlesen einzelner Abschnitte... an meine unauffällig weinende Mutter... an meinen Bruder im schwarzen Anzug... Ich kam nicht los vom Gedanken an die Einsamkeit des Todes, an die fahle Haut meines Vaters, an seine Schnurrbarthaare, an den scharfen Geruch aus der Sauerstoffflasche.
Das Mädchen wartete in gebührender Entfernung, hatte die Finger über der Schamgegend verschränkt und schaute mich an... schaute und lächelte unaufdringlich dazu. Das volle Weiß ihres Kleides, der Lufthauch, der von weit herwehte, ihre verschränkten Hände lösten ein seltsames Erschauern aus. Ich begann ein Gespräch mit meinem Vater... vielleicht erzählte ich ihm, was ich in letzter Zeit erlebt hatte, ich redete mit ihm über meine Tochter, über Sara... über das Alter. Ich wünschte zu sterben wie er: schnell und schmerzlos, schnell, ohne Stuhl am Sonnenplätzchen beim Hauseingang, schnell, ohne Parkanlage mit anderen Greisen, die nach Alkohol und Kot rochen: schnell. Ich ging zum Auto, aber das Mädchen hielt mich auf.
«Jetzt zu meinem Freund.»
Sie führte mich auf engen Friedhofwegen durch die Stille. Ihre Hand ruhte nicht mehr auf meiner Schulter, sondern war in die meine verschränkt. Zwei Rosen hatte sie aus meinem Struß herausgenommen: eine hatte sie auf die Grabplatte meines Vaters gelegt –genau in die Mitte seines Gesichtes- die andere hielt sie behutsam fest. Ich wusste nicht, dass hinter den Gräbern und hinter den aufgeschichteten vergessenen Steinsärgen, die den öffentlichen Friedhof abgrenzten, noch ein Ort für die Toten war. Das Mädchen sah mich an und lächelte, führte mich dann auf ein offenes Feld mit umgefallenen Kreuzen –wie im Krieg- ohne Blumen, ohne etwas Grünes, ohne trauernde Hinterbliebene.
«Mein Toter liegt in der Mitte.»
Im Weitergehen mussten wir immer wieder modernden Holzpfosten ausweichen, unter uns, nur einen Meter unter der Erde lagen die Leiche, welche kein Grabstein bezeichnete.
«Wer ist er?»
«Ich weiß nicht, aber er ist mein Toter.» Auf dem schiefstehenden Kreuz konnte ich die beiden Großbuchstaben lesen: N.N.
«Woher weißt du, dass es ein Mann ist?» fragte ich dumm bohrend. Sie deutete nicht einmal ein Lächeln an. Dann löste sie ihre Hand aus der meinen, bückte sich und legte die Rose mitten auf das Gesicht ihres geliebten Toten. Ich entfernete mich so weit, wie sie mir angewiesen hatte.
Auf dem Rückweg blieb etwas von mir in der bedrückenden Luft dieses andern «Gottesackers» hängen. Mein Vater hatte mir nicht Lebewohl gesagt wie andere Male. Das Mädchen legte mir wieder die Hand auf die Schulter.
«Ich lade dich zu einem Kaffee ein.»
«Nein, bitte bring mich nach Hause.»
Natürlich machte ich mich drei Tage später auf die Suche, als das schiefe Kreuz mit den N.N. mich in einem Albtraum dazu aufforderte. Es fiel mir ein, dass es in meiner Kindheit –in meinem Dorf- eine Geheimtinte gegeben hatte, mit der man Botschaften übermitteln konnte, die erst sichtbar wurden, wann man das Papier erwärmte. Es fiel mir ein, weil die Anschrift des ädchens in meiner Agenda verblasst war. Ich hielt ein Zündholz daran, aber die Agenda verbrannte, ahne dass ich die Schrift entziffern konnte.
Natürlich folgte ich am andern Tag der Gedächtnisspur... ging durch viele enge Straßen und versuchte anhand von Vergleichen den Faden im Gewirr zu finden: diese Ecke, jenes Hinweisschild, der Baum da... die Frau mit dem Bübchen rittlings auf der Hüfte... das Aquarium, das weiße Kleid, die Schmetterlingsmasche im Harr, die Hand auf meiner Schulter...
Natürlich suchte ich sie auf dem hinteres Friedhof... ich bat meinen Vater, sie zu mir zu führen. In der Überzeugung, ihr geliebter Toter werde sie mir wiederbringen, ging ich bis in die Mitte des «Gottesackers» und suchte ihn unter den Hunderten von schiefen Kreuzen, aber kein N.N. wusste von ihr.
Sara würde es mir nicht glauben, darum habe ich es ihr nie erzählt.


Otra vez el chasquido de las botas
(De Las Primeras Palabras)
Para Germán Vargas Cantillo

Por la ventana penetraron los disparos, Unos disparos secos, seguidos; él lo entendió cuando con lentitud, casi en puntillas, con la mirada seria detrás de los anteojos fue hasta le ventana; contó una vez, dos veces, hasta comprobar que eran catorce los hombres que subían por el camino resbaloso; se acercó un poco más y pudo percibir el chasquido de las botas entre el barro mojado y flojo. Ya estaban de espaldas cuando volvió a contarlos con el mismo temor, con el sueño ido desde hacía muchas noches; les vio el uniforme el escudo del gobierno, las municiones en las bandoleras cruzadas, el pelo recortado y ese sonido que se metía por los oídos martirizándole el cerebro como una herida que va desangrando la existencia, ese hundir y sacar seguido de las botas negras, las botas pesadas, las botas que producían una música de mal agüero y que continuaban su camino sin que nadie las detuviera; no deseó comprobar de nuevo cuántos eran cuando las manos de su mujer tocaron sus hombros; ella tenía los párpados agrandados y rojos; acostumbraba tenerlos así desde los días y las noches de vigilia; ahora, mientras el sol se colaba por las hendijas, se habían humedecido; sintió también el sonido y soportó las palabras pegadas a la garganta; él dio vueltas a su cuerpo con la misma lentitud. La amaba. Al verla, mirándolo, reprochándolo, la llevó de la mano hasta el camastro y se sentó a su lado en silencio, en silencio ambos, en silencio ellos que se llevaban el class class de las botas negras, ese chasquido de muerte entre la tierra floja y mojada. Los hijos, entrelazados en el otro camastro, con la saliva en las mejillas dejaban salir de sus bocas pequeños monosílabos ininteligibles; cuando los dedos y las miradas se agarraron con fuerza comprobaron una vez más, después de muchas, que debían irse; se respiraron muy cerca y el calor de sus vahos les enseñó la vida; esperaron porque sólo eso habían hecho en tantos años, porque siempre se espera, le decía él, siempre tenemos la vida pegada de una hebra, que a cualquier momento, cuando rompan las puertas, rompen también el resuello, ¡Vámonos de aquí Echeverry!, dijo la mujer con una voz secreta que entró por los poros mientras cubría el rostro con sus manos extendidas, perdiéndose en la oscuridad de sus imágenes para observar luego con lágrimas los días lejanos, las horas ya idas en las grietas de su estómago, en la cicatriz de la angustia.

Él sí había pensado marchar, abandonarlo todo, la casa, la misma de los padres de sus padres, el cementerio con gladiolos y azucenas donde lloró a sus familiares, pero se arrepentía casi gritando, ¡aquí nací y aquí me quedo! Había heredado el oficio de sepulturero pero no el de asesino, decía a su mujer cuando lo obligaban entrada la noche a enterrar desconocidos antes de que inventaran lo del río, antes de que la espuma de la cañada y la desnudez de los cuerpos salpicaran en medio de la voz de Peñaranda: ¡estos hijueputas ni tierra merecen!
En los días iniciales la sonrisa se fue metiendo por entre las arrugas, y cuando la espera del último hijo se convirtió en un reguero de sangre tibia, jamás volvió a sonreír. Ahora, en el silencio y los sollozos de su mujer lo recordaba; volvió a sentir la culata contra el brazo velludo y la cara seria de Peñaranda mirándolo, con el rencor venido desde la botas negras, pesadas, que al hundirse entre el barro y entre el miedo de sus enemigos, presentían la muerte, esas palabras que le golpearon la cara con la saliva espesa de su boca grande, golpes seguidos, palabras seguidas.
Ella se había puesto a llorar agarrada de la silla mientras Peñaranda ordenaba requisar todos los baúles y volvía decirle, gran maricón, conque jugando a la guerrilla, con su voz gruesa, con sus botas sobre la cara; y salió repitiendo lo mismo y él lo escuchó hasta cuando estuvo bien lejos, y levantándose con lentitud, lo miró entre su sangre, la cara amoratada de su hijo sin lloriqueos, y los quejidos amarrados en el cerrar de los labios.
Coordinó todos los pensamientos con la misma exactitud como coordinaba el presente; recordó la volqueta, su motor ruidoso bajando hacia el río; odió su ruido como sus placas así como el chasquido producido por las botas entre el barro mojado y flojo, además, en la seriedad metida en las arrugas que él llamo de Peñaranda, estaba el rencor colectivo.
Los niños de levantaron entre dormidos tambaleándose en sus piernas flacas; Echeverry los miró y no quiso pensar más en la partida porque el sargento Peñaranda aún rondaba el miedo y la vida y porque el revólver guardado tiempo atrás esperaba sus dedos fuertes de sepulturero.
Ibagué, 1973.
Cuento incluido en el libro «Menaces. Anthologie de la nouvelle noire et policiere latino-americaine». (Cuentos latinoamericanos, edición en francés). Compilador: Olver Gilberto De León.
Nouvelle: Encore le bruit des bottes.
Traductor: Colette Yvergniaux. Ediciones L’Atlante Nantes.

Otra vez el chasquido de las botas
Encore le bruit des bottes
(Versión en francés)
À Germán Vargas C.

Il perçut les coups de feu à travers les planches de la fenêtre. C’était un tir sec et nourri. Lentement, presque sur la pointe des pieds, le regard inquiet derrière ses lunettes, il alla jusqu’à la fenêtre et comprit : il compta et recompta, aucun doute, il y avait quatorze types qui montaient le chemin glissant. Il s’approcha encore et put entendre le bruit de leurs bottes dans la boue humide et molle. Déjà ils lui tournaient le dos, mais il recompença à les compter, la peur au ventre, épuisé après toutes ces nuits sans trouver le sommeil. Il vit leur uniforme, l’écusson du gouvernement, leus armes en bandoulière, leurs cheveux ras. Et il y avait ce bruit qui lui envahissait le crâne, qui lui martelait le cerveau, comme une blessure qui vous saigne à blanc, cette succion lancinante de leus bottes noires, leurs bottes lourdes, leurs bottes qui produisaient cette mélopée de mort et qui poursuivaient leur chemin sans que personne ne pût les arrêter. Il ne voulut pas vérifier encore une fois combien ils étaient ; les mains de sa femme s’étaient posées sur ses épaules. Elle avait les yeux gonflés et rouges. Ils l’étaient en permanence depuis quávait commencé leur longue veille. À présent que le soleil se glissait dans les interstices ils étaient humides. Elle aussi avait entendu le bruit et retenait les mots qui l’étouffaient. Il la fit tourner lentement, comme à une autre époque, lorsqu’il la désirait. Quand il lut le reproche dans ses yeux il la conduisit par la main jusqu’à leur grabat et s’assit à ses côtés, silencieux. Tous deux gardaient le silence, pleins du clapotement des bottes noires, de ce bruit de mort dans la terre humide et molle. Leurs enfants dormaient sur l’autre grabat, bavant dans leur sommeil, et de leurs petites bouches s’échappaient des sons incompréhensibles. Ils se cramponnèrent l’un à l’autre des mains et du regard, sûrs, pour la nième fois, qu’ils s’en aillent. Ils se respirèrent, tout proches l’un de l’autre, et la chaleur de leur souffle leur montra où était la vie. Ils se prirent à espérer, parce qu’ils n’avaient fait que cela durant toutes ces années, parce qu’on espère toujours, disait-il, mais notre vie ne tient qu’à un fil, et à n’importe quel moment ils peuvent enfoncer la porte et casser le fil. «Partons, Etcheverry!» dit la femme d’une voix étouffée. Le visage caché dans ses mains, elle se perdait dans d’obscures images por observer ensuite à travers ses larmes les jours lointains, les heures enfuies dans les sillons de son ventre, dans les cicatrices de son angoisse.
Il avait bien envisagé de partir, oui, de tout abandonner, sa maison, qui avait été la maison de son père et de son grand-père le cimetière planté de glaïeuls et de lus blancs où il avait pleuré les siens, mais il s’ent voulait. «Je suis né ici ! Je resterai ici !» criaitil presque. Il avait hérité de son métier de fossoyeur, mais pas de celui d’assassin, disait-il 1a sa femme quand ils o’obligeaient, tard dans la nuit, à enterrer des inconnus. Mais depuis ils avaient imaginé de se servir du fleuve et maintenant les corps nus plongés dans les eaux écumantes couvraient du bruit de leurs éclaboussures les cris de Peñaranda: «Ces fils de pute ne méritent même pas d’être enterrés!».
Les premiers temps elle souriait au milieu de ses rides, mais quand l’espoir d’un dernier fills se transforma en une traînée de sang tiède, jamais plus elle ne sourit. À présent, dans le silence entrecoupé des sanglots de sa femme, il se rappelait : la crosse le long du bras couvert de poils, l’air mauvais de Peñaranda, ce ressentiment qui lui était venu en même temps que les bottes noires, lourdes, qui s’enfonçaient dans le boue et dans la peur de leurs ennemis et qui annonçaient dans la mort, les insultes que sa bouche épaisse lui crachait au visage, les coups ininterrompus, les mots ininterrompus.

Elle s’était mise à pleurer, agrippée à sa chaise, pendant que Peñaranda ordonnait la réquisitions de tous leurs meubles et lui hurlait, ses bottes sur son visage: «Alors, espèce de pédé, on joue à la guéguerre?» Puis il était parti en répétant ses insultes, et lui avait continué de l’entendre pendant très longtemps. Quand il s’était relevé, avec lenteur, il avait vu à travers son sang le visage violacé de son fils qui ne criait pas, ses vagissements à jamais murés derrièrre ses lèvres scellées.
Il mit de l’ordre dans ses pensées avec le même soin qu’il s’efforçait de structurer le présent. Il se rappela leur camion kaki pétaradant qui descendait vers le fleuve, et il se mi à haïr le bruit de son moteur et ses plaques maquillées comme il haïssait le bruit de leurs bottes dans la boue humide et molle. Et dans ses rides, qu’il avait baptisées «rides de Peñaranda», on pouvait lire le resentiment collectif.
Les enfants se levérent, encore tout ensommeillés et chancelants sur leurs jambes maigres. Etcheverry les regarda et refusa de penser au départ. Parce que le sergent Peñaranda continuait à rôder autour de la peur, autour de la vie, et parce que le revolver qu’il avait rangé longtemps avant n’attendait que ses fortes mains de fossoyeur.
Traduit par Colette Yvergniaux
Librairie l’Atalante, 1993


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