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26 de septiembre de 2010

* Jorge Eliécer Pardo: El poeta Eugenio Svstuchenko en Moscú y Bogotá


Del Kremlin al Gimnasio Moderno
1986-2010

Vi por primera vez al poeta Eugenio Svstuchenko en los pasillos del Kremlin, en el encuentro mundial de escritores de 1986 en Moscú.
Svstuchenko y el poeta Gonzalo Arango


Jorge Eliécer Pardo y E Svstuchenko. Moscú 1986
Ahora, 2010, en Bogotá, para poder detallar de nuevo sus ojos azules tuve que levantar la cabeza, creo que mide más de dos metros. Viajaría al día siguiente a inaugurar su museo en Moscú, su casa, sus colecciones de arte y su biblioteca, donados al Estado.

Yevgueni Yevtushenko, quizá uno de los pocos poetas del mundo cuyo nombre se utilizó para bautizar un planeta menor. Aproveché para sacar fotografías de ese lejano viaje y me di cuenta otra vez de que los amigos escritores de Venezuela, estaban muertos: Denzil Romero y Caupolicán Ovalles, también el poeta colombiano Henry Luque Muñoz.
De aquel verano remoto en la antigua Unión Soviética quedaron algunas notas que ahora rescato de mis páginas amarillas, escritas a máquina Olivetti de esferitas que se cambiaban para variar la fuente.

Notas de viaje
Caupolicán tiene nombre de pájaro. Caupolicán Ovalles (Venezuela, 1936-2001), me habló del Grupo El Techo de la Ballena y su exilio en Colombia. Lleva un reconocible aspecto de prócer de la Independencia latinoamericana y conoce a Simon Bolívar como si hubiese sido su amanuense.

Caupolicán sabe reír y hacer bromas: es un historiador sin cuello duro ni corbatín ni silla en las academias. En medio de los sueños que se arrastran en las páginas de sus libros pretende lograr la presidencia de Venezuela y cuando elucubra esta pretensión se torna serio como un cuadro surrealista.

Jorge E Pardo, Denzil Romero y Caupolicán Ovalles, Volgogrado, 1986
Venderá su biblioteca que es más grande que la de Borges y escribirá no sabe cuántos libros en el retiro y con el salario de ex presidente se convertirá en estrella del siglo XX. Envidia las gaviotas que sobrevuelan en el río Volga porque es como un pájaro sin alas. El movimiento de la embarcación lo hace dormir y pensar en un vodka y en la chica soviética que ha conocido en Moscú.

Notas de viaje
El Volga de los dos amores. El Volga es oscuro. El verano se abre en el cielo azul y las gaviotas anuncian los peces que logran colarse por las compuertas que detienen el mar artificial.

Denzil Romero, el novelista Venezolano, (1938-1999), estornuda y oculta su cara amplia en las manos. Le falta el dedo del corazón de la mano izquierda. El pelo gris desordenado y las palabras que fluyen detrás de los portales cuyos motivos glorifican la guerra para no volver a ella, nos hacen reconciliar con el silencio.

Allá, La Madre Patria, al otro lado los bañistas. Denzil redacta una nota para Claritza, su amante. Es un poema donde describe el momento e inventa otras cosas. Al final le dice, te amo, casi una postdata.

Denzil Romero, Elsa Castañeda y Jorge E Pardo, Volgogrado, 1986



Denzil Romero, Jorge E Pardo, caupolicán Ovalles, Volgogrado, 1986
Luego se arriesga a otro texto para su esposa. Entremezcla palabras de la anterior tarjeta y, para terminar, raya el término tuyo y su firma que parece insecto destripado.

Atrás, el Río Volga
Guarda las postales y mira otra vez hacia el Volga… quizá rememore el recuerdo sagrado de esas dos mujeres porque sabe que las dos son el mismo amor, o piense en Mauelita Sáenz, la esposa del doctor Thorne, la amante del Libertador Simón Bolívar y su sonrisa vertical.

Notas de viaje
Desde el cielo de Volgogrado. Hemos despegado de Volgogrado. Abajo los rectángulos; los cultivos de trigo se reflejan como trozos de oro. Más allá el río, testigo de la historia, vigilado por La Madre Patria y, estirada como animal en reposo, la ciudad. La eterna y renacida Stalingrado, la macerada y vuelta a parir en los claveles mil veces puestos en las tumbas de sus soldados. Bajo este sol, en un verano menos fuerte, los truenos y el hierro laceraron a un pueblo y borraron, por escaso tiempo, una ciudad que determinaría la derrota del fascismo. Desde los niños hasta los ancianos, al recordar las escenas, lo hacen con palabras firmes pero tristes… los niños, porque han visto llorar a sus abuelos y padres… los ancianos y padres porque tienen una cicatriz en el cuerpo y otra, como trinchera infranqueable, en el espíritu nacional. Si Moscú es el monumento a la cultura, al arte, a la Revolución de Octubre, Volgogrado lo es al heroísmo del pueblo soviético, al pasado inmediato. Conocer allí lo que fue la guerra es amar la paz de los pueblos. La guerra y el dolor, nunca más.

Notas de viaje
El bosque del poeta Henry Luque Muñoz. Luego de varias botellas de vodka y el té final, dos parejas, tomadas por las manos, intentamos cruzar una arboleda más allá de los edificios, en los límites de la imponente ciudad de Moscú. Es la madrugada de un otoño.

El poeta Henry Luque Muñoz, (1944-2005) nos habla de su libro Tras los clásicos rusos, un estudio sobre cuatro de los más grandes autores soviéticos: Pushkin, Lérmontov, Gógol y Chéjov. Saltamos dos o tres arroyos y festejamos los haces de sol colándose por las ramas. Sara, la mujer del poeta, hermosa e inteligente, nos indica el camino hasta una avenida ancha y nos estrecha para despedirse. Elsa y yo tomamos el autobús mientras movemos las manos para decirles adiós. Atrás quedó una deliciosa cena, una larga conversación sobre poesía, un lugar en donde se puede caminar sin temor.
Poetas José Luis Díazgranados, Juan Gustavo Cobo Borda, Henry Luque, Álvario Miranda y Augusto Pinilla, La Generación sin nombre

Cada noche soy llevado 
a la morgue vuelto leña.
Allí me clasifican,
 me dibujan una sonrisa.
Y a la mañana 
me echan a andar por la ciudad.

En la Plaza Roja, Jorge E Pardo con el poeta y periodista José Antonio Vergel, 1986

Notas de viaje
Las medallas. Nadie puede lucir las medallas que no se ha ganado, ni las del abuelo, ni las del padre, dijo Tania tratando de encontrar las mejores palabras para resaltar el valor de las insignias. En realidad, la Unión Soviética estaba poblada de hombres maduros, recios, en cuyas solapas pendían los emblemas con sus cintas desteñidas. Cejijuntos y adustos no se permiten perder tiempo en filas buscando comestibles o pagar transporte en el tren o los autobuses. Por la Avenida Gorky o frente a las pancartas donde la gente lee las páginas de los diarios mientras esperan el trolebús, estos hombres, que vivieron la guerra en el hilo incesante de las bombas y aviones del ejército alemán sobre Stalingrado (hoy Volgogrado) siguen caminando por los pasillos subterráneos de Moscú, limpios e iluminados pasadizos que unen las avenidas y tejen y destejen una ciudad que bien pudiera ser ejemplo de las victorias del hombre frente a la naturaleza y el arte. Sin la altivez pedestre que caracteriza tantos héroes de guerras victoriosas, los viejos soviéticos, deambulan con el orgullo silencioso de un país sin dominios aparentes y de vez en cuando, una lágrima se les escapa cuando una niña, con el pelo amarrado en dos manojos de hilos rubios, los detiene para regalarles un clavel rojo, en verano.
Notas de viaje
A Elsa le asombran las llamas eternas y las esculturas gigantes. La Madre Patria, la mujer con la espada en la mano, levantada siempre, sobresale dominando el contorno, vigilando el contorno, vigilando las victorias de las tropas soviéticas sobre las hitlerianas ayer, sobre las de cualquier invasor del futuro. La punta de la enorme espada corta en una sola tajada de historia el cielo azul. Subimos por la escalera empinada hacia Mamagay.

A medida que nos acercamos, La Madre Patria, se torna majestuosa, de pronto, un hombre, desnudo el pecho, armado con bomba y metralla, eclosiona como flor eterna: cara seria y triunfante hecha de piedra, observa, sin tiempo definido; a la distancia, el Volga continúa su eterno camino, borrando las huellas de los invasores en sus playas.

Notas de viaje
En Casa de Pushkin. En la Calle Arbat, de Moscú, calle que antes de la revolución era de perdición y bohemia, vivió durante seis meses, Pushkin, el poeta nacional de la URSS. Es una residencia poco suntuosa, más bien humilde, de dos plantas. Antes de penetrar en ella, los asistentes deben poner en sus pies despojados de calzado, unos zapatones de algodón que protegerán el piso de parqué. Los muebles son del siglo XIX, lo mismo los retratos y los libros.

Jorge E Pardo y su esposa Elsa Castañeda en la Calle Arbat, Casa de Pushkin, Moscú, 1986
También las hojas manuscritas por el poeta. Una nueva puerta se abre y la música de Mozart invade el recinto. La anciana de pelo negro, liso, declama los poemas de Pushkin. La mujer del poeta, mostrada en dos retratos tiene una hermosa y perversa sonrisa. Afuera el aire es frío y dentro del corazón se siente el calor del pistoletazo cuando Pushkin en un duelo de honor cae sin el último verso.


Notas de viaje
Galería de Trettakov (Hamer). Tú corres porque crees que no habrá tiempo. Entras, te detienes frente a Rubens y te sonrojas, luego, ahí, parada delante de El Pelele, de Goya, no respiras. El Picasso, colgado frente a tus ojos verdosos, no te saca mucha admiración.

Llegas a Marc Chagal y tu corazón vuela con la pareja que cruza el primer plano. Gaugan, sus cuadernillos y apuntes apenas te hacen acortar la prisa. Y Renouir… un silencio. Sales de la Galería y sientes el frío de Moscú pegándote en la piel. Vas con esas imágenes en busca del Metro… ya no eres la misma… caminas y sabes que ya no somos los mismos.

Notas de viaje
En Moscú. Svstuchenko pasa a la tribuna del Palacio de Kremlin. Puedo ver su cara de poeta triste y aguerrido. Lleva un traje gris brillante y una corbata clara. Su voz va llenando el salón de paredes amarillas buscando el oído de los seiscientos asistentes al VIII Congreso de escritores soviéticos. Su discurso es corto pero contundente con múltiples filos que desgarran al verticalismo cultural de esta inmensa república. Con un llamado que venía del hueco más oscuro e iluminado de su corazón pedía honor para Boris Pasternak, por su obra, por su figura de inmenso escritor, silenciado durante tantos años. Los asistentes murmuran pero escuchan. El poeta clama de nuevo el derecho de los artistas soviéticos y un aplauso parcial resuena en la sala. Se retira. Afuera, la gente se busca en múltiples lenguas. Me acerco. Mi intérprete me presenta, me da la mano y me saluda en español. Es tan alto como Julio Cortázar. Se quita el cigarrillo de la boca y me habla de Colombia, del año sesenta y siete, de su amistad con los nadaistas y el deseo de regresar. Apoyo su posición dignificante a Pasternak. Me habla de las nuevas aperturas democráticas del gobierno de Gorbachov frente a la cultura. Pretendo que cenemos esa noche. Me lleva del brazo hasta uno de los pasillos y me confiesa que hace diez años no ha podido ver a solas a una poeta española que asiste al congreso. Me promete que si ella se arrepiente de la cita estará en mi hotel a las nueve de la noche. Me abraza y me dice que pronto nos veremos en Bogotá. Se marcha por los pasadizos del Kremlin mientras releo la dirección que ha estampado en mi libreta. Esperamos hasta las diez, no llegó, estarían compartiendo versos con su amor postergado.

Firma y dedicatoria de la foto de 1986
Hemos cumplido la cita veinticuatro años después. Le muestro la fotografía en blanco y negro que Elsa compró al hombre de la enorme cámara, en el hall del Kremlin, en el Congreso de escritores de Moscú. Sacós sus lentes y. Evocando me dijo: estaba luchando por Pastenak. Cansado y fatigado por la altura recitó algunos poemas en ruso, echó piropos a sus amigas colombianas y no firmó libros al público. En la puerta de la biblioteca del Gimnasio Moderno, nos dimos el abrazo final, sabíamos que no nos volveremos a ver.


Jorge E Pardo con el poeta E. Svstuchenko, Gimnasio Moderno, Bogotá, 2010










1 comentario:

TIBERIO MURCIA GODOY dijo...

Un gran momento para evocar, Felicitaciones.