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18 de noviembre de 2011

Novela Imaginarias de Francisco Sánchez Jiménez

Mujeres que se rebelan ante el autor y el lector
Francisco Sánchez Jiménez (Bogotá, 1946), es uno de esos novelistas de mi generación que merece ser leído. Su último libro, Imaginarias (Cooperativa Editorial Magisterio, 2011, 250 páginas), es una ejemplar novela en la cual se reafirma la condición casi única e ineludible que debe tener cualquier texto literario: estar excelentemente escrito.
Hace algunos años se decía que Francisco Sánchez era un autor erudito (que se interpretaba como lento y pesado). El tiempo le dio la razón; suavizó el barroquismo de sus anteriores libros (Sala Capitular, novela, Editorial Planeta; Primas Personas, cuentos, Edición Colcultura…) pero no abandonó ese tono preciso en el lenguaje, la irónica e inteligente reflexión y la inevitable visión de mundo donde los fracasos campean en sus intrincadas historias.
A quienes no sólo nos interesa la anécdota sino el gusto de leer un libro complejo y apasionante, con una estructura escalonada en el pensamiento y sus seres de ficción, Imaginarias es un buen ejemplo en estos tiempos de medianía, mediática y mediocridad.
El conflicto de la creación literaria (del escritor) con los túneles secretos develados a través de voces femeninas, son desenmascarados mediante la combinación de un discurso existencialista con visos de una posmodernidad formal para un tema recurrente del siglo XX.
Entre la filigrana del quehacer estilístico se encuentra el ego-escritor que el autor manipula a su antojo quizá para hacer que su oficio tenga sentido o, mejor, imprima presencia en un mundo sin editores ni lectores.

“… bien conoce de las ansias de lector que tiene la enajenación de todo escritor. ¿Enajenado?, le preguntó aquella vez cuando ella afirmó que el autor es esclavo por principio de cualquier lector y aunque prefiera uno sabio y sensible se contenta al baratillo con cualquier ocasional que demuestre interés así sea éste un gesto de conmiseración o de mera idiotez”. (Página 75).

El autor se mira al espejo (¿y cuál no?) y esparce en el texto sus contradicciones que van de las cavilaciones a las reflexiones, de la poesía al artificio o el truco del creacionismo en el lenguaje rapaz de sus polémicas mujeres.

“Tornó su mirada hacia mí, sonrió de esa manera cobarde y a la vez irónica que creo nunca le perdonaré y la cual, dato curioso, jamás ha descrito en ninguna de sus cuatro novelas, tres libros de cuentos y, menos, en las juiciosas abstracciones de su poesía, género en el que se ha revolcado asumiendo los riesgos de caer en lo no manipulable, sin ningún recurso prosístico para cubrir esa desnudez que cada poema devela sin piedad cristiana, argucia metodológica y amparo humano”. (página 107).

Palabras para ese Mercator-autor, señalado, vituperado y puesto contra las páginas de su propio libro o de sus escabrosos y gratos encuentros con ellas, personajes y amantes.
Literatura y erotismo en el lenguaje privado de sus visitantes, hembras señaladoras e independientes. Sade, Mallarmé, Luis Aragón, Bataille, atrás, ocultos en la tapa del libro o en el resquicio del lector. Los personajes son delineados con la palabra, no importa quiénes son o qué hacen, o qué debaten. Es un pausado discurso de la creatividad, el orgasmo y la frigidez. También la virtud desesperanzadora de Magnolia, quizá el personaje más sugestivo de la novela. (Hubiera querido que el autor no lo dejara por y para siempre en las salas tristes de la demencia mentirosa con su navaja dispuesta a tasajear a quien intente acercarse a su cuerpo hermoso. Niña-mujer-anciana).

“Traté de ser virgen o, más exactamente, prescindir de cualquier relación sexual compartida con otro u otra, Sí, es una forma de virginidad, me supongo. Entraña todo una representación de tedio. Tanto la heterosexualidad como la homosexualidad. La masturbación carece de imaginación. También es otra forma de enajenación. Situación que he escudriñado gracias a mis recientes lecturas de marxismo. Muy divertidas, valga la pena”. (página 83).

Los personajes tienen amplia complejidad. Eugenia-Josefina, salidas de la realidad para meterse en la ficción y rebelarse ante la mordaza del lenguaje que el autor emplea como atadura. Distintos niveles (polisemia, dirían los expertos) dan al libro un tono de intimidad donde esos seres salidos de la imaginación se apoderan del autor de una manera asesina o suicida.
La novela no está construida sobre una estructura experimental novedosa pero sí el contexto promiscuo entre mujeres-erotismo-creación-esquizofrenia, que nos golpea o mejor cuestiona frente a lo cotidiano, ese que Sánchez logra trascender.
En el cuadro confesional nos pone frente al espejo de la izquierda+sexo+militancia. Intuimos que los personajes de Francisco Sánchez se le salieron de las manos del novelista, no porque fracasara en su escritura sino porque tomaron tanta autonomía que escaparon para juzgarlo. Son ellas (¿ellos?) viviendo su intimidad en esos lugares de machos y hembras, peleándose el mendrugo de la existencia, ya no importa si son personajes o vecinos.
Festejo esta lectura porque dejó en mí el grato silencio que proporcionan los libros que no pasan impunes atravesando lo que hemos vivido, lo que hemos querido vivir, lo que hemos querido escribir en la tranquilidad del oficio pero en el hervor que dentro de la historia se halla el complejo mundo de este siglo.
Jorge Eliécer Pardo
Bogotá, octubre 26 de 2011

1 comentario:

Carlos Orlando Pardo dijo...

Me alegra mucho saber de este nuevo libro de Francisco Sánchez, mucho más cuando llevaba largo tiempo en silencio aparente, pero se ve que trabajando sus libros con la intensidad que tuvo desde cuando lo conocinmos hace varias décadas. Queda uno picado con el comentario y espero el placer de leerla pronto.